Opinión

Campeones del mundo, pese a la AFA

Jorge Valdano, residente en Madrid y campeón mundial en México 1986, siempre recuerda que, en aquel vestuario eufórico tras vencer en la final a Alemania en el estadio Azteca, en un momento se cantó que Argentina ya salió campeón y que se lo dedicaban a todos, y que eso le generó mucha tristeza.

Por Sergio Levinsky desde Madrid
Por Sergio Levinsky desde Madrid

Es que dedicar un título a todos significa poner en contra a todos menos a los ganadores, algo que arrastra un sentimiento de paranoia, que no es nueva en un fútbol argentino que pareciera que necesitara de ese tipo de motivaciones. Algo así como "nosotros y el Resto del Mundo".

Al mismo tiempo, el título de campeón mundial pareciera que le otorga una impunidad de por vida a los dirigentes que estuvieron a cargo de la AFA, en un exceso de creencia en sus virtudes, como si el fútbol no fuera, al cabo, un deporte que se gana y se pierde en la cancha.

En la Argentina, desde hace rato, se cree que los partidos se empiezan a ganar el lunes en los escritorios y no los fines de semana en el verde césped. "Hay que tener presencia en la AFA", suelen reclamar los hinchas a sus dirigentes, temiendo que, sin ella, todo se volcara en contra, desde las designaciones arbitrales, los propios arbitrajes o cualquier medida burocrática como suspensiones de estadios, sanciones a sus jugadores u horarios de los partidos.

Campeones del mundo, pese a la AFA

Muchas veces, ese sentimiento pareció exagerado o, al menos, de no muy clara comprobación de esta necesidad de vigilar a la conducción del fútbol argentino desde los dirigentes propios. Pero quienes fueron conduciendo a la AFA en los últimos años se fueron empeñando en convertir en real aquella sospecha de los hinchas que creen en confabulaciones eternas.

Si con el Grondonato de 35 años (1979-2014) se conocieron artilugios variopintos para sacar adelante situaciones rocambolescas, a veces, incluso, desde una cama de un lujoso hotel de Zurich, ya ahora los hechos superan largamente a aquellos, aunque con una misma base.

Poco después de terminar el Mundial de 1978, e ingresando al edificio de la AFA de la calle Viamonte, en el centro de Buenos Aires, el gran periodista José María Suárez -"Walter Clos", en la recordada revista "Hum®"- se encontró con una placa en la pared con el nombre de los jugadores que habían obtenido el primer título para la Argentina y un dirigente de San Lorenzo, de carrera militar, le comentó con un dejo de amargura que los dirigentes que habían ayudado a ganar la Copa no aparecían inscriptos, como sintiendo que se menospreciara su contribución a la gesta.

Grondona, al menos, reconocía que Ricardo Bochini lo había llevado a la presidencia de la AFA, Diego Maradona, a la Comisión de Finanzas de la FIFA, y Lionel Messi, a ser el vicepresidente senior ("la vicepresidencia del mundo", como solía decir). En cierta manera, había en ello una aceptación al rol principal de los jugadores.

Esta AFA neo grondonista de este tiempo asumió, en cambio, otro rol con el tercer título mundial obtenido en Qatar 2022. Porque terminó adjudicándose la responsabilidad del éxito a partir de un hecho completamente fortuito como fue la contratación de Lionel Scaloni como director técnico en 2018 cuando, en realidad, lo fue sólo por dos motivos: no había ningún otro que aceptara el cargo y por simpatía hacia su participación como tercero en el orden del cuerpo técnico en Rusia 2018 y por su buena onda, allí, con Lionel Messi.

Campeones del mundo, pese a la AFA

Si Claudio Tapia, el presidente de la AFA, tuvo dos méritos, éstos fueron los de haber sido uno de los pocos, acaso el único, que puso la cara ante los jugadores de la selección argentina durante la disputa de la Copa América Centenario de la Conmebol en Estados Unidos 2016, cuando la AFA estaba a punto de ser intervenida, y el de haber contratado a César Luis Menotti como director de Selecciones Nacionales y haberle hecho caso en darle continuidad a Scaloni en vez de irle renovando la confianza cada dos meses.

