Opinión

Gieco, el querido León, está cumpliendo sus 74, siempre solidario

Por suerte hemos empezado a celebrar los nacimientos, en vez de esperar las muertes de nuestros ídolos y próceres. Hace cuatro años, el 20 de noviembre, se armó una fiesta de músicos y cantores en Buenos Aires. León Gieco la recibió con poquísimas palabras y evidente emoción.

En este 2025 León cumple los 74. Esta vez el homenaje viene de una propuesta artística de alumnos del Instituto Ipsi, alentada por la profesora Andrea Reta. Leemos esta flor de noticia a través de una nota de Luis Martínez, que trae el diario Jornada.

El evento tendrá lugar en las salas de arte Libertad, de la Municipalidad de Guaymallén. Participan en el evento los coros Colgados de la luna y Cantapueblo.

Me permito saludar el próximo cumpleaños, sumarme a las Gracias, León Gieco recuperando reflexiones, y contando unos tramos de la vida de nuestro querido y admirado León. Voy por ello.

Del dicho al hecho, en esta patria tan saqueada, ¡qué trecho! En nuestro mapa el trecho suele ser un abismo. Ese abismo se ha venido disimulando con falta de vergüenza, desmemoria, cretinismo moral, impunidad, mano de obra desocupada muy ocupada. Por eso hoy respiramos adentro de este emporio de derechas alevosas. Por eso los atorrantes se reciclan en sí mismos. Así estamos, a merced del desasosiego y la incredulidad. En verdad, aquí ni mástiles quedaron. El promedio de nuestra sociedad aquí cacerolea, parece, sólo cuando nos arañan el corazón del bolsillo y corre cierto peligro nuestra seguridad personal. Pero, ¿qué pasa cuando se distrae, cuando nos afectan el corazón de nuestra dignidad? Al parecer pasa poco y nada. El caso es que nuestra deuda externa crece y crece, y la pagarán nuestros hijos y nuestros nietos. Y los hijos de nuestros nietos. Y quién sabe si podrán.

Gieco, el querido León, está cumpliendo sus 74, siempre solidario

Pese a todo, pese a las embestidas del neoliberalismo, como sociedad todavía tenemos pulso y semblante. Y esto pasa porque no claudican seres que son habitantes. Es decir, hondos habitantes habitadores.

Y ya estamos en la médula de León, nuestro entrañable personaje. Voy a demorarme en un artista popular genuino, en Raúl Alberto Antonio Gieco. Un argentino, con perdón de resbalosa palabra, ejemplar. En 1997, en mi libro Argentinos en la cornisa reuní una serie de "cornisas". Así denomino a los seres que en algún aspecto hicieron o hacen algo hasta las benditas "últimas consecuencias". Elegí a Gieco como "cornisa de la solidaridad". Nada menos.

Los años pasan pero él sigue, tenaz, en esa cumbre. Gieco es reconocido por sus acciones. Gieco encarna un caso asombroso en esta comarca: porque hace lo que enarbola desde sus canciones-himnos. Porque este León encarna a un fanático de la coherencia. Porque trata porfiadamente de ser lo que canta. A diferencia de tantos declamadores y cantores ruidosos, acomodaticios, redentores módicos, para León, del dicho al hecho no hay un gran trecho: hay un puente que él construye trabajosamente todos los días, sin tomarse feriados.

Si me lo permiten, voy a compartir un par de fragmentos del capítulo que le dediqué a este argentino practicante de la solidaridad hasta las última consecuencias.

Gieco, el querido León, está cumpliendo sus 74, siempre solidario

Había una vez... un pibe demasiado apurado en hacerse hombre. En la mitad de cierta noche veraniega se desveló. Calor, mosquitos, el denso ronquido de su padre, la resignada respiración de su madre, todos allí, durmiendo en la misma pieza... Desvelado como estaba, se dio cuenta de que faltaban dos días para la Navidad. Imaginó el regalo que recibiría: "Seguro que va a ser una camiseta o un par de medias". Casi en voz alta el pibe decidió hacerse él mismo un regalo: el juego del Estanciero. Al otro día sacó la plata de su latita de ahorro, y se fue resueltamente a comprarlo. Mientras le envolvían el juego miró de reojo una guitarra. Y más hizo: la rozó con sus dedos, a la guitarra. Con el regalo disimulado entre diarios volvió a su casa y lo metió debajo de su cama. Horas lentas, pero todo llega y también llega la noche de la Navidad. Los cohetes, la sidra, y la camiseta para el próximo invierno. Aprovechando el barullo, el pibe fue a la única pieza de su casa, sacó su regalo de abajo de la cama y salió a mostrárselo al vecindario: "¡Miren lo que me regalaron mis viejos!" Esa noche el pibe no pegó un ojo. Le pregunté cuando lo entrevisté para una revista porteña:

-León, ¿cuántos años tenías cuando te hiciste el regalo?

-Ocho. O siete. Para entonces ya hacía un año que tenía dos trabajos: de seis a diez de la mañana repartía carne. Usaba una bicicleta de ésas con el canasto adelante; ¡cómo me costaba pilotearla los días de lluvia! El otro trabajo era hacerle los mandados y diligencias a una señora que estaba inválida".

En aquella conversación de hace años, luego de reflexionar sobre una sociedad demasiado propensa a las derechas autoritarias y odiadoras, le dije a León Greco:

-Pese a todo, tu capacidad de soñar no amaina.

Gieco, el querido León, está cumpliendo sus 74, siempre solidario

-¿Cómo va a amainar, si estoy vivo? No hay que ir muy lejos para empezar a ver cómo, uno a uno, se mueren por no comer y por viejas enfermedades de otros siglos miles y miles de chicos en el mundo, cada año. Y eso pasa también aquí a la vuelta de la esquina, eh. Qué sé yo: bajar los brazos, entregarse, me parece peor que suicidarse.

-Las canciones, más allá de nuestra expresión de deseos, ¿servirán para algo?

-Esto va para largo. Pero hay que meterle y meterle. ¿Cómo voy a dejar de cantar, cómo voy a dejar de hacer poesía? Yo siento que la vida es como un boomerang.

-¿En qué consiste ese boomerang?

-En que hay que dar sin calcular en recibir. Cuando das pensando en recibir, no hace falta ni que des. Siempre pienso que puedo desprenderme de todo, pero por favor, que no me maten. Y agrego una frase que estoy afanando de una canción mía: "El amor es tenaz y vuelve a salir, como el sol".

Gieco, el querido León, está cumpliendo sus 74, siempre solidario

Posdata

¿De cuántos cantores o cantantes, de cuántos escritores, de cuántos artistas, se puede decir que están a la altura de lo que dicen, de lo que enarbolan?

¿De cuántos se puede decir que hacen un esfuerzo, hondo y sostenido, por acortar el trecho que hay entre el dicho y el hecho?

¿Será que la canción, el poema, el editorial son sólo meras caretas?

¿Será que el dicho es sólo la simulación del hecho?

¿Cuántos minutos de cada día los dedicamos a ser lo que decimos? ¿A tratar de ser lo que parecemos?

Preguntas inevitables: ¿Cómo estaría el mundo, cómo sería la vida en el mundo si entre el dicho y el hecho hubiera, al menos, la preocupación de una reducción del trecho?

¿No será esa la más atrevida, la más corajuda, la más arrojada, la más difícil de las revoluciones?

León es un ejemplo vivo. León tiene el raro coraje de la coherencia.

Qué bueno, qué saludable sería que en esta patria idolatrada hubiera muchos salieris de León.

León, gracias por siempre.

* zbraceli@gmail.com === www.rodolfobraceli.com.ar

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires

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