Rodolfo Braceli · Grandes Entrevistas

NICOLINO INTOCABLE LOCCHE: Había una vez un torero sin banderillas

Diario Jornada | Lunes, 27 de Agosto de 2012 : 14:00

Él era único, pero como boxeador más único que nadie. Haciendo todo al revés, haciendo todo lo que no se debe ni se aconseja arriba y abajo del ring, llegó a campeón mundial. Se llamaba Nicolino Felipe Locche. Intocable, le decían.

Una suma de Gandhi, con Chaplin, con Sorba, con torero. Panadero de la alegría en un deporte sangriento y en un siglo organizado para la destrucción de la vida misma.
A Locche le hice una decena de entrevistas. En 1967, poco antes de que fuera campeón mundial, escribí el guión y dirigí una película, mediometraje, sobre él. En esta entrega intento alumbrar algunas claves de su prodigiosa manera de ser eficaz en los cruentos cuadriláteros: la inapresable razón de su misterio. Además cuento lo que en carne propia experimenté el día que hice cuatro rounds con Nicolino enfrentándolo en un ring del Mocoroa. ¿Para qué me calcé los guantes? Para saber si él era cierto.



Hace tiempo, allá lejos, un pibe de unos diez años estaba jugando a la orilla de una correntada, en la montaña mendocina. De pronto, el agua lo alzó y lo arrancó de cuajo. Y se lo llevaba. Un hombre casual extendió su cuerpo, el brazo, la mano, y recuperó al pibe para la Vida. Ese mismo hombre, se supo años después fue arrastrado por la misma correntada. Sin retorno. El hombre aquel no tiene, hoy, nombre; cosas de la memoria. El pibe aquel sí tiene nombre: Nicolino. Nicolino Felipe Locche.
El hecho huele a anécdota para leyenda de entrecasa. Pero sucedió. Y en cuanto uno lo repiensa: ¡todo lo que salvó aquel hombre! Salvó en primer lugar una vida. ¿Pero la vida de quién? La vida de un boxeador más que único aquí en la Tierra. Un boxeador en esencia torero. Un torero que prefería no liquidar a sus toros extenuados. Un humorista en la zona tan terrible, siempre álgida de los cuadriláteros. Un gran cachafaz. Una especie de encarnación de Chaplin. O de Zorba, el griego. Un perito en picardías. En fin, un poeta, que en el ring lo era porque no lo sabía. Y además, un panadero. Sólo como detalle, y no el más importante, recordemos que este boxeador llegó a campeón mundial en diciembre de 1968, en Tokio, al vencer a Paul Fuji, fiera temible que primero abandonó la pelea y después abandonó, para siempre el boxeo.
Voy a desmenuzar, dentro de lo posible, este fenómeno llamado Nicolino, el que rompió el molde. Y rompió la máquina de hacer moldes.

El panadero milagroso
Seguro que, tras esta catarata de adjetivos, de todos estos rótulos uno de los que más intriga es el último. ¿Panadero? ¿Panadero de qué? Panadero de la alegría, de la risa, milagroso panadero, capaz, con un gesto, con una finta, con una guiñada, con otro amague, de desatar la multiplicación de miles de risas. Y desde el ring, ese sitio siempre crucial donde la risa jamás tiene nada que hacer, porque allí impera la crispación, la furia, la sangre, la conmoción cerebral.
Nicolino, un transgresor que no sabe siquiera lo que significa la palabra transgresión, instaló su panadería en un ring, lugar en el que entran dos tipos dispuestos a aniquilarse, un árbitro que legaliza la destrucción y un reglamento que desde siempre premia al que es más eficaz en la cruenta aniquilación. Allí daba su pan.
El boxeo es una actividad que explicita, sin hipocresías, el afán de competencia feroz materializado en la destrucción del otro; actividad que impera en esta sociedad nuestra a sí misma calificada como civilizada.
Nicolino transgredió, justamente en el boxeo, esas normas que premian sólo la destrucción, normas que tanto se parecen a las que rigen en el forcejeo impiadoso y desesperado del mundo en el que vivimos. Insolente, atrevido, impertinente, irresponsable, inconsciente quizá, se alzó de hombros y fue a poner su panadería, justamente, allí, Nicolino, en el centro del ojo del volcán.

