Retomo y amplío reflexiones que empezaron con una columna que escribí para el diario Página 12. Voy por ellas: El 6 de agosto de 1945 se soltó la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Al tercer día no resucitó nadie: se soltó la segunda atómica, sobre Nagasaki. Dos bombas ¿preventivas?, dos escarmientos ¿pacifistas? Más de 260 mil muertos en un par de ratitos: el equivalente en vidas a 88 Torres Gemelas. Nada más. Nada menos.

Por Rodolfo Braceli, Especial para Jornada. Desde Buenos Aires*

Con aquellos 6 y 9 de agosto, ¿empezó una nueva Era? La condición humana ¿subió al menos un escalón? ¿El respeto al diferente superó a la tolerancia? ¿Desarrollamos algo más que el músculo de la hipocresía? En fin: más allá del prodigioso crecimiento de ciencia y de técnica, ¿conseguimos que guerras y enfermedades endémicas y hambrunas y genocidios y analfabetización dejaran de ser inevitables costumbres humanas?

   Venimos cumpliendo años, pero en lo primordial, ¿hemos crecido?

   No hay caso: siempre asoma impúdico el desfasaje entre la evolución científica y el cretinismo moral. A la vista está: nada aprendimos del atroz genocidio judío, nada del ninguneado genocidio armenio, nada de los genocidios muy cercanos en nuestro mapa patrio. Ya completando la segunda década del siglo 21, en este mundo tan distraído los genocidios preventivos no cesan. Pedaleamos sin cadena. Mientras tanto, violamos aguas y aires y bosques, es decir: suicidamos al planeta.

   Estamos asistiendo a la Era de los eufemismos. Nuestra historia después de la Segunda Guerra Mundial explícita, podría ser contada eslabonando eufemismos. Somos unos hijos de los eufemismos desalmados, tales como: Daños colaterales, Misiles inteligentes, En situación de calle, Racionalización de personal, Departamento de Relaciones humanas, Guerras preventivas, Analfabetismo (por analfabetización). El colmo del cinismo se consagra cuando a la insoportable tortura se la nombra como Interrogatorios exigentes.

  Naturalizados por los medios de (des)comunicación, los eufemismos amortiguan, minimizan, caretean, licuan, absuelven a las atrocidades y a la globalización de la esclavitud. Son, los eufemismos, la forma más vaselina de la impunidad. Las asesinaciones masivas, en Hiroshima y Nagasaki, fueron informadas al mundo con eufemismos contenidos en frases campantes: Tuvimos que soltar la bomba –argumentaron– “para conseguir la paz antes”. La frasecita justificó y encima absolvió una bomba, y a los tres días otra más. Así las conciencias de la condición humana ¿se amortizaron?

  Hora de preguntarnos: ¿Y quiénes consumaron la barbarie? No fueron monstruos; esa denominación los absuelve: fueron seres humanos… Cuando nos llegan noticias de asesinos seriales que en colegios de EE.UU. se despachan a decenas de compañeros, brota la pregunta: ¿cómo, pero cómo es posible? Es posible porque los autores, en su mayoría muy jóvenes, emergen de una sociedad que asimiló el eufemismo justificador de aquellas bombas con una naturalidad que hoy les hace encarnar la paranoia en ideología. Ahí tenemos: a la matanza en una cervecería la caratulan “Incidente crítico”. Un personaje borgiano diría: “Cosa de muchachos.” La paranoia rompe bolsa y se desmadra. Apogea, flamea el cinismo.

Hiroshima after Atomic Bomb strike in 1945. (Photo by: Prisma Bildagentur/Universal Images Group via Getty Images)

  Demorémonos un poco más, revisemos algunos detalles de aquellos bombazos sobre Hiroshima y Nagasaki, dos ciudades inermes, que el 6 y 9 de agosto de 1945 se aprestaban a vivir una jornada más. Muy significativo el lenguaje de los autores de la enorme tragedia. Ellos dijeron que las bombas las “soltaron” no que las “arrojaron”. Los macabros autores al parecer no carecían de ternura: las bombas fueron bautizadas “Little boy” (Pequeño niño) y “Fat man” (Hombre gordo). Al avioncito que transportó la primera hazaña atómica se lo bautizó “Enola Gay”; esto, en homenaje a la madre que parió al piloto. Al padre lo olvidaron.

   Seres derechos y humanos, sin duda. Y ahí tenemos a Charles Donald Albury, el copiloto del bombardero que consolidó el escarmiento pacifista en Nagasaki. El muchacho, junto al bombardero, posa rozagante, sonriente, bonachón. Joder, ¡qué cara de pelotudo feliz tiene!

