El primer combate en serio –aunque la actividad estaba prohibida– se libró una tarde de octubre de 1903, en la sede de la revista El Gladiador (Avenida de Mayo 1139), y no es difícil adivinar que el inglés o irlandés Paddy McCarthy le dio una paliza al italiano Abelardo Robassio

Capitulo XVI. Exclusivo Jornada

Fueron cinco rounds, garantizados por el jefe de policía Beazley, ante un perfumado público de galerita. Entre la concurrencia de alcurnia y buenos modales, además de Newbery y su hermano Ernesto, estaban el barón De Marchi, Ramos Oromí, Del Solar Dorrego y hasta Manuel Fresco, aquel caudillo conservador, de votos a cambio de asados y tintillos. Y ese mismo año, otro inglés obviamente, Willie Gould, 57 kilos, fue consagrado como primer campeón argentino ¡de todos los pesos! Reinó hasta el aterrizaje de Gustavo Lenevé, un suizo apodado “El Francés”, que resultó al final el más experto, gran maestro y consejero.

La rúbrica popular fue puesta en el año 16, con la presencia del campeón mundial pesado Jack Johnson, invitado a los festejos de la centenaria Independencia, junto con Sam Langford y otras glorias. Hizo sólo exhibiciones, pero su negro encanto y su talento (fue el mejor de los mejores, según Alí) nos metieron para siempre en este asunto, pese a las prohibiciones fascistas, a los detractores ignorantes y a nuestros propios errores. Fue así como desde el estrato social más encumbrado y sin rozar casi la clase media, el boxeo se hizo corazón entre los pobres, propietarios de la sangre y de la fiesta.

El 23 de marzo de 1920 se fundó la Federación Argentina de Box. La primera sede de la entidad funcionó en el club de Flores, que se trasladó luego a la calle Córdoba 459 y posteriormente a la calle 25 de Mayo 63. Para que esta creación fuera posible fueron sus promotores el barón Antón Antonio de Marchi (por la Unión Argentina), el doctor Nicanor Magnanini (por el Buenos Aires Boxing Club), Ricardo Aldao (por Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires), el doctor José Alfredo Martínez de Hoz (por el Hue-Guen Club) y Alberto Festal (por Barracas Central), y el primer presidente de comisión directiva fue el doctor César Viale. Ese es el antecedente de la actual Federación de calle Castro Barros y que presidió durante tanto tiempo Osvaldo Bisbal.

La historia más moderna tiene que ver con el impulso que le dan al pugilismo, cuando se asocian, Ismael Pace y Pepe Lectoure, quienes en 1916 organizaban combates donde hoy se halla el Obelisco, como recuerda Carlos Irusta en una crónica referida a los 70 años del Luna Park. Carlitos sostiene que cuando se ensanchó la calle Corrientes tuvieron que deambular como gitanos para promover los festivales, pasando por el Parque Romano, las canchas de Boca y River, los teatros Coliseo, Onrubia y Nuevo. Hasta que encontraron en un gran baldío, frente al correo, en Corrientes y Lavalle, y limitado por Madero y Bouchard. En 1931 empezaron los entrenamientos y el 5 de marzo de 1932 se hizo el primer festival de boxeo. Amílcar Cafferatta le ganaba por KO en cuatro rounds a Jack Canavessi. Por supuesto que eran espectáculos al aire libre. Recién se hizo el techo en 1934 y era corredizo.

Pero no todas eran rosas para el Luna Park. En una nota publicada en el diario La Nación, Rafael J. Saralegui explica los detalles completos que produjo el primer conflicto en el boxeo profesional argentino, que surgió hace más de 60 años y que voy a citar en estas páginas. El hecho se produjo cuando un grupo de casi desconocidos y sufridos preliminaristas del Luna Park reclamó una mejora en su retribución de 80 pesos por presentación.

Los díscolos estaban encabezados por Juan Carlos Alonso, un peso liviano que había ganado sus dos combates profesionales. El movimiento, inorgánico y frágil, fracasó y su cabecilla sufrió la soledad del ostracismo.

Existen más precisiones, en cambio, sobre la primera rebeldía de significación, originada también por demandas pecuniarias. Este movimiento, mucho más representativo que el anterior, se registró en 1948 y estaba encabezado por figuras de notorio arraigo popular, como Alfredo Prada, Eduardo Lausse, Mario Díaz, Alfonso Senatore, Ricardo Calicchio y Alberto Lovell.

Ismael Pace y José “Pepe” Lectoure, propietarios del Luna Park, no tenían rivales en la metrópoli y su larga mirada supervisaba casi toda la actividad pugilística en el país.

Los insurgentes alegaban que el monopolio ejercido por la empresa le permitía fijar arbitrariamente remuneraciones precarias, mientras los trabajadores de otros sectores se beneficiaban con las mejoras salariales impulsadas desde el primer gobierno peronista.

