Por Roberto Follari

De niño mi experiencia tenía plenitud, en el disfrute y en la pena. No ser conciente del tiempo y de la muerte hacía de cada momento un trozo de la eternidad, una pura afirmación de la vida sin vacíos ni inercias

En aquel tiempo de pelota de trapo y pantalones cortos, de una piola que servía para dirigir pequeños autos o camiones, supe de una Argentina relativamente próspera: no había casi mendicidad, no había inseguridad. Es que había casi plena ocupación. No es que la gente quisiera trabajar entonces, y ahora no: es que entonces había empleo para todos. Argentina se industrializaba –primero con Perón, luego con Frondizi- y en un capitalismo de posguerra que hacía de la protección social una bandera, el Estado intervencionista favorecía a la exportación y a la industria, mientras pactaba condiciones con los entonces poderosos sindicatos.

Había conflictos, claro: el peronismo había sido expulsado del gobierno por la fuerza, en una acción militar que tuvo apoyatura civil de un sector social. Pero aún así la economía funcionaba, la industria automovilística nacional se instalaba en Córdoba, la Argentina seguía siendo un referente internacional de importancia. La inestabilidad política, que el golpismo militar alentaba, iba arruinando de a poco esa condición. Pero yo no tenía edad para advertirlo.

El capitalismo planetario se fue modificando: la fase de financiarización comenzaba con los petrodólares de los años setentas, con el final del patrón oro y la instalación de deuda generalizada a los países periféricos. Con ello se inició la fase neoliberal: imponer el imaginario del emprendedor de sí mismo, liquidar así las seguridades laborales, proponer la precariedad del empleo, de las indemnizaciones por despido y de las jubilaciones. Comenzar la desafinada melodía de las “reformas laborales” como quita de derechos. Entronizar al mercado como gran (des)organizador social, rifar las empresas estatales, dejar un Estado esquelético al servicio del gran capital. Y cambiarle la cabeza a la gente, convenciéndola de que el individualismo es un vector para buena vida.

Y nos acostumbramos a la gente pidiendo, a los pobres durmiendo en la calle, a aquella Palmira liquidada de los años noventa. Vino la reacción social en el 2001, y el país pudo levantarse un tanto durante varios períodos de gobierno. Si el kirchnerismo recibió el país con 53% de pobres, bajó ese número alarmante a la mitad: 27%. Pero es aún un número importante. El último gobierno, sin pandemia ni inconvenientes externos de peso, volvió a subir la pobreza al 36%. Mientras la deuda externa, problema que no existía en los años sesentas, era subida en 100.000 millones de dólares en sólo cuatro años.

Se ha logrado ahora renegociar la deuda externa privada, y aminorar el pago de intereses. Todavía falta el arreglo con el temible FMI, traído de vuelta en tiempos macristas, luego de que Néstor Kirchner lo hubiera quitado de juego. Veremos. Lo cierto es que necesitamos volver a aquella Argentina de empleo casi pleno, necesitamos un proyecto de país viable y estratégico, que dé lugar a tecnología propia para poner valor agregado a las exportaciones, y complemente de una vez agro e industria, históricamente enfrentados en el país.

Pero para eso se requiere cordura. No espacios comunicativos lanzados al chisme y el desgaste, no quedar en el corto plazo de las pasiones ciegas, no tirar abajo lo que haya, aunque no se tenga alternativa viable. Los que se fueron hace nueve meses no ofrecen, por ahora, sino más de lo mismo que ya fracasó. ¿Qué se gana con impedir que otros gobiernen? Del empate permanente sólo puede surgir la frustración de quedar, como país, empantanados e inmóviles. En fin, “juegan con cosas que no tienen repuesto”, como decía Serrat. Y aquel país que alguna vez fuimos, puede hacer así evanescencia definitiva.-