Sergio Levinsky · @Sergiole en Twitter

Un campeonato acechado por la violencia

Diario Jornada | Martes, 26 de Junio de 2012 : 01:26

El Torneo Clausura, que acaba de finalizar, además de la mediocre paridad en el juego, arroja un muy negativo balance por haber dejado su estela de muertos y heridos a partir de la violencia organizada que desde hace medio siglo acecha de manera creciente al fútbol argentino.

Según escalofriantes datos que maneja el departamento de Estadística de la ONG Salvemos Al Fútbol (SAF), durante el primer semestre de 2012 hubo 10 fallecidos por hechos violentos atribuibles a la industria del fútbol, aunque la mayoría de los medios argentinos insiste en 5, exactamente la mitad.
SAF menciona concretamente los fallecidos: Jonathan Brasante, Claudio Suárez y Adrián Rodríguez (4 de enero), Agustín Rodríguez (18 de enero), Martín Stambulli Laborda (20 de enero), Aldo Barralda (31 de enero), Sergio Víctor Fernández (13 de mayo), Daniel Sosa (26 de mayo), Edgardo García (2 de junio) y Gonzalo Saucedo (12 de junio).
Es decir que en 2012, la cantidad de fallecidos por violencia del fútbol en un semestre supera ya la cifra anual de toda la década con excepción de 2010, que registra 11 muertes en el año completo, un claro indicio del recrudecimiento de los hechos violentos alrededor del fútbol argentino (2 muertos en 2003, 2 en 2004, 6 en 2005, 4 en 2006, 4 en 2007, 6 en 2008, 8 en 2009, 11 en 2010 y 4 en 2011).
Por el momento, más allá de frases acomodadas a las circunstancias, no se observa ningún movimiento político concreto desde el Poder político (aquí se incluyen todos los estamentos, nacionales, provinciales y municipales), que según los principales analistas forma parte, como cómplice, de la industria del negocio del fútbol (de allí que nos referimos a este tipo de violencia organizada como “del” fútbol y no “en el” fútbol, porque emana del propio sistema futbolero).
Lo concreto es que el fútbol argentino ya registra 268 muertos en su haber, y 168 ocurrieron desde que Julio Grondona se hizo cargo de la presidencia de la AFA en 1979, sin que apareciera ningún atisbo de solución.
Desde las leyes vigentes, los propios parlamentarios coincidieron en su momento en la debilidad de la 23.184, más conocida como “Ley De la Rúa”, promulgada en 1985 a partir del escándalo que a principios del retorno del sistema democrático generó el asesinato del adolescente Adrían Scaserra en abril, en un Independiente-Boca, que llegó a ser la tapa de la revista “El Gráfico”.
Su posterior reemplazo por la 24.192, luego reglamentada como 26.358 tampoco logró terminar (en realidad, ni siquiera comenzar a pensar en terminar) con la violencia organizada porque sigue sin haber un plan estatal al respecto (se ha llegado al colmo de que las cifras más serias provienen del trabajo voluntario de SAF cuando deberían provenir del mismo Estado), y porque la AFA se entremezcla con los organismos de seguridad y muchas veces termina imponiendo su criterio, al no aceptar las reglas de juego, amparada en su autonomía y su dependencia exclusiva de la FIFA.
Lo cierto es que desde la promulgación de la ley 23.184 murieron hasta hoy 154 personas, y desde la de la 26.358, en 2008, 37 personas y sin embargo, como bien recuerda el principal investigador argentino, Amílcar Romero, cuando en 1994 fue detenido José Barrita, más conocido como “El Abuelo” (entonces jefe de la barra brava de Boca Juniors), el motivo fue la “asociación ilícita”, ausente en ambas leyes “futbolísticas” y en cambio, presente en el Código Penal, debido a que esta detención se habría producido a pedido de la embajada de los Estados Unidos y no por una razón local.
