Ya pasaron las Pascuas 2020, las más raras en décadas por el contexto mundial de fin de ciclo. Pero quisiera recordar aspectos de aquella Pascua que mantuvo en vilo al país debido a un grupo marginal de esperpentos que se arrogaron la representación de las Fuerzas Armadas y de la Verdad y de la Solución. Más vulgarmente buscaban cargarse al último estadista de la Argentina -lo que resulta unánime-, desde 1983 a estos días.

Aquello sucedió en abril de 1987 y los incidentes marcaron a fuego el temple de estadista del entonces presidente. Todo terminó ante una multitud en Plaza de Mayo, con el recordado discurso que dejó una línea histórica para la vigencia de las instituciones de Argentina. “Felices Pascuas, la casa está en orden”.

Antes de comenzar su discurso, el presidente Alfonsín recibió una ovación espontánea, fuera de cualquier cálculo ideológico. Estuvo frente a la multitud, desde el balcón de la Casa Rosada, en silencio, durante 40 segundos. Luego dijo “compatriotas” un par de veces, pero el gentío estaba desbordado. Y ese orador impecable, al frente de la República de flamante trato democrático, aportaba su dramaturgia de liderazgo para enaltecer una movilización popular.

La foto más significativa para la Historia debiera ser, además de una panorámica explosiva de Plaza de Mayo, otra, la que muestra ese instante del discurso. Alfonsín, en primer plano, a su lado el jefe de la oposición, Ítalo Luder, y atrás de ellos el vicepresidente y jefe del Senado, Víctor Martínez.Y más atrás los que eran sus ministros. También estuvo en primera línea Antonio Cafiero. ¿Radicales y peronistas compartiendo el balcón? Así funcionaba la cosa pública.

Alfonsín restauró lo más importante para vivir en una sociedad republicana, moderna, que no es ni la salud ni la economía ni la AUH. Su mayor logro fue resistir hasta donde pudo la rabia antidemocrática, el fervor fascista y totalitario, la demagogia fácil. Y pudo trasladarlo a la sociedad, incluso después de su muerte. Legó una cultura de civilidad, tolerancia, disenso, diálogo.

Desde su presidencia se impulsó la integración regional, la democratización de los sindicatos, el rol de la Iglesia en el Estado. Innovó de la mano de la socialdemocracia poniendo en agenda lo que llamaba la “ética de la solidaridad”. Hasta hoy se insiste en el concepto.

Fue el propio Antonio Cafiero, durante el entierro de Alfonsín, tan masivo y respetuoso como el de su correligionario Hipólito Yrigoyen, quien lo puso como uno de sus dos maestros en el arte de la política. El otro mencionado fue Perón.

Dijo Cafiero en la despedida del estadista: “Aprendí, en una relación que se hizo cada vez más amistosa y generosa, muchas cosas que ignoraba. La verdadera historia del radicalismo, sus valores. Advertí que Alfonsín tenía sueños.Y soñaba con otros. Con la juventud. Y con los otros partidos. Alfonsín soñaba que el consenso y la reflexión, lo que los sociólogos llaman la bioética, debía imperar alguna vez en la vida argentina”.

Alfonsín gobernó para las mayorías. Pero a diferencia de antecesores y sucesores, promovió medidas de largo alcance, muchas de ellas o incomprendidas en su tiempo o a contramano de las demandas inmediatas. ¿Cómo se le respondió? Recién el día de su muerte, al envolverse el país de un luto suave, nada histriónico ni histérico: sobrio, sentido, respetuoso, más profundo que cualquier discurso de tono supuestamente magistrado.

Fue el último de los políticos valientes, tanto que, al sentir el aire subiendo desde el precipicio, entregó el mandato presidencial antes de tiempo. Había gobernado casi con todo en contra, lidiado con las fuerzas económicas y sociales más importantes que nunca quisieron ceder terreno. E incluso sopapearse con militares, al impulsar la CONADEP y el Nunca Más.

En el gobierno, el político no siempre debe hacer lo que se pide, sino apenas lo que se debe hacer para que no se pida siempre lo mismo.

Alfonsín lo hizo. Lo agradecemos tanto como añoramos su visión y praxis de estadista, en especial a la luz de lo que continuó como historia.