Ante la propia sede del gobierno de Estados Unidos, la Casa Blanca donde reside y reina Donald Trump, en la capital de esa nación, estalló también la protesta social que se venía propalando por todo el país. Los Ángeles, Filadelfia y Atlanta son algunas de las ciudades que anunciaron el sábado un toque de queda para intentar detener las violentas protestas.

Es que el racismo sigue vivo, sigue matando personas y sigue causando una frustración profunda que nos obliga a una inevitable comparación de esta situación con los momentos más duros e inhumanos de la segregación racial (legal) que experimentó Estados Unidos a mediados del siglo XX.

Los días de disturbios que se ven en casi todo Estados Unidos (Murieron ayer un manifestante y un policía en las protestas, en otra noche de extrema tensión, un joven de 19 años fue baleado en un tiroteo en Detroit, mientras que el uniformado fue asesinado en Oakland), ocasionados por el asesinato de George Floyd, un afroamericano, bajo la rodilla asfixiante de un policía de raza blanca, muestran los pendientes que ese país y el mundo tienen con erradicar los prejuicios. La violencia nunca puede condonarse, eso es claro; pero concentrarse de manera exclusiva en los daños materiales que se han visto es querer ignorar las raíces expuestas de un problema doloroso. Lo que estamos viendo en el país del norte es un grito desesperado contra la violencia sistémica que, durante siglos ya, han sufrido las personas simplemente por el color de su piel.

“Sin justicia no hay paz”, repiten hasta el cansancio los protestantes pacíficos, convirtiéndose en una frase de lucha debajo por supuesto del eslogan “No puedo respirar”, que atormenta a la humanidad tras ver las crueles imágenes del asesinato de George Floyd.

Ese reclamo desesperado por no morir de George “No puedo respirar más” es una marca de deshonor para el presidente del país del norte Donald Trump, quién planteó la posibilidad del uso de armas contra una revuelta en Minneapolis por la muerte de un afroestadounidense detenido por la policía.

“Cuando comienzan los saqueos, comienzan los disparos”, tuiteó Trump. “Son los antifascistas y la extrema izquierda. ¡No echen la culpa a otros!”, volvió a tuitear Trump este sábado.

El egocéntrico mandatario fue “censurado” por primera vez en Twitter, una red social que domina a la perfección y que le ha servido para ganar la Casa Blanca y después mantener vivo el interés diario de sus más de 80 millones de seguidores. Sus falsedades e insultos han sido constantes en los últimos años, y pese a las denuncias de muchos usuarios a los responsables de la plataforma para que sea bloqueado de alguna manera, Twitter hasta ahora se había negado a mover un dedo, ante cientos de polémicas por sus frases irónicas y agresivas, hasta que decidió ocultar, sin llegar a borrarlo, el tuit con un mensaje que decía que había roto las reglas de la plataforma sobre glorificar la violencia.

La advertencia de Twitter es el último episodio de una escalada de tensión entre la plataforma y Trump. El mandatario firmó el jueves una orden ejecutiva para permitir que se evalúe si las redes sociales deberían ser legalmente responsables de lo que publican los usuarios.

Además, sigue atacando a la prensa: “Quien no está conmigo está contra mí”. Es una de las consignas del mandatario estadounidense. Y Trump encuentra en los medios uno de sus enemigos más visibles. CNN, New York Times, ABC, NBC y CBS, entre otros, han estado en su diana. Les acusa de ser también enemigos del pueblo americano y difundir “fake news” en su contra para echarlo de la Casa Blanca.

Pero a este conflictivo tema social que está socavando su gobernabilidad se agrega un fracaso hístórico, su errático liderazgo para manejar la pandemia del coronavirus que lo ha puesto al desnudo.  

Mientras la cifra de muertos por el coronavirus en Estados Unidos acaba de sobrepasar los 100,000, al presidente Donald Trump solo le importa un número: los 270 votos que requiere para ganar el Colegio Electoral en noviembre y con eso garantizar su reelección.

A Trump no le importan los muertos y asegura que no tiene por qué asumir ninguna responsabilidad por su tardía, pobre, desatinada y politizada respuesta que, según un análisis, de haberse producido al menos una semana antes de lo ocurrido, se habrían salvado 36.000 vidas. Para Trump, si existe un culpable es China, aunque también se haya demostrado que el grueso de los contagios en Estados Unidos provino vía Europa.

Y si a Trump no le importan los muertos, no es nada sorprendente, pues se trata de una persona incapaz de tener empatía con el resto de los mortales.

Estados Unidos se convirtió en la nación más afectada a nivel global por el virus que ha cobrado más vidas en ese país de lo que lo hicieron la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam y el conflicto con Irak, juntos.

Una de las primeras veces que Donald Trump, se refirió públicamente al Covid-19 no dudó en pronosticar que, con los vientos cálidos de abril, el nuevo coronavirus “milagrosamente” iba a desaparecer.

¿Economía o salud?, el dilema mundial que enfrenta a los estadounidenses lleva ya 104.000 muertes, un poco accesible sistema de salud y la falta de unificación de criterios en las decisiones federales y nacionales han marcado los cuatro meses en lo que el coronavirus ha estado presente en Estados Unidos y ha causado colapso sanitario, una norme recesión y el más alto desempleo del siglo.

Te puede interesar