“Extraño el fútbol tanto como el mayor hincha, pero hoy no puede volver”, afirmó el presidente Alberto Fernández, quien extendió la cuarentena hasta el 16 de agosto próximo. “Si no se puede jugar, que no se juegue, y hablo como profesional de la medicina”, dijo el viceministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Nicolás Kreplak, mientras que el ministro de Salud argentino, Ginés González García (médico y reconocido fanático de Racing Club) ya suspendió por dos semanas la reunión que debía tener con el presidente de la AFA, Claudio Tapia, el titular de la nueva Liga de Fútbol Profesional (LFP), Marcelo Tinelli, y el ministro de Turismo y deportes, Matías Lammens. Los más de cien fallecidos diarios de la pasada semana son un asunto muchísimo más urgente que la pelota.

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada

El Estado argentino va mostrando su toma de decisión semana a semana: por el momento, y en estas condiciones, al fútbol profesional no se puede jugar por la la pandemia y cuando todo indica que se podría ir acercando al pico de casos en pleno invierno. Sumado a eso, hace meses el presidente Fernández consultó al director técnico de River Plate, Marcelo Gallardo, sobre cómo considera que deberían ser las condiciones del regreso de las competencias y el “Muñeco”, con sentido común, le dijo lo correcto: aproximadamente después de un período de dos meses de preparación, entre los ejercicios físicos y la familiaridad con el juego, con varios amistosos de por medio.

Por si faltaba algo, y tal como publicó “Jornada” el domingo pasado, una muy relevante encuesta realizada por el profesor de Educación Física Gastón Biaín con jugadores de todas las categorías del fútbol argentino demostró que algunos de ellos tuvieron algún tipo de problema psicológico y que la mayoría no pudo trabajar bien la resistencia porque para eso se necesita de espacios grandes, lo que en una casa es imposible de llevar a cabo.

Biaín organizó en la pasada semana un seminario con reconocidos preparadores físicos argentinos como Javier Valdecantos (trabaja en el Los Ángeles Galaxy con Guillermo Barros Schelotto) y Elbio Paolorroso (que formó parte, por años, de los equipos de Gerardo Martino), quienes pudieron tomar conocimiento de cómo fue el ciclo de preparación de Francisco Núñez (ex Olimpia y selección paraguaya, entre otros) de Cerro Porteño en Asunción, para el torneo local que ya se reanudó, y éste contó que necesitó alrededor de treinta entrenamientos, con dos amistosos, uno a dos semanas de la vuelta al fútbol y el otro, ocho días antes, más o menos coincidente con lo que Gallardo le planteó al presidente Fernández.

Apenas nueve días atrás, los preparadores físicos argentinos solicitaron a la AFA que haya ocho semanas (tal lo que plantea Gallardo) de preparación para el regreso al fútbol, y citaron el ejemplo de la Bundesliga, cuando Alemania tuvo 56 días de cuarentena contra los 135 que lleva la Argentina (más del doble): cuando el fútbol alemán volvió tras el parón obligado por la pandemia se duplicaron las lesiones respecto a la pre-pandemia aún con la modificación de la FIFA aceptando cinco cambios por partido. Recién en la novena fecha del segundo ciclo, las lesiones volvieron al promedio habitual.

Sin embargo, pese a todos estos datos rotundos de la realidad sudamericana y de la posición del Estado argentino, refrendado por la de la propia AFA, que perdió 7-1 en la votación sobre si se volvía a jugar la Copa Libertadores de América el 15 de septiembre próximo (las federaciones de Bolivia y Venezuela no votaron), el presidente de la Conmebol, el paraguayo Alejandro Domínguez, parece no poder contemplar siquiera lo que ocurrió en su propio país y se mantiene firme,. Por ahora, en la fecha de inicio.

