Opinión

Maradona, el Diego, siempre a punto de resucitar

Una especie de feo rumor trata de avisarnos que Diego Armando Maradona ha muerto, ha fallecido, ha partido hace cinco años. Pero no le hagamos caso a los dichos. El Diego, el pibe 10, en cualquier momento se nos aparece, porque tiene el don de la resurrección.

Voy a compartir un puñadito de reflexiones y un par de leves ficciones de mi libro Había una vez Maradona / Ser el Diego inhumanum est, editado por Al Arco, en 2024. Empiezo por algunos conceptos reflexivos:

En el año 1982 Maradona de pronto supermillonario. Ya entonces vivía acosado: vedetes, artistas, políticos, intelectuales, lo buscaban frenéticamente para fotografiarse con él. Transcurría sus días tironeado por los afectos y mordido por las tentaciones; se palpitaba un muy cercano futuro mundial y estrepitoso. Periodísticamente la jauría de los malaleche lo acechaba restregándose las manos, exigente, por momentos impiadosa. Esa creciente moda de inclemencia crítica, nos empujaba a proponer a los lectores una pregunta reflexiva:

 Maradona, el Diego, siempre a punto de resucitar

"¿Cómo es posible que Diego Armando Maradona pueda seguir jugando al fútbol, alegremente, con tanta frescura, sin menguar la insolente virginidad propia del potrero villero? ¿Cómo hace para estar en la cancha siempre en su superlativo nivel? ¿Cómo es posible que salga tan fresco, tan inventivo, con tanta sed a la cancha estando, como está, bajo la presión y el acoso que no le dan tregua? En otras palabras, ¿cómo es posible que la inocencia básica que sostiene el alegrísimo talento de Maradona siga intacta, con pulso, adentro de semejante torbellino, asediado por la tremenda jauría, en medio de un histérico oleaje? ¿Cuál es el secreto que le permite al humano de apellido Maradona sostener, campante, su desmesurada mochila sin perder una gota del encantamiento del sagrado fútbol? ¿Cómo, cómo es posible que la llamita de su talento no merme cuando está invadido de tanta tempestad y de vientos cruzados?"

La respuesta a esos interrogantes se podía justificar con hechos de apariencia intrascendente. Por ejemplo: Maradona por aquellos días era coralmente criticado con sugestiva insistencia y desde la necesidad de escarnio. Ya entonces -hay que reiterarlo- era el blanco de la mezquindad de un periodismo que se había acostumbrado y domesticado con la ética de la censura inevitable. ¿Qué se le criticaba al joven Maradona? Que despilfarrara sus dineros y dinamitara su fortuna. Se le auguraba un futuro penoso. Aleteaban frases recurrentes como aquella de "Maradona va a terminar peor que el Mono Gatica". ¿Advertencia preocupada o expresión de deseo? Casi siempre augurio de mal agüero dictado por el subcutáneo racismo social. En otras palabras: un morochito, un "villero inculto" no podía (no debía) crecer ni terminar bien. En este argumento ya se perfilaba la eterna y mentada grieta argentina.

 Maradona, el Diego, siempre a punto de resucitar

Y, sucedidos los años, la pregunta, en su meollo, nos sigue intacta, siempre grave, pendiente. Y nos impone esta reflexión ante quien no sabemos si denominar criatura o creatura. En su momento escribimos: "Necesitaría ser nadie por un día entero. Pero ya no puede.

Está condenado a ser, después de Dios, el más famoso, el más pronunciado. ¿Cómo alguien puede resistir, sin que los sesos y el corazón y la piel le estallen por los aires, el hecho de ser el más mirado del planeta?

¿Hay salvación posible para el tan amado, el tan acosado, el tan señalado?

En tal caso, habría que establecer qué entendemos por salvación: ¿salvar de qué, salvar de quién, salvar cómo?

Más preguntas para responder-nos en soledad:

¿Qué sería del Diego si se salvara?

¿Qué preferimos, realmente? ¿que se salve o que no?

¿Preferimos que se convierta en uno más? ¿que pase desapercibido e inadvertido? ¿o preferimos que protagonice una gran tragedia con un velatorio de esos que inflan de orgullo el pecho patrio, porque así le tapamos la boca al mundo?

 Maradona, el Diego, siempre a punto de resucitar

Pregunta del principio, pregunta del final:

¿Qué, qué corazón, qué cerebro, qué organismo analfabeto, casi analfabeto o cultísimo -lo mismo da-, puede soportar ser el más famoso de la Tierra?

¿Cuándo nos daremos cuenta ¡cuándo! de que ser Maradona inhumanum est?

Momento de compartir un par de leves ficciones. Son como presagios de identidad.

 Maradona, el Diego, siempre a punto de resucitar

Ella y él

-Dieguito, ¿está tu papá?

-No, no está.

-¿Y tu mamá?

-Tampoco.

-Ah, estás solito.

-No, estoy conmigo, y con ella.

-Ella ¿quién?

El pibe para responder ya no necesita palabras: alzando el mentón, la mira y la señala, a ella.

Ella, la pelota, dócil y fulgente y encantada, ahora mismo se viene con él, como una perrita dócil.

Y ya está resucitando, ella,

late

late

tac tac tac

late en el empeine de su imantado pie izquierdo.

(No, no está solo el pibe).

 Maradona, el Diego, siempre a punto de resucitar

El niñosuelo

Diego Armando Maradona Franco ha sido alumbrado. Le está sucediendo al mundo las cuatro y diez de la tarde de un día del junio de 1968. Lo dicho: un niño de clasemedia, aburrido de tenerlo casi todo, le presta su bicicleta a otro niño, él, de clase suelo. La vicicleta es tan pequeña que hasta se escribe con v corta. Aunque nunca antes anduvo sobre dos ruedas, niñosuelo se anima de una y se trepa a la vicicletita y pedalea y consigue mantener el equilibrio, y sigue y avanza y continúa, veloz, ¡allá va! ¡allá viene!

Da una vuelta manzana, y otra, y otra más. Qué rápido pedalea el mocoso.

A la quinta vuelta niñosuelo, al llegar a la esquina de la cuadra de su casa, decide doblar pero esta vez sin aminorar con el freno. Vuela la vicicletita y el niño con ella. Porrazo memorable. El verdulero de la esquina ve todo y corriendo acude en auxilio:

-Pero ¿qué te pasó Dieguito? ¡Te caíste!

Responde niñosuelo, sacando pecho para siempre:

-N o me caí. Estoy bajándome.

* zbraceli@gmail.com = www.rodolfobraceli.com.ar

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires

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