Las leyes promulgadas en estos años, entonces, intentaron solapadamente establecer fueros deportivos y establecer castigos extras del ámbito “deportivo-institucional” cuando el Código penal es claro al respecto y aún tratando de ir a  lo innecesariamente específico (que termina distorsionando todo), no ha contemplado los últimos casos de violencia “intra-barras”, mucho mayor frecuentes que los “inter-barras” que necesitaban del folklore del partido ocasional como marco de referencia.
Con el aumento de los fondos percibidos por la AFA debido al programa “Fútbol Para Todos”, el botín para los violentos es mucho mayor que en otros tiempos, y entonces los enfrentamientos con las barras rivales ya quedan en segundo plano, al punto tal de que los llamados “pulmones”, tribunas vacías para separar a las “hinchadas” van dando lugar a pensar la idea de “pulmones internos” para separar a grupos violentos que dicen representar al mismo equipo (como ya se experimenta en Atlético Cipolletti).
La suspensión de una tribuna en el estadio Monumental, en vez de clausurar su totalidad, tras el asesinato del joven Gonzalo Saucedo, sólo puede ser tomado como una burla del sistema, pero no se conoce de la renuncia de ningún funcionario y si queda alguna lucecita de esperanza, ésta pasa por la valiente actitud del nuevo presidente de Independiente, Javier Cantero, enfrentado con su barra brava aunque solo en una dura lucha sin precedentes.
El repudio de los hinchas de Independiente a los violentos, o el cántico “Soy de River” de sus simpatizantes para tapar la llegada a la tribuna de la barra brava “Los Borrachos del Tablón” acaso sea el puntapié inicial para que desde la dirigencia, o desde la base, los hinchas terminen con la lacra que se está devorando la fiesta.
Lejos está la Argentina de recurrir a los sociólogos como hizo la Universidad de Lovaina, Bélgica, tras los luctuosos episodios de Heysel en la final de la Copa de Europa de 1985 entre Juventus y Liverpool. Allí se sacaron importantes conclusiones, que lamentablemente algunos quisieron extrapolarlas cruzando el Océano Atlántico, aunque esta realidad sea tan diferente a aquella.
Los hooligans y las barras bravas tienen puntos en común pero no son lo mismo. Aquellos son marginales “full time”. Éstos, apenas “part-time”, porque en la semana, son profesionales de la violencia. Se alimentan y viven de la industria del negocio del fútbol, aquella que comenzó a montarse tras el Mundial de Suecia de 1958 y que a principios de los sesenta importaron Alberto J. Armando (Boca) y Antonio V. Liberto (River) y que se dio en llamar “Fútbol Espectáculo”, y que necesitó de grupos violentos que alejaran del ruedo a todos los rebeldes al nuevo sistema. Y se transformó, medio siglo después, en un monstruo incontrolable.
Tanto es el desconcierto que hasta un documento de un grupo de sociólogos admite, en consonancia con los tiempos que se viven de falta de respuestas, que “no hay solución”, como si la ciencia aceptara bajar los brazos antes de ponerse a investigar.
Si la Argentina ha logrado salir de situaciones imposibles en varios órdenes, y en una década, ¿cómo va a resignarse a encontrar una solución para la violencia del fútbol?
Con voluntad política, asumiendo la necesidad del rol del Estado y no dejando las decisiones en manos de la AFA y de la Policía, ya hay un camino por desandar, antes que las cifras de muertos siga inflándose día a día, y la violencia se siga exportando a los países vecinos, hasta que un día se muera el propio fútbol. No falta tanto si todo sigue así.

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Sergio Levinsky

Periodista y sociólogo argentino. Trabajó en Clarín, El Gráfico, Humor, El Cronista, canales de TV América, en los diarios El País y El Mundo (Madrid) y Cadena SER (España). Actualmente es columnista de Jornada y de Yahoo (Japón), y colabora para medios como FIFA Magazine.


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