Como el fútbol, el boxeo vino de Inglaterra… Y también como el fútbol y otros deportes, en nuestro país tuvo un origen netamente oligárquico.

Capitulo XV.

Exclusivo Jornada

Cuando pasó el furor y llegaron otros barcos, la insignia del viejo imperio ya nos había contagiado una interminable cantidad de ideas también viejas: una pelota de fútbol y un destino dudoso que no se dobló durante el siglo, ni siquiera en las décadas doradas, mucho menos tras la niebla de las Malvinas.

Precisamente un inglés, Ian Cox, abrió sin suerte un gimnasio de boxeo porteño en el año 1864. Donelly, otro inglés, fue el primer profesor con vuelo propio e impuso sus técnicas a la del savate francés: una especie de boxeo que era un engendro con patadas, intragable, que llegó de la mano de Lamarque, Dupont y Mathieu.

Estos habían arribado al país desde París y captaron a algunos entusiastas como Carlos Delcasse, en cuya quinta aristocrática de Belgrano, hacia fines del siglo XIX, los pitucos decidieron que se quedarían con los puños solamente.

Mucho más cuando entró en escena Jorge Newbery, el primer argentino adinerado que se convirtió en ídolo popular a través de la práctica multidisciplinaria del deporte. De origen inglés, contribuyó con sus éxitos a formar el orgullo nacional de los argentinos. Aportó estilo, contactos y conocimientos para modernizar el país en beneficio del conjunto, y enfrentó, como funcionario de la ciudad de Buenos Aires, a las compañías de electricidad en manos de extranjeros. Amigo de Mosconi, escribió sobre el petróleo tomando partido por la intervención decidida del Estado en materia energética.

Pero es el boxeo el deporte en el que Newbery (con solo 21 años) más influye, ya que es quien corrige la forma de practicar esta actividad en Buenos Aires. Newbery elimina la forma francesa (llamada Savate) de utilizar las piernas para pegar sobre el rival, lo que hasta entonces estaba permitido. Esta nueva forma, sólo con los puños, la había observado durante sus estudios en los Estados Unidos de Norteamérica.

Como el Boxeo estaba prohibido en la ciudad de Buenos, él lo practicaba en forma oculta en la quinta de Carlos Delcasse, ubicada en el cruce de las actuales calles Sucre y Arcos del barrio de Belgrano. Pese a la diferencia de edades, Newbery y Delcasse, que tenía 44 años, se enfrentaron dos veces, con un triunfo para cada uno.

La quinta de los “Perfectos Locos” como era llamada por los vecinos la casa de Delcasse era el lugar en donde cruzaban los guantes de ocho onzas personajes como Viale, los tres hermanos Newbery, los Nocetti, Wilkinson, Webster, el juez Klappenbach, el Dr. Gondra, los Villar Sáenz Peña, Vidal Freire, Hardtmouth, Cano, Jorge Mitre, Storni, de Cires y Alemandri, entre otros.

Pero Newbery los dominaba a todos como así también a otros famosos de la época en los barrios como Santiaguito, a Percival o a cuanto marinero extranjero que se animaba a cruzarle guantes.

Newbery además promocionaba esta nueva actividad en los galpones del Mercado Central de Frutos en Avellaneda, frente al predio donde se encuentra actualmente la cancha de Racing Club. También luego se realizarían combates, uno de los cuales duro 20 round (12 de agosto de 1916) en el Teatro Roma, que aún se conserva en esa ciudad.

En julio de 1908 un centenar de distinguidos deportistas, entre los que se encontraban Eduardo Naón, César Viale, Jorge Newbery, Carlos Delcasse y Marcelo Peacan del Saar (elegido presidente) fundan el Boxing Club Buenos Aires. Dos años más tarde el Boxing organiza el primer campeonato para distintas categorías. A los pocos años aparecerán los primeros boxeadores profesionales entre los que se encuentra Luis Angel Firpo.

Más adelante en otros capítulos vamos a seguir con la historia del boxeo nacional, nos vamos quedar recordando al primer ídolo popular que tuvo nuestro país, un hombre polifacético, Jorge Newbery, y que por desgracia quedó vinculado a la historia de Mendoza.

Jorge fue un enorme nadador, eximio esgrimista, un remero a la altura de los grandes campeones europeos, y vanguardista en carreras de autos. Era un dandy que practicaba el boxeo como lo dejo dicho Edmundo Rivero en el tango Corrientes y Esmeralda:

Amainaron guapos junto a tus ochavas

Cuando un cajetilla los calzó de cross

Y te dieron lustre las patotas bravas

Allá por el año… Novecientos dos”

El cajetilla era Newbery. Que además fue ingeniero, funcionario público, experto en energía. Pero como en el boxeo, fue un pionero de la aviación. Era febrero de 1914, cuando Jorge Newbery registró la marca mundial de altura con 6.625 metros. A las pocas semanas, ya estaba listo para batir su propio récord.

Quería cruzar los Andes y viajó a Mendoza para estudiar las posibles rutas. Pero antes de regresar a Buenos Aires accedió a un pedido de algunas admiradoras que lo querían ver volar. Unas chicas de la alta sociedad de Mendoza le pidieron que volara.

Ya a bordo una máquina prestada, la señorita que le ha pedido que volara se acerca y le entrega una medalla de la Virgen de Lourdes para que le diera suerte. Al tomarla, Newbery advierte que no lleva consigo el retrato de su madre. Será la primera vez que vuela sin su imagen que, para él, es como un amuleto.

Pero en el aire, el aeroplano no le respondió y cayó. El aviador murió en un accidente que ocurrió hace exactamente 104 años, y que, a los 38 años, lo convirtió en un personaje mítico de la Argentina.

Su sepelio fue multitudinario y vale recordar las palabras con la que lo despidió el gran dramaturgo cordobés Belisario Roldán:

“ Señoras: señoras que habéis querido poner en este cortejo la desusada nota de vuestra presencia, como para comprobar una vez más que en la tumba de los paladines no faltaron nunca ni las flores que perfuman el aire, ni esas otras que purifican el alma… Señores:  que me estáis escuchando con el párpado cansado de contener la lágrima que asoma; hombres de todos los núcleos y todas las clases; obreros; ancianos; niños; mujeres; madres: — madres para quienes el viajero había asumido ya simbólicas semblanzas de hijo; — si es verdad que las almas vuelan al desprenderse de su mísera envoltura terrenal, ciérnase la suya en la más augusta y plácida de las elevaciones; las aves, sus hermanas, escolten al espíritu que asciende; la paz intacta de los espacios que cruzara en vida reine por siempre en su postrer refugio y pliéguese la bandera de la patria en la media asta de los duelos nacionales, porque el país acaba de perder una de sus glorias, y porque en el fondo del total corazón de la República sangra en esta hora la herida de un desgarramiento verdadero, mientras pasa ante nuestros ojos, como en una pesadilla trágica, la visión de un ave que cae, el ala rota, para retomar en esencia y en llamarada el camino de la luz y de la gloria”…


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