Para escribir la biografía Mercedes Sosa, La Negra, no necesité casi investigar, tampoco materiales de segunda mano. La conocí en la bisagra de las décadas del ‘50 y del ’60, cuando despuntaba el Nuevo Cancionero.
Vivíamos en Mendoza, compartíamos cafés, largos vinos, farras, fiestas; reuniones musicales, literarias y políticas. Entonces estábamos todos, éramos felices y no lo sabíamos. En una de esas fiestas, en la casa de Iverna Codina de Giannoni, La Negra, jovencita, cinturita de avispa, coronó la noche cantando con su marido, Oscar Mathus. Al final Iverna la llamó aparte y le dijo:”Negra, vos te ponés ese diente que te falta y te vas a Buenos Aires. ¡A volar se ha dicho!”. Y Mercedes Sosa voló, y fue de toda la Argentina, y de las América y del mundo entero. Como periodista y como amigo, familiarmente compartí momentos intensos, inolvidables: la noche del Colón, cumpleaños, la amenaza de muerte de la Triple A, muertes y nacimientos. Al compás de tantos acontecimientos íntimos o públicos, la biografía se nos estaba escribiendo. Hasta que por fin se materializó en libro en el 2003. Más de una vez escribí que La Negra venía teniendo demasiado corazón. Que sufría por lo que tenía y por lo que no tenía. Por las ausencias y por ese aluvión de amor que recibía de tantos que en más de medio mundo la veneran. Ya en 1972, después de cantar en el Colón, ovacionada hasta la extenuación me lo dijo: que no daba más, que eso era demasiado para un solo corazón. Entre julio de 1996 y marzo de 1997 tuve con Mercedes dos conversaciones con destino periodístico. En una me habló de su felicidad insoportable y de sus presentimientos de muerte. En la otra confesaba sus ganas de echarse a morir, con testamento y demás. Esos momentos son los que aquí están.
1. El miedo a la felicidad (julio de 1996)
Apenas se abre la puerta de la casa de Mercedes, me doy cuenta de que la bandera ya está izada. ¿Qué bandera? La bandera única, mundial, de una sola patria que no necesita verse ni tocarse: el olor a comida recién hecha. Deletreo el aire, ya sé que una bandada de empanadas se está gestando. Empanadas y algo más: un profundo locro. En estos casos uno no quiere, no puede evitarlo: siente una emoción de la madre que lo parió. Y el pecho se le pone chico para tanto corazón.
La Negra, con un hoyuelo en la sonrisa, mirándome por la rendija de sus ojos mucho más achinados aún por el afecto, me chequea.
–Adiviná, Rodolfo.
–¿Qué querés que adivine?
–Adiviná quién está en mi casa.
–Ya me lo informó el olor a comida: está tu mamá.
–Sí, la traje de Tucumán. Va a estar conmigo para mi cumpleaños. Qué lindo poder tenerla cerca, poder tocarla, abrazarla. Ay, qué felicidad ¡y qué miedo!
–¿Cuántos años anda teniendo la mamá?
–Ochenta y… ochenta y siete.
–Pará Negra, ¿tan pronto te vas poner a llorar?
–Es que soy tan feliz con ella cerca... Pero qué miedo.
–Hablemos de otra cosa. A ver, novedades sobre tu vida.
–Sí, apareció una mujer diciendo que era hija mía. Un lío bárbaro. Hasta que conocí al padre y le dije: Señor, yo no tuve ninguna hija con usted. Yo tuve un solo hijo en mi vida, mi Fabián. Y él hombre afligido me contestó: “Yo también lo sé, señora, ¿cómo no voy a saber que mi hija no es hija suya?”. Por suerte no volvió más. Ay, me pasa cada cosa en la vida que no sé...
–¿Será que eso te pasa por ser cantora y cantante?
–No te vayás a creer. No es nada fácil, sigo estudiando y te lo dije ochenta veces: soy tímida, me cuesta mucho salir al escenario. Tengo gastritis por culpa de esa timidez. Las cuatro o cinco primeras canciones las hago sin mirar al público; no me animo, miro al suelo. Por eso admiro tanto a los artistas que cantan en lugares donde se come y se bebe. En esos boliches la gente habla, fuma, hay tipos que tratan de levantarse a una mujer. Si alguien se hace escuchar allí tiene un valor muy grande. Mucho respeto para esos artistas.
–Hablando de artistas, ¿cómo te fue grabando el disco con Charly García?
–Maravillosamente. García es genial. El disco se va a llamar “Alta fidelidad. Mercedes Sosa canta a Charly García”… Él piensa que yo he sido absolutamente fiel a él. Y cómo no serlo. En la canción “El cuchillo” escribe sintetizando nuestras vidas: “Me viste nacer, me viste crecer y yo te vi reír”. Charly se refiere a aquellos años tan felices cuando yo vivía con Pocho (Mazzitelli, su segundo marido). Eran otros mundos, otra vida. Él era un niño. “Yo te vi reír” dice él. Dice tanto con eso. Charly es extraordinario. Y lo es también en su trabajo cotidiano, fijáte lo que te digo, por la dulzura, por la gentileza que tiene.
–¿Y qué hay de la famosa locura de Charly?
–No no, no hay ninguna locura. Cuando trabaja, trabaja. Creo que cuando se metió con este disco sabía que estaba haciendo un disco histórico. García es absolutamente responsable.
–La palabra responsable al lado de Charly suena tan insólita como novedosa.
–Sí sí sí, es muy ¡pero muy responsable! Porque es artista. ¿Viste como el tremendo Artaud escribía? Con responsabilidad. Era la única responsabilidad que tenía: escribir. Así también para Charly la responsabilidad total es la música.
–La especialidad de Charly, como la de Maradona, es volver a nacer. Un tipo que se la pasa naciendo.
–Dejáme que te bese por haber dicho esto... Sí, García es un tipo que se la pasa naciendo. A mí los jóvenes me gritan, me quieren, pero con Charly es mucho más fuerte. Es un músico perfecto. Con él los jóvenes comulgan. ...Rodolfo, ¿por qué te vas de la conversación? Lo que te digo es muy serio.
–No me voy, Mercedes, lo que pasa es que...
–Decime, ¿qué diablos pasa?
–Nada... que el olor de las empanadas me hace perder el conocimiento.
–Ah, era eso. No te aflijás. Enseguida las comeremos, empanadas y locro.
–Negra, cambiemos de tema. Decime, estos días vas cumplir 62 años. ¿Cómo te suena ese número?
–Bien peligroso me suena, porque mi papá murió a los 62. Últimamente me siento rara: cuando camino me agito y vuelta a vuelta pienso que la muerte me puede venir por el mismo motivo que le vino a mi papá. Él murió del corazón. Mirá, yo no me siento vieja y si bien es cierto que con la edad las voces cambian, yo me siento bien de la voz. Pero este número, el 62, me golpea mucho.
–Tu viejo tuvo una vida dura: aserradero, puerto, distancia.
–Pero mi vida es peor que la de mi papá. No porque una tenga trabajo, fama, éxito, viajes, premios en todo el mundo, tiene una vida mejor. Mi papá vivió mejor que yo. Mi papá ha tenido la suerte de tenerla a mi mamá de entrada. Y esa suerte supera todo lo demás: la vida dura en la sabalera, el aire irrespirable de aquel aserradero del cual mi mamá lo tuvo que sacar porque si no se moría. Ay, qué vida dura la de mi pobrecito papá: mal alimentado, no tomaba ni un vaso de leche, iba y venía de su trabajo caminando porque no tenía para el tranvía. Épocas negras. Pero algo nos salvó siempre: la unidad de mi papá y de mi mamá… Ay, pero menos mal que la tengo ahí a mi mamá, ¿la oís?
–Otra vez llorando, Negra. A ver, contáme lo que sacaste de la reunión con Gorbachov y los ecologistas.
–La conclusión es que el mundo está en peligro. Y lo tenemos que salvar entre todos. No solamente por una parte de la humanidad, este planeta debe ser salvado por todos. Yo canté Gracias a la vida ante Gorbachov y quinientos invitados. Oí cosas muy sencillas pero impostergables: donde hay hambre no hay vida. Así de simple. Así de terrible. Vi, con Gorbachov, dirigentes mucho más que preocupados. Los vi asustados. Porque el mundo está al borde.
–Al borde. En la cornisa. Si revisamos tu propia vida, Mercedes, casi siempre has estado en la cornisa: cuando andabas de pensión en pensión sin poder hacer pie con tu hijo, cuando te amenazaron las Tres A, cuando te exiliaste, cuando volviste del exilio, cuando perdiste a tu marido... ¿Ahora te sentís por fin fuera de la cornisa?
–Nooo. En este momento estoy en una nueva cornisa.
–¿Cuál es?
–Dentro de un tiempo lo vas a saber.
–Cornisa significa peligro latente, a veces inminente. Un mal paso y el abismo. ¿De eso se trata?
–Tengo una vaga sensación de que estoy en una situación así...
–¿Tu situación tiene que ver con tu carrera?
–Siempre me he jugado por lo que quiero, siento que mi carrera ha sido realmente brillante en el sentido de que hecho todo lo que querido. Pronto iré a reunirme con nuestros indios, para aprender, entender y cantar sus canciones. Hablaré con caciques, sanadores, chamanes, para pedirles permiso y que me den su bendición para cantar sus canciones. Ése será un nuevo riesgo. Lo afrontaré con todo el respeto.
