Rodolfo Braceli · Grandes entrevistas

VALENTÍN CÉSPEDES, HACHERO: Reportaje al desconocido de siempre

Diario Jornada | Lunes, 3 de Setiembre de 2012 : 02:58

A Valentín Céspedes, hachero, lo encontré apenas empezada la década del ’70. Lo entrevisté sin darme cuenta; como a la hora de conocerlo recién advertí que el reportaje ya estaba sucediendo.

Casi analfabeto, poeta en el primordial sentido de la palabra, hacedor de vida, de una sabiduría de lenguaje asombrosa, Valentín, cercado por la pobreza en medio del monte chaqueño, luchaba con desesperación por conseguir un maestro cuatro meses al año para enseñarles a leer a sus hijos. Sabía que el analfabetismo es peor que el hambre, porque hace creer que la esclavitud del hambre es inevitable. El decir de Valentín produjo un gran impacto. Y él tuvo su rato de fama. La revista Gente y un canal de televisión lo trajeron a Buenos Aires. Mercedes Sosa le dedicó un recital. El hachero Valentín, donde fuera, con calma decía lo suyo.
Lo propuse para compartir la tapa de los Personajes del Año en la gran fiesta anual de Gente, para que se sentara junto a Adolfo Bioy Casares. Don Valentín apareció con sus zapatillas de goma y una campera desteñida; y allí estuvo, con total naturalidad, en los salones del Hotel Alvear. Al otro día Bioy me lo confesó: “Estoy deslumbrado por ese hombre. Nunca me he sentido más ignorante que viéndolo y escuchándolo”.
Volví al Chaco a buscar a don Valentín un cuarto de siglo más tarde, en 1995. Herido por los años y la intemperie del trabajo, en la dignidad de su majestuosa pobreza, él seguía lúcido y alumbrador.    
Pasaron dos años más y en otra charla, aunque breve, con don Valentín, pude comprobar que esa odisea suya, conseguir un maestro, seguía en pie, siempre sostenida por su terca lucidez y su ternura.

Primer encuentro, en 1970
Muy rápido quiero recuperar la historia y los dichos de este hombre sabio que no tuvo escuela. Hace ya más de un cuarto de siglo lo conocí en medio del obraje chaqueño, en Pampa Juanita; me lo presentó Luis Landriscina. Allí trabajaba y vivía este don Valentín Céspedes, el hachero. Yo no iba para hacerle un reportaje, pero el reportaje me cayó sobre la mollera. Don Valentín, con toda naturalidad me presentó a su familia (siete hijos y un yerno de su misma edad) y empezó a contar cosas. Me insistió sobre todo en que su gran ambición era que sus hijitos, sus “padrecitos”, aprendieran a leer y escribir.
Me dijo que sólo pedía un maestro unos tres meses al año, que la escuela no importaba: “No más que un maestro. La escuela la hacemos nosotros. Estos troncos tumbados ya son los asientos, y el techo, pues señor, ya lo tenemos allá arriba en el puro cielo”.
Después don Valentín me mostró uno por uno a sus hijos, trofeos en medio de la más extrema pobreza: “Estos son mis padrecitos. Están tiernos mis gajos, pero qué le vamos a hacer, dos de ellos ya tienen que trabajar porque juntando las tres hachas agregamos un poco más de azúcar al mate cocido. Trato de quitarles horas a su esfuerzo. Ya tendrán un tiempo largo para doblar el lomo”.
Le pregunté, tontamente, si le alcanzaba para vivir, y sin molestarse me explicó: “Alcanza para vivir un día más. Cuando nos va mejor, arrimamos carne a la olla y le ponemos pilas a la radio. Pasamos tiempos flacos cuando mi mujer se puso amarilla por la bilis. Pero ya está bien para los haceres del rancho”.
Sin saber bien cómo seguir con la conversación, le pregunté por su salud y me dijo que estaba firme. Y me explicó porqué: “Sabe el Señor que no me puedo enfermar todavía. Recién me podré enfermar cuando mis padrecitos mayores, Isidro y Crisóstomo, tengan el lomo robusto para el volteo. Hay muchas cosas injustas por estos suelos, pero en esta de mi salud no puedo quejarme”.
Después, don Valentín, con el ritmo de quien reza manso, me fue enumerando una a una las injusticias: “Injusto es vivir sin poder enfermarse. Injusto es tener que aceptar sin estar presente el conteo de troncos que hace solo el patrón. Injusto es no tener escuela, ni maestro siquiera, para mis padrecitos. No hay comisario, ni hay juez, ni hay político que nos escuche. Injusto es estar condenado a la injusticia”.
Luego de un punto y aparte escribo otra vez esta síntesis de un hombre casi analfabeto: “Injusto es estar condenado a la injusticia”.
En los lejanos comienzos del ’70, cuando lo conocí, Valentín Céspedes tenía 49 años. Su dignidad florecía de todas las maneras. Recuerdo algo que sucedió cuando acomodamos a su familia para fotografiarlos a todos juntos: la más chica de sus hijas tenía la carita cubierta de ronchas. Don Valentín sacó toda la dulzura del mundo para decirme desde el fondo de su rudeza: “Para que salga tan bonita como viene siendo, a nuestra hijita le pondremos harina”. Harina. Maquillaje primordial.
Curiosamente, Valentín Céspedes me iba contando las cosas pero sin que lo suyo tuviera el sonido del lamento o de quien pide limosna. Escuchémoslo:
–Uno aprende a vivir, sabe. Cuando escasea la comida primero comen los niños más chicos, los que no comprenden por qué la olla está tan floja; después comen los padrecitos que están creciendo para el hacha; después come la madre. Al final, si queda en el fondo, como yo... Verlos comer a ellos no engorda, pero es como el azúcar que necesita el cuerpo de todo hachero. Al otro día uno se acuerda del comer de sus padrecitos y el aliento le dura un sol más.

