Victor Hugo Morales · Desde Buenos Aires

Un minuto

Diario Jornada | Domingo, 1 de Julio de 2012 : 00:48

En un minuto cabe un año, quizás el resto de la vida.

Sucede en todos los órdenes, cuando conocemos una mujer, el día que nos dicen “aprobado”, en el primer asalto, se esté del lado que se esté.

Pocas veces, sin embargo, un minuto y su influencia en todo lo que vendrá se pudo apreciar como en el final de Chicago y Chacarita.

Un minuto, que luego sería un segundo, se adueña como se le antoja de las lágrimas, la historia del esfuerzo realizado, el sentido de justicia.

Hasta junio del año que viene la contención del arquero, que no fue una atajada cualquiera, sino que fue tan meritoria como para decir que el pateador no tiene mucho para reprocharse, será la conductora de la vida de las dos instituciones.

Quizás Chicago mejore más el juego ciertamente interesante que ofreció y pueda soñar con otro ascenso. Acaso “Chaca” no se recomponga de este dolor, afloje en el esfuerzo como el que se suelta de la mano que lo está ayudando en un naufragio, y continúe su descenso a los abismos.

¿Quién pondrá un peso ahora donde nada luce y el destaque social se torna inexistente?

¿Cómo recuperar la fe perdida de quienes al caerse por la soga con la que iban hacia la cumbre, ven con desesperación el terreno perdido?

Como en “Match point”, la película de Allen, la pelota estuvo en el aire, entre las manos del arquero y la línea de gol un tiempo interminable. El lanzador arrancó y se frenó porque vio rebote. Al arquero se le paró el corazón mientras sus manos buscaban como se busca la llave de la luz en una noche de terror. El técnico de Chacarita la vio adentro y corrió cuatro metros hacia esa ninguna parte a la que se va con el empujón de la alegría, como si fuera un chico al que le muestran un pelotero y le dicen andá y jugá.

Pero se ve claramente que el que pateó se frena, que el arquero encontró la llave y que el técnico corrió como hacia un espejismo cuando le pegaron el grito de “la atajaron” o, como si fueran varios, ellos, los que la atajaron.

El hombre del arco mira la pelota entre sus manos hasta convencerse.

El que tiró se arrodilla y empieza a patearlo de nuevo, como le sucederá el resto de su vida.

Ese llanto es para siempre.

Y el técnico les parte el corazón hasta a los hinchas de Chicago, porque cualquiera entiende la perplejidad y el dolor de ese hombre, que ahora se quiere tocar la punta de los pies con las piernas estiradas, ni él sabe para qué.

Ayer San Lorenzo salvó mucho más que la categoría y evitó lo que pudieron ser años de pesar: está bravo para volver a primera, y si no preguntále a River y Central, que son del mismo palo.

El Nacional B es un infierno, no un torneo. Se ha hecho tanto daño que cabe preguntarle ¿hasta cuándo San Lorenzo? La de ayer fue la primera tarde de cierto alivio para la multitud que proclamó su amor más que nunca cuando vio al equipo herido.

Pero no es el equipo, este, o los anteriores, el problema de San Lorenzo. Hay algo más profundo, que viene de lejos, emparentado con los desvaríos de una conducción afista que siempre amparó el desorden y la locura, para poder operar con sus negocios, y sus entregas.

De ninguna manera los nombres y la calidad del esfuerzo de los futbolistas actuales estaban para descender. Pero el trabajo mancomunado no existe. La impaciencia lo tiñe todo, desde la reunión de la directiva el lunes, hasta los goles errados el domingo.

Está en San Lorenzo, si es que aprendió algo, la chance de revertir este proceso. No necesita poner un río marcha atrás. Simplemente limpiar un poco sus aguas, darle el oxígeno para que crezcan de nuevo las especies que lo hicieron tan grande.

Que su grandeza no esté tan sola en las tribunas.

De eso se trata.

Diario Jornada Mendoza
*
*
Jornadaonline.com