Conversando con los leones
La sangre en público produce placer, goce. A veces nos tapamos la cara, pero seguimos mirando por entre las rendijas de los dedos. La apetencia de sangre, a lo largo de la historia, fue calmada de distintas maneras. Allá lejos con gladiadores y leones, con emperadores bajaban el pulgar ante el delirio entusiasmado de miles de espectadores. Ahora la sed se calma, por ejemplo, en los estadios de boxeo. Pero Nicolino abolió las normas de este espectáculo que alcanza su excelencia cuando más sangre tiene. Al principio recibía monedas y abucheos, después hizo al público y al espectáculo mismo a su imagen y semejanza. La vida lo arrojó al cuadrilátero como un inocente gladiador. Y no perdió su inocencia. Hizo estragos con su inocencia, prescindiendo de la sangre. Consumó la paradoja de hacer estragos reconfortantes.
Arrojado a los leones no se dejó devorar por ellos. Pero tampoco los mató. Para qué -decía como al descuido-, si los leones son gente como yo. Si muere un león la mamá sufre, si muero yo mi mamá sufre. Decía sin razonar el tamaño de sus palabras. Porque razonar no era su fuerte.
Sigamos: y si los leones no se lo devoraron a él y él no los mató, ¿qué hizo Nicolino con los ellos?: se puso a conversar.
A los chicos del siglo esto les apetece mucho más que los discursos sobre la no violencia. Y a los viejitos, y a las mujeres, y a los hombres malos, urgidos por la urgencia, por supuesto que también, porque los hombres malos no son tan malos si uno los hace reír. (Esto también la dijo alguna vez Nicolino; sin darse cuenta, naturalmente.)
Así es, así era, que este gran burlador de ciertas exitosas normas del mundo y del boxeo, ganaba sin pegar, o pegando cuando no tenía más remedio. Ganaba, no por puntos, no por nocaut; ganaba por algo nuevo: por convencimiento, por persuasión. Sus rivales quedaban exhaustos de tanto y tanto no poder pegarle.
Muchas veces lo hizo: cuando fue a buscar el título mundial a Tokio y cuando defendió el título en el Luna Park con un colombiano colosal, Antonio Cervantes. Bajó la red de sus brazos durante una eternidad de segundos: esquives y nada más que esquives a rostro descubierto, peinando su cabello escaso; esquives acompañados de guiñadas a los fotógrafos, a algún señor notable o a alguna señorita despampanante. Así, poniendo toda su humanidad a disposición del otro y al compás de los olé y de las risas, doblegaba la furia que lo enfrentaba. Así, con artimañas dictadas por la pura picardía derrumbaba sin necesidad de tajear, ni de aplastar narices, ni de mortificar hígados o sesos.
¿Y cuáles son, cuáles eran (duele cambiar a pasado el tiempo del verbo) las claves de aquel curioso muchacho? Las claves eran, también, demoledoramente sencillas. Aunque lo sencillo no tiene prestigio a la hora del análisis, no importa. Aquí van:

Clave 1: la risa, a borbotones
Pregunta: ¿Por qué será que todos nos reímos tan poco, especialmente cuando ejercemos nuestros oficios? Éste, el de la risa, es un déficit no sólo de los argentinos, también del siglo. En este fin de siglo la risa se compra y se consigue a fuerza de ir a buscarla en el chiste. Y el chiste no da alegría, da diversión. Nicolino, en la vida, se reía a borbotones. Como los adolescentes. Como los chicos. Y seguía riendo arriba del ring. Semejante risa, contagiosa y contagiante, lo desintoxicaba, le sacaba el hollín del alma y demás dependencias. Nicolino reía cuando boxeaba, reía cuando pisaba la orilla más extrema de la cornisa. El hombre que no ríe mientras trabaja es medio hombre. Y por eso mismo el trabajo le resulta un trabajo, una esclavitud. Digámoslo redondamente: a Nicolino no le gustaba el trabajo, ni toleraba casi el sacrificio. Era vago. Pero esa misma vagancia le hizo encontrar, sobre el crucial ring, una manera de disolver la crueldad del boxeo mutándola en fiesta. Se valió de su risa inagotable. Siempre pésimamente entrenado inflaba de risa sus fuelles internos: y hacía la fiesta: deponía la sangre.
(Con el permiso del lector, de aquí en más seguiré hablando en tiempo presente.)
A todo esto: ¿Y su llanto? Es como su risa. Cuando llora, llora como un desatado, con el impudor de un niño. Naturalmente, éste es otro factor desintoxicante. Es otra de sus claves para boxear como boxea, liberado de civilización.