Pese a la derrota argentina en la votación en la Conmebol, más de una federación levantó la mano a la vista de Domínguez pero fuera de cámaras y micrófonos le manifiesta su desacuerdo por una sencilla razón: basta con observar las realidades sanitarias de Brasil, Colombia, Chile, Perú o Ecuador (en estas horas se supo que seis jugadores de Liga de Quito, rival de River en el grupo, dieron positivo el test de Coronavirus)  para que quede claro que en este momento es imposible regresar a la competencia continental. Es más: en un zoom de hace pocos días, el muy reconocido infectólogo Pedro Cahn, asesor del Gobierno nacional, aconsejó no viajar a Brasil, a donde deben jugar tres de los cinco equipos argentinos: River, Tigre y Defensa y Justicia, mientras que para viajar a Uruguay, se necesita un hisopado previo de todo el plantel y que éste sea aprobado por el Ministerio de Salud, al menos siete días en el país y para salir, otro hisopado aprobado de todos los componentes de la delegación. Y nos estamos refiriendo al país que mejor ha llevado la pandemia en Sudamérica.

Si como se votó, la Copa Libertadores se reanudara el 15 de septiembre, y cuando el día más próximo para regresar a los entrenamientos en la Argentina es el 8 de agosto, a lo sumo habría 38 días previos a la competencia, lejos de los sesenta requeridos por Gallardo y a las ocho semanas que piden los preparadores físicos, por lo que los equipos nacionales llegarán en muy bajas condiciones.

Aún así, la Conmebol no sólo no se baja de su propósito de seguir jugando en las fechas convenidas sino que en la Argentina está empujando a la vuelta de los entrenamientos en el peor momento posible y de al menos los equipos que participan en la Copa Libertadores, aunque esto, como efecto dominó, determinaría el regreso del resto, que si no protestaría por llegar con menos entrenamientos a los torneos oficiales cuando se reanuden.

Es claro que el Estado no tiene interés particular en el regreso, ni tampoco la AFA, que ahora está empezando a considerar un absurdo como un torneo distinto al que se suspendió cuando llegó la cuarentena para quedarse (la Copa de la Superliga) y que al final tendría más fechas que el anterior, y sólo para dar una plaza más  a la Copa Libertadores y la Copa Sudamericana de 2021.

¿Tiene sentido todo esto? ¿Puede ceder el Estado argentino a las presiones de la Conmebol, ya sea por compromisos televisivos, otros negocios o por caprichos de sus dirigentes? ¿Quién tiene más fuerza jurídica, un estado o una entidad futbolística continental? No parece que haya dudas al respecto, pero los próximos días nos darán un panorama final.

En 2008, el gobierno español de José Luis Rodríguez Zapatero quiso terminar con Ángel María Villar –un símil de Julio Grondona del otro lado del Océano Atlántico-  como presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), algo que la FIFA no acepta, porque reglamentariamente (si bien lo aplica cuando quiere) no se permite la injerencia de los Estados.  Blatter, el presidente de la FIFA, se oponía a la salida de Villar, un aliado político suyo. El mandatario respondió con dureza: “el fútbol no puede estar por encima del Estado español”.

Al poco tiempo, aprovechando un homenaje a don Alfredo Di Stéfano, el entonces presidente de la FIFA, Joseph Blatter, viajó a Madrid y le advirtió a Rodríguez Zapatero que si quitaban a su amigo Villar de la RFEF, España corría el riesgo de no jugar la Eurocopa de ese año (cuando “La Roja” era candidata a ganarla). Rodríguez Zapatero, entonces, fue bajando el tono de sus declaraciones hasta esfumarlas. Villar siguió en su lugar y la selección española viajó a la Eurocopa de Austria y Suiza y la ganó.

En aquella oportunidad, el fútbol (la FIFA) fue más fuerte que un Estado. ¿Lo será ahora? ¿Lo permitirán los países sudamericanos? Jorge Valdano afirmó alguna vez que el fútbol “es lo más importante de lo menos importante”. La cuestión pasa cuando se permite que sea más importante que algo demasiado importante.

El tiempo dirá quién gana la pulseada.


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