Aquella vez, cuando ya nos íbamos, Valentín Céspedes se sacó el sombrero con la aureola de sus sudores y el sol, y me volvió a decir que para sus hijos sólo quería un maestro, la enseñanza de números y de palabras: “Eso es lo primero principal. Porque no sólo de pan y azúcar vive el hombre. Hace años que pido y pido esto para mis hijos. Le he hablado al patrón, les he hablado a otros hacheros, les he hablado a esos políticos que vienen, prometen y se van. Unos dicen que sí, otros dicen que no, otros no dicen nada. Para nosotros, gobierne quien gobierne es igual. Antes de las elecciones nos verán y después ni la hora nos darán. Pero yo no pierdo la fe en la esperanza”.

Aquella primera conversación de 1970 terminó con Céspedes regalándonos una especie de poema, poema en carne viva. Se puso a talar con el mayor de sus hijos y me dijo:
–Acérquese, lo invito a escuchar nuestra conversación. Las hachas dicen palabras. Mi hacha dice pan. El hacha de mi padrecito dice azúcar... ¿Escucha?... Arrímese amigo... pan... azúcar... pan... azúcar...”

Me fui de Pampa Juanita con el sonido de esas palabras convertidas en pulsos: pan, azúcar... pan, azúcar... Y con una frase de esas que no se olvidan jamás: “Yo no pierdo la fe en la esperanza”.
Con los años les pronuncié esa frase a muchos pensadores, a poetas, a escritores. Varios se sintieron sacudidos por una síntesis arrasadora: fe en la esperanza. Borges me dijo que este hombre había inventado su religión y que ya podía prescindir de las otras. Bioy Casares (que llegó a conocer a don Valentín cuando vino a Buenos Aires), lo reitero, me dijo que se sentía muy tonto ante un hombre tan sencillo y tan sabio.
Valentín Céspedes era un hombre común, que no había ganado el Prode, que no había perpetrado asesinatos en serie, que no tenía tres brazos, que no había visto seres extraterrestres, pero se convirtió de pronto por unas semanas en personaje. Por fin un personaje que no era de plástico. Una zancadilla a la frivolidad y a la hipocresía.
Cuando don Valentín bajó a Buenos Aires traído por la revista, lo acompañé en esos días: era una especie de Adán que en horas conocía lo que es un televisor, un ascensor, un teatro, una cama con sábanas y con colchón. Recién llegado vivía su primera vez en tantas cosas de la mentada civilización. Contaba así su asombro: “Pero la gran siete que caminan rápido en esta ciudad. Todos andan disparados como si ahorita nomás estuviera por llover”. Y más asombrado todavía estuvo cuando una voz lo llamó por teléfono al hotel para saludarlo: era Mercedes Sosa.
Pero Céspedes no tartamudeó ni se encandiló en ese viaje de ocho días que serían sus primeras vacaciones. En Buenos Aires dijo lo que tenía que decir y por televisión, apenas pudo, pidió un maestro para sus hijos. Ese pedido se traspapeló, claro, como tantas cosas esenciales.