Pero la AFA se tomó en serio eso de que el argentino es "el fútbol campeón del mundo" y con ese lema fue generando la idea de que la selección argentina se constituía en el ministerio de Relaciones Exteriores de su gobierno, que podía transmitir hacia afuera una idea completamente alejada de lo que ocurría puertas adentro del país.

El mismo equipo lujoso con uno de los mejores tres jugadores de la historia, repitió hacia los cuatro vientos que no era sólo la selección nacional sino todo el fútbol argentino el campeón del mundo, y decidió, como cualquiera que sueña con el poder absoluto, escudarse en esta idea para decidir el beneficio a todos sus amigos.

Campeones del mundo, pese a la AFA

Así es que la AFA fue sacando la bolsa de los beneficios para los clubes amigos del ascenso (al fin de cuentas, son los que lo sostuvieron en su llegada al poder en un acuerdo con varios de los clubes grandes), bajo arbitrajes escandalosos, siguió con el armado de torneos confusos y con cada vez más equipos y menos descensos, con el imaginario que cuanto más partidos, más dinero de la TV (sin recordar que para vender derechos al exterior, esos partidos deben tener calidad y jugarse en torneos muy bien organizados y creíbles), y una vez concretado esto, terminó implementando copas, recopas y supercopas para que todos los amigos estuvieran contentos ganando algo, cualquier cosa, lo que fuere.

Claro que, para poder implementar un sistema de esta naturaleza, siempre bajo el lema del "fútbol campeón del mundo", que -admitido por el propio Tapia sosteniendo un micrófono en un Summit- cuenta con un promedio de 43 a 45 minutos de tiempo neto jugado por partido en la máxima categoría, y con arbitrajes polémicos en muchísimos casos, se necesita de dirigentes, prensa, y protagonistas de los espectáculos, en silencio.

Así es que el plantel campeón del mundo (de verdad) no sólo no se queja de las condiciones de su propia selección, que con este título en la mano no consigue rivales en las ventanas FIFA, o juega contra rivales como Angola (89 en el ranking y no clasificada al Mundial), o se entrena a solas en Elche sin algunos de sus integrantes porque se les olvidó que para ingresar al país africano se necesitaba un certificado de vacuna contra la fiebre amarilla. Pero nadie habla. Apenas Emiliano "Dibu" Martínez dijo alguna vez que le habría gustado enfrentar a equipos de primer nivel.

Y así es que un día, con la presencia de los dirigentes de los clubes de la máxima categoría, decidió que había que darle un "reconocimiento" a los amigos de Rosario Central (desde el campeón del mundo Ángel Di María hasta el presidente "Canalla" Gonzalo Belloso, ex Conmebol y FIFA) por haber sido el que más puntos obtuvo en la tabla anual, y ante el silencio de todos, hizo abrir la puerta y llamó a la delegación rosarina, a la que le entregó un trofeo que estaba tapado a la espera de la oportunidad.

Como tantas veces, Tapia había decidido sobre la marcha legislar para atrás, determinar que para 2025, en vez de un campeón por cada uno de los dos torneos cortos, iba a haber otro de la suma de los dos...cuando se había terminado de disputar la fase de grupos, y en la semana en la que comenzaban los partidos de eliminación directa rumbo al segundo título corto. Y de paso, también se inventó otro triangular entre campeones, para seguir aumentando el jeroglífico que representa el programa anual del "fútbol campeón del mundo" para los hinchas.

Nadie puede, a esta altura, sentirse engañado. Ni de las medidas ni de los silencios. Gran parte del periodismo, midiendo sus palabras o jugando a las sociedades anónimas, y una inmensa mayoría de dirigentes, temerosos de las represalias en caso de oponerse.

Desde la AFA se insiste en "el fútbol de los campeones del mundo", pese a todo, y acaso porque, aunque vaya contra natura, esta selección argentina puede repetir título en Norteamérica dentro de poco más de medio año y es una de las capaces de ganarle a España la Finalísima de marzo.

Si eso ocurre, al menos, que no se los dediquen a todos ni se inventen enemigos y adversarios. Se los supieron conseguir solitos.

Por Sergio Levinsky, desde Madrid

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