–¿Ésa es la otra cornisa?
–No. Se trata de otra cosa.
–¿De qué otra cosa?
–Ahora no te lo digo.
–¿Negra, ¿por qué no?
–Porque no. Mejor me callo.
–Dále, contáme, compartí lo que te pasa.
–Sos porfiado nene eh
–Soy porfiado. Contáme.
–Ya te enterarás. Por ahora sigo con mi vida, que te repito, no es mejor que la de mis padres. Mi mamá no quiere subir a los aviones.
–¿Y?
–Y simple: no sube. Yo tampoco quiero subir a los aviones, pero cómo hago para llegar a Europa en ómnibus.
–Al final, resulta que tu mamá es más libre que vos.
–Pero no te quepa la menor duda. La gente cree que porque uno tiene fama y muchas cosas tiene libertad. Poseer muchas cosas no te dan más libertad, te la quitan. Yo tengo mucho, pero tengo tan poco…
–¿Por qué decís eso?
–Porque me falta la pareja. El compañero. ¿Te acordás cuando murió Pocho? Yo no lloré. Tampoco lloré cuando murió mi papá. Y no llorar es una falencia gravísima. Yo lloro todos los días. Puedo llorar ahora con vos, pero ante ciertas muertes no he podido llorar. He quedado tan asombrada. Sí, es un asombro la partida de cierta gente.
–Pocho Mazzitelli fue tu gran compañero, en lo afectivo y en lo artístico.
–Compañero total Pocho. Yo después de su muerte por años veía sombras, sentía sensaciones. Nueve años estuve sin soltar el llanto.
–Con Pocho viviste lo más cercano a la plenitud.
–Sí. Lo más cercano a la felicidad. Cuando se muere esa gente, después de eso lo único que uno hace es sólo sobrevivir. Y lo peor es que yo empecé a sobrevivir a los 46 años. Giras, viajes, giras. Siempre sintiéndome sola, sin mi compañero. Un día, en Madrid me di cuenta de lo sola que estaba: tenía tantas, pero tantas llaves conmigo...
–¿Y qué significa tener tantas llaves?
–Significa lo peor: que no hay nadie adentro de la casa que te abra la puerta. Llaves de las puertas, del garaje, del auto, de las valijas, llaves y más llaves... Esa vez en Madrid, con el tremendo manojo de llaves en las manos, sentí un temblor en todo el cuerpo. Si te olvidás las llaves, te quedás afuera. Afuera y sola. Sola.
–Negra, estás acuñando una definición de soledad sin precedentes: cuando uno tiene demasiadas llaves en su llavero es porque está muy solo.
–Yo tengo muchas llaves, demasiadas llaves en mi llavero. Y desde hace muchos años, desde la muerte del Pocho.
–Por deducción podríamos decir que San Pedro, el portero del paraíso, es un tipo muy solo.
–Y sí que está solo San Pedro: él ve pasar la gente por un costado... ja ja... Ahora me río. No tengo cura. Pero, ¿de qué me río? Con decirte que tuve que ir al psicoanalista.
–Al psicoanalista por padecer exceso de llaves.
–Exceso de llaves, exceso de soledad. Mucha tristeza, hermano. El psicoanalista me dijo: “No viaje más sola”. Porque de seguir así podía perder la llave principal.
–¿Cuál sería?
–La de mi cabeza.
–La llave maestra.
–Maestra, maestro... mi recuerdo en este instante para los nobles y sufridos maestros que hacen huelga en la carpa blanca.
–Mercedes, cuando se vienen los cumpleaños, se vienen los balances. Y los proyectos. Muchos se preguntan cuál es tu límite como cantante: ¿hasta cuándo pensás cantar?
–Mientras pueda, cantaré. Mientras sienta alegría de cantar, cantaré.
–Más de una vez dijiste que no cantabas más.
–Sí. Y lo dije en serio: fue al terminar algunas giras, porque estaba extenuada. Pero descanso unos días, se me va el cansancio y ya quiero cantar de nuevo. Supongo que esto les pasa a los escritores con la hoja en blanco. Son como pesadillas que uno tiene, pero despierto.
–Y con las otras pesadillas, las de la almohada, ¿cómo te va?
–No soy de soñar cosas raras. Pero recuerdo algo que soñé en Hannover, en Alemania hace años. Yo tenía que cantar “Tiempo de vivir”, aquello de “muchas veces me mataron, muchas veces me morí...” Eran canciones que tenían mucho que ver con mi vida, con mi exilio… Mirá, soñé que iba a cantar y en vez de la voz me salía una víbora por la garganta. Y yo la sentí salir desde muy adentro y di un salto y prendí la luz realmente muy asustada. Qué miedo, mamita mía, ¡qué espanto! En vez de la voz me salía una víbora.
–A propósito,¿cómo andás con tus miedos?
–Son los mismos de siempre. Miedo a la velocidad. Mucho miedo al avión. Cada viajo me digo: Bueno, nací en este momento de la humanidad, me las tengo que aguantar.
–¿Algún nuevo miedo?
–Sí, ya te podés dar cuenta cuál es: mucho miedo a que se muera mi mamá. Cuando ella está en Tucumán le hablo a la mañana y a la tarde por teléfono. Mirá, si le pasa algo a mi mamá y yo estoy lejos... esta vez no iré al entierro y esas cosas. No, a mi mamá la quiero recordar viva. A mí papá fui a verlo porque yo creía que todavía lo encontraba vivo, pero lo encontré en el cajón.
–Cuando decís que les tenés miedo a los aviones, estás diciendo que le tenés mucho miedo a tu propia muerte. Que no te querés morir por nada.
–Mmmmm... claro que le tengo miedo a mi muerte. La muerte es el fin de todo. Por eso me asombra y la odio realmente. Uno mete en el cajón a la persona querida y ya no la ve más. Algunos dicen que no le tiene miedo a la muerte; yo sí. Dicen que a los muy viejitos se les va el miedo. Yo no creo que a mí me pase eso. La muerte es muy mala, es la última cosa que sucede, qué lo parió… Decime, cómo uno no le va a tener miedo a una cosa así. ¡Por favor!
–Hablemos mejor de tus cosas del querer.
–Después de la muerte de Pocho, cuando empecé a ser sobreviviente, claro que me enamoré muchas veces. Y me desamoré también... ¿Te lo digo cantando? “Me enamoré una vez no me enamoro más...laralará...”. Uno se enamora, pero no basta con enamorarse. Es de a dos la cosa, ¿no? ¡Maríííaaa!, ¡mamááá...!, ¡vayan acercando las empanadas al horno que aquí tengo un socio que no para de preguntarme cosas porque tiene hambre!
–Negra, un par de preguntas más mientras las empanadas empiezan a tener semblante. La palabra pareja, cómo te suena.
–Me suena a milagro. La pareja es el milagro más importante de los seres humanos. Sentir que tu compañero está a la par, es algo que no se puede medir. Una de las cosas que más me dolió fue, cuando murió Pocho, estirar la mano así, ¿ves? así... estirar la mano y no encontrarlo.
–Hay que hacerse cargo del vacío.
–Nene, me estás pasando letra. Por favor, escribí un poema con eso: “Hay que hacerse cargo del vacío”. Cuánto, cuánto me costó a mí hacerme cargo del vacío. Está bien que Pocho al final estaba muy flaquito, aunque nunca fue de cuerpo muy grande. Pero así, flaquito y todo, era mi compañero. Ay, mi Pocho, pobrecito. ¿Te acordás de sus últimos días?
–Ahora te reís. Sos un lío, Negra, te reís, llorás…
–¿Sabes qué pasa? Me estoy acordando de algo que hice al otro día que murió Pocho. Salí a la calle y fui a comprar mermelada. Negaba tanto su muerte que fui a comprar mermelada para él. Ya con la mermelada me di cuenta, se la di a su hija, Margarita. De repente uno se da cuenta de la muerte del compañero amado cuando extiende la mano y no lo encuentra.
–Negra, con el privilegio de saber que enseguida vamos a comer, hablar tanto de la muerte es como blasfemar a la Vida.
–Sí sí, dejémonos de joder con la muerte. Yo tengo la felicidad de tener a mi mamá acá. Ella está allí. Yo sé que enseguida caminaré y la encontraré y la podré acariciar. La podré tocar así como te toco a vos.
–Hablemos de tu nacimiento. Naciste, dicen, unos días después que nos empezó a faltar Gardel.
–Como yo nací un 9 de julio, parece que tiraron en Tucumán veintiún cañonazos. Y dicen que mi mamá dijo: “Ay, Dios mío, esta nena va a ser algo grande”.
–Mirá muy hacia atrás y manoteá algún recuerdo.
–Yo tendría 3 o 4 años. Mi mamá era muy jovencita y mi papá también. Una vez ellos fueron a un casamiento, en el casamiento empezaron a bailar los dos... Me veo con mi hermano Chichi no dejándolos bailar. Parece que nos vinieron celos, entonces mi hermano se cuelga del vestido de mi mamá y yo le tiro el pantalón a mi papá. Ellos no pueden bailar y nos traen a la casa y nos acuestan a dormir. Rodolfo, vení, vamos con mi mamá.