((( Cuando se pierde la memoria, se pierde la vergüenza. Cuando se pierde la vergüenza, lo mismo da aserrín que pan rallado. Ruido que sonido. Chatura que nivel del mar. En la Argentina ¿nuestra? de la década del ‘90, tan desesperadamente adicta a la frivolidad como religión, como ideología y como forma de vida, la desvergüenza por desmemoria se ha convertido en un cayo. El hambre, y el analfabetismo que multiplica y consolida el hambre, ocupan muchísimo más mapa y cantidad de seres que el pan y la alfabetización.
Solemos decirnos que vivimos, como nunca, en libertad. Esto es relativamente cierto, muy reducidamente cierto: hay crecientes millones de analfabetos acosados por el hambre. Quien tiene hambre no tiene espacio para la conciencia, no puede elegir, ni decidir, ni participar, ni soñar. Los analfabetos hambrientos sólo pueden ejercitarse en la desesperación. La desesperación no tiene nada que ver con la conciencia. La desesperación es lo contrario de la conciencia. Y recién se es aproximadamente libre cuando se puede ejercitar la conciencia.
En conclusión, aquí, a unos años del siglo 21, no hay libertad nada más que para una minoría cada vez más minoritaria.
En la más entretenida de las patrias, el analfabetismo (o seudoalfabetismo) que multiplica el hambre es un hecho que avanza arrasador como una inundación. Hay millones de seres que nacen condenados. Condenados a la desesperación. Condenados a la asfixia. Condenados a reproducir más condenados. Para ellos la vida misma es sólo cornisa. Pero no una cornisa elegida, sino impuesta como fatalidad. Pero, pese a todo, en esa cornisa hay seres más que heroicos que vadean la desesperación, que no acatan la condenada fatalidad.)))

