Al regresar de los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, hace ya veinticuatro años, junto al entonces entrenador del equipo argentino de boxeo, Héctor Morales, nos habíamos propuesto escribir un libro...
...en el que nos proponíamos contar, desde adentro, las peripecias vividas por los deportistas nacionales, la enorme distancia material y conceptual con el Primer Mundo, y la ausencia total del Estado en cuanto a planificación e ideas sobre su rol en esta cuestión.
Con algunos fondos más, producto de un porcentaje destinado al Deporte desde una ley a partir del uso de telefonía celular, desde hace muy poco tiempo, lo que se observa es, de fondo, lo mismo que en 1988: a lo sumo, se enfoca la mirada en algunas (o varias, con suerte) medallas más que puedan obtenerse en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 y se destaca que la ciudad de Buenos Aires será huésped del COI en la elección de la sede de los Juegos de 2020.
Sigue siendo demasiado poco. El Estado argentino sigue sin tener un plan, un proyecto, un estudio serio sobre su rol en materia deportiva y tampoco parece preocuparse sobre todo lo que implica la prevención (que a su vez, ahorraría millones de pesos en posteriores gastos en Salud).
Ya en los años setenta, un agudo periodista, un sociólogo en potencia como sin dudas fue Dante Panzeri, sostenía en su gran libro “Burguesía y Gangsterismo en el deporte”, que éste debía depender del Ministerio de Educación y no de Acción Social porque debería relacionarse mucho más con la formación que con el resultado.
Sin embargo, en la Argentina el Deporte no tiene Ministerio propio, ni tampoco está integrado desde la base (la escuela) en adelante. Tampoco es bueno, podría decirse que todo lo contrario, el porcentaje de adolescentes o de adultos que practican deporte sobre el total. El sedentarismo, gracias a los avances tecnológicos y la pérdida de incentivos desde el Estado, no ha sido neutralizado con ningún plan masivo que se conozca, con ningún gobierno democrático desde 1983. Simplemente, no existe ninguna idea.
Este cronista tiene siempre a mano los libros de planificación deportiva del sociólogo español Manuel García Ferrando, y los comentarios acerca de cómo, por ejemplo en Barcelona, se consiguió una mayor participación en el deporte con la Tercera Edad. Los catalanes llamaron “Gente Grande” (Gent Gran) a este colectivo. Se idearon distintos planes, pero no daban resultado, hasta que entonces se decidió ir a buscar a la gente a sus casas, timbre por timbre, tratando de explicar las bondades de practicar algún tipo de actividad física.
No hace falta salir del país. Se sabe bien que durante el primer peronismo, con la excusa de la organización de los Juegos Evita, muchísimos jóvenes fueron revisados y medidos por primera vez, se les hacían fichas con sus características físicas desde micros que llegaban exclusivamente para esto y la práctica deportiva se hizo masiva.
Las consecuencias fueron dobles: por un lado, aumentó la base de los practicantes de todo tipo de deportes, y por otro, esa base aportó, necesariamente, talentos que luego compitieron al más alto nivel, llegando entonces a las grandes producciones nacionales en los Juegos Olímpicos de 1948 y 1952, para caer, ya sin levantarse nunca más, a partir de Melbourne 1956. ¿Qué fue lo que ocurrió en el medio? El Golpe de Estado de 1955.
No parece casual. Mientras no se entienda el rol que el Estado tiene para saber qué busca con el Deporte, entendiendo cabalmente su utilidad y su aporte a la sociabilidad, a la ética, a la posibilidad de compartir espacios, a la salud, difícilmente se podrá planificar nada y en el mejor de los casos, habrá dinero para ganar más medallas que esta pobre cosecha actual, pero ni aún así, de conseguirlas, esto responderá a la realidad del día a día.
A su vez, para poder planificar en serio, se necesita saber, conocer, apelar a los especialistas sin pudores y sin partidismos ni amiguismos, recurrir a lo que distintos modelos han hecho con tanto éxito, desde cómo conciben al Deporte hasta qué beneficios redunda en la sociedad, para luego sacar conclusiones y adaptarlo a la idiosincrasia argentina, a las características del país.
Han pasado veinticuatro años ya de Seúl 88 y seguimos viendo y escuchando la misma cantinela de entonces. No sólo por la lejanía de las medallas, sino también, en frases como el “ahora sí, para este Juego no llegamos, pero ya hay que pensar en el siguiente y ponerse a trabajar”. Con dinero, pero sin ideas, tampoco se puede hacer demasiado. A lo sumo, en el mejor de los casos, se obtendrá un puñado de medallas con las que se intentará mostrar que “el país” mejoró.
Pero será un espejismo. La realidad irá por otro lado. Y con Morales, estaremos en condiciones de escribir una enciclopedia con más y más tomos.
Periodista y sociólogo argentino. Trabajó en Clarín, El Gráfico, Humor, El Cronista, canales de TV América, en los diarios El País y El Mundo (Madrid) y Cadena SER (España). Actualmente es columnista de Jornada y de Yahoo (Japón), y colabora para medios como FIFA Magazine.
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