((Ya en la cocina. Mercedes se acuclilla a los pies de su madre. Doña Ema, ojitos vivarachos, le pasa la mano por la cabeza a esa hija que ella sigue llamando Marta. Y me dice sin que le pregunte:))
–La Marta era muy traviesa de chica. Pero sin perder el respeto. En las camas teníamos mosquiteros... la Marta se ponía tacos altos y bailaba y hacía payasadas debajo del mosquitero. Siempre cantaba una canción española, “Castillito de arena”. Ella cantaba todo el santo día... Usted sabe, Rodolfo, un día se ha muerto el tío; hemos ido con los chicos al velatorio y la Marta se ha puesto a cantar ahí donde estaba el muerto, y el padre ha tenido que llevarla al fondo porque la Marta, no hay caso, no deja de cantar.
–Doña Ema, ¿y cómo fue que Mercedes, su Marta, empezó a cantar para los demás?
–La Marta, casi una señorita, se había presentado al concurso “Hoy canto yo”. Se ha presentado y yo no lo sabía ni mi marido tampoco. Y ha ganado y entonces puede cantar por la radio. Pero nosotros seguíamos sin saber nada. Y los compañeros le dicen a mi marido “mirá, hay una chica que canta folklore, escuchála, no te imaginás lo lindo que canta”. Nadie se imagina que la chica es la Marta. Hasta que un día escucho la radio y le digo a mi hijo mayor, el Chichí: ¿Ésa que está cantando por la radio ahora no es la Marta acaso? Cuando venga la voy a castigar. Qué es eso de andar cantando en la radio. Y cuando mi marido se entera, me dice: “Sí, eso que hace la Marta está mal, pero qué lindo canta la nena, ¿no?”.
–¿Y después?
–Después ha insistido mucho el director de la radio LV12 y yo he seguido diciendo que no, que quiero tener mi hija para mí… pero al fin la hemos dejado cantar. Pero a todos lados ella ha ido con su padre. Porque si hay algo que nunca he tenido yo en la vida es envidia, pero sí siempre he tenido admiración por el hogar. Y tengo sabido que el hogar se cae cuando la mujer le falta. Pero bueno, la Marta cantaba tan lindo y tenía tanto entusiasmo que la hemos dejado, porque no era una chica largada, era una chica siempre respetuosa de sus padres, no como ahora, que las chicas muy pronto se largan de la mano. Así lo veo yo.
((Mercedes, La Negra, nombrada como la Marta en los pliegues de entrecasa, me lleva hasta la mesa. En la mesa el alma de la cebolla florece jugosa de las humeantes empanadas. Enseguida vendrá el locro. El vino ya está descorchado. Mercedes, saiempre en carne viva, se da cuenta de su madre y en voz alta me dice: “Mi mamá está. Está aquí. Y si hago así con la mano la puedo tocar. Ay, mamita mía... Qué miedo me da ser tan feliz ahora...”))
2. El sabor de la muerte (ocho meses después)
En cuanto puede, la muerte hace la suya. No hay caso, no nos podemos distraer porque, como diría Joseph Roth, la vida es así: una mujer salió al jardín y preguntó dónde estaban sus zapatos. Y al día siguiente, por la mañana, ya no los necesitaba.
La que de pronto estuvo a punto de no necesitar más sus zapatos es Mercedes Sosa.
Hubo un silencio de meses de Mercedes Sosa; un silencio muy sugestivo porque no estaba en gira por el exterior. Cinco meses sin cantar es demasiado para ella y demasiado para quienes veneramos esa voz suya que, aparte de los humanos sonidos, tiene ecos que vienen desde muy lejos en el tiempo, desde muy hondo en la tierra. Porque una cosa es cantar bien y otra cosa es cantar desde Mercedes Sosa, esa negra de piel tan blanca.
La primera conversación, en este marzo cálido, sucede por teléfono:
–Negra, ¿dónde te metiste?
–Aquí, nada más que en mi casa. Y me estuvo sobrando la casa entera, casi me alcanzaba con mi dormitorio.
–Pero, ¿qué diablos te pasó?
–Nada.
–¿Cómo que nada? Algo te pasó.
–Hermano: sí, algo me pasó: casi has perdido a tu hermanita.
–Siempre trágica. Dejáte de joder, Negra.
–A punto estuve de dejarme de joder, y para siempre. Cuando me veas te vas a dar cuenta. ¿Querés verme?
–Seguro que sí.
–Entonces veníte preparado. Por ahí me confundís y te pensás que yo soy mi mamá. Y no te pongás a llorar como hizo mi guitarrista el Colacho hace un par de semanas cuando vio cómo estoy.
((Tres días pasan. Acabo de entrar en la casa de Mercedes. La una de la tarde. Escucho primero su voz, después la veo avanzar, lentamente, caminando con cuidado. Hace ocho meses, ante la misma situación apareció con sus pasos sólidos, vehementes, como una locomotora. Viene Mercedes, y me mira mirarla. Es largo el silencio. Después me abraza; pone la cabeza sobre mi hombro y dice bajito, casi con el sonido de su respiración:))
–Ayayay, te dije que te prepararas, hermano. ¿Ves? Aquí me tenés: yo soy Mercedes Sosa. No soy la mamá de Mercedes Sosa... Je, te quedaste mudo... Maríaaa, por favor tráigale un vaso de agua a este hombre, a ver si recupera el habla…Hablá pues, decíme algo.
–Sí, se ve, estás más delgada.
–Le agradezco su fina y delicada atención, caballero. Qué observador. ¿Así que más delgada? Pesaba 115 kilos, bajé a 82. Más de treinta kilos bajé.
–Bueno, siempre estuviste desesperada por bajar de peso.
–Así no. Bajar de peso es una cosa, irse de este mundo es otra. No hacía más que vomitar: vomitaba una cucharada de manzana hervida, vomitada medio vaso de agua. Eso... y todo lo demás.
–¿Y cuál es la causa de esto?
–El marote. Mal del marote me puse últimamente.
–¿Últimamente?
–Tenés razón: ¿acaso alguna vez estuve bien del marote? El caso es que se fueron juntando muchas cosas. Demasiadas a lo largo de los años... Por ejemplo el exilio... yo era joven, lo sufrí pero parecía que no me había tocado, andaba por medio mundo cantando y cantando. ¿Sabés lo que pasa? Pasa que yo tengo una cajita... Una cajita donde iba metiendo dolores, dolorcitos, extrañaduras, desamores, muertos queridos, exilio... De pronto la cajita se rebalsó. Y yo caí. Caí como un árbol. Primero por los pies, que no daban más. Después por mis rodillas, que no me sostenían. Después por mi estómago, que estaba más hinchado que si estuviera gruesa de hijo. El corazón ni te cuento. Y la cabeza mejor no hablemos... Fueron cinco meses, con todos sus días, de cama permanente. Hubo sólo un día de salida, para tomar sol en Palermo. Llevarme, con silla de ruedas incluida, fue todo un operativo.
–Mercedes, en julio del año pasado algo anunciaste: me dijiste que estabas al borde de algo grave, terrible...
–¿Yo te dije eso?
–Vos me lo dijiste. Hablamos de una cornisa, de la posibilidad de un paso en falso, de caer al vacío. Algo guardabas y no lo soltabas.
–Estaba incubando lo que me iba a pasar.
–Pero qué te fue pasando.
–Caí en cama y apenas si muy de vez en cuando iba de mi habitación al living. Cada caminata era una historia: tenía que usar andadores, las piernas apenas no me sostenían. Pero lo peor de todo pasaba en mi estómago se dio vuelta y empecé a creer que tenía cáncer de esófago. Bocado que comía, en el acto lo vomitaba. Si tomaba un jugo o simplemente agua, también. Hasta que me hicieron una endoscopía, una cosa de ésas que te introducen un tubito por la boca hasta el estómago. Me hicieron eso y yo estaba como en otro lado. No sentí nada. Pero con el tubito me miraban.
–Te televisaban la vida interior.
–Eso. Había que ver si tenía algo malo porque no retenía nada. A todo esto alrededor mío había clínicos, psicoanalistas, mi médico personal, cardiólogo..
–Pero cinco meses de estar así es mucho tiempo.
–Imagináte nene, es una eternidad y me di cuenta que me moría. Por ahí intenté estudiar canto, pero fue peor: no podía sostener ni una frase, la respiración me temblaba, todo el cuerpo me temblaba. Llegué a las fiestas de fin de año muy débil, tomando caldo y comiendo una cosa mínima. En esta casa siempre se juntaron hasta por cientos los amigos. A fin de año en la mesa éramos cuatro: Araceli (la nieta), Fabián (el hijo), María (Miñano Serna, su acompañante) y yo. Nadie sabía lo que yo tenía. El doctor Costa me dijo que cuatro vómitos más y yo empezaría a vomitar sangre. A fines de diciembre empecé a salir despacito: calditos, purecitos... ¿Ves ese árbol? Allí está desde hace años, pero yo no lo veía. Tuvo que pasarme esto, de estar tan inválida para todo, pero para todo, para que me diera cuenta de la palmera. En ese tiempo terrible, cuando los vómitos me dejaron en paz, empecé a detenerme, a ver cosas que no veía. Escuché pajaritos cantar. En una rama hicieron su nido, después, una mañana los pajaritos se fueron. Fue un dolor para mí. Las horas eran demasiado largas.
–¿Qué hacías en esas horas, aparte de mirar por la ventana?
–Volví a los libros... Volví a leer a Osvaldo Soriano, otro gran dolor que se nos quedó en el camino… En fin, estaba tan enferma que había perdido hasta la capacidad para sumar más pestes. Mirá mis manos. Mirálas te digo.
