Diario Jornada viene editando un suplemento referido los mendocinos que han trascendido en el país y el mundo. En esta ocasión recordamos a un artista, a un dibujante excepcional Juan Giménez, quien falleció el 1 de abril de este año víctima del coronavirus (fue el tercer muerto en nuestra provincia). Llegó en marzo para visitarnos desde España donde estaba radicado desde 1979, residiendo en Sitges.

Lamentablemente llegó con el contagio encima y tuvo que ser internado en el hospital Central para encontrar el final de su vida. Que no es tal porque su figura y sus dibujos estarán para siempre con nosotros.  

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Reportaje ficción de Jorge Sosa.

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Andá, preguntá en tu barrio, a cualquiera que se te cruce: Oiga, diga, ¿quién es Juan Giménez?

Te van a decir: no lo conozco, pero por el nombre no puede ser muy distinto a Juan Pérez o Julio Rodríguez.

¿Vos podés creer que los mendocinos no conocen a este mendocino conocido en el mundo entero?

Abrí los ojos de par en par y si te alcanza el lugar ponete dos docenas de lentes de contacto, ¿listo? Te lo presento.

Capo, genio (aplausos), incomparable, magnífico, y si querés ponele un poquito de loco, de locura, de esa locura capaz de inventar universos con un pincel y un poquito de poesía, sin rima, no importa. Por lo que me han contado Dios es un alienígena, tiene poder en la Tierra, pero no vive en ella. A mí se me hace que debe haber aprendido a dibujar en la misma escuela que Juan. Porque vos mirás sus dibujos y te da la sensación de que el tipo está creando vida, la del pasado y la del futuro. ¿Qué puede importarle el tiempo al creador? Para el creador el tiempo es solo un compañero de aventuras. ¿Estás seguro de que es mendocino? Claro qué lo es. Acá, en nuestra tierra, arruinó sus primeros papeles en blanco. Tal vez no nació, tal vez su madre sufrió una abducción. Tal vez sus genes vinieron viajando en el espacio desde el planeta Pasión, que es vecino de Kriptón de donde llegó el pobre Clark Kent que supo trabajar de Superman en sus historietas libres. Tal vez Mendoza sea de Ciencia Ficción, porque es tan linda la guacha. Vení vos, pibe, que te encanta el cómic. ¿Sabés quién es Juan Giménez? No echés viento con la cabeza. Todavía estás a tiempo. Vení, pibe, ayudame a mirar.

Tiene un casco con tentáculos en la cabeza y ojos que brillan más que dos “tucu tucu” en una noche cerrada. Tiene estrellas en cada poro de su piel, un collar hecho de cuernos de unicornio (tal vez el mismo que extravió Silvio Rodríguez). Tiene una coraza sobre el pecho llena de esmeraldas radiantes y gnomos que salen a ver si adelante es adelante. Tiene en las manos garras con uñas tan largas que pueden herir hasta un microbio (sin matarlo), y unas pulseras de uranio enriquecido que en cualquier momento pueden estallar hasta hacer cenizas el libro en el que tiene todo lo que tiene. Pero lo que más tiene es un cerebro hecho de fábulas, de cuentos, de narraciones de los abuelos y de una imaginación que puede transformar el apocalipsis en el más exquisito cuerpo de mujer, o al revés, sería mejor. Mejor te la muestro.

Fue el 26 de noviembre de 1943. Ese día los aviones de los aliados, no los de él, que siempre fueron mejores aviones, trataban de borrar del mapa a Alemania. Tal vez de ahí le venga esta manía de dibujar aviones que vuelan a chorros de imaginación, estas ínfulas de batallas tremendas, de soldados más heroicos que diez toneladas de bronce, de tanques vomitando lava volcánica, de armas escupidoras de rayos láser, catódicos, metódicos, acrobáticos, caloríficos, demóticos, neptúnicos y casi te digo románticos. Gurrumín y ya faltándole el respeto a la celulosa. Quino dice que es increíble las cosas que puede contener un lápiz. Juan Giménez lo supo y su padre lo supo antes. Su padre dibujaba muy bien. ¡Padre de tigre! Pero un tigre dientes de sable con una cola bicéfala que se enmaraña en la espesura gris de una selva de flores de “simeolvides”. Fue un día de noviembre de 1943, en Mendoza, nacía un señor de manos de historietas: Juan Giménez.

