Por Mauricio Runno

Hace exactamente una semana escribía aquí sobre el Coronavirus. Recopilaba ahí lo que durante todo ese día leí sobre el maldito virus en todo el mundo. Jamás leí un diario o web de Argentina. En general en los temas serios el periodismo argentino está bastante atrás de los sucesos. Ignoro por qué. Quizá sea la falta de presupuesto. O la comodidad del copy paste. O una suerte de pauperización cultural en la profesión de informarse.

Una semana después sigo sin leer la prensa argentina, pero esta vez por una saturación de información, una sobreactuación ridícula si estuviéramos como espectadores en una obra de mal teatro y peor actuado.

Quiero decir dos cosas sobre el periodismo actual en este país: es indiferente o bien es agotador. Ambas categorías resultan coincidentes a la hora del impacto: la desinformación.

Todo ha cambiado en el mundo, a partir de la tecnología que todo lo puede y que, incluso, puede reemplazarnos en nuestro trabajo. Todo es distinto a lo que conocemos y estudiamos, por eso es tan necesario conocer y estudiar casi a diario. Lo que ayer funcionaba posiblemente dentro de una semana sea desmentido ante evidencias de último momento.

El aspecto sanitario está entre las áreas sensibles de estos cambios, tan dinámicos como vertiginosos. Se requiere una mentalidad muy abierta y una actitud de humildad ante el porvenir. La realidad muestra lo ridículo de la canchereada, del juicio rápido o la opinión infalible.

Virus nuevos azotan la segunda década del siglo XXI con fuerza de tempestad o terremoto. Poco se sabe qué los origina, ya que la carrera por el conocimiento debe competir contra la peligrosa propagación de estas enfermedades. Son una amenaza que parece reírse de las divisiones básicas a las que nos limitamos, tipo creerse de derecha o izquierda, católico o musulmán, blanco o negro, rico o pobre, europeo o asiático o latino o lo que se les ocurra.

Las consecuencias económicas de esta pandemia que tiene en vilo a todo el mundo, pese a que no sabemos exactamente la situación en China, Inglaterra, Rusia o Cuba, son devastadoras. No se trata de fingir apocalipsis o exagerar informaciones. Nadie puede determinar al día de hoy lo que dejará esta guerra. Paradójico: con la tecnología podemos medir la cantidad de pulsaciones de Messi en un partido o las toneladas de una cosecha de soja. Pero no todavía las pérdidas de una pandemia inédita en la historia del mundo contemporáneo.

Es hora de volver a casa, de hacerla el centro de operaciones de nuestra vida, de recordar qué tanto necesitamos lo que verdaderamente no necesitamos, de ver casi todo pero con otra perspectiva. Hago un elogio al encierro como terapia ante la futilidad de un ritmo de vida que nos lleva a “salir” en una inercia que, tontamente, nos impide volver, retornar a lo importante.

Si hay algo bueno en el actual estado de cosas, elijo la posibilidad de poder pensar el resto de los días que se avecinan desde otro ángulo. Uno que supere miedos, fobias y ansiedad. No hay mal que dure cien años. Y para muestra basta con repasar la historia argentina.

Feliz cuarentena, amigos. Que la Internet haga el resto.