–¿Qué pasa con tus manos?
–Por empezar, están vacías. Soy una mujer que lo tiene todo, pero no tiene nada. Tengo las manos vacías. ¿Cuánto hace que a mi vida le falta un compañero?... ¿Sabés lo que es eso? ¿Sabés lo que es no sentir una mano de hombre que te toca la espalda? ¿Sabés lo que es quedarse por años y años sola, sola en la cama, sola en el sexo? Seguí mirándome las manos. ¿Qué más ves?
–Veo… las famosas líneas de las manos.
–Nene, ¡las yemas de mis dedos están rojas! Es como si me las hubiera quemado. No tenés idea lo que me costaba, y todavía me cuesta, dar vuelta la hoja de un libro.
–¿Por qué estuviste tan sola de amigos este tiempo?
–Porque era imposible verme. Charly García llamaba, y le explicaban y se ponía a llorar desconsolado, pobrecito. Y León Gieco, que lo amo tanto, también él ha sufrido lo suyo... No sé, algo pasó en estos meses, es como si muchos de nosotros nos hubiéramos quedado sin defensas. El cáncer se llevó a mi guitarrista Pepete Berti. ¿Te acordás cuando lo fuimos a ver aquella tarde al hospital Rivadavia? Pobrecito, rapado, no sé si pesaba cuarenta kilos, era menos que una criatura. Qué dolor.
–Negra, probemos hablar de otra cosa?
–A ver, decime vos.
–Qué sé yo: hablemos de amor, infidelidad, ceniceros.
–Ajá, bueno, hablemos de los cuernos. Los cuernos pienso yo son una cuestión de suerte o de mala suerte. Cuando alguien te va poner los cuernos, no hay nada que lo detenga. Mientras más amor, más regalos, más le das al tipo, es peor; los cuernos vienen, no hay caso.
–Ni el agradecimiento impide los cuernos.
–Ni el agradecimiento... Pero mirá la gente que se ama en una villa: no se regalan nada, pero se dan amor. La fidelidad del otro no se puede comprar.
–¿Vos sufriste mucho la infidelidad?
–Como todas las mujeres, difícil escapar de eso. Y difícil volver a empezar otro amor, reanudar la convivencia. Otra vez a averiguar: para qué lado dormís vos, para qué lado duermo yo... Muy complicado el amor, cuando se tiene, cuando no se tiene. Y a esto sumémosle esa cosa terrible de nuestro tiempo, el sida.
–En estos pagos parece que la conciencia del sida no termina de prender.
–Y el sida avanza. Yo he tenido varios amigos gay que murieron… Ay, seres preciosos que de pronto ya no están. Pero los gay, que empezaron a sufrir el sida antes, son ahora los que se cuidan más.
((Llega el nieto de Mercedes, Agustín (homenaje a Agustín Tosco). Y llega con él Fabián Mathus, el hijo. El nieto de 12 años y el hijo de 39 la saludan de una manera ritual: se hinca uno a un lado y otro al otro lado, deposita cada uno su cabeza en un hombro de Mercedes, pone cada uno su mano sobre la cabeza de La Negra. Y allí se quedan una eternidad de segundos. No se sabe quién acuna a quién. Se mecen los tres mientras bajito se dicen ternuras... Cuando Agustín y Fabián se alejan seguimos conversando sobre la pesadilla:))
–Hay algo que no logro entender, Negra: ¿cuál fue tu enfermedad?
–Yo dormía dormía. No me daba cuenta de nada. María me cuenta: yo estaba como en estado de coma, abría los ojos, miraba sin mirar, veía pasar a los doctores. Empecé a pensar que yo no llegaba al ‘98. Quince días sin un bocado, sin asimilar un solo trago de agua. Me agarraba de María, me agarraba de Fabián, sentía que me iba, que me caía sin retorno. Hasta que dejé de agarrarme: quise irme.
–Negra, ¿escuché bien?
–Escuchaste bien.
–No digás güevadas: dijiste quise irme.
–Dije quise irme, porque no daba más. Los médicos me decían “por favor resista, resista, tenga fuerzas”. Había perdido toda esperanza. No quería más.
–Me da cierta cosa decirlo pero, realmente, ¿te sentiste en las faldas de la muerte?
–Sí. Eso sentí. ¿Sabés cómo es eso? Es algo sencillo: sentís ganas de descansar. Descansar por tiempo indeterminado. Fue allí que Fabián me dijo: “Mamá, ¿vos querés vivir? Decime, la verdad mamá, ¿querés realmente vivir?” Y yo ya no sentía dolor alguno, sentía un cansancio que me subía o me bajaba desde muy hondo... Y le dije a mi Fabián: Así no. Así no quiero vivir más.
–¿Y?
–Y yo entonces le pregunté: ¿Y vos querés que viva yo? Hay que pensar que tu hijo, por más que te quiera, también tiene un límite. No puede soportar tanto dolor. Cuando Fabián me veía vomitar, abría la ventana, sacaba la cabeza, pobrecito. Sentía impotencia al no poder hacer nada ya no por Mercedes Sosa sino por su mamá. Se acabó Mercedes Sosa: era su mamá que se consumía.
–¿Y Fabián qué te contestó?
–Fabián estaba desesperado. Me abrazaba. Me acariciaba la cabeza así, así... Sentí que ese niño de casi 40 años me necesitaba. Porque no hay edad para que los padres se vayan... Entonces, le dije mirá m´hijito, no te prometo mucho, pero voy a tratar de empezar a comer. Así le dije. Y pedí desayunar.
–Ya que estamos en este denso baile, Negra, decime qué pensás que viene después de la vida.
–Rodolfo, yo ya he hecho todo.
–No te entiendo.
–Quiero decirte que sintiendo que moría en días, hice mi testamento.
–Testamento. Dejáte de joder.
–Sí. Testamento. En donde está bien clarito que pido la cremación para mí. Y tirar las cenizas después.
–Aflojále, Negra, con tu humor.
–Te digo la verdad. Yo llamé a la notaria, cómo se llama... a la escribana. Y le dije que iba a dictar el testamento. Ella creía que yo estaba loca. No no, le dije, hagasmosló y rápido. Que mi cuerpo sea cremado. Y después, las cenizas al aire.
–No me contestaste lo que te pregunté recién sobre que pasa después, al morir.
–A mí nunca me interesó saber qué pasa. Lo vi morir a Pocho. Después pensaba a los quince días lo que estaba pasando con su cuerpo en el cajón, y eso no me gusta nada. Yo no quiero que cuando muera mi hijo piense y sufra una cosa así. Cuando yo termino, que me hagan polvo. Se acabó. ¡Fuera!
–¿No te parece que exageraste con la escribana el testamento y todo eso?
–La escribana pensaba lo mismo, pero cuando vio mis piernas, cuando vio lo que me costaba firmar, con una letra de una chiquita de 3 años, se dio cuenta que yo no estaba loca y hacía bien en dictar pronto el testamento. Me acuerdo que justamente por esos días vinieron a invitarme para actuar en Cosquín.
–En otras palabras, Negra, que con todo este baile te perdiste Cosquín, pero casi... le vas a cantar a Gardel.
–En esos días no pensaba en nada. ¿Cantar? Tampoco. Eran días en blanco. Me preguntabas por el nombre de mi enfermedad. Yo te diría que era un cansancio muy hondo, que viene desde adentro de los huesos, desde lo más hondo del alma. Yo dormía y era feliz. Me despertaba y me daban cuatro uvas despellejadas y sin la semilla... y las devolvía.
–Pasaste de largo con la posibilidad que te dije, la de ir a cantarle a Gardel.
–Sería tan lindo. Como lindo sería encontrarse con Pugliese, con don Osvaldo.
–¿Qué canción te gustaría cantar a dúo con don Gardel?
–Sin duda “Cuando tú no estás”.
((Mercedes cierra sus ojos, aspira aire suavemente y se produce el mejor de los milagros: empieza a cantar. Mi grabadorcito tiembla, se estremece al recibir su voz: “Cuando no estás la flor no perfuma... si tú te vas me envuelve la bruma... El rosal, la fuente y las estrellas tienen para mí su seducción...” Sigue cantando La Negra: “Si tú te vas muere mi esperanza... “ Ya no me hace falta preguntarle por su voz: está viva, para goce y celebración de los vivientes. Reanimada me dice:))
–¿Sabes qué me hubiera gustado preguntarle a Gardel? Cómo hizo para cantar cosas tan diferentes como “Rubias de New York”, habaneras, tangos maravillosos, valses... para cantar todo sin que nadie le viniera con prejuicios. A mí acá hay gente que todavía me cuestiona que cante tangos. Yo creo que el que tiene voz y tiene respeto, puede cantar de todo. Gardel como nadie.
–En estos cinco meses, ¿tuviste ganas de volver a cantar?
–Para nada. No cantaba, no estudiaba… Otro que llamó fue Serrat y sé que le dijo a Heredia: “Mercedes no se tiene que preocupar por su salud, nosotros somos los que tenemos que preocuparnos”.
–¿Y cómo fue el momento de tu volver a cantar?
–Hace un mes intenté cantar algo. No me salía la voz. Las cuerdas se habían quedado sin respuesta. Pero no tenía miedo, sabía que eso es lo que pasa con la inactividad. Me revisaron la laringe, las cuerdas vocales: todo estaba muy bien. Llamé a mis músicos. Eso fue terrible. Unos días antes, después de mucho, me había vuelto a ver en el espejo. Ay, el espejo.
