Por Mauricio Runno

La Argentina es un pésimo ejemplo de federalismo. Apenas un enunciado constitucional que, casi como la mayoría de los asuntos allí contenidos, no se cumplen.

Sobrevuela en los pasillos del poder que el respeto a la norma máxima alcanza para lidiar con las formalidades.

Y así será hasta que una visión de desarrollo profundo, un estadista en la cúspide, revise el capricho centralista que produce monstruosidades (como el Gran Buenos Aires), alimenta gobernantes vitalicios e ineficaces (como Chaco o Santa Cruz). 

De algún curioso modo el poder central se escuda en la democratización para nivelar siempre para abajo, con la vara equivocada. Enaltece al que administra mal, sanciona al que lo hace medianamente bien. Todos en el mismo lodo.

Mientras domine el statu quo, los gobernadores deberán peregrinar y hasta arrodillarse ante el mandamás de turno de la Casa Rosada en busca de recursos, apoyos, acciones colaborativas.

La mecánica del centralismo se nutre, para colmo de males, de los vaivenes de la política de la época. Es una realidad que el ex presidente Macri intentó variar este enfoque, aunque en el fondo también buscaba gobernabilidad a cambio de inversiones millonarias en administraciones provinciales para nada afines a su gestión.

El peronismo, en cambio, es menos sutil, más prepotente y muy afecto a sentarse encima de las arcas públicas como un rey con corona de lata. En distintas variantes históricas el oficialismo suele adueñarse de los fondos que muchas veces recoge desde las mismas provincias. Acto seguido manotea el listado de provincias amigas, no amigas, próximas a serlo o a las que van a salir de la maraña centralista, relegándolas.

Es la vieja política. Ya no si preocupan en recurrir a cierto make up. Los ciudadanos asistimos a esta rencilla como si fuese lo más normal del mundo. Pero, de normal, no tiene nada. El caso de Brasil ayuda a explicarlo: los gobernadores, muchos ex aliados de Bolsonaro, hoy son los que han dejado al presidente a la deriva por entender errada su mirada sobre el brote de la pandemia. Estados Unidos es también un buen ejemplo de cómo el presidente debe muñequear con los gobernadores. Y no al revés.

Mendoza es díscola pero infantil en este reclamo de mayor autonomía del poder central. Todo empezó con el gobernador Llaver, quien no dudó en pelearse con su amigo personal, el entonces presidente Alfonsín, y apersonarse hasta las centrales hidroeléctricas de El Nihuil para intervenirlas.

En plena crisis de Argentina (que la pandemia profundizó, porque, vamos, nadie cree que esto era un paraíso terrenal jesuita hace un mes atrás), otro gobernador debe reclamar por lo que es más que justo: autonomía y descentralización. Y actuó con la urgencia del caso. Se debate la vida y la muerte de personas.

Le respondió la vieja política argentina: aquellos que desde un escritorio de ciudad que jamás fue sede de imperio alguno (como sí, Río de Janeiro). 

El gobernador Rodolfo Suarez actuó con el corazón en un momento vital para la sanidad de los mendocinos. Y le respondieron con el bolsillo (esta vez más vacío que nunca) y desde la prepotencia del bucrócrata (aquellos que minimizan hasta lo que se convirtió en una pandemia, por citar lo más reciente).

El federalismo no se cura con paracetamol y dos cajas de gasas. Y la política, menos. Demasiado pan para hoy y hambre para mañana hemos tenido. Se buscan estadistas. En todos los puestos.