El conflicto se agravó cuando las palabras cedieron paso a los hechos, y los boxeadores y managers allegados a ellos constituyeron la Asociación Boxística Profesional (ABP), que comenzó a organizar reuniones al aire libre en el estadio de Atlanta. Presidida por Mario Díaz, nuestro excelente peso welter, la flamante entidad contaba con el asesoramiento de Nereo Pagadizábal, el mismo abogado que poco antes había cobrado notoriedad por su actuación en la también bisoña organización gremial de los futbolistas.

La novedad obligó al Luna Park a suspender sus festivales durante ocho semanas, lapso en el que la flamante competencia promovió cinco reuniones en el escenario de Villa Crespo. La mayor recaudación en ese ring la generaron los pesados Abel Cestac, argentino, y Juan Ulrich, peruano, con casi 28.000 pesos.

Un valor como Mario Díaz, por ejemplo, debió peregrinar por plazas del interior durante largos meses de 1949, año en el que combatió en 25 oportunidades. Las bolsas, ciertamente, no eran las de sus noches estelares entre las sogas de Bouchard y Corrientes.

Durante el estío, la ABP también patrocinó reuniones en la cancha de San Lorenzo de Almagro, que, como las de Atlanta, arrojaron discretos resultados económicos. El invierno obligó a los rebeldes a cambiar el romántico techo de estrellas por otro más tangible y reparador. Consiguieron, así, que por primera vez la Federación Argentina de Box (FAB) abriese sus puertas de Castro Barros 75 al boxeo profesional.

Con la promoción del Club Unidos de Pompeya se realizaron ocho reuniones, en la primera de las cuales Kid Cachetada, casi tan añejo como la lucha entre el capital y el trabajo, aventajó por puntos al fogoso y rollizo Francisco Pagola. La concurrencia llenó el pequeño estadio y disfrutó de un buen combate. El octavo espectáculo (viernes 9 de septiembre de 1949) tuvo un doloroso epílogo; la muerte del negrito uruguayo Urbano Rodríguez, un medio pesado de 25 años, que perdió por fuera de combate en la novena vuelta frente al pegador Angel Cassano, a quien le dispensó seis kilos de ventaja.

La cruzada insurgente se fue consumiendo por una realidad casi anémica, muy lejana de las ilusiones que la habían gestado. Los emancipados cada vez fueron menos y todos terminaron por reencontrarse en el escenario mayor del Luna Park. De ese modo, la empresa fundada por Domingo Pace en 1912 volvió a su rutina sin amenazas ni escollos a la vista.

La placidez concluyó abruptamente en el segundo mes de 1957, cuando comenzó a despuntar otro movimiento secesionista con el que estaba vinculado nada menos que el único campeón del mundo que por esos tiempos tenía la Argentina: Pascual Pérez. Y el operativo lo comandaba el entrenador de Pérez, Felipe Segura, al despotricar sin miramientos contra el Luna Park.

“Nació con una cantidad de quistes malignos que con el andar del tiempo agrandarán sus tentáculos para absorber más tarde todo el deporte de los puños no sólo en el país, sino en América del Sur”, sostenía Segura. Era el verano del 57 y gobernaba la llamada Revolución Libertadora.

Agraviada, la empresa rompió relaciones comerciales con Segura, con quien se solidarizó rápidamente Lázaro Koci, manager de Pérez. Años atrás, Koci, un albanés que había dejado su navaja y su tijera de peluquero para incursionar en el mundillo pugilístico, había sido el hombre fuerte del Luna Park y el programador de sus actividades.

El 29 de mayo de 1957 los separatistas inauguraban el estadio Babilonia, con un éxito por puntos del riocuartense Francisco Espelozín ante el uruguayo Líber Rodríguez. El nuevo recinto, ubicado en Alem 1185, en Retiro, había funcionado como salón de baile y, con el Parque Japonés y el Sevilla Colmao, constituía un importante polo de vida nocturna para marineros (por entonces el puerto de Buenos Aires era centro de una intensa actividad), conscriptos y amigos de diversiones fáciles. A pocas cuadras del Luna Park, las 4.000 comodidades del nuevo recinto aseguraban dos cosas: asientos para todos los espectadores y una programación que no movilizaría multitudes.

El Babilonia era espacioso y su amplitud le permitió cobijar simultáneamente al estadio y al gimnasio, en el que diariamente transpiraban alrededor de 80 peleadores encolumnados detrás de Koci y Segura. Allí Pascual Pérez –la especialidad de la casa– actuó una sola vez y superó por puntos al prometedor santiagueño Luis Jiménez.

En 1957, el Babilonia fue escenario de 57 reuniones, a razón de dos por semana, y en el verano del año siguiente las ocho únicas veladas hicieron de responso definitivo.

