No hay caso, ni los diarios ni las radios ni lo televisores, nadie me va a convencer que Mercedes Sosa “partió”, que “se nos fue”. Ella está. Y está aquí, presente, en este mes de julio del 2020, tan cruzado por el espanto de la pandemia.

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

   El reciente 9 de julio me trasladó al cumpleaños de la Negra, y a la autora de la Negra, su madre. Cuando Mercedes Sosa canta, los adjetivos colapsan, y terminamos exclamando: “¡Cómo canta! ¡Qué la parió la Negra!” Ahí es que nos preguntamos: “¿Quién la parió? La infinita madre que parió a semejante Voz se llamaba Ema del Carmen.

   Como tantas veces, celebro el cumpleaños de la siempre presente Mercedes, recordando a doña Ema. La conocí, la escuché, comí sus empanadas y sus locros. Fue una prodigiosa mujer sin escuela que tenía una sintaxis perfecta. Por eso en mi biografía sobre y con Mercedes, doña Ema tuvo un capítulo entero.

   Recurro en especial a momentos de una conversación de una tarde entera, en el mes de octubre del 2002. Mamá Ema, aguda y lúcida, andaba por sus 87 años. Estábamos en la mesa de la cocina, en el aire flameaba la música emocionante del locro y las empanadas inventadas por sus manos. Escuchémosla:

“…Yo sé de cocina, pero hay platos modernos que no sé hacer. Los hacen muy rápido. Las pobres mujeres trabajan afuera y no ven la hora de volver y ver a sus hijos. Antes, yo a los chicos los mandaba al colegio, ordenaba la casa, y mientras iba cocinando el puchero. Empezaba a las nueve y media; a las doce y media estaba listo. ¡Y qué puchero salía! Todo era lindo, aun en la pobreza. Ya uno se sentía feliz al tender el mantelito de hule en la mesa…

–¿Qué recuerda de sus padres?

–Ella se llamaba Genoveva Toledo de Girón y él… Miguel Girón.

–¿Que hacía su papá?

–De ese hombre no voy a hablar… Él se fue el 12 de abril y yo nací el 14 de mayo. No lo conocí. Fui criada por unos tíos; yo le decía papá a mi tío… Miguel Girón preñó a mi mamá y se fue. ¿Para qué me trajo si me iba abandonar? Pero no me quejo: después fui muy feliz con mi marido, a pesar de las carencias.

–¿Por qué a Mercedes usted le dice Marta?

–Ella fue anotada Haydé Mercedes, yo quería ponerle Marta. Y en casa así la sigo llamando. Sabe, yo quería ponerle también Julia Argentina, porque nació el 9 de julio. Pero, no todo sale como uno lo pide. Lo grato es que mi Marta nació sanita. Lo recuerdo patente: eran las tres menos cuarto de la mañana. La tuve en el hospital porque me habían dicho que venía muy grande. Gorda y tan linda…

–¿Muy rebelde Mercedes de chica?

–Nooo. Por favor. Eso sí, no era muy estudiosa que digamos. Andaba mejor en gimnasia, canto y música. A los seis años se envolvía con el mosquitero y se hacía la bailarina española. Más le digo: la Marta, si no hubiera sido cantora hubiera sido pintora. Hacía unos dibujos hermosos, tenía mano de artista. Y yo no quería que ella cante.

–Usted no quería, pero…

–Mire, cuando Mercedes tenía doce años ¿doce o catorce?… se presentó a un concurso en la radio LV12. Después vino mi marido y me dijo que hacían un concurso radial: “Hay una chica que parece que tiene muy buena voz… ya va a empezar, pongamos la radio”. Y la presentan y canta “Estoy triste” de Margarita Palacios. Yo hablo para disimular, mi marido me dice: “Decime: ¿ésa no es la nena?”. ¡Resulta que ganó ella! Y a los tres días viene el director de la radio y me enojo mucho y ella me dice asustada: “Lo hice por jugar… la profesora de música me dijo que me presente.” A mí eso de cantar no me gustaba nada nada.

–¿Está segura?

–Nada. Porque había que hacerlo afuera de la casa. Siendo una artista yo la pierdo a mi hija. ¿Cada cuánto la iba a ver?

–Un poquito egoísta usted.

–Algo sí. Le acepto.

–El caso es que su Marta, Mercedes Sosa, triunfó y es adorada.

–Lo que usted quiera. Pero se sufre.

–Hoy, ¿volvería a no querer que cante Mercedes?

–Sí. Porque es mucho sufrimiento el que ha tenido mi hija.

–¿Usted cambiaría todo lo que es Mercedes en el mundo por una vida de ella en casa?

–El dinero tiene valor, pero lo moral tiene más. Le vuelvo a repetir: la Marta es buena hija y buena hermana, pero yo veo que sufre mucho. ¿Qué son los aplausos? Los aplausos duran lo que duran… Ya sé, muchos la quieren, pero yo la quiero más que todos. No me gusta la frivolidad, eso de vivir en fantasía. Los aplausos quedan para el público, pero yo como madre sólo quiero que la Marta no sufra. Y ella sufre cuando está lejos. Mucho sufre.

–¿Y qué pasa con usted cuando la escucha cantar?

–Lloro. Pero tengo remedio para mi sufrimiento y el de ella: le hago de comer.

–¿Cuál es el secreto de ese locro que vamos a comer en un rato?

–Si al locro usted no le regala paciencia, que nadie se ponga a hacer locro.

–La Negra me contó que durante su última enfermedad le volvieron las ganas de vivir cuando volvió a comer sus empanadas.

–¿Vio lo que le dije?… La Marta estuvo mal, muy mal. No me dejaban verla, hasta que la vi por tevé en lo de la señora Mirta Legrand… estaba flaquísima… ayyy, qué terrible, tuvieron que llamar un médico para mí. Fíjese si se me muere la Marta. A una madre verdadera no le importan las vanidades del mundo… Sabe, a mis hijos les enseñé que cuando vean a alguien que cometió robo no señalen: “ése es ladrón”. No. Matar no es necesario para vivir. Robar, a veces sí. Si una madre ve que su hijo necesita pan, entonces roba para darle pan a ese hijo. Y lo hace en la ley. La primera ley, la ley de ser madre… Hemos hablado suficiente ya ¿no? Vamos a comer locro y empanadas con la Marta. ¿Sabe Rodolfo? Ella está comiendo muy poco y con desgano últimamente; eso me preocupa.

–Pero antes dígame: doña Ema, ¿seguro que aún hoy sigue sin querer que su Marta cante?

–Lo que le dije. Si ella no anduviera por ahí cantando no sufriría tanto. ¿Qué importa que cante tan lindo y que la aplaudan? ¿Qué madre puede querer que su hijo sufra? La Marta sufre. Y lo peor: he notado que apenas come. El otro día dejó una empanada por la mitad.

Posdata.

  Todos los humanos de la Tierra tienen madre. Y los ídolos también.

  Para las madres de los ídolos, ellos no son ídolos, son sus hijos. Están más allá del aplauso. Aman ciegamente. Y eso es todo, para ellas.

  Al aplauso tarde o temprano se lo lleva el viento. Se lo llevó.

  Pero la madre estaba antes que el viento. Y estará después.

  (Feliz cumpleaños, Negra querida. Seguís cantando y te escuchamos porque estás en los pliegues del aire. Es cuestión de apoyar nuestra oreja en el aire, para escucharte ahora, en este minuto de la eternidad.)               

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