Por Rodolfo Braceli, Especial para Jornada.
Desde Buenos Aires*

El virus no es una casualidad. Los humanos venimos haciendo méritos para padecer en el presente esta indefensión aterradora, globalizada, que don Borges sintetizaría diciendo: “No nos une el amor, sino el espanto…”

   Protagonista medular de esta pandemia es el capitalismo, que se lo nombra como (neo)liberalismo, (neo)conservadurismo, (neo)desguace, (neo)buitredad, (neo)genocidio. Cambia el collar pero no el perro rabioso (con perdón de los perros).

   El (neo)liberalismo tiene un rasgo excluyente: en el sitio asignado al corazón anida un bolsillo y la palpitante billetera. Usurero, el bolsillo, muerde sin feriados. Los bancos importan infinitamente más que los hospitales, que las escuelas, que los colegios, que las universidades. Este junio ya se prevé como el más caliente de la historia. Entre los lujos que se da el (neo)liberalismo está el de enarbolar las banderas de la ecología, de la democracia, de la libertad, etc. Pero no nos engañemos: muuuucho más que la democracia les interesa el petróleo. Y a la ecología el Primer Mundo la cuida del umbral de su casa para adentro. El concepto que se viene imponiendo se resume en una especie de “después de mí el diluvio… Más allá de mi umbral, que los demás revienten.”

   Patética evidencia: para el Primer Mundo, altamente civilizado, la Tierra no es una casa, es un albergue transitorio. ¿Ejemplos? Desde las pasteras que hacen funcionar en países lejanos, hasta la fabricación de autos envenenadores de los aires.

   La preocupación ecológica del (neo)liberalismo es proclamada desde el más descarnado egoísmo. En tiempos de cuarentenas se impone la reflexión. El primer mundo debiera aprender del Mundo Trasero, que tiene ejemplos preciosos. Como los de un paisito llamado Bolivia, muy saqueado desde sus orígenes. Allí no se usa la palabra ecología, se vivencia la palabra Pachamama. En la sufrida y entrañable Bolivia (hoy sin analfabetos) la ecología no se declama, se vive desde el amor a la tierra, sin ostentación esnobista. (Tengamos en cuenta que Bolivia no hace mucho ha padecido un golpe de estado. La constitución ha sido violada, para variar.)

   El mundo entero debiera darse por enterado: entrando a la segunda década del siglo 21, en la Bolivia presidida democráticamente por el hoy exiliado Evo Morales, se creó “una ley que considera a la Madre Tierra un sistema viviente.” Nada menos. La ley promulgada “crea la Defensoría de la Madre Tierra, la cual detalla cómo se debe vivir en armonía y equilibrio con la naturaleza”. Propone que la Madre Tierra es “sagrada” y un “sistema viviente dinámico”. Es decir, que la tierra es considerada como un ser que posee derechos a proteger. La norma incluye el concepto de “justicia climática” para reconocer el derecho a reclamar un desarrollo integral del pueblo boliviano y de las personas afectadas por el cambio climático. Además crea un Fondo Plurinacional de la Madre Tierra y otro de Justicia Climática para administrar recursos económicos estatales y extranjeros e impulsar acciones de mitigación del cambio climático. También establece que las “tierras fiscales serán dotadas, distribuidas y redistribuidas de manera equitativa con prioridad a las mujeres, pueblos indígenas originarios, campesinos…”

   Se plantea la “eliminación de la concentración de la propiedad de la tierra o latifundio y otros componentes de la Madre Tierra en manos de propietarios agrarios. También establece la regulación y el control de “extranjerización en la propiedad”, así como el acceso y aprovechamiento de los componentes de la Madre Tierra, y considera que las actividades como la minera y la petrolera se deben encuadrar en esta ley. Establece además que quienes causen daños de forma accidental o premeditada a la Madre Tierra o sus “sistemas de vida” deben garantizar la rehabilitación de las áreas.

   Un precioso detalle: aquella Ley establecía que los delitos relacionados con la Madre Tierra son “imprescriptibles”. Como los delitos de lesa humanidad.

   Con esto, Evo Morales, el indio ese, a través de una Ley tan lúcida como conmovedora convirtió a Bolivia en una capital del mundo concediendo derechos concretos a la Madre Tierra o Pachamama. Derechos propios de una persona.

Bolivia, tan en el ombligo de nuestra Suramérica, no tiene complejos de inferioridad. No usa desodorantes. No güevonea con peroratas sobre la ecología. Y en su momento se opuso muy concretamente a las coordenadas y acuerdos que se anunciaron durante la cumbre climática de las Naciones Unidas celebrada en Cancún, México, en el diciembre del 2010. Entonces Bolivia consideró que las medidas acordadas eran puro maquillaje para tranquilizar conciencias. Bolivia concretamente pidió que los países “superiores” se comprometieran a “reducir la emisión de gases de efecto invernadero en los países desarrollados, en un 50 por ciento”. Y atención, esto antes del 2020.

   Por años los medios descomunicadores del (neo)liberalismo, de la (neo)buitredad se han mofado de Evo Morales. Pero para “el indio ese” la ecología es un acto de amor renovado, y profundo. El indio ese ha elaborado “una ley que considera a la Madre Tierra un sistema viviente.” Nada menos. Para él y su pueblo, entre la ecología y el hecho, no hay ningún trecho.

    Pero la mofa de los autodenominados civilizados, continúa. La degradación del planeta cabalga alevosa, obscena, impune. A la dirigencia de los países centrales eso de la Pachamama les importa menos que una curiosidad turística. Mientras tanto, las señoras muy aseñoradas y los señores muy almidonados siguen con sus viditas, contrayendo matrimonio para perpetuar (¿o perpetrar?) la especie. Cuando se casan, con toda naturalidad se conceden un anillo matrimonial de oro. A los casados obedientes de la rutina social –próximos infelices– ni se les ocurre considerar que esos anillos son de oro. Y el oro proviene de las entrañas de la tierra. Al parecer no están enterados que para conseguir el oro que necesita cada anillo se requiere por los menos de 8.000 litros de agua.

   En fin, ya les vendrá… ¿Les vendrá qué?

   Les vendrá el día en el que, para pagar una botella de agua bebible, no les alcanzará el valor del anillo de oro que ya se están sacando del anular de la mano izquierda. El agua es un derecho humano. Las violaciones a la madre Pacha tienen su castigo. No estamos lejos de cambiar un anillo de oro por una botella de agua.

   Digamos que no nos unirá el amor, nos unirá la sed. Una sed ecuménica.

   Buen momento –el de la imprescindible cuarentena–, para vadear la conciencia digestiva. Para salir de la indiferencia activa.

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