Con anterioridad, la nueva empresa había organizado dos defensas de Pascual Pérez, en los estadios de San Lorenzo de Almagro y de Boca Juniors. En ambas circunstancias el campeón cosechó dos tempranos y categóricos éxitos. El combate con el minero británico Dai Dower, en el Gasómetro de Boedo, deparó la mayor recaudación hasta entonces en el país, con casi dos millones de pesos. Esa noche, el Luna Park no suspendió su tradicional reunión sabatina y organizó un doble fondo: Horacio Acavallo –después también campeón mundial de los moscas– igualó con Enrique Escudero y Osvaldo Cañete obtuvo la decisión ante Victoriano Cejas.

Luego de morir Pace y Lectoure, las viudas quedan a cargo del Palacio de los Deportes, hasta que aparece un sobrino de “Pepe”, “Tito” Lectoure, para escribir las páginas de oro del mítico estadio. Fue en 1956 y tenía 20 años. Por allí pasaron campeones mundiales de la talla de Sandy Saddler, Archie Moore, Kid Gavilán, Don Jordan, Carlos Ortiz, Ismael Laguna, Carlos Ortiz y Emilie Griffith.

Los grandes recuerdos están emparentados con duelos gloriosos, como lo fueron Prada-Gatica, Selpa-Lause, Thompson-Cirilo Gil. Fue el negro Federico Thompson el que dio el primer gran triunfo internacional en ese recinto al vencer por KO al campeón del mundo, el estadounidense Don Jordan.

Nicolino Locche fue el que más veces llenó el Luna Park, y el gran combate entre Oscar Bonavena y Goyo Peralta, en 1966, mantiene el récord de 25.236 personas en el estadio.

Fue en ese estadio, con motivo de un festival a beneficio de los damnificados por el terremoto de San Juan en 1946, que Perón conoció a la que luego sería su esposa y líder del Movimiento Nacional Justicialista, Eva Duarte.

El general Perón era infaltable en la primera fila del ring side. Son recordados sus saludos al borde del ring con el “Mono” Gatica. Una de las tantas veces que Perón y Evita fueron a verlo boxear y se sentaron en la primera fila, Gatica, al reconocerlos se acercó a ellos, estrechó la mano de Perón y le dijo: “Mi general, dos potencias se saludan”.

Un día Tito decidió bajarle la persiana al box en el mítico estadio y sólo se reabrió después de fallecido el exitoso promotor, el sábado 13 de julio del 2002, para la pelea por el campeonato mundial de los moscas entre el argentino Omar Narváez y el nicaragüense Adonis Rivas. El chubutense logró la corona esa noche que se reabrieron las puertas del glorioso templo, en un merecido homenaje a “Tito” y con la presencia de las glorias vivientes del boxeo nacional.

Cuántas noche de alegrías, de festejo en ese Luna con los triunfos mundialistas de Nicolino, Monzón, Galíndez, Corro. Cuánta angustia, cuando “Morocho” Hernández puso en el piso a Nicolino, enmudeciendo al estadio repleto y obligando al “Intocable” a ir para adelante a buscar el triunfo que luego logró por puntos. O cuando Briscoe lo tenía groggy a Monzón en un rincón neutral, de donde pudo salir a duras penas el santafesino para luego definir el combate a su favor.

Retirado Tito fue el turno de Osvaldo Rivero, quien desde Coggi lleva consagrados 13 campeones del mundo. Lo conocimos a partir de su acercamiento a Pablo Chacón, acompañandoló a conseguir el titulo del mundo y también a Reveco y Barrios.

Esta evocación nos sirve para dejar sentado el nombre de boxeadores que escribieron también la historia grande de este deporte, como los ex campeones del mundo Horacio Acavallo, Miguel Ángel Castellini, Miguel Ángel Cuello, “Martillo” Roldán, el gran Santos Laciar, Víctor Hugo Palma, “Látigo” Coggi, “Uby” Sacco, el cordobés pero formado en la escuela mendocina Gustavo Ballas, y tantos otros que no lograron el título ecuménico pero que brillaron por su talento o valentía, como Eduardo Lause, Rafael Merentino, Miguel Ángel Páez, Avenamar Peralta, Abel Laudonio, Horacio Saldaño, Ramón La Cruz, Abel Cachazú, José Smeca, Víctor Echegaray, Esteban Osuna, Jaime Gine, Vicente Derado, Carlos Cañete, José Menno, Héctor Pace, el tucumano Ale Alí, y los cordobeses Raúl Rodríguez (“La Telaraña”), el “Sapo” Azar, Luis Romo, José Casas, Hugo Gutiérrez; los hermanos Ye Ye y “Pajarito” Hernández, Golepa Cabral, Omar Gotifredi, Miguel Ángel Campanino, “Cachín” Méndez, y muchos más.

Se nos hace imposible nombrarlos a todos.


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