Estamos en el momento más peligroso de la pulseada con el coronavirus. El más peligroso ¿por qué? Porque creemos que a la pulseada ya la tenemos ganada. Junio siempre ha sido un mes grave para los argentinos…

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

    …Un mes grave porque está sembrado por aniversarios dolorosos, entre tantos: las muertes de Gardel (el que cada día canta mejor) y de Borges (el que cada día escribe mejor). Además por la rendición en la (des)guerra de Malvinas y por el aniversario del siempre increíble –criminal, por cierto– bombardeo a la Plaza de Mayo para liquidar sin retorno a Perón. Allí murieron cientos de ciudadanos inocentes. En fin, tuvimos un Guernica ampliado, y ninguneado por décadas. Todo eso en diversos junios.

   En tiempos de pandemia nos viene bien un resuello anímico, para reforzar nuestra zigzagueante identidad. Invito a volver sobre otro día de un junio. Sin incurrir en la vista gorda, ahora propongo un paréntesis para recordar y a reflexionar sobre el inextinguible Maradona. Se trata de vadear tanta muerte y de, por qué no, celebrar.

   Ahora mismo voy por un Día de… Lo propuse hace casi dos décadas en relatos de mi libro “De fútbol somos”, en esta columna y en alguna otra que escribí para la revista dominical de La Nación: se trata del Día Mundial del gol. Me refiero al supremo Gol que el Diego les hizo, para siempre, a los ingleses. Esto lo consiguió cuatro minutos después de perpetrar también el gol más pícaro –e ilegal– de la historia, con su confesada “mano de Dios”. Así de sencillo: el prodigioso Maradona, transgrediendo las pálidas del jodido mes de junio, nos permite celebrar un aniversario sin que haya luto de por medio.

   Aprovechemos el suceso para la reflexionar(nos). Pregunta imprescindible: ¿qué ser humano puede soportar ser el más famoso del planeta?

  Hace dos décadas en plena madrugada, emergiendo de un sueño, me desperté gritando una palabra acuñada por la poesía oral de Víctor Hugo Morales: diegoooool. En ese mismo momento me brotó el borrador de un cuento que se iba a llamar “El arco de Noé”. Aquel insomnio tuvo más consecuencias: pensé: existe el Día de la Madre, del Padre, del Niño, del Periodista, de la Secretaria, el día del Escritor, de los Maestros, del Medio Ambiente, del Amigo, del Idioma, existe hasta el día del Tajo de la Lora… Habiendo tantos “días dedicados a”, me pregunté: ¿cómo es posible que en esta patria idolatrada y en el mundo entero no exista el Día del Gol, considerando que el fútbol es la más ecuménica de las pasiones?  

   A todo esto: ¿Cuándo es ese día? Por supuesto: el 22 de Junio, cuando Maradona, en 1986, hace 34 años en el Mundial México, les hizo a nuestros tan queridos ingleses el gol “ilegal” más alevoso y el gol “imposible” más prodigioso, desde que el planeta tiene conciencia de sí mismo. Ese gol se pasa y por la radio, por la televisión, se pasa y se repasa y siempre asombra, sin distinción de nacionalidad. Es un gol que no cesa: todo el tiempo está sucediendo.

   Aquella idea del Día del Gol no la traspapelé, la fui semillando en otros relatos, en un guión de película y en otros cuentos que están en mi libro “Perfume de gol”. A la idea incluso la patenté porque, sabemos, hay mucho ladrón suelto. ¿Debo reconocerme como un adicto a Maradona? ¿como un diegomaníaco? Posiblemente lo sea, lo admito. Ya que Maradona, para los que lo veneran y para los que lo aborrecen, es siempre un gran tema de discusión, propongo convertir a esa obsesión en un espejo revelador, es decir, en una herramienta para autoconocer nuestras conductas en sus dos polos, en sus rasgos positivos y en sus rasgos negativos.

   Nadie como Diego Maradona en las últimas décadas nos puso en evidencia, nos sacó la careta a los argentinos, tan de cuajo. Argumentado de otra manera: las tan mentadas virtudes y defectos de Maradona reflejaron, reflejan, con singular elocuencia, virtudes, defectos, hipocresías, manías, mañas, complejos de superioridad –que son de inferioridad– de esta sociedad nuestra, tan propensa al triunfalismo y a la depresión.

