Es toda una tortura este tema del coronavirus para un hipocondríaco. Los tipos asumen todos los síntomas de la enfermedad y lo sienten como propios. Se sienten reflejados en cada caso que escuchan, en cada situación que leen y ellos mismos generan sensaciones que los incomodan más.


La fiebre es uno de esos síntomas. El tipo sabe que la fiebre es una de las condiciones de la enfermedad entonces siente fiebre a cada rato, andan con un termómetro cerca siempre, algunos los llevan en sus ropas o en sus bolsos, y se toman la fiebre varias veces por día. Y como el termómetro arroja una temperatura normal se dicen: “Este termómetro debe andar mal” y entonces no paran hasta conseguirse otro.


El problema de la tos es otro de los condicionantes. El tipo siempre ha tenido tos, porque fuma y eso le provoca tal situación, pero ahora la siente seca, sin flemas, entonces se alarma hasta lo indecible porque ese sí que es un síntoma certero. Para ellos, no para la enfermedad que ni siquiera les pasa cerca.


La información les produce adicción. Necesitan estar informados de lo que está pasando y compararlo con lo que a ellos les pasa. Hay personas que mientras esperan su turno en algún trámite o compra -respetando perfectamente la distancia que se aconseja con otras personas- se ponen a escuchar las conversaciones sobre el coronavirus, para ver si pueden recabar más información, escuchar algo distinto y así, seguir encontrándole sentido a sus síntomas imaginarios. 


Escuchan todos los mensajes de difusión que les llegan y los asimilan. No quieren perderse ningún tipo de información, aunque después se compruebe que es falsa.


Claramente, ver a la gente por la calle con guantes y barbijos no ayuda para nada a un hipocondríaco, porque todo eso alimenta sus temores. “A pesar de que algunos médicos recomiendan que sólo los enfermos usen barbijos, muchos los usan igual porque se sienten protegidos”, afirmó una especialista.


Se lavan las manos decenas de veces por día y cuando ya las tienen lavadas se ponen alcohol en gel para tener máxima protección. Sienten un chucho de frío que les recorre el cuerpo y lo atribuyen a la enfermedad sin darse cuenta de que han dejado la ventana abierta y afuera está fresco. Algunos son tan extremos que llegan a bañarse con alcohol en gel, necesitan estar “engelados” en todo el cuerpo.


Como es un virus del que aún no se conoce mucho, el hipocondríaco cuenta aún con más síntomas disponibles que le resultan interesantes. Ellos saben lo que sienten las personas que tienen, por ejemplo, una faringitis, porque a lo mejor la tuvieron alguna vez. Pero, al tratarse de una enfermedad tan nueva y de la que cada día se tiene más información, pueden incorporar otros síntomas que escuchan, como la pérdida del gusto o del olfato. Por eso, si oyen algo nuevo y, aunque aún ese síntoma no se conozca con precisión, ellos pueden incorporarlo.


Cuanto más escuchan que no hay que tocarse la nariz, los ojos y la boca, más necesidad sienten de hacerlo. Ellos mismos generan esa picazón o esa molestia, y lo peor es que después empiezan a tener miedo de haberse tocado las mucosas.


Por el cuerpo del hipocondríaco realmente no pasa nada: sólo pasa la idea de que está enfermo. Sólo es una persona que está llena de miedos pero no enferma físicamente. Para ellos, es más fácil pensar que están enfermos que admitir el miedo a enfrentarse con una situación. 


La mente tiene diversas formas de actuar y muchas veces el hipocondríaco trata de convencerse de que tiene lo que lo tiene. Es como aquella gata a la que nada le venía bien, creo que era la gata de Doña Flora.