25 años después, en 1995
Sigámosle los pasos al hachero Valentín. Pasaron casi 25 años y fui a buscarlo de nuevo, para ver qué era de su vida, para saber qué había pasado con sus tercos sueños. En pleno julio lo encontré en un sitio que no por casualidad se llama Pampa del Infierno. Después me enteraría: a este sitio se debió mudar porque el patrón del obraje lo echó por haber declarado lo que declarado en esa entrevista que le había hecho para Gente en 1970.
Un cuarto de siglo había pasado: al vernos nos dimos un abrazo sin palabras. Frente a su rancho, en la extrema orilla de un pueblo modestísimo, don Valentín nos esperaba con toda su familia en hilera. La hija que veinticinco años atrás estaba en brazos y con la cara maquillada con harina, ahora era madre de tres hijos. Don Valentín, con ese orgullo hondo que tienen los luchadores genuinos, me dijo: “Sabía que un día nos volveríamos a ver. Para eso uno tiene fe. Y por tener fe suceden estas cosas. Aquí ve conmigo los gajos de mi tronco. Tuvimos un hijo más que se llama Luis y hoy por hoy cuarenta y cinco nietos asoman”.
Si es milagro el del famoso Jesús con la multiplicación de los peces y los panes, ¿cómo llamarle a esto que don Valentín había conseguido con su mujer en medio de la pobreza, tan marginado de la civilización?
Después de un rato nos fuimos monte adentro, rumbo al obraje. Donde Valentín trabajaba y vivía cinco días a la semana a media intemperie. Le pregunté por qué estaba tan inclinado y me contó:
–Mi cuerpo anda descalibrado. Descalibrado como un aparato que se echa a perder... Tengo la columna muy maltrecha, y una hernia que a veces no me deja ni toser, ni alzar un tronco... Y tengo la muñeca del brazo izquierdo que a veces se queja y me abandona sin permiso... Pero uno sigue. Le ruego a Dios que me sane y por ahí Dios se acuerda y me consigue una buena salud. Enfermedades del estómago no he tenido, pero de accidentes sí. Todo empezó cuando hace algunos años me arrastró la palanca del torno de los rollizos. Estuve sesenta y cinco días en manos de doctor. De doctor distraído, porque me dejó con un tumor en la cadera, por el hueso infeccionado. Después de mucho me puse en pie. Y los pies me sostienen. No tengo queja para mis pies.
–Don Valentín, ¿por qué cambió Pampa Juanita por Pampa del Infierno?
–Tuve que hacerlo… Mi patrón leyó la escritura que usted me hizo en la revista... Me llamó y me dijo: “Céspedes, ¿por qué anda diciendo que los hacheros toman agua en donde hay bichos?” Yo le contesté: Mire el agua que tomamos. Verá los bichos. Y me dijo: “Céspedes, ¿por qué anda diciendo que los hacheros duermen en el suelo?” Y yo le contesté: Mire donde dormimos. Verá que es en el mismo suelo. Y me dijo: “¿Por qué no pide permiso, Céspedes, para andar hablando lo que habla con extraños?” Y yo le contesté: El opinar de mi cabeza es el que dicta mis palabras. A mi entendimiento le pedí permiso. Y mi entendimiento me dijo que dijera lo que dije.
–¿Y después, qué pasó?
–Después me fui del obraje y tuve que buscar un patrón de mejor corazón...
–¿Sigue hachando, don Valentín?
–Poco y nada. Pero vengo al monte a ayudar a mis hijos.
–¿Y cuánto cobra como jubilado?
–Ni para un vaso de agua.
–¿Menos de 100 pesos por mes?
–No, menos no. Nada cobro. No pude jubilarme. En el obraje uno va de patrón en patrón, de mano en mano. Error mío fue no exigir. Pero la desesperación me hizo cometer ese error… Pero, sabe Rodolfo, no todo ha de ser lamento en la vida. Cosas gratas tengo para contarle, si usted me lo permite.
–Por supuesto, cuénteme esas cosas gratas…
–He tenido nietos, ya le he dicho, muchos nietos, ya van cuarenta y cinco gajos… Hemos la suerte de que vinieran sanitos del cuerpo y del entendimiento, y la suerte de que varios tienen sus cumpleaños en la misma fiesta, con lo cual podemos festejar sin tantos gastos. ¿Vio?, debemos estar por todo esto muy agradecidos a Dios. Celebramos los cumpleaños de a dos o de a tres, y así con la misma olla hacemos dos o tres fiestas. El primero y el último hijo nacieron el mismo día, el 16 de agosto. Y hay otros dos que nacieron en 5 de diciembre. Y yo con la vieja he nacido el mismo día 14 de febrero, con diez años de diferencia.

Después, don Valentín me contó más de esa hernia que lo tenía a mal traer, pero que no tenía tiempo para enfermarse me dijo, porque “no le conviene al hachero acostarse y caer en cama”.
Volví a preguntarle por la escuela que tanto soñaba y buscaba. Me dijo que en Pampa del Infierno sí había una, pero monte adentro no había caso con las escuelas. Pero estaba feliz, “porque al menos al más chico de mis hijos le hemos podido
dar unos años de aprender a leer y esas cosas tan preciosas”.
Más allá de su queja me asombró con una reflexión demoledora: “Nunca llegó a Pampa Juanita un maestro. Nunca me oyeron, aunque sabemos que hay tantos maestros sin trabajo. La ignorancia es peor que el hambre. Porque la ignorancia nos acostumbra al hambre”.