Clave 2: el comer con hambre
Nicolino, de chico, no vivió en la extrema pobreza, a la orilla del hambre. Su casa fue humilde pero de mesa generosa. Sin embargo, siempre tiene hambre; no apetito: hambre. Verlo comer es un espectáculo tan saludable como verlo des-pelear. Cuando come se olvida de todo. Su irresponsabilidad no tiene frenos. A cuatro días de sus peleas siempre está excedido de peso, y debe suspender todo y resignarse a tres o cuatro manzanas diarias. Siempre igual. Y ante la recriminación alzará los hombros y dirá: ¿Quién me quita lo comido? Y llega al día crucial famélico. Pasado el pesaje matinal, hay que verlo cómo festeja sus tres días de ayuno: pollo, mejillones, pastas, empanadas. De nada se priva. Ni se acuerda de la pelea de la noche, sea con quien sea. Por eso, cuando sube al ring, sube demasiado bien comido, es decir, no en inmejorables condiciones físicas pero sí en inmejorables condiciones anímicas, -psicosomáticas, como diría algún comentarista pretencioso-.
Recuerdo la pelea alucinante que hizo con Joe Brown, un pugilista norteamericano notable que, impotente, en pleno fragor de la pelea, se detuvo y simuló un aplauso. Esa noche Nicolino recibió una ovación que no cesaba. Iba al centro del ring, agradecía y se volvía. Su maestro, don Paco Bermúdez, enojado, lo empujaba otra vez al centro: Vaya, disfrute del público. Nicolino iba, saludaba y rápido se volvía. La ovación continuaba, atravesaba los minutos. Más tarde, después de la ducha, le pregunté qué sintió, qué pensaba en semejante momento. Y me contestó su pura verdad: en las pastas pensaba: en las pastas que me voy a comer enseguida.

Clave 3: dormir, dormir
Nicolino, cuando se acuesta a dormir duerme. Al instante, como un pajarito, como un bebé luego de la gran mamadera. O como un irresponsable, si se quiere. Esta clave sintetiza a todas las otras. Él siempre lo dice y su madre lo atestigua. Es posible que haya pasado más de la mitad de su vida durmiendo. Duerme cuando tiene ganas. Y tiene ganas casi siempre. Todo el mundo lo sabe: en la tarde de su pelea con Paul Fuji, en Japón, los que lo rodeaban estaban descompuestos por el miedo. Nicolino durmió una siesta de tres horas; hubo que despertarlo para ir a la pelea. Esto sucedió siempre, y Nicolino no modificó la costumbre en su día más trascendente. Claro, una vez despierto, sus cada vez más increíbles reflejos funcionaron como para que todo el mundo se enterara.
Pero esto no es todo: en los camarines del estadio, un rato antes de la pelea, ya masajeado, con el vendaje, se acostó sobre la mesa de madera. Don Paco Bermúdez le puso una toalla sobre los ojos para que su vista descansara de los tubos fluorescentes. Al minuto escuchó un creciente serrucho. Locche se había quedado dormido. Un rato después subiría al ring para des-pelear por el título mundial. Él mismo cuenta: ¡Las nochebuenas que me habré perdido! Me acostaba a la tardecita y cuando me despertaba ya era el otro día y sólo quedaba un poquito de Navidad. Su madre no lo desmiente: Durante muchos años el Nico se despertaba a la una y media de la tarde. Yo le llevaba la comida a la cama. No terminaba de comer que ya empezaba a dormir la siesta hasta las cinco. A esa hora se levantaba y se iba al gimnasio Mocoroa, a entrenarse.
Dos cosas: un tipo que duerme así no gozaría del aprecio de Domingo Faustino Sarmiento. Es, sin vueltas, un zángano, un inútil. Pero, a los fines de explicar las claves de Locche: un tipo que duerme así tiene nervios que son nervios y no resortes compulsivos. Tiene toda la adrenalina a favor. Alguien que duerme así es mucho más probable que utilice sus labios no para dibujar un insulto o un salivazo sino para hacer un beso, una sonrisa, un silbidito. Claro, con un silbidito no se le devuelve al planeta lo que el planeta da. Pero, tal vez, lo que Nicolino no le devolvió al planeta en trabajo se lo devolvió, desde su inocente irresponsabilidad, en alegría allí donde la alegría nunca entraba. Nicolino no habló de la paz. Sin proponérselo, la hizo.

