Rodolfo-Braceli
Por Rodolfo Braceli

Se nos pasó agosto, pero no se nos olvida el deber de hacer memoria. Entre el 18 y el 19 de agosto de 1936, hace 84 años, los malparidos asesinaron a Federico García Lorca; pero…
Pero, damas y caballeros: no siempre la muerte se sale con la suya. Que a Federico lo hayan asesinado no significa que hasta el día de hoy hayan conseguido matarlo


Hay muchos –demasiados–, que aborrecen la palabra y el ejercicio de la memoria. Sin embargo, la memoria es lo único que garantiza un futuro transitado por una condición humana por fin mejor. En el encabezamiento de una reseña biográfica sobre Lorca, de esas que circulan por internet, al lado de fallecimiento dice: “causa: agresión”. En otra reseña dice: “fallecido por heridas recibidas por hechos de guerra”. Quienes escribieron estas “causas” del fallecimiento referidas a García Lorca, realmente, desnucan el cinismo. Esto nos demuestra que hacer memoria es algo urgente, y que no prescribe.

Tenía 38 años cuando lo asesinaron. Ahora, desde muy adentro del eco de la palabra “agosto” que prosigue en este setiembre, otra vez brota su nombre: ¡Federico! Sucedía la madrugada de un martes o miércoles. Al crimen lo consumaron por la espalda, como se acostumbra también en estos tiempos del prolijo (neo)liberalismo. Para España se avecinaban décadas de dictadura, consolidada por el incienso, bajo el férreo puño de Francisco Franco, generalísimo por la Gracia de Dios. (¡Joder con la gracia!)

Cada vez que pronuncio “Lorca”, se me cruza la voz de Pilar Franco, hermana del reverendo Generalísimo. Vuelvo sobre un episodio alguna vez compartido en esta columna. Resulta que hacia el año 1982, después de 6 años de silencio periodístico inevitable, yo volvía a escribir en una revista argentina, en Siete Días. Por entonces me enviaron a España con Carlos Abras, gran fotógrafo. Entrevisté a personajes muy diversos, entre ellos al hijo de Miguel Hernández (Manuel Miguel, el de las nanas de la cebolla), al supremo guitarrista Andrés Segovia, y a la espeluznante Pilar Franco.

En esos años el Generalísimo por la Gracia de Dios ya descansaba ¿en paz? debajo de un colosal monumento. El caso es que doña Pilar simpatizaba con la Argentina y de inmediato aceptó mi reportaje. Se ufanaba de su amistad con la ex presidenta Isabel Martínez. Hoy creo que doña Pilar congeniaría con la mutable señora Bullrich. A aquella Pilar la recuerdo chiquita, impetuosa y sonora, con un departamento repleto de pescaditos de todos los colores. Era explícitamente pisciana. Sin que se lo preguntara, de entrada me dijo que entre los republicanos no reconocía piscianos.


No era un organismo, era un nudo. Aquel nudo de mujer adoraba a su difunto hermano dictador, pero también se permitía criticarlo. Me dijo: “Paco en el fondo fue blando, demasiado bondadoso”. Y por eso –me explicó– al poco tiempo de su muerte, ‘España se dio vuelta como un calcetín y cayó en el libertinaje y en otras asquerosidades.’”


Pilar argumentaba, enardecida: “Fíjese usté’ las cárceles ¡si hoy son como hoteles 5 estrellas! Y vea usté’ con qué amabilidad se reprime a los delincuentes que salen de protesta. Qué vergüenza ¿pero dónde se ha visto? ¡balas que no matan! ¡balas de goma! Sí sí sí, lo que le digo: Paco fue muy- blan-do ¡y aquí tiene usté’ las consecuencias!”

Yo escuchaba a Pilar con el grabador encendido y a la vista. Eso no la amilanaba, al contrario. De nuevo, sin que mediara pregunta, crispadísima me empezó a enumerar las crueldades de los Republicanos a lo largo de la Guerra Civil. Yo la escuchaba calladito. En cuanto la señora Pilar hizo una pausa para resollar, me animé y le dije que “también los falangistas habían cometido algunas crueldades”. Pilar me desafió:

– “A ver caballerito: dígame usté’ una sola crueldad de los falangistas.”
Le respondí sobre el pucho:
–“García Lorca. El asesinato de García Lorca”.
Estalló:
– “Bien muerto está ¡el degenerao ese!”