Cuando tuve 14 años intenté que alguien me enseñara a dibujar. Caí en Bellas Artes de Río Cuarto, y claro, apenas hice el tercer jarroncito y el busto de Venus me aburrí y me fui a la mierda. Pero saltando un poco en el tiempo, más o menos para esa época conocí, a través de un compañero de mi curso, a otro tipo que compraba las mismas revistas que yo, intercambiábamos los números atrasados de Hora Cero y Misterix. Pero en Río Cuarto resultó que uno de los dibujantes de Misterix y luego de Hora Cero, vivía allí. Inmediatamente averigüé y llegué a la casa del tipo este: Víctor Hugo Arias. Un gran académico, un clásico. A mí particularmente me gustaba algo más moderno, pero era fantástico para aprender. Excelente profesor. Lo visitaba mucha gente de Buenos Aires ligada al dibujo. Ahí empecé mi carrera como profesional.

Vení, pibe, a vos que te gusta la historieta. Tal vez pensé que la acción es cosa del movimiento, tenés razón pero a medias, porque también es cosa del pensamiento. El pensamiento es más rápido que el rayo láser. Estás en Mendoza, ¿la ves? Bien. Ahora estás en Tokio, Japón. ¿Lo ves? Llegaste como quince microsegundos antes que el láser pibe. ¿Te das cuenta? El pensamiento, la imaginación. A ver si puedo hacer que Juan te los pinte.

Yo siempre tenía una historietita sin terminar, como todos nosotros en esa época, esa historia que estás haciendo, tan bonita y nunca la terminás, entonces una vez un tipo de Buenos Aires me dijo: “¿Y este qué hace?” “Esto”. “Ah, mirá vos, ¿no tenés nada terminado que me lo llevo a Buenos Aires y lo publico?”. Y ahí se me empezó a caer el pelo del susto. “¿Y cuándo te vas?” “En tres días”, me dice. Entonces me agarró tal desesperación que Arias me dice: “No te preocupés”. Él me ayudó y me la terminó. Esa fue la primera historieta que publiqué en mi vida. Se llamaba “El último disparo”, el guión era mío. Era una especie de homenaje, léase copia, de un guión de Oesterheld.

El Eternauta. Hector Germán Oesterheld. Cuando los verdes de la prepotencia lo desparecieron, junto a sus hijas, yernos, hijos, nietos, El Eternauta ya se había salvado. En una casita llena de ventanitas rectangulares miraba despavorido lo que ocurría a su alrededor. Había pronosticado una invasión alienígena a Buenos Aires. Ocurrió, pero no vinieron del ultramundo, sino del submundo de la ignominia. Juan se llevó el Eternauta con él. Lo podés encontrar al pie de una nave espacial, viajando de polizonte en el planeta del Principito, jugando a las cabecitas con dos toques con Dios y usando como pelota un mundo hecho de papeles de colores.

Tengan cuidado con los dragones de Juan Giménez, porque son tan reales que hasta los mismos dragones, si existieran, se asustarían de sus dragones. Hasta mal aliento tienen, pero de fuego y se los puede sentir respirar acompasadamente bufando por la nariz cuatro pentagramas de Heavy Metal. Los países de la fantasía no tienen fronteras, no hay líneas de puntos indicando comienzo y fin, son todos distintos y todos iguales y conviven en universos paralelos. Uno puede ir de un país a otro sin dar un solo paso. Pensamos que sabemos mucho del universo y realmente no sabemos un corno. ¿No es cierto Juan?

A mi viejo lo trasladaron a Tucumán, o a Chaco, y se complicó la cosa, porque no había afición. Al estar aislado completamente seguí trabajando para mí. Pero eso me vino bien. Yo seguí estudiando, terminé mi secundaria en el Chaco, en el industrial especializado en tornería y, paradójicamente, la última materia que me quedó por rendir fue Dibujo, Dibujo Técnico. Volvimos a Mendoza y ahí intenté seguir la universidad, pero estuve dos años en la Facultad de Diseño, que también me sirvió mucho. Era una rama de la Arquitectura, entonces aprendí cosas muy interesantes, como diseñar objetos, ergonomía y todas esas cosas. Todo lo que ven en las historietas, el diseño de las cosas que hay, tienen un sentido, una base.

Pero para diseñar hay que tener inventiva y para que el invento salga bien hay que tener arte, talento que le dicen. Buscalo en los mínimos detalles de sus dibujos, por ejemplo, en los aviones. A Juan Giménez siempre le atrajeron los aviones, tal vez por aquello que te conté de que su nacimiento coincidió con los bombardeos de Berlín. Buscale los detalles a los aviones de Juan Giménez. Porque seguramente a los reales los hizo una fábrica, pero a los de Juan Giménez los hicieron los detalles. Parecen tener vida, che, vos ponés la mano sobre la página de la historieta y sentís el ruido del motor, el zumbido de las turbinas, la respiración del piloto, y el vacío en el estómago cuando el avión debe lanzarse en picada.