Clave 4: el Zorba mendocino
Zorba, el griego, así en la novela como en la película, era un tipo fascinante. Vivía el sufrimiento y la alegría de cuerpo entero. Su don era ése: capacidad para arrojarse a vivir el momento, para exprimir el instante. Presagios y nostalgias no tenían sitio en él. Nicolino es como aquel Zorba. Vive entregado al minuto que tiene aquí, a este minuto. Vive como muchos no nos animamos, o no podemos, o no sabemos. Ésa es su gracia y su desgracia: es un hippie en el primer sentido de la palabra. Naturalmente, su irreparable vitalidad supone, dentro de los sistemas contables de nuestro mundo, carencias, riesgos, amenazas. Porque nuestro personaje, ya abuelo, continúa carente de sentido del tiempo, del dinero y hasta de las especulaciones que manda el famoso instinto de la conservación. Es el precio de cierta forma de libertad. Nicolino está expuesto a todos los peligros de la vida organizada. Ganó y perdió fortunas. Mientras tanto, vive. Y eso, aunque no se usa, es bueno. Todo nos explica su manera de estar en el terrible ring: no era medio loco, era enteramente loco.

Clave 5: el ganismo
Las palabras ganar y ganas no sé si tienen alguna raíz común. Nicolino es un ganador, y no porque persiga el éxito sino porque todo lo hace con el combustible exclusivo de sus ganas. Como buen Zorba, él hace siempre lo que le antoja. Ganista, Nicolino dependió siempre exclusivamente de ellas: sus ganas. Y porque hace sólo lo que sus ganas le dictan ha convertido a su terrible oficio en algo apto para niños y para todo público. A él le dio la gana de jugar donde no se juega: jugó a que peleaba. Hizo fiesta en vez de sangre.

Clave 6: la picardía
Nicolino es un pícaro. La picardía, más de niño que de adulto, es su modo de ser. Pero no la usa para la usurpación sino para prescindir del esfuerzo y de la rudeza. En el ring, a medida que pasan los años, fue invirtiendo menos músculo y más picardía. Por ejemplo, cuando en medio de plena pelea hace gestos hacia el ring side, o se peina, no acumula puntos en las tarjetas, no destroza a su rival. En apariencia no. Pero sí. Porque el público estalla en el delirio de la carcajada, y él, con la complicidad de diecisiete mil personas ata invisiblemente a su rival (lo de rival también es un decir), lo ata y lo envuelve y en fin... ¿para qué pegarle, para que descoserlo a trompadas si lo tiene atado? A un hombre atado no se le pega; Nicolino no haría algo semejante.

Clave 7: las cábalas
Aunque parezca mentira, Nicolino carece de cábalas. Esto significa que no tiene complejos, ni miedos, ni mucho menos ese sentido de la responsabilidad que, a veces, ahoga y extenúa a quienes lo tienen en exceso. Pero el pícaro Nicolino una vez se inventó una cábala. Cuando se preparaba para las grandes peleas en el Luna todas las mañanas salía a correr con un profesor, exclusivamente encargado de custodiarlo para evitar sus fugas y holganzas. En la mañana del penúltimo día previo a una defensa del título mundial, Nicolino volvió silbando. Don Paco Bermúdez le preguntó al profesor-custodio: ¿Corrió los cuatro kilómetros esta mañana? El profesor, angelical, le respondió: Hoy Nicolino salió pero no corrió. Me dijo que él no corre los días previos a su pelea, por cábala.
Único: no se entrenaba por cábala. Vago colosal. También estas ocurrencias explican su singular comportamiento sobre tempestuosos cuadriláteros. Viene al caso: alguna vez le inventaron un cargo de asesor de deportes en la Municipalidad de Buenos Aires. En conferencia de prensa le preguntaron qué consejo tenía para darle a la juventud. Dijo sin pestañear: A los jóvenes les digo que no hagan nada de lo que yo hice. Que no sigan mi ejemplo.

Clave 8: el humorista
Nicolino es un humorista en estado salvaje. En cuanto camina su humor florece. Imposible no asociarlo con Chaplin. La primera comparación surge con su caminada. Pero hay otra semejanza, mucho más profunda que tiene que ver con su mecanismo psicológico. Chaplin, en sus ficciones siempre destrozaba a sus enormes rivales, pero no con la fuerza física sino con la de su ingenio. Carlitos se agachaba y las trompadas de los hombres malos y grandotes se estrellaban contra la pared. Carlitos abría una puerta y los hombres malos y grandotes pasaban de largo. Al final, Carlitos salía siempre triunfante. Nicolino, en el ring hace lo mismo que hacía Carlitos. Ni más ni menos. Puede hacerlo porque come, porque ríe, porque bebe, porque sustituye las fatigas del gimnasio con una alegría demoledora, porque cuando se acuesta a dormir duerme como un bebé de pecho.