Sonará a reiterativo, pero no importa; la obscena realidad también es asquerosamente reiterativa: tengo necesidad de volver a escribir las palabras del viejo hachero: “La ignorancia es peor que el hambre. Porque la ignorancia nos acostumbra al hambre”.
Con sus 70 y pico cumplidos, don Valentín Céspedes me confesó que mucho le hubiera gustado cuidar los bosques en vez de hacharlos, y que con tres años más de vida él se considera bien cumplido. Dos por tres, mientras hablaba, se acomodaba la hernia. La conversación nos llevó a hablar de los perros. Me dijo que “no se pueden atar perros con chorizos, porque no hay perros inocentes y a los chorizos se los comen y se desatan”.
–¿Y hombres inocentes hay, don Valentín?
–En estos lugares que pisamos algunos inocentes hay. Le cuento la historia de un hombre inocente: aquí, el año pasado, mi hijo encontró un hombre perdido en el monte. Estaba extraviado y sediento. Y ya andaba en cuatro patas, arrastrándose, cuando mi hijo se dio cuenta que era un cristiano. Lo trajo a su rancho, le habló bien, le hizo té primero y le dio mate después. Al rato le dio agua y algunas cosas mascadas, porque el hombre estaba hambriento. No era peligroso, no era mano ligera; por el mirar de su mirada no podía ser robón. Y bueno, el hombre fue agarrando fuerzas. Entonces al tiempo rumbeó para el norte, en busca de algún trabajo. Pero se ve que otra vez se metió en el monte, se quedó sin comida, sin agua... Así llegó hasta una estancia, y desesperado se arrojó a un bebedero de esos que usan para los animales. Allí estaba, tendido, bebiendo, cuando supo venir el patrón del campo y le pegó un tiro con la escopeta y lo mató nomás. Después, el poderoso se defendió diciendo que el sediento había querido violar a su hija. Pero el hombre no tenía capacidad para eso. Era un indefenso. Era un hombre inocente que tenía sed. Sabe, murió por tener sed.
Don Valentín no agrega más a su relato. Otra vez sucede que la última frase nos queda quemando en la cabeza: “murió por tener sed”. A quién se le ocurre tener sed y tener hambre.
 
Caminando por el obraje con el viejo Valentín vi dónde dormía con sus hijos más grandes: en medio del mismo monte: unas latas por techo, tres camastros armados con cortezas de árboles y hojas secas, y cubriéndose con unos cueros. Y cuando se venían las lluvias o el frío dormían en el mismo horno donde se convierten los troncos en carbón. El detalle de confort: una vieja radio a transistores.

Al preguntarle por la palabra ecología, me confesó su ignorancia con esta sabiduría:
–Mi ciencia es poca y no ha recibido esa palabra. Pero adivino que tiene que ver con los violadores de bosques. A mí me ha dolido hacer el trabajo que hice. Mucho me ha dolido. Pero más me iba doliendo el hambre de mis hijos. Entre los dos dolores he tenido que elegir. Triste elegimiento, sabe... Pero haciendo lo que hacía he sentido siempre el dolor de cada árbol. Porque a un árbol cuando uno le pega un tajo, si se fija bien, ve que le sale lágrima. Yo sé del dolor de los árboles. Tanto me gustaría terminar mis días defendiéndolos, siendo guarda–árboles, siendo guardabosques. Pero no sé si podré hacer esto. Y no sé tampoco si veré cómo se hace justicia con la injusticia.