–¿Qué viste en el espejo?
–No me reconocí. Vi a mi mamá.
–En los momentos apacibles de tu enfermedad, ¿qué imágenes te acompañaban?
–Trataba de pensar en ciertos paisajes con verde y agua, en un lugar de Córdoba en donde el río te acuna, cerca de Diquecito. Pensaba en ríos, porque me gustan los ríos, no el mar. Pensaba en sauces.
–¿Y en personas?
–Pensaba en mi mamá, lavandera, que nos inventaba ropita nueva con las ropitas usadas que le regalaban... Pensaba mucho en mi papá: cuando se quedó sin trabajo en Tucumán y se vino al puerto. Tenía más dinero, pero aquello no era vida para nosotros. Mi mamá dijo “que se vuelva. Juntos nos abrigaremos, el amor también es alimento.”
–¿Te acordaste de tu parto?
–Cómo no, hace 39 años, el 28 de diciembre del '58, en la Bazterrica. Un corte, me anestesiaron, unas cuatro horas después lo vi a Fabián desde mi camilla. Y eso fue único. No hay aplauso, entre los recuerdos, que alcance a lo que sentí con esa mirada. Porque es sed lo que siente una mujer por tener un hijo. No es casual que ahora muchas lesbianas quieran tener también un hijo. Es algo único. Y esto es para mí y para todas las mujeres. Es el más privado, el más único de los actos, parir.
–Luego de estar ahí, al borde la muerte, ¿sigue intacto tu desprecio por el general Bussi?
–Intacto. Dije que no iré a cantar a Tucumán mientras él sea gobernador y lo cumpliré. Lo mismo dije respecto de Pinochet. Bussi es un hombre que ha mandado a matar. ¡Qué se cree! ¿Es Dios acaso?
–Ningún Dios que se precie mandaría matar a alguien por pensar diferente.
–Así es. Lo de Bussi con su cuenta en Suiza y toda esa historia es un triste papelón. Pero prefiero reflexionar sobre este mundo: viste, hoy el horror de la muerte se ha convertido en normalidad. Vemos como si nada los niños de Bosnia, de Sarajevo, sin una pierna, sin un bracito. Estamos tan distraídos y el Amazonas que se está incendiando. La ecología no es un simple entretenimiento, es una obligación. Estamos haciendo enojar a la naturaleza. Valdría la pena atender a la Carta a la tierra de Gorbachov y algunos otros pensadores... Ay, traemos hijos al mundo, ¿pero a qué mundo?
–Creés que el mundo está perdido.
–No, el mundo estaría perdido si perdiéramos la memoria, si renunciáramos a los sueños. Siempre convendrá recordar la imagen de aquella mujer sentada en Hiroshima. Explotó la bomba. La mujer se desintegró pero la sombra quedó grabada en el pavimento. La sombra, la memoria.
–Y los sueños, ¿se gastan?
–Lo que soñábamos hace treinta años tenemos que seguir soñándolo.
Posdata, con empanadas
–Negra, necesito preguntártelo: realmente, ¿tenés ganas de seguir viviendo?
–Y qué te parece, nene… Hace tres días le pregunté al médico si puedo comer empanaditas de las que hacen mi hermano y mi cuñada. Me miró, lo pensó y me prescribió dos empanadas. Dos.
–Pero no me respondiste lo que te pregunté.
–Mi hijo me pidió que me quedara.
–No te pregunto por lo que dice tu hijo. Vos, Negra.
–Si le prestás atención a tu hermanita cuando te dice las cosas, ella te va querer mucho más. Te dije que el médico me prescribió comer hasta dos empanadas. Y me las comí. ¿Qué te parece: quiero o no quiero seguir viviendo?
Posdata, con empanadas
–Negra, necesito preguntártelo: realmente, ¿tenés ganas de seguir viviendo?
–Y qué te parece, nene… Hace tres días le pregunté al médico si puedo comer empanaditas de las que hacen mi hermano y mi cuñada. Me miró, lo pensó y me prescribió dos empanadas. Dos.
–Pero no me respondiste lo que te pregunté.
–Mi hijo me pidió que me quedara.
–No te pregunto por lo que dice tu hijo. Vos, Negra.
–Si le prestás atención a tu hermanita cuando te dice las cosas, ella te va querer mucho más. Te dije que el médico me prescribió comer hasta dos empanadas. Y me las comí. ¿Qué te parece: quiero o no quiero seguir viviendo?
MERCEDES SOSA
Entre el amor de multitudes y la soledad
Por Rodolfo Braceli
rbraceli@arnet.com.ar // www.rodolfobraceli.com.ar
Para escribir la biografía Mercedes Sosa, La Negra, no necesité casi investigar, ni materiales de segunda mano. La conocí en la bisagra de las décadas del ‘50 y del ’60, cuando despuntaba el Nuevo Cancionero. Vivíamos en Mendoza, compartíamos cafés, largos vinos, farras, fiestas, reuniones musicales, literarias y políticas; entonces estábamos todos, éramos felices y no lo sabíamos. En una de esas fiestas, en la casa de Iverna Codina de Giannoni, la Negra, jovencita, cinturita de avispa, coronó la noche cantando con su marido, Oscar Mathus. Al final Iverna la llamó aparte y le dijo:” Negra, vos te ponés ese diente que te falta y te vas a Buenos Aires. ¡A volar se ha dicho!” Y Mercedes Sosa voló, y fue de toda la Argentina, y de las América y del mundo entero. Como periodista y como amigo y familiarmente compartí momentos intensos, inolvidables, como la noche del Colón, cumpleaños, la amenaza de muerte de la Triple A, muertes familiares y nacimientos. Al compás de esos acontecimientos íntimos o públicos, la biografía se nos estaba escribiendo. Hasta que por fin se materializó en libro en el 2003. Más de una vez escribí que la Negra venía teniendo demasiado corazón. Que sufría por lo que tenía y por lo que no tenía. Por las ausencias y por ese aluvión de amor que recibía de tantos que en más de medio mundo la veneran. Ya en 1972, después de cantar en el Colón, ovacionada hasta la extenuación, me dijo que no daba más, que eso era demasiado para un solo corazón. Entre julio de 1996 y marzo de 1997 tuve dos conversaciones con destino periodístico con Mercedes. En una me habló de su felicidad insoportable y de sus presentimientos de muerte. En la otra confesaba sus ganas de echarse a morir, con testamento y demás. Aquí están esos momentos.
1. El miedo a la felicidad (julio de 1996)
Apenas se abre la puerta de la casa de Mercedes, me doy cuenta de que la bandera ya está izada. ¿Qué bandera? La bandera única, mundial, de una sola patria que no necesita verse ni tocarse: el olor a comida recién hecha. Deletreo el aire, ya sé que una bandada de empanadas se está gestando. Empanadas y algo más: un profundo locro. En estos casos uno no quiere, no puede evitarlo: siente una emoción de la madre que lo parió. Y el pecho se le pone chico para tanto corazón.
La Negra, con un hoyuelo en la sonrisa, mirándome por la rendija de sus ojos mucho más achinados aún por el afecto, me chequea.
–Adiviná, Rodolfo.
–¿Qué querés que adivine?
–Adiviná quién está en mi casa.
–Ya me lo informó el olor a comida: está tu mamá.
–Sí, la traje de Tucumán. Va a estar conmigo para mi cumpleaños. Qué lindo poder tenerla cerca, poder tocarla, abrazarla. Ay, qué felicidad ¡y qué miedo!
–¿Cuántos años anda teniendo la mama?
–Ochenta y… ochenta y siete.
–Pará Negra, ¿tan pronto te vas poner a llorar?
–Es que soy tan feliz con ella cerca... Pero qué miedo.
–Hablemos de otra cosa. A ver, novedades sobre tu vida.
–Sí, apareció una mujer diciendo que era hija mía. Un lío bárbaro. Hasta que conocí al padre y le dije: Señor, yo no tuve ninguna hija con usted. Yo tuve un solo hijo en mi vida, mi Fabián. Y él hombre afligido me contestó: “Yo también lo sé, señora, ¿cómo no voy a saber que mi hija no es hija suya?” Por suerte no volvió más. Ay, me pasan cada cosa en la vida que no sé...
–¿Será que eso te pasa por ser cantora y cantante?
–No te vayás a creer. No es nada fácil, sigo estudiando y te lo dije ochenta veces: soy tímida, me cuesta mucho salir al escenario. Tengo gastritis por culpa de esa timidez. Las cuatro o cinco primeras canciones las hago sin mirar al público; no me animo, miro al suelo. Por eso admiro tanto a los artistas que cantan en lugares donde se come y se bebe. En esos boliches la gente habla, fuma, hay tipos que tratan de levantarse a una mujer. Si alguien se hace escuchar allí tiene un valor muy grande. Mucho respeto para esos artistas.
–Hablando de artistas, ¿cómo te fue grabando el disco con Charly García?