Clave 9: el nacimiento
Casi se nos olvida: Nicolino boxea como boxea porque, como Maradona, nació a este mundo. Capaz de lo imposible, difícilmente hubiera conseguido lo que consiguió si no hubiera nacido. Difícilmente.
A los 7 años por primera vez se vistió de boxeador. Y ya era el que iba a ser: ahí está la foto: la misma postura, una levísima sonrisa más poderosa que sus puños en posición.
Algún día será recuerdo lejano, nuestro Nicolino. ¿Cómo convencer a alguien de que Nicolino hacía lo que hacía sobre el ring? Seguro nos dirán que un tipo así no nació. Y será en vano que recontrajuremos que sí.
Eso es lo malo que tiene Nicolino: que es increíble.

Clave 10: más de un ángel
Pero hay que encontrarle alguna explicación a lo increíble. ¿En qué consiste la invulnerabilidad en el ring del Intocable Nicolino? Todas las claves nos explican algo, pero resultan insuficientes. Algunas abuelas sabias de la comarca del sol y las uvas y el vino profundo sostienen, bajito lo dicen, que Nicolino no tiene un ángel de la guarda, tiene una pandilla de ángeles. Cada ángel cumple su función: uno lo salva de las correntadas; otro, de los accidentes de automóvil... Pero hay uno más, aseguran las ancianas: es un ángel decisivo, y siempre le avisa del golpe que viene por él. Nicolino, que no es zonzo, se agacha, y en vez de trompadas devastadoras recibe de sus encarnizados enemigos un airecito, un vientecito: la furia sigue de largo, nunca lo alcanza.
Después de consumada su faena sin banderillas, el televisor la reproducirá para toda la familia: las mujeres dejarán de cocinar para verlo, las abuelas de tejer, los abuelos de rezongar por la humillante jubilación, y los chicos... los chicos verán a uno de los suyos y estarán rebosantes de alegría porque la vida, la hermosa vida, la peligrosa vida, continúa.

