¿Cuánto habrá sido, un par de minutos? Dos minutos, no más que eso, sí señor. Y en 120 segundos, Racing alivió su vida y dejó a River preguntándose qué trole hay que tomar para seguir.
En esos dos minutos Racing, que no había merecido nada, era casi pan comido, aun para ese River que lo había dominado hacia el final del primer tiempo y era mejor en el segundo. La Academia estaba en eso de durar, llevarse un empatecito aliviador, empezar de cero, como siempre.
Y River asumía una cierta responsabilidad, imprecisa, opaca, discontinua, pero se hacía cargo al menos del espectáculo.
El partido, siempre pobre, lastimoso, carreteando todo el tiempo, sin poder levantar vuelo.
En eso estaban cuando llegaron los dos minutos que decidirían el partido. En el minuto 21 este cronista hubiera apostado cualquier cosa a que ganaba River. Mínimamente, River no iba a perder porque para que ocurriese tal despropósito era necesario, aunque más no fuera, un ataque de Racing.
Lo grave no es que lo pensara el relator. Lo tremendo para River es que también lo creyeron sus zagueros, esos eternos distraídos que miran el partido cuando su equipo ataca como si esa fuese lo único que sucede. Mil veces lo ha dicho Perfumo. Se duermen. El cuadro ataca y ellos se lo creen. El partido esta “allá”, lejos, cerca del área rival. ¿Que puede pasarnos “aquí”? Nada.
En el devaluado partido, cotizaba mucho mejor River. Entonces llegó el minuto 22.
Camoranesi pone un pase en medio de la distracción, nada del otro mundo, un buen pase. Hacia la posición del “10”. Hacia Vietto que andaba por ahí. De pronto aparecía el gol salvador, pero no. Barovero desvió la pelota al córner, rezongó a los zagueros y se preparó para el córner. Uno y otro más y un tiro libre como si fuera otro tiro de esquina.
Y ahí va Cahais, con un anticipo fantástico y la pone contra un palo. Punto. Eso fue todo.
Después el partido volvió a que River en cualquier momento metía un gol y Racing a defenderse como en una discusión con los cacerolos. River no tenía razones de peso, pero agitaba pancartas, protestaba. Y Racing se la bancó lo más bien. Hubo un cabezazo de Mora que Saja desvió lanzándose como quien se tira de costado a la pileta y algún arrebato ofensivo de pelotas que suben y abajo todos temen que le caiga a uno de ellos.
Pelotas envenenadas, rechazos pifiados, pelotas con efecto al revés que bajan con la evidente intención de ridiculizar a los jugadores.
Ciertamente, River supo cuando Cahais metió el gol que su suerte estaba echada. Como viene la mano para los Millonarios (cuesta llamarlos así, parece una cargada) ligando como se liga, después de merecer la victoria, que le metan ese gol, así, en frío, de sopetón, no es un dato menor. Cuando la suerte que es grela te larga parao, Pelado querido, no hay con qué darle.
Rachas son rachas. Por lo menos, otro buen tipo que llegó penando, Luis Zubeldía, se la rebuscó. El cronista no sabe qué habrá dicho después del partido el técnico de Racing. Es legal llevar agua para el molino de uno, pero no daba para agrandarse. En todo caso, puede decir que administró bien lo de Camoranesi, que se la jugó con pibes prometedores en el ataque, que se animó a sacar a Sand. Que siempre estuvo bien parado, como suele decirse. Que esto ayuda a trabajar más tranquilos. Que les hacía mucha falta un triunfo así.
Aun contra River que no te gana ni cuando juega mejor que el rival, porque lo que le pasa no es solo que está pobre, venido a menos.
El asunto es más grave, esotérico.
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