Hicimos en Skorpio la serie As de Pique con Barreiro. Fue un exitazo aun en Europa. Cuando llegué a Italia dije en una editorial: “Yo soy el dibujante de Il Asso de Piche”. Me preguntaron “¿Usted es Juan Giménez? Dije que sí y pensé que las rupias estaban salvadas. En el 80 nos propusimos con Barreiro hacer “Ciudad”. (Skorpio: revista de historieta de dos países: Argentina e Italia. Dirigidas por Alfredo Scutti.)

La ciudad es la misma ciudad de nunca, nunca ha sido así esta ciudad. Uno se pierde dentro de sus sueños o los sueños se pierden adentro de uno. No se puede salir, solo un ascensor que lleva a la salida o a la muerte, o a ambas cosas a la vez. ¿Acaso la muerte no es una salida? Pero el perdido no está solo, lo persigue por dentro sin hacerle daño El Aleph de Borges, parte del Diluvio Universal y el flautista Hamelin con sus aborrecidas pero apetitosas ratas. A la vuelta de la esquina de esta ciudad de fantasmas desprevenidos el perdido puede enfrentarse con Frankenstein, con Drácula, El Hombre Lobo y un Alien. Pero no necesitará escapar, primero porque no hay dónde escapar y segundo porque la ciudad les ha hecho tanto daño a todos que todos ya no pueden dañar. Fantástico.

Señor mendocino: ¿usted sabe quién es Juan Giménez? ¿Cómo puede ser que no conozca a uno de los dibujantes más reconocidos del mundo? Búsquelo atrás del color. El color es otro de los nombres de Juan Giménez

Yo le hago el color a La Estrella Negra y se la vendo a Glenat. Claro, originalmente el color lo iba a hacer como lo hace todo el mundo allí, que es con el blue, es colorear con máscara. Pero dije “No, voy a probar hacerlo yo, directo, así practico”. Fue un desastre porque hice unas fotocopias, no las monté y chorreaba, se mojaba todo, un desastre. Mi mujer planchó el original. Ese fue el Estrella Negra, se lo entregué a Glénat y es uno de los libros que hasta ahora me ha dado más satisfacciones, conservo los derechos y periódicamente me llegan unas rupias de derechos de autor. (Glenat: Editorial de Comic española)

Usted tiene todo el derecho a preguntarme ¿Qué colores son los de Juan Giménez? Mire amigo, anote: color púrpura de cielo pero un cielo de Neptuno cuando la nave atraviesa las primeras capas de gases. Rosado en la piel de esa mujer que duele de tan rubia y es capaz de enamorar, de lejos, hasta un ciego. Negro del sótano del universo, tres escalones más abajo del infierno. Amarillo de un ataque de larvas metálicas de Ganímedes, si es que Bradbury lo permite. Verde de esos esos, ay, esos ojos. ¿Por qué las dibujás tan lindas, Juan? ¿Qué colores? Todos, pero los colores de él, porque los colores no solamente se usan, también se interpretan.

De pronto me empezaron a identificar con el color, “Ah, Giménez: color”. He hecho algunas cosas en blanco y negro, pero no interesaban tanto, no eran tan atractivas. Bueno, si el color es la vía por la cual algunos me identifican del montón de dibujantes, pues vamos al color. Los franceses me achacan que yo era un remedo de Bilal. Que es una mentira. Si hay algún remedo es de Meziéres el de Valerian, que es otro dibujantazo, que cuando yo lo vi dije: “Ese es el color que quiero tener”, porque lo veía más cercano, aparte era el tema de avioncitos y naves, no el de Bilal… “Este es el tipo que yo tendría que seguir si quisiera”. Lo que pasa que luego con la evolución y viendo las posibilidades del color fui llegando a lo que se parecía a Bilal. Y en Italia dicen que me parezco al de Ranxerox y en Rusia creerán que me parezco a la puta que los parió.

(Meziéres: ilustrador francés. Optimo. Seguilo)

(Valerián: serie de historietas de Ciencia Ficción francesa, guionada por Pierre Christin. Excelente. Buscala)

(Bilal: Enki Bilal, historietista, dibujante, director de cine francés. Todo lo hace bien. Encontralo)

(Ranxerox: personaje de historieta creado por Stefano Tamburini, artista italiano. Fantástico. Impregnate)

La ciencia ficción es una realidad más, no sé si ciencia, no tiene esa pretensión, y estoy seguro que no ficción, porque como ya dije, es una realidad más. Volvamos atrás. Si a los Templarios, en medio de una cabalgata hacia el Dios de la Muerte, les mostraras dibujos de hoy, quiero decir aviones de hoy, cohetes espaciales de hoy, computadoras de hoy, celulares de hoy, seguramente dirían: “Esto es Ciencia Ficción”. Fijate que no, Templario, es solo una realidad de tu futuro. ¿Entonces los monstruos que dibuja Juan Giménez hoy son realidad?