   No tengamos vergüenza en reconocerlo: hace 34 años Maradona nos abismó de felicidad. Hasta perder el conocimiento y el control de esfínteres y de adjetivos.

   Un detalle para los argentinos propensos de las soluciones fáciles, para los hijos de la impaciencia que por estos días de pronto son “anticuarentena”. Aquel gol “imposible” Maradona lo pudo hacer porque, a su natural talento, le metió muchos  meses sudor. Siempre al compás del obsesivo Carlos Bilardo que lo controlaba a sol y a sombra. Sin este rigor su genialidad hubiera quedado trunca por un pelo, por centímetros, por el “casi casi”, por el gol que “pudo haber sido y no fue…”

   ¿Qué más tenemos para agradecerle? Que haya nacido y aprendido a caminar. Que haya espejado nuestra apetencia por tocar fondo y nuestra mentada “capacidad de recuperación”. ¿Cuántas veces como sociedad consumamos enormes goles ilegales y asombrosos goles imposibles? ¿Cuántas veces tocamos fondo, desfondamos el default y sobre el pucho ¡resucitamos!?

   ¿Hay más para agradecerle?

   Sí, hay. Que sus caídas, que sus porrazos con las adicciones hayan servido para deschavar nuestro racismo agazapado y no tan agazapado. Hagamos memoria, por favor: Recordemos cuando Maradona se derrumbaba, muchos, demasiados, decían: “¡Qué se puede esperar de este villero!”, o “de este negro de mierda!” Después, cuando Maradona salió a flote y ganó millonadas, lo del villero menguó, ya no se dijo tanto. Nuestro racismo y xenofobia se permite alevosas excepciones cuando el objeto a odiar y discriminar tiene poder, éxito y/o dinero. Damas y caballeros: ¿ocaso no es así?

   Así es: este muchacho locuaz y desmesurado nos hizo conocer el rostro y la nuca de la alegría. Y nos hizo creer que uno puede resucitar si se lo propone. Incluso, resucitar entre los vivos.

Permiso para una Posdata

   Diego criatura, Diego creatura.

   Diego nuestro. Así en la tierra como en la Tierra.  

   Necesitarías ser nadie por un día entero. Pero no pudiste, ni podrás. Condenado estás a ser, después del famoso Dios, el más famoso del mundo.

   ¿Hay salvación posible para el tan amado, para el tan acosado?

   Pero, ¿salvarlo de qué, de quién?

   Seamos francos. Preguntémonos qué deseamos, realmente: ¿que se salve o que se inmole?    

   ¿Aceptaríamos que Diego Armando Maradona se convierta en uno más, en un don nadie, o en el fondo preferimos una tragedia épica para dar lugar a un velatorio de ésos que inflan de orgullo el pecho patrio (un velatorio bien argentino), un velatorio para taparle la boca al mundo ¡carajo!

   Pregunta del final:

   ¿Qué corazón, qué cerebro, qué psiquis, qué organismo, sea analfabeto o cultísimo, lo mismo da, puede soportar, sin estallar en la locura, ser el más famoso de la Tierra?

   ¿Alguna vez nos daremos cuenta que ser Maradona inhumanum est? 

   (Por favor, no le pidamos más al Maradona nuestro. No le exijamos que nos de “el ejemplo”. El ejemplo lo tenemos que dar cada uno de nosotros, cada día, cada noche, acortando la tremenda distancia que hay entre nuestros sonoros dichos y nuestros paupérrimos hechos.)

   Más allá de la discusión, celebremos aquel gol infinito. Celebremos algo insólito por donde se lo mire: esto es: el éxito del talento matrimoniado con el sudor, con el esfuerzo sostenido.

   Y algo más: quienes lo veneran y quienes lo odian tiene que coincidir en un punto. Diego Armando Maradona encarna un caso excepcional: sea adentro, sea afuera de la cancha, no adolece de hipocresía. En un país y en un mundo acostumbrado al repugnante doble discurso, no ser hipócrita es un golazo moral invalorable.

   (Gracias también por eso, negrito villero.)

*  [email protected]   =x=   www.rodolfobraceli.com.ar

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