–Maravillosamente. García es genial. El disco se va a llamar “Alta fidelidad. Mercedes Sosa canta a Charly García”… Él piensa que yo he sido absolutamente fiel a él. Y cómo no serlo. En la canción “El cuchillo” escribe sintetizando nuestras vidas: “Me viste nacer, me viste crecer y yo te vi reír”. Charly se refiere a aquellos años tan felices cuando yo vivía con Pocho (Mazzitelli, su segundo marido). Eran otros mundos, otra vida. Él era un niño. “Yo te vi reír” dice él. Dice tanto con eso. Charly es extraordinario. Y lo es también en su trabajo cotidiano, fijáte lo que te digo, por la dulzura, por la gentileza que tiene.
–¿Y qué hay de la famosa locura de Charly?
–No no, no hay ninguna locura. Cuando trabaja, trabaja. Creo que cuando se metió con este disco sabía que estaba haciendo un disco histórico. García es absolutamente responsable.
–La palabra responsable al lado de Charly suena tan insólita como novedosa.
–Sí sí sí, es muy ¡pero muy responsable! Porque es artista. ¿Viste como el tremendo Artaud escribía? Con responsabilidad. Era la única responsabilidad que tenía: escribir. Así también para Charly la responsabilidad total es la música.
–La especialidad de Charly, como la de Maradona, es volver a nacer. Un tipo que se la pasa naciendo.
–Dejáme que te bese por haber dicho esto... Sí, García es un tipo que se la pasa naciendo. A mí los jóvenes me gritan, me quieren, pero con Charly es mucho más fuerte. Es un músico perfecto. Con él los jóvenes comulgan. ...Rodolfo, ¿por qué te vas de la conversación? Lo que te digo es muy serio.
–No me voy, Mercedes, lo que pasa es que...
–Decime, ¿qué diablos pasa?
–Nada... que el olor de las empanadas me hace perder el conocimiento.
–Ah, era eso. No te aflijás. Enseguida las comeremos, empanadas y locro.
–Negra, cambiemos de tema. Decime, estos días vas cumplir 62 años. ¿Cómo te suena ese número?
–Bien peligroso me suena, porque mi papá murió a los 62. Últimamente me siento rara: cuando camino me agito y vuelta a vuelta pienso que la muerte me puede venir por el mismo motivo que le vino a mi papá. Él murió del corazón. Mirá, yo no me siento vieja y si bien es cierto que con la edad las voces cambian, yo me siento bien de la voz. Pero este número, el 62, me golpea mucho.
–Tu viejo tuvo una vida dura: aserradero, puerto, distancia.
–Pero mi vida es peor que la de mi papá. No porque una tenga trabajo, fama, éxito, viajes, premios en todo el mundo, tiene una vida mejor. Mi papá vivió mejor que yo. Mi papá ha tenido la suerte de tenerla a mi mamá de entrada. Y esa suerte supera todo lo demás: la vida dura en la sabalera, el aire irrespirable de aquel aserradero del cual mi mamá lo tuvo que sacar porque si no se moría. Ay, qué vida dura la de mi pobrecito papá: mal alimentado, no tomaba ni un vaso de leche, iba y venía de su trabajo caminando porque no tenía para el tranvía. Épocas negras. Pero algo nos salvó siempre: la unidad de mi papá y de mi mamá… Ay, pero menos mal que la tengo ahí a mi mamá, ¿la oís?
–Otra vez llorando, Negra. A ver, contáme lo que sacaste de la reunión con Gorbachov y los ecologistas.
–La conclusión es que el mundo está en peligro. Y lo tenemos que salvar entre todos. No solamente por una parte de la humanidad, este planeta debe ser salvado por todos. Yo canté Gracias a la vida ante Gorbachov y quinientos invitados. Oí cosas muy sencillas pero impostergables: donde hay hambre no hay vida. Así de simple. Así de terrible. Vi, con Gorbachov, dirigentes mucho más que preocupados. Los vi asustados. Porque el mundo está al borde.
–Al borde. En la cornisa. Si revisamos tu propia vida, Mercedes, casi siempre has estado en la cornisa: cuando andabas de pensión en pensión sin poder hacer pie con tu hijo, cuando te amenazaron las Tres A, cuando te exiliaste, cuando volviste del exilio, cuando perdiste a tu marido... ¿Ahora te sentís por fin fuera de la cornisa?
–Nooo. En este momento estoy en una nueva cornisa.
–¿Cuál es?
–Dentro de un tiempo lo vas a saber.
–Cornisa significa peligro latente, a veces inminente. Un mal paso y el abismo. ¿De eso se trata?
–Tengo una vaga sensación de que estoy en una situación así...
–¿Tu situación tiene que ver con tu carrera?
–Siempre me he jugado por lo que quiero, siento que mi carrera ha sido realmente brillante en el sentido de que hecho todo lo que querido. Pronto iré a reunirme con nuestros indios, para aprender, entender y cantar sus canciones. Hablaré con caciques, sanadores, chamanes, para pedirles permiso y que me den su bendición para cantar sus canciones. Ése será un nuevo riesgo. Lo afrontaré con todo el respeto.
–¿Ésa es la otra cornisa?
–No. Se trata de otra cosa.
–¿De qué otra cosa?
–Ahora no te lo digo.
–¿Negra, ¿por qué no?
–Porque no. Mejor me callo.
–Dále, contáme, compartí lo que te pasa.
–Sos porfiado nene eh
–Soy porfiado. Contáme.
–Ya te enterarás. Por ahora sigo con mi vida, que te repito, no es mejor que la de mis padres. Mi mamá no quiere subir a los aviones.
–¿Y?
–Y simple: no sube. Yo tampoco quiero subir a los aviones, pero cómo hago para llegar a Europa en ómnibus.
–Al final, resulta que tu mamá es más libre que vos.
–Pero no te quepa la menor duda. La gente cree que porque uno tiene fama y muchas cosas tiene libertad. Poseer muchas cosas no te dan más libertad, te la quitan. Yo tengo mucho, pero tengo tan poco…
–¿Por qué decís eso?
–Porque me falta la pareja. El compañero. ¿Te acordás cuando murió Pocho? Yo no lloré. Tampoco lloré cuando murió mi papá. Y no llorar es una falencia gravísima. Yo lloro todos los días. Puedo llorar ahora con vos, pero ante ciertas muertes no he podido llorar. He quedado tan asombrada. Sí, es un asombro la partida de cierta gente.
–Pocho Mazzitelli fue tu gran compañero, en lo afectivo y en lo artístico.
–Compañero total Pocho. Yo después de su muerte por años veía sombras, sentía sensaciones. Nueve años estuve sin soltar el llanto.
–Con Pocho viviste lo más cercano a la plenitud.
–Sí. Lo más cercano a la felicidad. Cuando se muere esa gente, después de eso lo único que uno hace es sólo sobrevivir. Y lo peor es que yo empecé a sobrevivir a los 46 años. Giras, viajes, giras. Siempre sintiéndome sola, sin mi compañero. Un día, en Madrid me di cuenta de lo sola que estaba: tenía tantas, pero tantas llaves conmigo...
–¿Y qué significa tener tantas llaves?
–Significa lo peor: que no hay nadie adentro de la casa que te abra la puerta. Llaves de las puertas, del garaje, del auto, de las valijas, llaves y más llaves... Esa vez en Madrid, con el tremendo manojo de llaves en las manos, sentí un temblor en todo el cuerpo. Si te olvidás las llaves, te quedás afuera. Afuera y sola. Sola.
–Negra, estás acuñando una definición de soledad sin precedentes: cuando uno tiene demasiadas llaves en su llavero es porque está muy solo.
–Yo tengo muchas llaves, demasiadas llaves en mi llavero. Y desde hace muchos años, desde la muerte del Pocho.
–Por deducción podríamos decir que San Pedro, el portero del paraíso, es un tipo muy solo.
–Y sí que está solo San Pedro: él ve pasar la gente por un costado... ja ja... Ahora me río. No tengo cura. Pero, ¿de qué me río? Con decirte que tuve que ir al psicoanalista.
–Al psicoanalista por padecer exceso de llaves.
–Exceso de llaves, exceso de soledad. Mucha tristeza, hermano. El psicoanalista me dijo: “No viaje más sola”. Porque de seguir así podía perder la llave principal.
–¿Cuál sería?
–La de mi cabeza.
–La llave maestra.
–Maestra, maestro... mi recuerdo en este instante para los nobles y sufridos maestros que hacen huelga en la carpa blanca.
–Mercedes, cuando se vienen los cumpleaños, se vienen los balances. Y los proyectos. Muchos se preguntan cuál es tu límite como cantante: ¿hasta cuándo pensás cantar?
–Mientras pueda, cantaré. Mientras sienta alegría de cantar, cantaré.
–Más de una vez dijiste que no cantabas más.
–Sí. Y lo dije en serio: fue al terminar algunas giras, porque estaba extenuada. Pero descanso unos días, se me va el cansancio y ya quiero cantar de nuevo. Supongo que esto les pasa a los escritores con la hoja en blanco. Son como pesadillas que uno tiene, pero despierto.
–Y con las otras pesadillas, las de la almohada, ¿cómo te va?
–No soy de soñar cosas raras. Pero recuerdo algo que soñé en Hannover, en Alemania hace años. Yo tenía que cantar “Tiempo de vivir”, aquello de “muchas veces me mataron, muchas veces me morí...” Eran canciones que tenían mucho que ver con mi vida, con mi exilio… Mirá, soñé que iba a cantar y en vez de la voz me salía una víbora por la garganta. Y yo la sentí salir desde muy adentro y di un salto y prendí la luz realmente muy asustada. Qué miedo, mamita mía, ¡qué espanto! En vez de la voz me salía una víbora.