Cuatro rounds de reportaje
con Locche, y en un ring
Yo había filmado un mediometraje sobre Nicolino en 1968, un poco antes de que se consagrara campeón mundial. Pero más allá de eso seguía obsesionado por descifrar lo que él hacía sobre el ring. En octubre de 1981 viajé a Mendoza para hacerle otra entrevista para la revista “Siete Días”. El reportaje consistía en enfrentarlo yo a Locche, durante cuatro rounds, en un ring. Aquí está lo que pasó y lo que escribí entonces:
“Antes de empezar esta nota, le pido al lector que vaya y busque un recipiente con agua. Si no lo hace, mejor no se ponga a leerla. ¿Para qué el agua? Paciencia. En su momento lo sabrá.
“Uso anteojos porque para mí la vida sin anteojos no tiene sentido. Pero voy a sacarme los anteojos por una causa de fuerza mayor: voy a hacer un reportaje, sin preguntas, a Nicolino Locche. Quiero saber de una buena vez, en carne y alma propias, qué se siente adentro de un ring, teniendo enfrente a un boxeador que llegó a campeón mundial no dando trompadas sino esquivándolas.
“Mis conocimientos sobre boxeo son en un noventa por ciento teóricos y en un diez por ciento prácticos. Por un tiempo, entre los años 1968 y 1969, yo hacía mis notas subiendo, como segundo de don Paco Bermúdez, al rincón de boxeadores como Carlos Aro, campeón argentino y sudamericano, o como Jorge Ahumada, que también llegó a empatar por un título mundial en Albuquerque. Aparte de eso, a comienzos de los años ‘70 tuve la pésima ocurrencia de hacer algunos cruces con Ringo Bonavena. Hasta aquí mi currículum boxístico. Vayamos a mis cuatro rounds con Nicolino.
“Me preparé físicamente un mes, pero sobre todo psicológicamente. Me hice el tonto con varios almuerzos, recurrí a la complicidad de algunos diuréticos y todos los días sudé tres rounds de sombra en mi dormitorio. Trataba de pegarle a algo imaginado, no concreto, no visible, no carnal. Lanzaba todos los golpes que la ortodoxia boxística manda. Pero además improvisaba secuencias de golpes de trayectoria caprichosa, desechando la lógica sintaxis boxística. Combinaba, por ejemplo: tres directos de derecha con una izquierda ascendente, algo deliberadamente disparatado. Mi objetivo era claro: llegado el momento quería atraparlo, por vía del absurdo, aunque más no sea con una trompada neta. En realidad lo mismo habían intentado, pero desde la ortodoxia, decenas de boxeadores: Laguna, Ortiz, Lo Poppolo, Fuji...
“Mi preparación fue ardua: sabía muy bien que la intocabilidad de Locche se basa tanto en sus reflejos de felino como en su chaplinesco sentido del humor; eso saca de quicio al de enfrente. De tanto y tanto verlo, aprendí que enfrentar a Nicolino es como enfrentar a dos rivales: un rival es él; el otro rival es el público. Entre él y el público se establece una especie de diálogo, de corriente continua de fuerte complicidad. Y en eso radica lo verdaderamente chaplinesco de Nicolino. Sabía que, aparte de sus reflejos imposibles, él posee el prodigio de su picardía. No tenía que caer en la distracción de su humor.
“Me preparé, entonces, para ver a un único Locche y no caer en la sensación del ridículo paralizante que él provoca con su juego. No me dejé engañar por la ilusión de que esta pelea nuestra iba a ser a puertas cerradas. Me avisé que Locche es capaz de convertir en público a una sola persona. Y esa persona podía ser el fotógrafo.
“Llega el minuto tan esperado. Once de la mañana. Antes de subir al cuadrilátero respiro hondo varias veces y en voz alta me digo: Sangre fría. No debo enfurecerme. No debo caer en la celada. No debo sentirme ridículo. Si le escapo diez, veinte, treinta golpes... no importa. Cuidado con enceguecerme. Tengo que ser más ilógico que él.
“Ya falta menos que menos. El fotógrafo Carlos Abras le está atando los guantes, antes ya lo hizo conmigo. Aprovecho para largarle, como jugando, un guantazo a la cara de Nicolino. Esquiva sin mirarme: simplemente eleva el hombro izquierdo y baja el mentón, se esconde detrás del hombro. Y larga una carcajadita, festejándose. Yo me hago el desentendido. Este primer fracaso no debe trastornar mis planes.
“Abras ya alzó la Nikon con motor. Y nos dice ¡gooong...!

Primer round
“Voy al medio del ring con la mano izquierda en punta y la derecha guardando mi mentón. Espero esa patadita, ese amague con el que Locche invariablemente espanta a sus adversarios apenas comenzada cada pelea (cada función). Pero su patadida-amague no viene. Espero. Y no viene. Locche baja los brazos y me dice: Che, Rodolfo, si querés pelear sacáte los lentes. Instintivamente subo mis manos buscando mis anteojos... que no están; ya me los había sacado, claro. Otra vez su risa, festejándose. Y además, una guiñada al fotógrafo. Empezó el trabajo de complicidad. Miro al fotógrafo para ver el efecto de la ocurrencia de Locche. Y justo en ese instante Nicolino me amaga con una izquierda. Me como el amague. Me pego la espantada. Pierdo la línea. Tranquilo. No debo enfurecerme. Tranquilo. Respiro hondo y me decido a sacar mis puños. Primero varias izquierdas tratando de abrirle camino a la derecha. Pero las izquierdas siempre quedan cortas, a un centímetro de la meta. La derecha pasa apenas sobre la cabeza de Locche, que apenas se agacha. Insisto. Trato de llevarlo a las cuerdas. Allí estamos. Me desato con todo. Saco golpes desde todos los ángulos. Pero siempre la cabeza de Locche se me escurre, la encuentro al costado, abajo de mi guante. Cuando el round está por concluir me encuentro con que algo rarísimo me sucede: tengo mis dos puños apretados entre sí, mis músculos agarrotados, no me salen las trompadas... Es lo mismo que si estuviera diciendo un discurso y de repente me quedara absolutamente sin palabras, ni un tartamudeo. Esto no me había pasado ni ante la imponencia de las manazas de Bonavena. Y eso que todavía Locche no me ha pegado ni siquiera blandamente.
“La pausa entre round y round la dedico, más que a tomar aire, a volver sobre mis propósitos: no debo enceguecerme, no debo sentirme ridículo si me quedo con los golpes colgado del aire.

