Por Jorge Sosa, Redacción Jornada

Estar conforme con uno mismo, que grata sensación. Uno tiene su moral que no nació de gajo, que se fue construyendo con la educación y escuela para afuera.

La familia tuvo un rol fundamental en esta formación, el ejemplo que dieron los mayores, su forma de ser, sus enseñanzas, todo colaboró a que uno sea uno y tenga en su interior deseos e intenciones, pensamientos e ideologías que lo van transformando en un ser único, especial.

El conocimiento le abrió las puertas y él pasó por ellas recibiendo un rocío de intenciones que asimiló sin darse cuenta y así fue armando lo que se conoce como personalidad.

Cada uno tiene la suya y aflora en nuestro accionar cotidiano de una manera más que evidente. Uno, por esto, puede ser catalogado de caracúlico, de bondadoso, de solidario, de cínico, de agarrado, de pesimista y un motón de calificativos más.

Somos como somos, decimos, y es una verdad, nadie puede ponerse en nuestro lugar porque nuestro lugar es único e intransferible.

Así andamos por la vida llevando el peso de nuestra personalidad adonde vayamos, porque aunque queramos disimular se nos nota, en una acción, una expresión, una declaración.

No todos reconocemos nuestras falencias, a veces nos cuesta creer que nos tilden de una forma que no creemos ser, pero las evidencias nos desnudan y es muy probable que aquellos que opinan de nosotros tengan razón.

Los que las reconocen tienen un camino allanado hacia el perfeccionamiento. Saben que son como son y cuando lo que son provoca disgustos, pueden hacer daño aún sin quererlo.

Trabajar sobre las imperfecciones puede se un buen panorama para que ellas nos abandonen definitivamente, aunque eso signifique mordernos los labios porque algo nos abandona.

Antes éramos así, pero ¿Y ahora? Ahora seguimos siendo así si las acciones para contrarrestar las malas acciones no han dado el resultado esperado.

Estar dispuesto a cambiar. Eso es lo que prometemos cuando nuestra forma de ser nos acerca a los disgustos. Pero no es fácil el cambio estamos arraigados adentro de nosotros mismos y es como darse a la tarea de crear otro tipo, otro ser, otra persona.

Claro que se puede lograr, cuando uno se da cuenta de sus imperfecciones y hace todo lo posible por superarlas el camino hacia el lugar ansiado está expedito.

No hay edad para esto, aunque la edad tiene que ver, porque tantos años de ser de una manera para después pasar a ser de otra no es una cosa que se consiga en un santiamén.

Pero debemos intentarlo, por el bien de uno, primero, porque cuántos malos momentos hemos pasado por ser como somos, por no saber quedarse en la puerta y no entrar al conflicto. Pero también por el bien de todos porque nuestro mejoramiento mejora a todas las personas que nos rodean y le ponen sonrisas a lo que era una mueca de insatisfacción.

Hoy podemos comenzar a cambiar, cambiar no es malo, es una forma de decir yo puedo ser mejor, y eso, solamente eso nos está transformando. Analicémonos un poco y donde encontremos una herida pongámosle una curita, solo así la piel habrá de verse como debe verse una piel.



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