Dudé mucho en preguntarle al viejo Valentín si había conocido eso que se llama felicidad. Hasta que me animé. Entonces escuché:
–Feliz vengo siendo. Muy feliz en la vida... No me ha faltado, como dice la canción, un vasito de agua fría, un beso de la boca de ella, y mis hijitos y mis gajitos. He criado a mis hijos con sacrificio, pero me han salido buenos y amables. Y me siento dichoso por eso. Pero cuánto me hubiera gustado darles escuela, un maestro. Hay que cuidarse de la ignorancia, sabe. Porque la ignorancia termina por embrutecer el cuerpo, y embrutecer el alma y hasta embrutece el corazón.
Ya apartados del sitio donde sus hijos trabajaban, don Valentín vacilaba en decirme algo, hasta que finalmente: “Sólo quería decirle que hice cuanto pude, y cuanto pude es tan poco, es tan poco... Mis padrecitos siguen agarrados por la pobreza. Ay, y mi cuerpo que ya no sirve para hacer las fuerzas...”
Y ahí, en este instante de la eternidad, el viejo Valentín, afirmado en su hacha, empezó a llorar. Inconteniblemente lloraba. Con su espalda doblada. Me quedé absolutamente sin palabras. No supe qué hacer, qué decirle. Apenas si pude ponerle mi mano en el hombro. “Perdonemé, perdonemé, Rodolfo. Perdonemé este llanto. Yo hice cuanto pude, pero pude tan poco...”
Con las primeras palabras que me salieron del cuerpo le pregunté si había perdido su fe en la esperanza: “No, Rodolfo. Eso nunca. Cuando pierdo la fe, tengo esperanza. Cuando pierdo la esperanza, tengo fe. Por último, sabe, siempre tengo fe en la esperanza”.
Dejamos el obraje, volvimos a las casas. Y llegó el momento de la despedida. No nos animamos a decirnos adiós. Apenas un tenue apretón de manos. Y otra vez las palabras del viejo Valentín: “Sepa  perdonar mi llanto, Rodolfo... Con el corazón, este viejo le promete que nunca perderá su fe en la esperanza”.

Volví a nuestro Buenos Aires querido alumbrado por la sabiduría y el desgarramiento de ese hombre aferrado a la cornisa de la dignidad. La dignidad, la última y la más extrema forma de la libertad. Hice una cantidad de gestiones para conseguirle una jubilación al hachero. Entre papeles, indiferencias y burocracias pasó un año. Y otro año más…

El martes 26 de agosto de 1997, me comuniqué por teléfono con el dueño de un hotelito de Pampa del Infierno, Carlos Inglan. Él se tomó el trabajo de ir a buscar en una camioneta al viejo Valentín y lo puso al habla conmigo. Su voz, templada por tanta intemperie, me dijo apenas le pregunté cómo andaba: “Tirando por no aflojar”.
–¿Y cómo anda don Valentín? 
–Tirando por no aflojar.
–¿Su salud no mejora?
–Mi salud no importa si mis padrecitos y mis gajos amanecen bien.
–Cuénteme de usted.
–Ando con unos tratamientos. La columna se ha empeñado en tratarme mal y estoy infeccionado de los riñones quizá.
–¿Sigue trabajando?
–Ya no subo al monte. Estoy prohibido de trabajar por mis hijos, que tienen el corazón bueno y amable. Ahora estoy de niñero... Son tantos los nietos que por ahí interrumpen todo pensamiento de la cabeza.
–¿Se entretiene con alguna otra cosa?
–Bueno, para salir de diversión y enamoramientos y esas cosas ya no tengo edad. Ya le digo, soy niñero... algunos días hay que trato, trato, de leer unos libros que he encontrado abandonados y muy llovidos en la plaza del pueblo. Mis gajitos me ven y eso les ha de hacer bien.
–¿Firme entonces su fe en la esperanza?
–Firme. Le dije, tirando por no aflojar.
–Nada de dar el brazo a torcer, don Valentín.
–Cuando dé el brazo a torcer será para que Dios disponga y me lleve.

¿Qué fue de la vida del viejo hachero? Después de mucho y tanto, recibió, ya entrando al siglo 21, una pensión, la caridad de una miseria. Yo a cada tanto lo llamaba por teléfono al hotelito. Lo traían y conversábamos, él siempre lúcido con sus gotitas de humor, sin caer en el lamento. En la última conversación me dijo que había decidido no contar a los nietos, “ya creo que pasaron los sesenta”.
En el agosto del 2009 me llamó el hijo mayor. Fue para decirme: “Valentín ha partido hoy a las ocho de la mañana, estamos sin él.”