Segundo round
De salida le mando una derecha como para arrancarle la cabeza. Nicolino se agacha. Desaparece. Instintivamente lo busco con la izquierda ascendente. Pero ya no está donde estaba. Dos, tres pasos hacia adelante, y lo aprieto contra la cuerdas. Va otra vez mi derecha, con todo… pasa por debajo de su axila. Y allí queda atrapado mi puño. Apretados en el cuerpo a cuerpo me dice al oído: Pará, loco, no me hagás sudar; ya me duché esta mañana, no tengo ganas de ducharme de nuevo. No entro en conversación. Sigo sacando trompadas esperando que una llegue plena, ¡por lo menos una! Nicolino me dice: Te dije que te sacaras los lentes... Otra vez instintivamente busco con mi mano enguantada mis anteojos... que no están. Por segunda vez me como la broma. En este punto me encuentro, nuevamente, con los músculos agarrotados, apretando guante con guante, poseído por una desesperación que empieza a ser incontrolable. Así voy por mal camino. Retrocedo, muerdo aire, me repito: para poder calzarlo tengo que ser más ilógico que él. El fotógrafo Abras grita gong. Me voy al rincón. Trato de sacarme a Locche de la cabeza. Tengo la misma sensación de las pesadillas. Le doy una trompada al encordado. Eso me demuestra que todo es real.

Tercer round
“Me paro frente a Locche imitando su postura, la posición de sus brazos, lo espero. Él me hace un gesto especial: Sos un tipo raro, estás loco, con vos no me gustaría pelear. Y claro. Cómo le va a gustar a Locche tener a otro “Locche” frente a él. Por un rato sigo imitando sus posiciones, sus gestos, tratando de alterarlo. De repente me le voy encima, y empiezo a sacar manos desde todos los ángulos haciendo las combinaciones más disparatadas. Siento que en cualquier momento mi puño llegará al concreto rostro de Nicolino. Pero me encuentro, una y otra vez, pegándole al aire. Este constante desembocar en la nada me agota; pero no físicamente: tengo necesidad de gritar. Después de eso me pego puño con puño para recuperar la sensación de realidad. Del alma me sale un ¡hijo de mil putas! Así termina este asalto.
“El minuto de la pausa lo utilizo nada más que para respirar. Me quedé sin aire. Siento un tirón, una contractura que me baja del hombro hasta el centro del pecho. Ya no pienso en nada.

Cuarto round
“Ahora o nunca. Seguro de que Nicolino no me va pegar, avanzo: izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha, derecha, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda... ¡patada! Sí, después de pegarle y pegarle a la nada, me encuentro pasando de largo y le tiro una patada. Pero tampoco le doy. Locche la esquiva con un movimiento parecido al de los toreros cuando clavan las banderillas. Estoy muy caliente, aturdido, afiebrado. Voy al frente: izquierda, izquierda, derecha, izquierda, izquierda, derecha... Locche me traba, bufa: Que te parió loco, sos mala persona, te dije que no quería volverme a duchar... Sigo buscándolo. Mis guantes lo rozan, siempre lo rozan, y eso es lo peor porque me dan la ilusión de que en el próximo golpe lo calzo. Él, para calmarme un poco saca una izquierda suave, me da en el pecho. Yo sigo y sigo tirando y errando. Estoy desfigurando... el aire. Locche saca otra derecha suave, da en mi guante que está casualmente a la altura de mi mentón. El golpe me llega amortiguado. Y siento un sacudón que estremece fugazmente mis sesos. Este golpe suave me sirve para recordar ahora una frase que no es una frase cualquiera: ‘lo más sano del boxeo es mirarlo’. En el último minuto intento todos los golpes posibles. Y los imposibles también. La cabeza de Locche está ahí. Pero no está. Saco y saco golpes. Tratar de pegarle a un fantasma sería preferible: izquierda, izquierda, derecha, izquierda, derecha... aire, aire, aire, aire, nada, nada, nada... nada. Largo una puteada inimaginable. Nicolino se queja otra vez porque tendrá que volverse a duchar.
“Esto ha terminado. Me consuelo pensando que a mí me ha pasado con Locche igual que a tantos boxeadores, incluso campeones del mundo. Locche me ha demolido sin pegarme. Ahora ya sé lo que se siente después de tanto y tanto darle a una sombra escurridiza, al abismo de la nada.
“Pienso que en un mundo en donde se habla tanto y tanto sobre la violencia, éste, el de Nicolino, es un ejemplo raro, viviente, de no violencia efectiva.

