Por Sergio Levinsky

Los rostros con lágrimas de Neymar, Kyllian Mbappé o Ángel Di María tal vez lo explicaban todo, en la noche de verano que le ponía contexto al hermoso y vacío Estadio Da Luz en Lisboa. Es que el Paris Saint Germain (PSG) no estuvo tan lejos, pero desperdició sus pocas pero claras ocasiones de gol, especialmente en el primer tiempo, y eso suele costar demasiado ante este Bayern Munich, que se consagró campeón de Europa al ganar la final con un ajustado 1-0 y con un goleador inesperado, el francés Kingsley Coman


El partido no fue lo que se esperaba, porque con dos equipos tan goleadores y con ataques tan potentes, sumados a los antecedentes de ambos en sus torneos y en el devenir de la Champions, lo lógico era que se presentara un ida y vuelta infernal, con muchas llegadas a los arcos, pero no fue así y en gran parte, eso estuvo relacionado a que los dos entrenadores alemanes entendieron que la clave pasaba por las puntas.


Así es que en ambos extremos, los dos equipos se bloquearon porque los duelos individuales eran completamente equilibrados: Kimmich-Mbappé y Bernat-Gnabry en una banda, y Kehrer-Coman y Di María-Davies por la otra, mientras que en el medio, todo se hacía cortado por las faltas tácticas y no fue casualidad que más allá de situaciones aisladas (un remate en el palo de Robert Lewnandowski para el Bayern y una gran tapada de Manuel Neuer ante Mbappé que no pudo terminar Neymar para el PSG), el primer tiempo terminara empatado y sin goles.


Fue una final extraña porque los grandes cracks que todos esperaban, no aparecieron en su nivel. Lewandowski, que iba por el récor de Cristiano Ronaldo de marcar goles en once partidos consecutivos (llevaba nueve), esta vez tuvo pocas chances, bien contenido por Thiago Silva y Kimpembé, y tampoco Neymar ni muchos menos Mbappé, se lucieron porque enfrente tuvieron buenas marcas y especialmente un movimiento colectivo que los ahogó.
Tampoco fue la final que se esperaba desde lo estético por el bloqueo de ambos y porque hasta el gol, que llegó a los 16 minutos del segundo tiempo, fue consecuencia de un centro pasado del gran ejecutante de las pelotas paradas de los alemanes, Joshua Kimmich, para que en el segundo palo, y sin marca, Coman, un ex jugador del PSG, y de cabeza, por fin cambiara el resultado. Fue el error defensivo más grave de los franceses y como ocurrió durante toda la Champions, lo pagaron carísimo, porque contra el Bayern, ir perdiendo es casi renunciar a cualquier posibilidad de éxito.


Los alemanes, que estaban séptimos en la Bundesliga cuando Niko Kovac le dejó su lugar a Hans-Dieter Flick como entrenador, adquirieron tan fortaleza anímica que una vez que se ponen en ventaja, y con su esquema de 4-2-3-1, con los cuatro de arriba siempre en posición ofensiva, operan como un noqueador al que le encantan los contragolpes, y entonces comienza la duda sobre lo que más conviene para lanzarse al empate: ¿descubrirse atrás? No parece ser la solución. ¿Atacar aunque con menos gente y con el reloj en contra? Parece poco. Eso fue lo que le pasó al PSG en los treinta minutos finales, en los que entre los continuos cambios y la fricción en el medio, el partido se le fue escapando de las manos y si hubo alguna necesidad, apareció Neuer para tapar con sus piernas, de manera magistral, cualquier intento, como uno aislado de Marquinhos.


El Bayern es un indiscutido campeón porque ganó de punta a punta esta Champions. Se impuso en los diez partidos, marcó 43 goles (a razón de 4.3 goles por partido), le marcó siete al Chelsea en la serie de octavos de final, ocho al Barcelona en los cuartos en un solo partido, siete al Tottenham de Mauricio Pochettino) en la fase de grupos, y siempre fue superior a todos sus rivales. Son cifras apabullantes, sin atenuantes.


Con esta sexta Champions de su palmarés, el Bayern queda tercero en la tabla general de la historia de la Copa más importante del continente, alcanzando al Liverpool, y sólo tiene adelante al Real Madrid (13) y al Milan (7), además de estar ya clasificado para el Mundial de Clubes de China 2021, y de ganar un histórico triplete (Bundesliga, Copa Alemana-Pokal- y Champions).


El PSG se quedó en la puerta del título pero su balance también es positivo, cuandó seguramente lo analice con mayor frialdad y más allá de la enorme inversión en fichajes con fondos cataríes. Nunca antes había logrado pasar de los octavos de final, y conserva un plantel rico de jugadores y un muy buen entrenador como el alemán Thomas Tüchel. No debe dejarse arrastrar por el exitismo. Muchas veces el éxito es la consecuencia de años de coherencia.