Rodolfo-Braceli
Por Rodolfo Braceli

Tengo un sueño de almohada que se ha vuelto recurrente. Por estos días, en el setiembre del año 2020 después del incomprendido Cristo, soñé que escribía, palabra por palabra, una columna que ya había escrito. Entonces fui a buscarla a mi archivo. Y allí estaba el texto, esperándome: me hacía recordar que, una vez más, nos había estallado en la mollera otra primavera. Primavera entusiasmada, prepotente, a pesar de todo, a pesar de la pandemia, a pesar de las y los ciudadanos caceroleros anticuarentena.

Dejé que aquel texto me brotara de nuevo. Y así fue rebrotando lo que ahora transcribo:

   –Me desperté, bebí el agua que nos nace, salté de la cama, respiré hondo, muy hondo y comprobé que el aire estaba. ¡Buendía, aire!

Salí a la terraza que compensa el interminable patio de mi niñez, alcé la mirada y ¡huija! comprobé que el sol también estaba. ¡Buendía, sol!

   Con la certeza del aire y del sol, recé. Mi manera de rezar ya no quiere valerse de oraciones institucionalizadas, aprendidas de memoria y dichas con la comodidad del hábito. Rezo pronunciando unas cuantas palabras que nombran a ese puñadito de seres primordiales con los que uno comparte los días y las noches; seres que nos abrigan mientras pugnamos para que la famosa Vida sea algo más que “una herida absurda”.

Así es: me desperté, bebí el agua primordial, salté de la cama, salí a la terraza, respiré muy hondo, constaté el aire y el sol, recé palabras que me son talismanes y me dispuse a izar mi bandera.

   Ahí me di cuenta que en mi casa no había mástil; pero no me desanimé por eso. Recordé que si uno lo desea, uno se vuelve mástil.

   ¿Y la bandera? ¿Qué bandera izar para comenzar este día único?

   Rápido, tenía que encontrar una bandera.

   Empecé a buscarla deletreando los pliegues del aire nuevo de la mañana.

   Miré al norte y mire al sur, miré el este y miré al oeste.

  “Bandera, ¿dónde estás?” –pregunté en voz alta.

   El aire, más que brisa, casi viento, me lamió los pómulos y la mirada.

Ahí comprendí que la bandera era ese aire que me estaba lamiendo. Y la empecé a izar, muy lentamente, con fruición.

Izando la bandera del aire supe, sentí, que la patria es el mundo entero. Y que el mundo entero es una arena que flota en la desmesura ilimitada del cosmos.

   Como nunca antes, sentí que los mapas y las fronteras son un invento de la civilización para justificar la lucrativa barbarie de sus guerras, de sus misiles, de sus genocidios preventivos.

   De pronto, una voz proveniente de la ventana de un edificio cercano me gritó: “¡Pacifista pelotudo!”

Reaccioné. Sin ánimo de insultarle la madre, simplemente le grité: “¡La madre que te parió!”

El tipo de la ventana se dio cuenta que yo no tenía nada de pacifista y concentró su agresión a una sola palabra: “¡Pelotudo!”   

A esta altura del intercambio enmudecí. La verdad, es que me dejó sin palabras con su síntesis.

 Enseguida el tipo de la ventana distante se esfumó, triunfante.

 Yo me quedé sumido en el silencio, casi abatido. Y empecé a arriar lentamente la bandera del aire. Muy lentamente. En eso fue que sentí que la bandera era como una piel que me rozaba los pómulos.

Me detuve.

No sé si pasó uno minuto o si pasaron tres, cinco minutos.

En voz alta me ordené alzar otra vez la bandera del aire.

La llevé alta, bien arriba a esa bandera.

Y otra vez sentí que el mundo entero es una patria. Una patria no más grande que una arenita que navega en el inmenso Sahara del sumo cosmos.

Después me vestí de ciudadano, desayuné rápido, me dispuse a la vereda. No había caminado ni un par de cuadras y ya me había olvidado de que el mundo entero es una patria. Y que los países y las fronteras son un invento de la civilización para justificar la irrefrenable barbarie de sus guerras, misiles y genocidios.

Cuando volví a mi casa, ya entrada la noche, recordé lo que había olvidado.

Entonces salí a la terraza, respiré hondo y comprobé que el aire seguía estando. Alcé la mirada y comprobé que también la luna estaba en su sitio.

Con la certeza del aire y de la luna, recé a mi manera, pronuncié mis palabras talismanes, y como mástil no tenía yo otra vez me hice mástil. A la bandera del aire la fui alzando, despacio, hasta que sentí otra vez que el mundo entero era una patria. Una patria del tamaño de una arenita flotando sola y solita en el desmesurado, en el hondísimo mar del cosmos.

No sé por qué se me llenaron los ojos de lágrimas, no sé.

Tal vez todo se debía a la insistente, porfiada, tenaz, terca primavera. Algún poeta traspapelado escribió que “no hay nada que hacerle con la primavera”. Y tenía razón: no hay nada que hacerle…

Posdata

Cuando escribí aquella columna que soñé textualmente, sentí la urgente necesidad de encontrar un sinónimo de “primavera”. Por aquellos días las Abuelas de Plaza de Mayo habían encontrado otro nieto robado al nacer por los hacedores de muerte, en 1976. Robado desde la placenta. Era el nieto número 37. Lo encontraron, pero al día siguiente fueron por más: siguieron buscando buscando y así llegaron a los actuales 130 nietos recuperados. Es decir: re-nacidos.

   ¿Y qué tiene que ver esto con la primavera?

Todo lo relacionado con la siembra de Vida tiene que ver con la bendita primavera. Las Madres Abuelas son tenaces parteras de la memoria. Y precisamente por eso ellas son sinónimo de primavera. Cualquier día de estos nos avisarán que han alumbrado al nieto/a 131. Y con eso conseguirán, más allá de los mandatos del almanaque, otro día de la primavera.

  A la vista está: no tenemos que hacer el menor esfuerzo para asociar la palabra primavera a las abuelas. Son sinónimos. Observémoslas y aprendamos de estas ternuras de acero. Son tan, pero tan porfiadas que la mayoría viene cruzando el umbral de los 90 años y muchas ya rumbean hacia los cien de sus edades. Claro, viven tanto y tanto porque tienen que mucho que hacer. Tienen que seguir buscando. Que seguir re-pariendo vida. Que seguir dándole vuelta los bolsillos a la muerte. Tienen que seguir justificando esta y todas las primaveras que vendrán.

  ¡Honra y loor por estos seres que, cada día con su cada noche, nos enseñan que la memoria es la forma más ardua de la esperanza!

   Recordemos: esperanza, sinónimo de primavera. Primavera, sinónimo de Madres Abuelas.

Una pregunta, urgente: ¿Qué estamos esperando para brindar con el luminoso vino oscuro ¡por estas tenaces porfiadas incesantes eternas   preciosas viejitas casi centenarias!?

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