El náufrago que abandona la isla donde ha pasado numerosos meses (a veces años) mira su isla alejarse y siente una especie de nostalgia por abandonar todo aquello que le sirvió de compañía durante tanto tiempo.

El ermitaño que abandona su refugio en la montaña después de mucho tiempo para volver a las cosas mundanas que rodean ese mundo que está allá afuera, mira con sentimiento encontrados ese lugar que lo vio transitar la vida durante tantos meses.

¿Puede ocurrirnos algo parecido a nosotros con el confinamiento? Mal o bien todos lo estamos atravesando y algo de todo eso se queda con nosotros, prendidos de nuestra forma de ser.

Lentamente nos vamos acostumbrarnos a movernos dentro de nuestro metro cuadrado, dentro del pequeño espacio que dispone la casa para aquellos que la habitan. Y el tipo se hizo de una rutina. Se sienta en la misma silla o sillón, ocupa su lugar en la mesa a la hora de tragar, cumple horarios casi estrictos con las actividades casa hacia adentro.

Y por supuesto añora esa libertad que teníamos antes del gran golpe y rememora los hechos acaecidos y se proyecta hacia ese futuro donde no haya órdenes a qué atenerse para transitar.

Ahora tiene tiempo, ahora no llega tarde a ningún lado, ahora no tiene ningún trámite que lo lleve a apurar sus pasos. Todo se hace a su medida y metódicamente. Nadie le dice “mové el poto, viejo”, porque él maneja el tiempo del encerrón y hace de él lo que quiere.

Algo nos va a quedar de todo este tiempo de ser prisioneros, alguna sensación que nos lleve a extrañar las cosas que ocurrían mientras atravesábamos la contingencia.

Puede que entonces, cuando todo haya pasado, y al tipo le llegue algún fin de semana, es muy probable que esto le ocurra, puede decir, ante cualquier oferta de distracción: “No, gracias, este fin de semana lo voy a aprovechar para hacer cuarentena”

Porque ya son sesenta días los que hemos estado recluidos y eso tiene que dejarnos alguna sensación, no digo placentera, pero al menos amable. Hemos construido nuestro propio reloj y hasta diría nuestro propio calendario y nos hemos adaptado a él con cierta dosis de conformidad, pero también de placer.

Y si no nos gusta el orden hacemos del tiempo lo que decidamos hacer con él, nos excedemos con un libro en la mano, pellizcamos algo durante todo el tiempo, nos desparramamos en la cama a ver algo de televisión, conversamos con el prójimo cercánico y tenemos buenas charlas que hablan, generalmente, de cuando pase la pandemia, pero cuando pase ¿Sabremos cómo actuar? ¿No nos quedaremos involucrados con el encierro de tal manera que no sepamos cómo actuar cuando el día nos sorprenda libre por las calles?

Hemos cambiado, no sé si para bien, pero hemos cambiado, ya no somos los mismos que cuando el fantasma no estaba y a lo mejor eso condiciona nuestro futuro.

Nos hemos cuarentenizados y va a costar salir de esta situación. Tal vez alguno la extrañe de tal manera que no quiera salir. Como el náufrago que mira con nostalgia la isla que termina de abandonar.