Definición de la dulce Pilar Franco: García Lorca: “¡el degenerao ese!”
Todavía no se ha encontrado el cuerpo del “degenerao”, desapareció hasta hoy; fue arrojado a una fosa común. Su vida fue interrumpida, abortada, y ni siquiera hay una tumba para ponerle un clavel rojo a sus huesitos. Pero la búsqueda de sus restos continúa.
Que me disculpen los devotos del “Generalísimo por la Gracia de Dios”, y los alevosos simpatizantes de Bolsonaro y de Trump, y los en esta patria idolatrada devotos de la mano dura, y de la pena de muerte. Que me disculpen porque a continuación voy a recuperar un fragmento de “Federico García viene a nacer”, mi primera obra teatral estrenada y protagonizada en 1986 por Miguel Ángel Solá con dirección Inda Ledesma.

“–Te llamabas Federico García Lorca. Eras de carne, de huesos, de sangre, de poesía. Y eras de luz. El 18, tal vez el 19 de agosto de 1936, la nuca de tu luz fue acribillada.
Ay, luz tan derramada. / Ay, eso no se hace con una criatura. / Ay, eso no se hace con la luz. / Pero eso fue hecho. /
De a uno se mató a cientos. / De a uno se mató a miles./
Allá y acá, a miles, de a uno se los borró del mapa / de a uno se los borró de la vida: / siempre en el nombre del Orden. / Y en el nombre de la Paz. / Y en el nombre de la Seguridad Nacional. / Y en el nombre de las Buenas Costumbres. /
Allá y acá a la impunidad se le llamó heroísmo. /
Y fue sembrada de muerte la tierra enamorada. /
Y hasta fue violada, mil veces violada, la muerte. /
Y el abismo se desfondó. /
Ay… Federico, qué hicieron con tu espalda desguarrnecida. /
Con balas de odio te quemaron la camisa y la nuca. /
Lo hicieron, vaya se lo hicieron, Federico. /
Y a las campanas se les desgajó la lengua. Y ya no doblaron. /
Y el aire se derrumbó, con menos gesto que un gorrión vulnerado. /
Y el viento se estranguló en un remolino. /
Y el Verbo perdió el habla. /
Y las alas, todas, se desplomaron: eran de cristal al estrellarse contra la tierra. /
Y los ángeles –si es que los ángeles existen– dejaron de zurcir su almíbar. /
Y los demonios se arrodillaron como nunca antes. /
Y el Crucificado se retorció en sus clavos y murmuró: / “Ay, Padre, Padre… pensar que yo una vez creí que sólo a mí me habías abandonado”. /
Y el absurdo, no pudo gritar, se desnucó. /
Y el sol, para no alumbrar, se tapó los ojos, se tapo la mirada. /
Y a Dios se le voló el sombrero. Y al agacharse para alzarlo, se le cayó al suelo la mayúscula. /
¡Y el alarido se quedó sin paladar! /
‘¡Ay de mí! ¡Ay de mí!’, gritabas. Huyendo de la noche, Federico, buscabas buscabas buscabas el amanecer. /
¡Ay de nosotros! si fuera cierto, criatura amada, que te has muerto. /
¿Muerto? ¡Fuera de aquí, palabra asquerosa! /
¡Para matar no basta con asesinar! ¡Encendido, vivo estás! /
Siempre estás viniéndonos, porque nacer es lo tuyo, Federico. /
Los asesinadores nunca podrán con las criaturas. /
Ellos, están condenados al tedio, / condenados al bostezo perpetuo del alcanforado paraíso celestial. /
Ellos, allí, hediondos de hipocresía, descansan en paz. Pero no descansan en intensidad, como vos, Federico, ahora y por siempre.

Posdata


Ay, Federico nuestro que estás en el profundo humus de la Tierra. Aquel 18 o 19 de agosto de 1936, a la orilla de tu cuerpo derrumbado quedó un charquito de sangre aterida, aterrada. Tendrás que saberlo Federico tan amado: en la aurora de esa noche vomitada por los dueños de la Moral y de las Buenas Costumbres, precisamente en la aurora de esa noche insoportable, el Sol en persona quiso bajar desde sus alturas. Bajó el Sol para apoyar su frente en el charquito que dejó tu sangre. Porque tu sangre era es será siempre luz.
Después de todo, a la orilla de tu cuerpo niño nos quedó un charquito de sol…

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