Desde Buenos Aires

Pasaron 38 años de la (des)guerra por Malvinas. Episodio no cancelado. Aunque nos resulte incómodo, reflexionemos, hoy desde la necesaria cuarentena por el devastador virus.

  Reanudo conceptos expuestos en esta columna a lo largo de una década y media. Hoy la humanidad está en una cornisa que presiente apocalipsis. Tal vez esto nos haga asumir otra clase de conciencia sobre aquella (des)guerra patética ¿qué supimos conseguir?

   Al grano: ¿Qué opinarían nuestros militares ciudadanos, Belgrano y San Martín, si vieran lo que pasó durante y después del 2 de abril de 1982? Perdió la vida un millar de casi criaturas, en las islas y con el hundimiento del Belgrano. Después de esa atrocidad, se suicidaron más de 400 ex combatientes. Más murieron aquí, en este mapa patrio, que combatiendo en las islas. Madremía. Madrenuestra.

   Innegable: los militares de turno nos engañaron. Pero reconozcamos: también nosotros nos dejamos engañar. El periodismo estelar, más allá de la censura, nos alentó el triunfalismo y el derrotismo.

   Revisemos por favor lo que “nos hicieron” y lo que “nos hicimos”. No olvidemos que gracias a la desgracia de esa (des)guerra los argentinos volvimos a la democracia. A partir del golpe militar y cívico y empresarial y ruralista y eclesiástico, al compás del periodismo, la mayoría de nuestros militares, luego de violar la Constitución se dedicaron a violar las vidas y a violar las muertes, de a miles. Como yapa afanaban criaturas desde la placenta. El vaciamiento patrio era piloteado por un civil orejudo, un tal Martínez de Hoz que con los años encarnaría en Domingo Cavallo y en otros hijos del Mercado Libre.

  Aquellos valientes (militares de oficina) se apropiaron de un reclamo legítimo para hacer una guerra tan absurda como patética. “Huyeron hacia adelante”, dijo don Borges. Galtieri salió al balcón y alzó la euforia de una multitud que tres días antes había apaleado. Con la sinceridad que favorece el whisky, se lo confesó a Oriana Fallaci: “Tomamos las islas, pero nunca pensamos que la Gran Bretaña iba a mandarnos la flota”. De los hielos del sur no conocía un bledo. De los hielos del whisky, sí.

  Duele reconocerlo: aquella (des)guerra fue vivida, por gran parte de nuestra sociedad, con la banal adrenalina de un Mundial. Mientras tanto, adolescentes mal comidos, se retorcían de frío y de pánico. Fueron arrojados a la muerte. Y a la locura. Hasta que la verdad nos cayó en la mollera, y la euforia patria mutó en depresión deportiva. Nuestros muchachos volvieron entre sombras, ninguneados, despreciados. Nuestro triunfalismo los marginó.

   ¿Y después? Ahí están en Gente las fotos veraniegas del general Menéndez, el fugaz gobernador de Malvinas que, tras capitular, regresó rozagante, perfectamente ileso. A meses del desastre Menéndez recorría en shortcito la rambla de Mar del Plata del brazo de su señora esposa. ¡Qué templanza el varón! ¿Así elaboraba el luto?

   Y eso no fue todo: a los centenares de muertos que quedaron allá lejos, se le sumaron otros cientos, muy traspapelados: de a uno, decenas de ex combatientes se suicidaban sumidos en la pesadilla de una sociedad exitista que los fusilaba con la indiferencia. La cifra de suicidados no baja de 400. Es  tanto el desdén por nuestros muertitos que no hay un registro oficial de ellos. Estos casos son noticias de veinte líneas, ¡y a olvidar se ha dicho! Releo una de las pocas notas preocupadas por este asunto. La escribieron Juan Ayala y Daniel Riera para la revista Rolling Stone (abril del 2000). Releo:

   “Rosario, 22 de noviembre de 1999. Eduardo Adrián Paz subió la escalinata de la torre del Monumento a la Bandera. Seis tandas de siete escalones y un descanso en cada una lo llevaron hasta el ascensor. Lo acompañaba el ascensorista. Al quedar solo, buscó el mirador que da al río Paraná, subió al pedestal del telescopio, forzó un barrote del enrejado y se tiró desde 70 metros de altura. Se estrelló sobre la proa del monumento, encima de una frase de Belgrano en relieve que dice: “Cuan execrable es el ultrajar la dignidad de los pueblos violando su Constitución”.

“El oficial Miguel David, de la Comisaría 1º de Rosario, describe con precisión  que Eduardo Adrián Paz quedó prácticamente partido a la mitad. Tenía desprendimiento de masa encefálica y fracturas expuestas en los brazos y en las piernas. Paz, 38 años, separado, era padre de seis hijos, y aguardaba en el noviembre de 1999 que el Estado se dignara pagarle la pensión que le correspondía. Era uno más entre los cientos que decidieron suicidarse…”

   ¿Esta crónica es dura? Más insoportable es la realidad. ¿Para qué revolver el pasado? Para que el patético y vergonzoso pasado no se vuelva a repetir en otros jóvenes.

Posdata.  Qué curioso: los señores y señoras tan aseñoradas, que tanto se indignan ante la sola posibilidad de debatir sobre la legislación del aborto, jamás hablan de esos otros “abortos posteriores” de jóvenes cuyas vidas fueron “interrumpidas”. Otra vez: ¿Qué dirían sobre esto Belgrano y San Martín? ¿Dirían que nos engañaron y que nos dejamos engañar? Revisemos nuestros diarios y revistas y noticieros de hace 38 años. Primero la euforia alevosa, dos meses después la depresión vergonzante.

  Nuestros próceres nos dirían que a aquellos militares de Malvinas nadie les avisó que, para pasar a la historia, tenían que hacerse un control de alcoholemia.

  Nos estamos olvidando de un detalle: en plena guerra torturaron, estaquearon a jovencitos hambrientos, bajo el cielo de la cruz del sur. Sí, ¡torturaron! Para no perder la costumbre.

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