   No es todo, el episodio atómico tuvo otros rasgos humanitarios. Por ejemplo: inicialmente se había elegido a la ciudad de Kioto como blanco para la primera atómica, pero resulta que el señor Secretario de Guerra, un tal Henry Stimson, amaba a Kioto: en Kioto había relinchado su luna de miel. Ese recuerdo salvó a Kioto de ser calcinada. Entonces se eligió a Hiroshima como blanco, a las 8.15, tempranito, porque además tenía mayor volumen de habitantes y era “más conveniente en términos de impacto publicitario.”

  Tras esto, ¿a qué le llamamos civilización? Nuestra condición humana está pendiente, está en cuatro patas. Hiroshima y Nagasaki siguen crepitando. Moralmente, somos un paupérrimo simulacro.

Nos cuenta Johsie, una sobreviviente

   Pronunciamos Hiroshima, y suena a palabra vacía, lejanísima. Para acortar esa distancia que pronto nos lleva a la indiferencia activa, comparto ahora unas líneas de un reportaje que le hice a una sobreviviente de Hiroshima. La entrevisté hace 38 años, en su casa de Vicente López, provincia de Buenos Aires. Escuchemos a Yoshie Kamioke en su empeñoso castellano:

–“Años 17 tenía yo y bomba cayó. Bomba Hiroshima 6 agosto, mi cumpleaños 10 agosto. Pasé cumpleaños durmiendo… Bomba me había cansado cuerpo mucho… Recuerdo ese día y duele corazón… Esa mañana salgo para oficina, el tranvía no viene, camino 45 minutos, llego estación y ruido de avión ¡y bomba! Estaba yo a veinte cuadras, pero cuando cayó bomba no sentir dolor, no sentir nada… Pobre Hiroshima mía… Bomba sin ruido. Bomba como viento fuerte, viento con rayo, resplandor amarillo… Ruido yo no escucho, sólo viento y mucho amarillo y el día es noche… Todo oscuro gritos ¡auxilio! Me levanto, camino, mi cuerpo chiquito pesa muuucho… Busco casa mía… De mi ropa sólo blusa blanca queda sana. Cara arde, yo no saber que falta mucho pelo en cabeza… Camino y caigo, veo gente desnuda y con pelo todo blanco…Yo muy cansada y asustada, yo poquito tonta… Tres horas y llego casa mía. Garganta y ojos arden, pero yo más siento cansancio. No puedo tragar agua. Mi madre saca blusa con tijera, me acuesta… moscas vienen y madre pone tul… Duermo cincuenta días, hasta que me levanto. Y sigo viviendo yo…”

   Yoshíe Kamioke tenía 29 años al llegar a la Argentina. Me dijo con orgullo: “Pero hoy Hiroshima lindo Hiroshima con flores Hiroshima con árboles. Cuando muerte cierre ojos míos, recuerdo de bomba terminará…”

   La conversación con Yoshie sucedió en una mañana soleada, de pleno invierno. Por momentos no hacían falta mis preguntas, Yoshie pensaba en voz alta:

– “¿Por qué guera? Con guera hijos mueren… gente sorda sin brazos sin piernas, gente ciega. Con guera sólo feliz la muerte.”

Posdata

   Estamos sembrados de misiles “inteligentes”, de hambrientos analfabetizados. ¿Cómo podemos resistir la lógica irreparable de los gerentes del planeta? Por empezar, aprendiendo por fin que nada hay menos liberal que el autodenominado (neo)liberalismo. Y aprendiendo la paciencia de la solidaridad

   La memoria no es –como dicen–  retroceso: la memoria semilla futuro. Un futuro diferente. Tengamos muy presente que quienes “hacen feliz a la muerte” no descansan ni en los días de guardar. Ojo al piojo: los Bolsonaro y los Trump y sus simpatizantes se reproducen a rajacincha porque la paranoia se volvió la más eficaz de las ideologías.

   A merced de la desatada absurdidad, el pobre planeta (con nosotros encima) va camino de convertirse en una Hiroshima, en un puñadito de indefensas cenizas envueltas en el celofán de los eufemismos que ni el viento se llevará.

   Cenizas nosotros, cenizas el planeta.

   Salgamos de la indiferencia activa.

   Madremía madretuya madrenuestra, que estás en la Tierra… si es posible, si no es demasiado tarde, perdónanos.

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