La política es la práctica por la cual puede lograrse determinados modelos de sociedad: desarrollo, mejores condiciones de bienestar y salud, más y mejor educación, ejercicio pleno de los derechos, mayor igualdad de ingresos.  Según la ideología, serán diferentes las finalidades, pero siempre queda firme el propósito: llegar al gobierno para conducir la sociedad con una dirección tomada por deseable.

Por Roberto Follari, Especial para Jornada.

  Nada más lejos de los anti que hoy vemos oscilar entre la calle, las redes sociales y algunos políticos en Argentina. Desde un extremismo anti-sistema en que se mezclan ultraliberales con autoritarios de derecha, ocupan calles todos a la vez en una misma convocatoria, y algunos son anticuarentena, otros antiexpropiación de Vicentín, otros antiinseguridad, unos antipoderjudicial que libera supuestos corruptos, y así siguiendo.

  ¿Qué los une? Un desmesurado rechazo al gobierno nacional, el cual lleva apenas 7 meses. Hasta diciembre gobernaba Macri, y no nos fue nada bien: por ello perdió las PASO con 14 puntos de diferencia, y con algunas apuradas acciones de emergencia (varias contrarias a su ideario), igual perdió por 8 puntos en primera vuelta. Ahora parece que viniéramos del País de las Maravillas, y las quejas son por las razones más variadas, y a veces por ninguna. Se trata de ir contra el peronismo/kirchnerismo, y cualquier bandera puede servir al respecto.

  ¿Hay alguna unidad en todo esto? Ninguna que no sea el rechazo al gobierno. ¿Hay algún plan alternativo para mejorar las cuestiones a que se oponen? Ninguno. ¿Hay la capacidad para configurar un espacio propositivo en común? No. ¿Hay algún programa para mejorar la situación del país? Ni de chiste.

  No sólo agredieron esta semana a periodistas que cubrían la manifestación en el Obelisco: la agresividad es notoria no en todos, pero sí en no pocos de los asistentes. La fácil creencia de ser “los buenos” considerando a los otros “chorros” o “corruptos” sin prueba alguna, les basta para sentirse indignados y apostrofar con virulencia a sus adversarios, fuera de las condiciones que rigen el respeto por el otro y el diálogo político.

  Les preguntan si saben que Vicentín le debe millones al Estado y responden “no me importa”, como si tal cosa. Uno de los que hacían manifestaciones anticuarentena muere de coronavirus, y los demás ni se inmutan. Otro de los que manifestaban hace semanas –éste más joven- muestra su perplejidad al estar ahora contagiado y en aislamiento asumido. Gritan contra Lázaro Báez, ignorando que lleva 4 años con preventiva (el máximo son dos), y que no tiene condena ni en primera instancia. Dicen que la cuarentena arruina económicamente, como si donde no hay cuarentena (Brasil, Estados Unidos) no estuvieran muy mal en su economía, y con decenas de miles de muertos que no tenemos aquí.

 Nada los une. Muchos disimulan la fuerte presencia de cercanos a Biondini (neonazis) entre los anticuarentena: para estos, la pandemia no es más que una maniobra maléfica promovida por Soros y Bill Gates. Aún si tal simplificación fuera cierta no nos condena al contagio masivo, no justifica cortar los cuidados. Los ultraliberales dicen que tenemos que dejar lugar a la libre empresa, como si eso garantizara el éxito económico. Como si Cavallo nunca hubiera fracasado.

 Hay unos pocos políticos que abonan este odio: Bullrich y Fernando Iglesias por ejemplo, que no son los únicos. También muchos que forman opinión desde la tv. Son minoría ruidosa que se pone en los límites del sistema político, fuera de la deliberación y de las reglas de absorción institucional del conflicto. Quizás hacen ahora más ruido, porque las causas por espionaje están mostrando la monumental trama de ilegalidad con que se funcionó en varios ámbitos de gobierno desde el año 2015. Y asumen que, como en el viejo boxeo de tiempos de Pascual Pérez, “la mejor defensa es un buen ataque”.-

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