Posdata
Pan... azúcar... pan... azúcar...
Si Dios no dispone lo contrario, los bien comidos, los bien abrigados, los bien leídos, ¿no nos podríamos ir un poco al carajo?
¿Y si, en vez de irnos al carajo, volvemos a mirarnos conciencia adentro?
¿Y si empezamos a deponer la banalidad de los estribillos que pasan por ser ideología?
¿Y si nos dejamos de conformarnos con los espasmos de solidaridad y de eructos éticos?
¿Y si de una buena vez nos damos cuenta, con todas las letras, de que somos una vergüenza?
¿Y si por fin nos despertamos?
No hay caso, estamos convencidos de que Dios nació en este mapa.
Consideremos, damas y caballeros: pan azúcar pan azúcar. Semejante pan azúcar es clara señal de que el famoso Dios argentino no existe. Nunca fuimos el séptimo país del mundo; los que vivieron como si fuéramos el séptimo país del mundo eran una mínima minoría.
Algo, algo tenemos que hacer con nosotros, por nosotros, desde nosotros, en nosotros.
Algo, como salirnos de nosotros de una vez.
¿Pero de qué estamos hablando? ¿Acaso vamos a cambiar el mundo?
Mejor que cambiarlo sería hacerlo, cada día.

 
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  (((((((((((( El siguiente texto es para un recuadro para ubicarlo
                      en la última o ante última página del suplemento ))))))))))))))))))


Usted conoce a la heroína y al héroe

Las preguntas sobre la mesa. La Argentina, ¿por qué ha seguido en pie si, por décadas, ha hecho de la palabra “decadencia” una costumbre? ¿Por qué no desaparecimos del mapa cuando allá, en 1976, por cientos, por miles, aquí se desaparecían humanos, se robaban criaturas desde la misma placenta?
Sigamos:  ¿por qué no desaparecimos de la faz de la Tierra cuando, encima y después, esta patria (idolatrada sólo a propósito de las hazañas deportivas), por años y más años ha sido arrasada, rifatizada, loteada, vendidas las joyas de la abuela y la abuela también, vaciada de futuro y trabajada para la desesperanza?
Generación tras generación nos acostumbramos a vivir con la comodidad de la víctima, reduciendo nuestra actividad cívica a la digestión y al eructo de cacerolas que sólo suenan convocadas por el dios del bolsillo. 
Muy mal sembrados por los medios de descomunicación que nos analfabetizan mediante el culto del triunfalismo y la frivolidad, oscilamos entre el triunfalismo y el derrotismo, entre la euforia y la depresión.  ¿Cuándo, cuándo aprenderemos que la euforia es depresión al revés?
Los interrogantes nos agobian y hasta nos paralizan por no afrontarlos desde la modestia y la paciencia (que no es resignación). Vuelta a vuelta estamos acorralados por interrogantes, por callejones sin salida y por oscuros presagios. Estamos, además, anegados de autodefiniciones, de diagnósticos de propios y extraños. En los finales del siglo 20, cacheteados por la calamidad y la desguerra de Malvinas y el hambre palpable que también sucedía aquí, ya entonces habíamos dejado de creer que “somos los mejores del mundo”, pero rápido encontramos consuelo aceptando que “somos los más inexplicables del mundo”. Siempre “los más”.
Venimos anegados de palabras al servicio del palabrerío y de la güevada que confunde ruido con sonido y chatura con nivel del mar. Decir y decir y decir que “tocamos fondo” viene siendo un hábito conformista de las sucesivas generaciones.  ¿Razón de ese hábito? Considerar que ya nada peor nos puede pasar y que en adelante todo será nada más que “milagro argentino”.
Venimos muy enredados en un ovillo en el que participamos de una patética carrera de frívolos, impunes, mediocres, mafiosos y desmemoriados de mal agüero que, sin el menor pudor, extrañan el tenebroso orden impuesto por la Mano Dura.
Sin embargo, pese a esto y aquello, pese a tanto, la Argentina conserva las nueve letras de su apellido, y todavía tiene pulso. Aunque en voz baja, la esperanza es algo que hoy respira. Y si el pulso continúa es porque hay una pulseada. Por décadas, hemos hecho méritos para irnos a la cloaca del abismo; a la misma mierda. Si allí no fuimos a parar es porque hay “otros” argentinos, aparte de los desopilantes, de los insolidarios, de los usureros, de los que analfabetizan, de los que prefieren la comodidad de la “mano fuerte” y quieren convencernos de que tener esperanza es una puerilidad.
Además del cómodo hábito de decir que “tocamos fondo”, uno de nuestros fáciles lugares comunes consiste en decir que “carecemos de  grandes ejemplos”. Otro cómodo error. Error tramposo. Porque buscamos los ejemplos entre los exitosos y encumbrados, en el bronce o en la vidriera o en los podios. Pero resulta que a esos tan reclamados ejemplos los tenemos muy cerca, entre nosotros. ¡Más acá de nuestras narices!
Damas y caballeros: ¿Podríamos tener a bien considerar que hay otra Argentina? Es la que sostiene la brava pulseada de cada día y de cada noche. Hay un país traspapelado, intenso, soñador y hacedor, con seres formidables que no se dan por vencidos. “Ellos” se inventan desde la calamidad, sueñan a raja cincha, no deponen el corazón. Si todavía no desaparecimos del mapa, si ya no nos fuimos a la última cloaca del carajo es por “ellos”. Y si algún día, cercano o lejano, salimos a flote, será por “ellos”.
Hagamos la prueba. Descubramos a nuestro alrededor a esos personajes formidables que inventan desde los escombros, que hacen cosas prodigiosas desde la malaria, que no se entregan al galopante default del desánimo colectivo. Tienen un rasgo común: son, todos, jóvenes. Jóvenes de 14, de 20, de 40, de 70, de 90 años. No importa profesión, oficio o nivel social. Son sabios, porfiados, corajudos, originales. En cada barrio, en cada hilera viñatera, en cada fábrica, en cada escuela, en cada universidad hay uno. O varios. Estos héroes y heroínas son como linternas.

