El sol rebotaba sobre la San Martín con una tibieza de otoño. Hombres y mujeres que hubiesen querido estar ellos presos, así como River quedo prisionero del Nacional B, celebraban con el recato de los que sienten mas alivio que emoción, el triunfo ante Almirante Brown.
En las otras tribunas, donde la sombra envolvía las banderas y los brazos en alto, el rojo y el blanco parecían más oscuros. River fue los gozos y las sombras, la luz y la oscuridad, hasta pintar el gris de una victoria que no sabe de qué manera considerar. No es un trofeo para las vitrinas millonarias el que se ganó ayer. Es tan lógico que así sucediera que si hubo llanto, fue de rabia, por haber estado en ese lugar que mancha su currícula como el primer rayón de un auto recién estrenado. Pero así estaban los asuntos para River ayer a las tres de la tarde. Lo único que importaba era el retorno, salir del túnel con curvas que a veces mostraba la luz del final y en ocasiones la escondía.
El adversario, en circunstancias normales, está seis goles abajo, por lo menos. Pero River jugaba contra River y fue necesario que un línea permitiese un gol viciado de nulidad para que el partido empezara de veras. Desde ese momento, con los datos de la caída tanto de Central como de Instituto, que sucumbieron como maratonistas agotados a metros de la llegada, el verdadero partido se puso en marcha. Las limitaciones de Almirante Brown solo fueron desmentidas por una jugada que invalidó, equivocadamente, el otro línea. Todo era de River, que dispuso de un penal discutible pero malogrado por Trezeguet y acto seguido, ya airoso, ya despreocupado y dominante convirtió el segundo gol por el francesito de Saavedra, gracias a un pase irreprochable del “Mellizo” Rogelio, cambio sumamente positivo ensayado por Almeyda en el arranque del segundo tiempo. El partido fue un espanto hasta el zurdazo de volea cruzado y a un palo de David, pero es tan tibio el retorno que nadie tomará nota de la estética declinante de los millonarios.
Los hinchas ya se preguntan cuánto hace que el campeón del ascenso va y gana el de la liga mayor el mismo año de su vuelta. Eso que consiguió Central, aunque ahora parezca un disparate decirlo, es más que probable tratándose de River y del contexto tan parejo en el que se desenvuelve el fútbol argentino. Poco a poco, los hinchas vencieron el sentimiento primario de rechazo a una divisional que no les atañe y se entregaron a la tarea de copar la ciudad con la autoridad de las bocinas y la alegría de los trapos chorreando por las ventanillas de los autos. La pesadilla terminó casi justo un año después de haberse iniciado. El balance, aun siendo el campeón, no es bueno. Demasiado sufrimiento para tales apellidos y poder histórico. Pero también el mérito de conseguir el objetivo, de haber promocionado la divisional como nunca había sucedido. Lo extrañarán a River, que a todos hizo más grandes en ese purgatorio del Nacional B. Debió enfrentar a rivales siempre incentivados por el hecho de jugar ante los millonarios. Cada uno, cada sábado, jugó el mejor partido del año, por no decir de su vida, frente al equipo de Almeyda. River empezó el torneo como para cumplir un trámite, y luego advirtió que no sería tan fácil como se podía pensar. Solo cuando se convenció de que sería luchando y no jugando como reclama su propia historia que saldría del pozo, pudo armar su camino en un plano inclinado casi siempre adverso. Mientras tanto, Quilmes dio una muy aplaudida respuesta a sus padecimientos, aquellos que originaron la salida de su anterior técnico. Instituto y Central, que llegaron a creer que podían ganar el campeonato, se convirtieron por desfallecimientos inauditos en carne de promoción.
En un torneo tan apretado en las posiciones, terminaron arriba el más habituado a estos vaivenes, es decir Quilmes, y el que jamás debió estar allí, verbigracia River. La emoción del sábado espectacular se trasladó al final de ayer, cuando con la bandera a cuadros agitándose a la vista de los competidores, el resultado también era incierto. El Fútbol para Todos llegó a su hora más gloriosa, prestando un servicio democrático a todo el país, igualando el interés de todos y por todos. El campeón más maravilloso de este tiempo, con perdón de River, y de Arsenal, Tigre o Boca, es el servicio prestado a la pasión de millones que al mismo tiempo pudieron gozar de lo que aman, sin que los esquilmaran, sin que robaran a sus clubes que aún padecen las viejas estafas, sin que les secuestren de sus derechos hasta los goles que recién esta noche podrían ver. Que conste. Que está muy bien que vuelva River porque hasta Boca lo extrañaba, porque se había quedado sin la vereda de enfrente a la que alude Borges. Pero que el triunfo mayor es de la fiesta. Que fue de todos, como debe ser.
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