Las mujeres tienen la palabra y tienen la calle. Venimos del 8M y del 9M: del día Internacional de la Mujer y del paro laboral de los feminismos del mundo. 54 países al unísono. La palabra “revolución” tiene pulso. Las mujeres piden, reclaman, proponen y consiguen. Están dando vuelta un patriarcado que viene desde los abuelos de Adán y Eva.


Recupero conceptos reflexionados en esta columna desde hace más de una década. Tradicionalmente el Día de la Mujer era careteo. Que florcitas, que bombones… Cambiaron las cosas, ¡y para mejor! Hoy, el de la Mujer es un día sin felicitaciones. Lo celebran militando. Temas cruciales como el femicidio, como el aborto legal, libre y gratuito, como la igualdad laboral atraviesan a millones de mujeres. A grito pelado dicen: “Vivas, libres y desendeudas nos queremos”. El impiadoso y angurriento neoliberalismo empieza a retroceder. Con las mujeres no podrán. ¡Verde que te quiero verde!, diría García Lorca.


Avancemos haciendo memoria. El 8M del 2015 marcó un ícono: las mujeres decidieron que ese día nada de celofanes y ramitos: aquella fecha se celebró poetizando y debatiendo. La síntesis fue un inspirado aviso: “No queremos flores”. Y esto no fue un espasmo de lucidez, se incorporó como costumbre. Ahora ellas dicen: “No queremos que nos feliciten”.


Desde aquel “no queremos flores” las mujeres nos están diciendo que quieren igualdad real, tareas repartidas en el hogar; exigen que el ser madres y trabajar afuera no sea incompatible; quieren decidir sobre el destino de sus vientres y sobre su sexualidad y sus goces. En otras palabras, con una marea de intensos pañuelos verdes y violetas exigen que se naturalice una vida sin acoso y sin violencia. Son dueñas de sus cuerpos. Sólo así se conseguirá la pareja realmente emparejada, para afrontar todas las intemperies del vivir.


Es evidente, desde nuestra masculinidad brotan voces escandalizadas y preocupadas, entre los hombres y también entre las mujeres apegadas a los mandatos tradicionales. Escandalizadas porque las crecientes libertades de las mujeres han puesto en peligro la comodidad de lo que se denomina “buenas costumbres”. Ahora las mujeres saben y lo enarbolan que eso de las “buenas costumbres” es un eufemismo que a lo largo de los siglos impusieron los hombres machistas y las mujeres satisfechas con la “natural” dictadura del patriarcado. Por eso, en este 2020, que no le vengan con flores y con felicitaciones.


Qué flores ni qué felicitaciones: las mujeres están haciendo una real revolución en la que anida un profundo cambio. El patriarcado cruje por todos lados. La discusión por la despenalización del aborto sacude hasta los cimientos. Ellas saben que son dueñas de sus cuerpos, de sus vientres, de los goces de sus sexos, de sus “sí” y de sus “no”. Saben que en todos los terrenos valen tanto como los hombres.


Y los hombres, claro, estamos desorientados y con nuevos miedos. Tenemos que desaprender lo que nos enseñaron. Por ejemplo, en materia sexual. Desde hace rato las revistas femeninas abundan en notas comentadoras del sexo. Las mujeres aprendieron el abecedario entero, mucho más allá de la “g”. Los hombres apenas si sabemos las vocales. Por generaciones, para leer sobre sexo en los medios los varones debíamos esperar a los Mundiales, cada 4 años. Para ver si convenía que los jugadores de la selección tuvieran castidad, abstinencia, durante la competencia. Madremía, qué pelotudos.


El caso es que al oleaje de la marea de los pañuelos verdes ya no lo para nadie. El dique antiaborto legal que puso el –más que temible, temeroso– Senado de la Nación tiene sus días contados. El aluvión de conciencias simbolizado por los pañuelos verdes ya ha trisado el dique de los retrógrados. Precisamente, porque “la vida es sagrada”, hay que legalizar el aborto; sacarlo de la sórdida clandestinidad que padecen las mujeres marginadas por las penurias de la pobreza, neoliberalismo mediante.


Hablando de mujeres ejemplares no podemos olvidar a las –para nosotros y para el mundo– mujeres cruciales, con agallas, con ovarios, con güevas. Me refiero a las prodigiosas Viejas Locas, a las Madres Abuelas que desde el horroroso 1976 fueron la última cornisa de la dignidad para una sociedad que, en su promedio, era cómplice, porque practicaba la indiferencia activa. Estas mujeres pusieron sus vidas a disposición del insomnio. Afrontaron la persecución en medio de la atroz indiferencia de esos años en los que se violaba la Vida y se violaba la Muerte y, como botín y propina, se desnucaban todos los colmos robando criaturas, de cuajo, hasta desde la placenta.


Muchas de estas mujeres pasaron el umbral de sus 90 años, y van rumbo a los 100. Qué las parió. ¿Cómo se explica que, atravesadas por el dolor de los dolores, sigan viviendo aun con el dolor multiplicado porque ni siquiera encontraron el consuelo de tener una tumba para poner sus flores? Se explica porque son mujeres. En esas porfiadas rondas de los jueves nunca le aflojaron. Se explica porque son parteras de cada nieto que encuentran. Y ya van 130, pero faltan más de 300, ¡y ellas van y van por ellos!


Antes de que concluya esta semana para celebrar este milagro terrenal recupero algunas líneas de una “Plegaria Furiosa”, dedicadas a las parteras de la memoria, que cerraba mi libro Madre argentina hay una sola:


––Permiso, Memoria. Permiso, Conciencia.


¿Qué sería de nosotros si ellas, las Madres Abuelas, no existieran?
¿Qué quedaría de nosotros si ellas no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches? ¿Qué sería de nosotros? ¿Qué?


¿Estaríamos de pie? ¿Estaríamos en cuatro patas? ¿Estaríamos?


Posdata. Si ellas ya no quieren flores ni felicitaciones ¿qué quieren?


Quieren que despertemos. Así, ¡despiertos y despiertas!, vamos a hacer más intensamente el amor de los amores.

(www. rodolfobraceli. com. ar/[email protected])