Por Mauricio Runno

De tanto referirse al o a los desafíos globales, la narrativa mundial se disparó entre las hendijas de un planeta acechado. Cuidado con lo que decis o soñas. Puede suceder el día menos pensado.

¿Desafío global? Ok. No era la economía, estúpido.

Suele existir una pregunta que se formula con carácter existencial a personalidades de varias épocas. Es aquella que interroga acerca de qué tres libros se llevaría a una isla.

Ricardo Piglia ha tenido la mejor respuesta ante el planteo de una pavada:

“El primero que me llevaría sería aquel que me enseñara a confeccionar un bote”.

A veces con humor surcamos este naufragio de la incertidumbre, lo que nos depara un porvenir incierto y venturoso.

Pero a veces no. Nos domina el miedo, el caos, la angustia.

Es natural. Ante lo desconocido reaccionamos sin calma ni seguridad, en la mayor indefensión.

Pero, de a poco, todo tiende a acomodarse. Es lo que ha sucedido desde que habitamos este mundo. Ante la dificultad o el escollo ideamos una mejora. Es la historia simple del progreso. Es una apología de la superación individual y colectiva.

Las noticias no siempre son tan trágicas, aunque siempre poseen más carga las que anuncian tragedia, fatalidad o intimidades ajenas.

Es cierto que nunca la humanidad como hoy tuvo tantas herramientas a su favor. Posiblemente no estemos a la altura de una naturaleza que nos advierte del desequilibrio que construimos, hora a hora, minuto a minuto.

En la vida que se avecina la relación con el ambiente influirá a partir de esta crisis con ribetes de estricta ciencia ficción.

O no. O más o menos. Tampoco hay certezas. Apenas anhelos y esperanzas.

Sabemos que somos los que estamos y que con eso debemos arreglarnos. Sin cuestionamientos, sin dobles intenciones, sin resentimiento. Somos los que estamos. Y también somos lo que hacemos. Y lo que no, claro.

No recuerdo otro momento tan crucial en 50 años en el cual es muy notable el crujido de la fragilidad humana. Estamos expuestos a un detalle, insolente y despiadado, peor que la codicia, el egoísmo o el pánico, a los que conocemos demasiado de cerca.

Este es un planeta que juega con sus reglas. No hay trampas. Está en el contrato que nos extiende al menor atisbo de vida.

Ahora surge imponente, mágico y perturbador.

La naturaleza está ofreciendo una gran lección.

Acaso sea el único orden que debe regir por encima de cualquiera con pretensiones de inmortal.

Por eso entiendo que más que asomarse o vislumbrar un nuevo “orden”, debieramos pensar en resolver el desórden que naturalizamos.

El futuro podría ser una especie de recopilación de presentes bastante mejorados.