¿Y el agua?
El lector, si es que tuvo paciencia para llegar hasta aquí, se preguntará, me preguntará, para qué el recipiente con agua que le pedí al comienzo del relato. Ésta es la respuesta: lector, aparte de todo lo que vanamente traté de explicarle, si usted quiere saber qué es lo que pasa cuando se está en un ring frente al Intocable Nicolino, le diré: introduzca su mano en el recipiente con agua. ¿Lo hizo? Bueno, ahora trate de apresar, de atrapar, un puñado de agua. Trate. ¿Que no puede? Eso: lo mismo que pasa con el agua escurridiza pasa con Nicolino escurridizo cuando en el ring uno trata de pegarle.
Terminada la prueba, lector, puede hacer con el agua lo que desee. Si riega una planta, mejor. Será una manera de celebrar el espectáculo de vida que nos regala siempre Nicolino.
Nicolino Intocable Locche, alguien que en el siglo de la destrucción, adentro del deporte de la destrucción, consiguió, haciendo lo que no se debe, lo que no se premia, doblegar a la violencia. Y lo consiguió aquí, en la Argentina. Doblegó a la violencia sin violencia, sin descender a la fuerza.
Resulta que Nicolino, tan intocable en el ring, ha sido muy tocado, muy herido por la vida abajo del ring. Intocable pero desguarnecido. Intocable pero vulnerable.

Lo fui a ver cuando ya tenía 59 años, con cuatro bypass, sin casa con piscina, sin auto, con una pensión apenas decorosa. Seguía sigue tan como siempre: había  perdido todo, menos su prodigiosa irresponsabilidad. No dejaba de fumar, no dejaba de beber vinos oscuros. Vale la pena decirlo: no dejaba de reírse tampoco.

Hace años, allá por 1984, me llamó en Buenos Aires. Era para pedirme unos pesos, tenía que viajar a Córdoba en ómnibus y estaba seco. Como siempre, como un adolescente. Nos encontramos, apenas tuvo el dinero en sus manos, empezó a jurarme una y otra vez “que se muera mi vieja si no te devuelvo la guita antes de fin de mes. Que se muera mi vieja”. Estuvimos juntos un rato más y dos por tres salía con su juramento. De pronto empezó a las carcajadas. Se doblaba de risa. Le pregunté de qué carajo se reía y me contestó: “Loco, quería decírtelo: resulta que mi mamá murió el año pasado...”

Posdata
Nicolino Nicolo. Intocable, vulnerable.
En puntitas de pie desafiando a nadie.
Siempre caminando menos que por la pestaña de la cornisa.
Siempre, en la niñez de tu niñez y en la niñez de tu casi vejez.
Muerto de risa, vivo de risa salpicándonos de alegría.
Galera bastón capa guantes de cinco onzas,
¿banderillas para qué?¿piedras para qué?¿furia para qué?¿músculo crispado para qué?¿puños crueles para qué?
Animalito en estado de júbilo.
Animalito en estado de nacimiento.
Animalito en estado de sol.
Adivinante adivinador
hasta del golpe que todavía por seso no salió.
Criaturita arrojada a los leones,
nada les hiciste, nada te hicieron:
te pusiste a conversar con ellos.
¿Quién podrá decir ahora que con las fieras no hay forma de conversar?
¿Quién podrá decir ahora que la no violencia es la máscara de la cobardía?
¿Y quién podrá decir ahora que la no violencia es aburrida?
Con vos, con tus reflejos de felino cordial,
con tus presentimientos y adivinaciones,
la sangre bajó los brazos
y la machucación bajó los brazos
y la asesinación bajó los brazos
y la risa alzó los brazos.
Nicolino Nicolo:
el pan nuestro de cada sábado,
panadero en el ring, criatura arrasadora,
¿quién te abriga más allá de las ovaciones que el viento se llevó?
Si existe todavía algún dios por ahí:
dios te salve y te acune y te deje entre nosotros.
Aunque el 8 de setiembre del 2005
te fuiste por ahí a respirar de otra manera.
Nicolino, intocable vulnerable,
pensar que naciste,
pensar que eras cierto.

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Próxima entrega:
Valentín Céspedes, hachero
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Diario Jornada Mendoza

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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