La hija de la Ética
El del hachero Valentín Céspedes es un caso, entre tantos. Pero hay muchos más, luminosamente ejemplares. Se me cruza el recuerdo de un par que conocí en el no tan lejano 2001. Elsa Irigoitía vivía en Paraná: con los 85 años de su edad, activísima, con su exigua jubilación de maestra directora. Una heroína, por su vida entera. Al recibirse, su padre le dijo que mientras él ocupara el cargo de Director de Escuelas, no la iba a nombrar en su provincia, Entre Ríos. Y cumplió el hombre la dolorosa promesa. Elsa a los 17 años, ya recibida, fue a un lugar desolado, limítrofe, sin agua, a un rancho-escuela de Jujuy. Muchos años después la trasladaron, pero no a su provincia, sino a la Patagonia. Elsa Irigoitía: la hija de su padre, la hija de la Ética.

Cejaizquierda
Otro caso que comprobé hace una década. Se trata de un niño, de unos 10 años, que abría puertas de taxis por una moneda. En la calle Florida de la Capital Federal se estaba haciendo una colecta para juntar 230 mil dólares para que una adolescente con leucemia (Mariana Francia) pudiera hacerse un trasplante en Londres. Allí estaban las cámaras de televisión. De aquel chico, recordado por Mariana no se sabe ni el nombre. La única referencia es que tenía una cicatriz en la ceja izquierda. El caso, asombroso, es que el niño, al final de su larga jornada de intemperie, sacó las monedas de sus bolsillos y sin decir media palabra las metió en la urna. Todas sus monedas. Y se fue.
El pibe, nombrémoslo, Cejaizquierda, anda por ahí. Ya estará por sus veinte años. Si es que vive.
Decimos, justificando nuestras aflojadas y corrupciones cotidianas, que “lo que pasa es que aquí no hay ejemplos”. Una vez más: damas y caballeros, los ejemplos están aquí, abajo, en la misma cuadra, en la propia familia. Hay otros habitantes, primordiales, creativos, ejemplares. Si no desaparecimos del mapa es por ellos. Ellos sostienen la gran pulseada. Son contagiosos. Vayamos por ellos. Con ellos. Y metámosle. Y, por qué no, descorchemos algún vino y brindemos por los primordiales, por los ejemplos, ¡por los héroes y heroínas que están más acá de nuestras narices!
                                                                                                                                                             Rodolfo Braceli

Diario Jornada Mendoza

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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