Nos hemos pasado la vida hablando de curvas. Hombres y mujeres, por igual. Musa de millones de poemas (pésimos), centenares de películas (buenas), grandes y pocos libros (geniales). La anatomía humana ha sido objeto de analogías desde sutiles a brutales. Y a todos, quien más, quién menos, lo ha definido una curva.

Todo es risa y hermoso y vital y pleno, hasta que la curva se aplana, es decir, se hace recta. Sobreviene el aburrimiento, la monotonía, el grisáceo de la recta. Hay millones de abogados que han sobrevivido divorciando relaciones matrimoniales. No es por nada, pero, cada cual sobrevive como puede. El caso de los abogados siempre me ha resultado facilongo.

No hay menos de tres nociones distintas de curva en las matemáticas. Ok, allá ellas y con ellas, ellos, es decir, los matemáticos (más audaces que cualquier abogado a la hora de ganarse la lenteja).

Intento recordar cuántas clases de curvas conocí en los últimos 50 años (si hay algo que sobra ahora es tiempo, así que pensar en eso puede ser extenso y peligroso, como esta cuarentena).

Las primeras curvas deberían ser las de las portentosas actrices del neorrealismo italiano: Sophia Loren, Gina Lollobrigida, sin olvidar a la sueca más latina de la historia: Anita Ekberg. Diría que debería haber un DNU de Fernández sobre el particular. Artículo 1: “Por este instrumento se declara el principio de la Gran Curva al cine italiano de la década de 40 al 50”. Artículo 2 y último: “Que en los actos de proclamación del artículo anterior no se incluyan las gestiones de Ginés ni Daniel Arroyo ni representante alguno de La Cámpora”.

No sin estupor suelo oír en comentarios de mujeres que el chonguito para acá y el chonguito para allá. No sólo se han apropiado del argot gay, sino que creo ver una curva en cada una de esas referencias coloquiales. Me explico: además de comerse curvas en una ruta, una mujer también vive de curva en curva. Y está muy bien. Emparejan y remedian las rectas interminables. Estaban faltando y de seguir a este ritmo faltarán hombres (o chongos o como se los llame).

La pequeña gran apología de la curva no me llega de un escritor o sociólogo (casi al nivel del abogado en la escala alimentaria de nuestros días). La he conocido de un arquitecto, y si pusiera mayúsculas no exageraría. Escribió Oscar Niemeyer:

“No es el ángulo recto que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas es hecho todo el universo, el universo curvo de Einstein”.

Si quieren aplanar la curva, problema de ustedes. Por el momento creo en cada curva que se me presenta en el camino. Y lejos de aplanarla, lo que más me atrae es estirarla, de tomarla cerrada hasta llevarla a curva abierta. Y así hasta la próxima. Llevo casco, guantes y música de Van Morrison. Soy obediente al instructivo tan cambiante de la Organización Mundial de la Salud.

Maten al bicho, pero no se la agarren con las curvas. Gracias.

(Ilustración: foto de Eduardo Dolengiewich)