–A propósito,¿cómo andás con tus miedos?
–Son los mismos de siempre. Miedo a la velocidad. Mucho miedo al avión. Cada viajo me digo: Bueno, nací en este momento de la humanidad, me las tengo que aguantar.
–¿Algún nuevo miedo?
–Sí, ya te podés dar cuenta cuál es: mucho miedo a que se muera mi mamá. Cuando ella está en Tucumán le hablo a la mañana y a la tarde por teléfono. Mirá, si le pasa algo a mi mamá y yo estoy lejos... esta vez no iré al entierro y esas cosas. No, a mi mamá la quiero recordar viva. A mí papá fui a verlo porque yo creía que todavía lo encontraba vivo, pero lo encontré en el cajón.
–Cuando decís que les tenés miedo a los aviones, estás diciendo que le tenés mucho miedo a tu propia muerte. Que no te querés morir por nada.
–Mmmmm... claro que le tengo miedo a mi muerte. La muerte es el fin de todo. Por eso me asombra y la odio realmente. Uno mete en el cajón a la persona querida y ya no la ve más. Algunos dicen que no le tiene miedo a la muerte; yo sí. Dicen que a los muy viejitos se les va el miedo. Yo no creo que a mí me pase eso. La muerte es muy mala, es la última cosa que sucede, qué lo parió… Decime, cómo uno no le va a tener miedo a una cosa así. ¡Por favor!
–Hablemos mejor de tus cosas del querer.
–Después de la muerte de Pocho, cuando empecé a ser sobreviviente, claro que me enamoré muchas veces. Y me desamoré también... ¿Te lo digo cantando? “Me enamoré una vez no me enamoro más...laralará...”. Uno se enamora, pero no basta con enamorarse. Es de a dos la cosa, ¿no? ¡Maríííaaa!, ¡mamááá...!, ¡vayan acercando las empanadas al horno que aquí tengo un socio que no para de preguntarme cosas porque tiene hambre!
–Negra, un par de preguntas más mientras las empanadas empiezan a tener semblante. La palabra pareja, cómo te suena.
–Me suena a milagro. La pareja es el milagro más importante de los seres humanos. Sentir que tu compañero está a la par, es algo que no se puede medir. Una de las cosas que más me dolió fue, cuando murió Pocho, estirar la mano así, ¿ves? así... estirar la mano y no encontrarlo.
–Hay que hacerse cargo del vacío.
–Nene, me estás pasando letra. Por favor, escribí un poema con eso: “Hay que hacerse cargo del vacío”. Cuánto, cuánto me costó a mí hacerme cargo del vacío. Está bien que Pocho al final estaba muy flaquito, aunque nunca fue de cuerpo muy grande. Pero así, flaquito y todo, era mi compañero. Ay, mi Pocho, pobrecito. ¿Te acordás de sus últimos días?
–Ahora te reís. Sos un lío, Negra, te reís, llorás…
–¿Sabes qué pasa? Me estoy acordando de algo que hice al otro día que murió Pocho. Salí a la calle y fui a comprar mermelada. Negaba tanto su muerte que fui a comprar mermelada para él. Ya con la mermelada me di cuenta, se la di a su hija, Margarita. De repente uno se da cuenta de la muerte del compañero amado cuando extiende la mano y no lo encuentra.
–Negra, con el privilegio de saber que enseguida vamos a comer, hablar tanto de la muerte es como blasfemar a la Vida.
–Sí sí, dejémonos de joder con la muerte. Yo tengo la felicidad de tener a mi mamá acá. Ella está allí. Yo sé que enseguida caminaré y la encontraré y la podré acariciar. La podré tocar así como te toco a vos.
–Hablemos de tu nacimiento. Naciste, dicen, unos días después que nos empezó a faltar Gardel.
–Como yo nací un 9 de julio, parece que tiraron en Tucumán veintiún cañonazos. Y dicen que mi mamá dijo: “Ay, Dios mío, esta nena va a ser algo grande”.
–Mirá muy hacia atrás y manoteá algún recuerdo.
–Yo tendría 3 o 4 años. Mi mamá era muy jovencita y mi papá también. Una vez ellos fueron a un casamiento, en el casamiento empezaron a bailar los dos... Me veo con mi hermano Chichi no dejándolos bailar. Parece que nos vinieron celos, entonces mi hermano se cuelga del vestido de mi mamá y yo le tiro el pantalón a mi papá. Ellos no pueden bailar y nos traen a la casa y nos acuestan a dormir. Rodolfo, vení, vamos con mi mamá.
((Ya en la cocina. Mercedes se acuclilla a los pies de su madre. Doña Ema, con sus ojitos vivarachos, le pasa la mano por la cabeza a esa hija que ella sigue llamando Marta. Y me dice sin que le pregunte:))
–La Marta era muy traviesa de chica. Pero sin perder el respeto. En las camas teníamos mosquiteros... la Marta se ponía tacos altos y bailaba y hacía payasadas debajo del mosquitero. Siempre cantaba una canción española, “Castillito de arena”. Ella cantaba todo el santo día... Usted sabe, Rodolfo, un día se ha muerto el tío; hemos ido con los chicos al velatorio y la Marta se ha puesto a cantar ahí donde estaba el muerto, y el padre ha tenido que llevarla al fondo porque la Marta, no hay caso, no deja de cantar.
–Doña Ema, ¿y cómo fue que Mercedes, su Marta, empezó a cantar para los demás?
–La Marta, casi una señorita, se había presentado al concurso “Hoy canto yo”. Se ha presentado y yo no lo sabía ni mi marido tampoco. Y ha ganado y entonces puede cantar por la radio. Pero nosotros seguíamos sin saber nada. Y los compañeros le dicen a mi marido “mirá, hay una chica que canta folklore, escuchála, no te imaginás lo lindo que canta”. Nadie se imagina que la chica es la Marta. Hasta que un día escucho la radio y le digo a mi hijo mayor, el Chichí: ¿Ésa que está cantando por la radio ahora no es la Marta acaso? Cuando venga la voy a castigar. Qué es eso de andar cantando en la radio. Y cuando mi marido se entera, me dice: “Sí, eso que hace la Marta está mal, pero qué lindo canta la nena, ¿no?”.
–¿Y después?
–Después ha insistido mucho el director de la radio LV12 y yo he seguido diciendo que no, que quiero tener mi hija para mí… pero al fin la hemos dejado cantar. Pero a todos lados ella ha ido con su padre. Porque si hay algo que nunca he tenido yo en la vida es envidia, pero sí siempre he tenido admiración por el hogar. Y tengo sabido que el hogar se cae cuando la mujer le falta. Pero bueno, la Marta cantaba tan lindo y tenía tanto entusiasmo que la hemos dejado, porque no era una chica largada, era una chica siempre respetuosa de sus padres, no como ahora, que las chicas muy pronto se largan de la mano. Así lo veo yo.
((Mercedes, La Negra, nombrada como la Marta en los pliegues de entrecasa, me lleva hasta la mesa. En la mesa el alma de la cebolla florece jugosa de las humeantes empanadas. Enseguida vendrá el locro. El vino ya está descorchado. Mercedes, saiempre en carne viva, se da cuenta de su madre y en voz alta me dice: “Mi mamá está. Está aquí. Y si hago así con la mano la puedo tocar. Ay, mamita mía... Qué miedo me da ser tan feliz ahora...”))
2. El sabor de la muerte (ocho meses después)
En cuanto puede, la muerte hace la suya. No hay caso, no nos podemos distraer porque, como diría Joseph Roth, la vida es así: una mujer salió al jardín y preguntó dónde estaban sus zapatos. Y al día siguiente, por la mañana, ya no los necesitaba.
La que de pronto estuvo a punto de no necesitar más sus zapatos es Mercedes Sosa.
Hubo un silencio de meses de Mercedes Sosa; un silencio muy sugestivo porque no estaba en gira por el exterior. Cinco meses sin cantar es demasiado para ella y demasiado para quienes veneramos esa voz suya que, aparte de los humanos sonidos, tiene ecos que vienen desde muy lejos en el tiempo, desde muy hondo en la tierra. Porque una cosa es cantar bien y otra cosa es cantar desde Mercedes Sosa, esa negra de piel tan blanca.
La primera conversación, en este marzo cálido, sucede por teléfono:
–Negra, ¿dónde te metiste?
–Aquí, nada más que en mi casa. Y me estuvo sobrando la casa entera, casi me alcanzaba con mi dormitorio.
–Pero, ¿qué diablos te pasó?
–Nada.
–¿Cómo que nada? Algo te pasó.
–Hermano: sí, algo me pasó: casi has perdido a tu hermanita.
–Siempre trágica. Dejáte de joder, Negra.
–A punto estuve de dejarme de joder, y para siempre. Cuando me veas te vas a dar cuenta. ¿Querés verme?
–Seguro que sí.
–Entonces veníte preparado. Por ahí me confundís y te pensás que yo soy mi mamá. Y no te pongás a llorar como hizo mi guitarrista el Colacho hace un par de semanas cuando vio cómo estoy.
