Crece el número de contagiados de Covid-19 en la Argentina, y empieza a cundir el pánico. Estamos a años luz de las muertes en Brasil o en Chile, pero comienzan a surgir números muy preocupantes, y a duplicarse la cifra en escaso tiempo. El foco principal está en la Región Metropolitana y el conurbano de Buenos Aires, pero hay puntos menores en otros sitios del país (Chubut, Chaco, Neuquén). En Mendoza, sin circulación local del virus, hay preocupación por algunos casos nuevos y se ha tenido que ir para atrás en algunas medidas, como las reuniones de amigos. Tras un largo período en que Argentina parecía territorio privilegiado y casi intangible –como parece haberlo entendido un diputado chileno- se empieza ahora a sentir la evidencia de la peste.

  Esto desmiente por completo a los anti-cuarentena, que repiten que no hay que mantener medidas de cuidado porque “los contagiados son pocos”, como si no fuera evidente que los contagiados son pocos porque ha habido cuarentena y cuidados. Quizá cambien ahora de discurso, y los Espert que caminan canales de TV llamando a no preocuparse por el contagio, empiecen a decir que “las medidas no son buenas porque hay muchos contagiados”, razonamiento contrario al anterior. Igual queda claro que los discursos de ocasión y de cálculo político, para nada ayudan en la emergencia. Se juega la vida de miles de personas a las cuales consideraciones menores les resultan inútiles, y por ello poco escuchan.

  Todos conocemos el cuento del pastor mentiroso. De tanto no decir la verdad, cuando efectivamente la dijo –venía el lobo y las ovejas debían huir-, ya nadie le creyó. Sucede a menudo en el campo empresarial, en el de la política, en el de la TV, y por cierto en la vida cotidiana. Mentir es mala decisión a largo plazo, y el logro inmediato casi siempre se paga en períodos prolongados con el descreimiento y el rechazo de los demás.

  Es que hoy vemos a sectores de la población haciendo poco caso a las medidas de cuidado que se plantean desde presidencia de la Nación, así como desde jefatura de gobierno de Capital Federal y  gobernación de prov. de Buenos Aires. El trío que, con Alberto Fernández a la cabeza pero también con un connotado opositor incluido, viene comandando las medidas, hoy sólo es medianamente escuchado. Hay un sector que no quiere saber nada, y obra como si la pandemia hubiera pasado, en el momento en que ésta se muestra más virulenta.

  Un segmento de la población sale insensato a correr en manada a los parques porteños, y “no le cree” a las autoridades a las que hizo caso en los meses anteriores. ¿Qué ocurre? ¿Es que les mintieron esas autoridades, que fueron falsas en sus planteos?

  Para nada. Todo lo contrario. Estos pastores que han dicho la verdad y han logrado proteger a la población del contagio durante varios meses, se encuentran ahora con una población cansada del encierro, y dispuesta a desafiar los cuidados. No porque no crea en lo que ya hizo, sino porque no puede seguir haciéndolo, o no cree que eso sea necesario luego de tres meses de cuarentena.

  La paradoja es compleja: cuanto mejor se hiciera el confinamiento, más lentamente llegaría el pico, hacia el cual vamos pero es imposible de antemano saber cuál es. Cuanto mejor fue el cuidado, más largo se hizo el mismo. Es inevitable. Y una parte de la población llega cansada al momento en que debiera cuidarse más. Nadie les mintió: es que ya no quieren escuchar la verdad.

  No faltará el que ahora diga que había que flexibilizar la cuarentena al comienzo: es fácil hablar con el diario del lunes. Pero si en abril hubiéramos tenido los números que ahora empiezan a aparecer, no hubiera habido el actual número de camas, el actual equipamiento del personal de salud, ni algunos parciales avances curativos –y también diagnósticos- que tenemos ahora (como ocurre con el plasma de los que ya se han curado).

  No ha habido ningún pastor mentiroso, pero un sector de la población se comporta como si así ocurriera. Ya no quiere escuchar. Tampoco les interesa el cuento economicista de los que van a la TV, simplemente quieren tomar sol y una cerveza con amigos. Sólo eso. Lo cual es demasiado pedir con el peligro de contagio existente, y resulta un fatídico jugar con fuego.- 

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