Desde Buenos Aires

El virus, tan mentado, está sirviendo para desnudar conductas que desnucan la condición humana. Aquí cerca y allá lejos emergen los actos de gobernantes que perpetran acciones inauditas; acciones que agotan todos los adjetivos habidos y por haber. Por sus nombres y apellidos: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson, tres monicacos tres. Y sumémosle al gobernador de Jujuy, el señor Gerardo Morales.

    Una especie de cordón umbilical los une: la capacidad para hacer el ridículo y la tendalada de muertos que están dejando. Oscilan entre el cinismo y la necedad. Les importan menos que un carajo las vidas ajenas. Cambian de opinión con más frecuencia que de calzoncillos. Naturalmente, que son agudamente adictos al capitalismo neoliberal.

   Nuestro Gerardo Morales, con una resolución semejante a la que ejercitaba Antonio Bucci en los años atroces de la dictadura violadora, hace pocos días llenó un ómnibus con migrantes latinoamericanos y, como “medida sanitaria de precaución”, los expulsó de la provincia con destino a Buenos Aires. ¡Gran alarde de mano dura! Pero eso no es todo: una semana después el señor Morales anunció que podrá fajas en las puertas de las viviendas de quienes pueden ser posibles portadores de coronavirus. De ese modo –explicó– “con la faja (denunciadora) le vamos a decir a los vecinos de la cuadra y de la manzana que esa familia” puede ser contagiosa.

   Es decir que con la tremenda “faja” se va estigmatizar por tiempo indeterminado a una familia. No se trata de una medida de “prevención sanitaria”, se trata de una delación, se trata redondamente de un escrache cruel, impiadoso, vergonzante, humillante.

   Con esta medida el señor Morales retrocede varios siglos, por lo menos hasta la Edad Media. Asume muy orondo métodos atroces propios del siglo V y siguientes. Con la faja en la puerta señalando a la posible víctima del virus señala, además, al portador de una culpa socialmente insoportable. Esa especie de escrache, además de cruel, impiadoso, vergonzante y humillante, encarna una acción cobarde de toda cobardía. De algún modo así se concreta un virtual linchamiento social. Es decir: racismo sanitario.

   “Moralmente” hablando, esa faja delatora nos hace pensar que la condición humana por momentos retrocede sin asco y está chapoteando en una ciénaga de la que, si es que se sale, se sale andando en cuatro patas. Con perdón de los nobles animales. La Inquisición ha reanudado su espeluznante vigencia. Madremía.

   De arranque mencionamos a ese monicaco mayor, que lidera la próxima (ex) primera potencia del mundo, Donald Trump. A mediados de este abril del año 2020 después de Cristo, los Estados Unidos del Norte encabezan en “este” mundo las cifras de muertes debidas a la pandemia. Hay pánico en Nueva York; están colapsando las funerarias, de nada les sirven esos miles de misiles inteligentes con que manipulan el petróleo y los gobiernos levemente democráticos del mundo. Los norteamericanos están acostumbrados a hacer la guerra bien lejos de sus fronteras, para eso es que pagan impuestos con alegría.

   Damas y caballeros, una pregunta: en estos días de muertes a diestra y siniestra, ¿cómo reacciona el promedio de la sociedad norteamericana? Creer o reventar: están haciendo largas colas. ¿Colas para qué? ¿Colas tal vez en los supermercados? ¿Colas tal vez en las iglesias? ¿Colas tal vez en las farmacias? Señoras y señores, nada de eso. Los norteamericanos por estos días hacen colas en las armerías. La información, casi traspapelada, nos dice que “los estadounidenses en marzo pasado compraron cerca de 2 (dos) millones de armas, el doble que en febrero”. Además nos refiere la noticia: el diario The New York Times comparó la compra de armas con la espectacular acumulación de papel higiénico. El pico en la venta de armas fue en el año 2013, cuando se produjo una matanza en la escuela primera Sandy Cook de Conectticut, con 26 muertos. Caramba, caraxus: ¿Quieren solucionar la muerte convocando la muerte?

    Es oportuno recordar que los asesinos seriales, las matanzas en colegios, es una “costumbre” norteamericana. Pero hagamos memoria: los muchachos del Norte ya empezaron a matar en cantidades en Hiroshima y Nagasaki. En aquel momento justificaron esas dos bombas atómicas sobre inermes poblaciones civiles, con un eufemismo nunca superado: arrojaron las bombas “para evitar más muertes y conseguir la paz más rápido”.

    Lo cierto es que estamos distraídos por el alevoso virus. Pero sucede como cuando le echamos la culpa diablo y lo más campantes decimos que “a las armas las carga el diablo”. No nos engañemos: a los misiles los fabrican seres humanos que tienen la “virtud” de ejercitar la mano fuerte (con la que simpatizan tantos amantes de la “república”, en esta patria).

    Convengamos: lo grave no son los Trump, los Bolsonaro, los Johnson, ni compatriotas como el escrachador señor Morales. Lo grave es que hay media humanidad que los vota con fruición usando a la “libertad” como excusa y a la democracia como condón.

   Lo grave es que tengamos una conciencia sólo digestiva y estemos tan distraídos.

   Posdata: Comparto algo a propósito de nosotros; de nosotros como habitantes de este mapita, y de nosotros como habitantes de este ínfimo planetita que navega sin brújula, despavorido, a la deriva por el sumo cosmos. El otro día alguien de mi sangre de pronto me escribió en una hojita en blanco: “Lo que nos va a salvar es el amor”. Es decir, la solidaridad.

    ¿Qué me habrá querido decir? Nada más complejo que lo sencillo.

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