“Giménez, ¿te van a llamar de Estados Unidos?”. Me llamaron. Empezó una cosa muy rara que desemboco en Heavy Metal. Entonces, cuando entre otras cosas vieron lo de los aviones, dijeron “Este tipo es para hacer Gremlins” “¿Qué es eso?” Veo unas alas con unos V-17 de punta a punta, “Ah –digo– para esto me llamaron” -“No, no”, me llevó a otro lado “para hacer este taxi” y ahí salió Harry Canyon. Después colaboré en Gremlins, prácticamente ese segmento estaba terminado, pero lo rehicieron entero, porque se parecía demasiado a Alien, que estaba muy fresco en ese momento. Fui por 20 días y estuve 5 meses. En ese ínterin yo ya empiezo a hacer Cuestión de Tiempo. Me digo: “Voy a hacer algo con guión mío”.

En Humanoides Asociados me sentaron con Jodorowsky, que tenía una idea en la que un millón de naves atacaban a un millón de tipos y todo se tenía que ver en un mismo cuadro, o algo parecido, yo exagero. Pasó el tiempo y dice “Tengo una idea mejor, ¿te gusta el Metabarón?” “¿Quién es?” -” Es un personaje que hizo Moebius dentro del Incal” -“Ah, si, uno pelado con una oreja de lata”. La Casta del Metabarón al principio me fastidió un poco, porque no era lo mío, hacer esas armaduras y fantasía, te juro que no.

(Jodorowsky, Alejandro: Genio. Maestro de las palabras y de las (i)realidades. Guionista de los Metabarones.

(Moebius: seudónimo de Jean Giraud. Espectacular. Mirá “El Garaje hermético”)

(Incal: Historieta de Ciencia Ficción de Jodorowsky y Moebius. Imperdible)

Son invencibles los Metabarones, pero con una condición: aman a su manera. Capaces de destrozar mundos y de enfrentarse cara a cara con una flor. Son muy parecidos a Juan Giménez. No los sorprende la belleza, pero la disfrutan. Podés encontrar a los héroes griegos desfilando detrás de los cinco Metabarones, Aquiles, Odiseo, Hércules, Alejandro con ínfulas de humano. Y la lírica de los Cuentos de las Mil y una Noches, claro que, Scheherezade y el sultán, son los robot Tonto y Lothar. ¿Y sabés qué? Hasta poder encontrar en ellos la vecindad de los Buendía del Gabo, leyendo poesías. El continuo destino trágico de los Metabarones y sus esposas, el enfrentamiento con unos hijos que los han de matar en batalla para que la casta continúe, las abundantes mutilaciones, suicidios, incestos, resurrecciones, parricidios, clonaciones y exterminios nos sitúan esta saga en las antípodas de la ciencia ficción más comedida de los superhéroes americanos. En definitiva, pibe, nada distinto de los cuentos que los antiguos abuelos nórdicos pero claro, con el dibujo de Juan Giménez.

En definitiva, un groso, pero de grosedad tangible, visible, emocionante. Recuerdo a Quino y su sorpresa de todo lo que podía contener un lápiz. No creo que lápiz alguno haya pensado que en él habitaba el mundo de Juan Giménez. Sigue dibujando, pintando, creando, por suerte de millones. Es padre del trazo, hermano del color, y compinche de los pinceles. Dicen que dibuja Ciencia Ficción, pero yo creo que Juan, piadosamente, lo que hace es adelantarnos un cachito de futuro. Es mendocino. Lo repito por si te quedan dudas: es mendocino. Dibujame el orgullo Juan que vos estás adentro. ¡Qué manera tan bella de ser de los otros!

Premios: La aceptación por parte del público y la crítica lo han hecho merecedor de numerosos galardones internacionales: Mejor dibujante elegidos por los lectores de las revistas en 1984; Comix Internacional en 1983, 84, 85 y 90; Premio al mejor dibujante en el Salón del Comic y la Ilustración de Barcelona en 1984; Yellow Kid otorgado por el Salón Internacional del Comic de Lucca en 1990; Bulle D’Or en Francia en 1994. Sus trabajos han sido expuestos en distintas ciudades del mundo, sobresaliendo la muestra del Centro Georges Pompidou en 1997.

Un poco más de Juan Giménez

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