((Tres días pasan. Acabo de entrar en la casa de Mercedes. La una de la tarde. Escucho primero su voz, después la veo avanzar, lentamente, caminando con cuidado. Hace ocho meses, ante la misma situación apareció con sus pasos sólidos, vehementes, como una locomotora. Viene Mercedes, y me mira mirarla. Es largo el silencio. Después me abraza; pone la cabeza sobre mi hombro y dice bajito, casi con el sonido de su respiración:))
–Ayayay, te dije que te prepararas, hermano. ¿Ves? Aquí me tenés: yo soy Mercedes Sosa. No soy la mamá de Mercedes Sosa... Je, te quedaste mudo... Maríaaa, por favor tráigale un vaso de agua a este hombre, a ver si recupera el habla…Hablá pues, decíme algo.
–Sí, se ve, estás más delgada.
–Le agradezco su fina y delicada atención, caballero. Qué observador. ¿Así que más delgada? Pesaba 115 kilos, bajé a 82. Más de treinta kilos bajé.
–Bueno, siempre estuviste desesperada por bajar de peso.
–Así no. Bajar de peso es una cosa, irse de este mundo es otra. No hacía más que vomitar: vomitaba una cucharada de manzana hervida, vomitada medio vaso de agua. Eso... y todo lo demás.
–¿Y cuál es la causa de esto?
–El marote. Mal del marote me puse últimamente.
–¿Últimamente?
–Tenés razón: ¿acaso alguna vez estuve bien del marote? El caso es que se fueron juntando muchas cosas. Demasiadas a lo largo de los años... Por ejemplo el exilio... yo era joven, lo sufrí pero parecía que no me había tocado, andaba por medio mundo cantando y cantando. ¿Sabés lo que pasa? Pasa que yo tengo una cajita... Una cajita donde iba metiendo dolores, dolorcitos, extrañaduras, desamores, muertos queridos, exilio... De pronto la cajita se rebalsó. Y yo caí. Caí como un árbol. Primero por los pies, que no daban más. Después por mis rodillas, que no me sostenían. Después por mi estómago, que estaba más hinchado que si estuviera gruesa de hijo. El corazón ni te cuento. Y la cabeza mejor no hablemos... Fueron cinco meses, con todos sus días, de cama permanente. Hubo sólo un día de salida, para tomar sol en Palermo. Llevarme, con silla de ruedas incluida, fue todo un operativo.
–Mercedes, en julio del año pasado algo anunciaste: me dijiste que estabas al borde de algo grave, terrible...
–¿Yo te dije eso?
–Vos me lo dijiste. Hablamos de una cornisa, de la posibilidad de un paso en falso, de caer al vacío. Algo guardabas y no lo soltabas.
–Estaba incubando lo que me iba a pasar.
–Pero qué te fue pasando.
–Caí en cama y apenas si muy de vez en cuando iba de mi habitación al living. Cada caminata era una historia: tenía que usar andadores, las piernas apenas no me sostenían. Pero lo peor de todo pasaba en mi estómago se dio vuelta y empecé a creer que tenía cáncer de esófago. Bocado que comía, en el acto lo vomitaba. Si tomaba un jugo o simplemente agua, también. Hasta que me hicieron una endoscopía, una cosa de ésas que te introducen un tubito por la boca hasta el estómago. Me hicieron eso y yo estaba como en otro lado. No sentí nada. Pero con el tubito me miraban.
–Te televisaban la vida interior.
–Eso. Había que ver si tenía algo malo porque no retenía nada. A todo esto alrededor mío había clínicos, psicoanalistas, mi médico personal, cardiólogo..
–Pero cinco meses de estar así es mucho tiempo.
–Imagináte nene, es una eternidad y me di cuenta que me moría. Por ahí intenté estudiar canto, pero fue peor: no podía sostener ni una frase, la respiración me temblaba, todo el cuerpo me temblaba. Llegué a las fiestas de fin de año muy débil, tomando caldo y comiendo una cosa mínima. En esta casa siempre se juntaron hasta por cientos los amigos. A fin de año en la mesa éramos cuatro: Araceli (la nieta), Fabián (el hijo), María (Miñano Serna, su acompañante) y yo. Nadie sabía lo que yo tenía. El doctor Costa me dijo que cuatro vómitos más y yo empezaría a vomitar sangre. A fines de diciembre empecé a salir despacito: calditos, purecitos... ¿Ves ese árbol? Allí está desde hace años, pero yo no lo veía. Tuvo que pasarme esto, de estar tan inválida para todo, pero para todo, para que me diera cuenta de la palmera. En ese tiempo terrible, cuando los vómitos me dejaron en paz, empecé a detenerme, a ver cosas que no veía. Escuché pajaritos cantar. En una rama hicieron su nido, después, una mañana los pajaritos se fueron. Fue un dolor para mí. Las horas eran demasiado largas.
–¿Qué hacías en esas horas, aparte de mirar por la ventana?
–Volví a los libros... Volví a leer a Osvaldo Soriano, otro gran dolor que se nos quedó en el camino… En fin, estaba tan enferma que había perdido hasta la capacidad para sumar más pestes. Mirá mis manos. Mirálas te digo.
–¿Qué pasa con tus manos?
–Por empezar, están vacías. Soy una mujer que lo tiene todo, pero no tiene nada. Tengo las manos vacías. ¿Cuánto hace que a mi vida le falta un compañero?... ¿Sabés lo que es eso? ¿Sabés lo que es no sentir una mano de hombre que te toca la espalda? ¿Sabés lo que es quedarse por años y años sola, sola en la cama, sola en el sexo? Seguí mirándome las manos. ¿Qué más ves?
–Veo… las famosas líneas de las manos.
–Nene, ¡las yemas de mis dedos están rojas! Es como si me las hubiera quemado. No tenés idea lo que me costaba, y todavía me cuesta, dar vuelta la hoja de un libro.
–¿Por qué estuviste tan sola de amigos este tiempo?
–Porque era imposible verme. Charly García llamaba, y le explicaban y se ponía a llorar desconsolado, pobrecito. Y León Gieco, que lo amo tanto, también él ha sufrido lo suyo... No sé, algo pasó en estos meses, es como si muchos de nosotros nos hubiéramos quedado sin defensas. El cáncer se llevó a mi guitarrista Pepete Berti. ¿Te acordás cuando lo fuimos a ver aquella tarde al hospital Rivadavia? Pobrecito, rapado, no sé si pesaba cuarenta kilos, era menos que una criatura. Qué dolor.
–Negra, probemos hablar de otra cosa?
–A ver, decime vos.
–Qué sé yo: hablemos de amor, infidelidad, ceniceros.
–Ajá, bueno, hablemos de los cuernos. Los cuernos pienso yo son una cuestión de suerte o de mala suerte. Cuando alguien te va poner los cuernos, no hay nada que lo detenga. Mientras más amor, más regalos, más le das al tipo, es peor; los cuernos vienen, no hay caso.
–Ni el agradecimiento impide los cuernos.
–Ni el agradecimiento... Pero mirá la gente que se ama en una villa: no se regalan nada, pero se dan amor. La fidelidad del otro no se puede comprar.
–¿Vos sufriste mucho la infidelidad?
–Como todas las mujeres, difícil escapar de eso. Y difícil volver a empezar otro amor, reanudar la convivencia. Otra vez a averiguar: para qué lado dormís vos, para qué lado duermo yo... Muy complicado el amor, cuando se tiene, cuando no se tiene. Y a esto sumémosle esa cosa terrible de nuestro tiempo, el sida.
–En estos pagos parece que la conciencia del sida no termina de prender.
–Y el sida avanza. Yo he tenido varios amigos gay que murieron… Ay, seres preciosos que de pronto ya no están. Pero los gay, que empezaron a sufrir el sida antes, son ahora los que se cuidan más.
((Llega el nieto de Mercedes, Agustín (homenaje a Agustín Tosco). Y llega con él Fabián Mathus, el hijo. El nieto de 12 años y el hijo de 39 la saludan de una manera ritual: hinca uno a un lado y otro al otro lado, deposita cada uno su cabeza en un hombro de Mercedes, pone cada uno su mano sobre la cabeza de La Negra. Y allí se quedan una eternidad de segundos. No se sabe quién acuna a quién. Se mecen los tres mientras bajito se dicen ternuras... Cuando Agustín y Fabián se alejan seguimos conversando sobre la pesadilla:))
–Hay algo que no logro entender, Negra: ¿cuál fue tu enfermedad?
–Yo dormía dormía. No me daba cuenta de nada. María me cuenta: yo estaba como en estado de coma, abría los ojos, miraba sin mirar, veía pasar a los doctores. Empecé a pensar que yo no llegaba al ‘98. Quince días sin un bocado, sin asimilar un solo trago de agua. Me agarraba de María, me agarraba de Fabián, sentía que me iba, que me caía sin retorno. Hasta que dejé de agarrarme: quise irme.
–Negra, ¿escuché bien?
–Escuchaste bien.
–No digás güevadas: dijiste quise irme.
–Dije quise irme, porque no daba más. Los médicos me decían “por favor resista, resista, tenga fuerzas”. Había perdido toda esperanza. No quería más.
–Me da cierta cosa decirlo pero, realmente, ¿te sentiste en las faldas de la muerte?
–Sí. Eso sentí. ¿Sabés cómo es eso? Es algo sencillo: sentís ganas de descansar. Descansar por tiempo indeterminado. Fue allí que Fabián me dijo: “Mamá, ¿vos querés vivir? Decime, la verdad mamá, ¿querés realmente vivir?” Y yo ya no sentía dolor alguno, sentía un cansancio que me subía o me bajaba desde muy hondo... Y le dije a mi Fabián: Así no. Así no quiero vivir más.
–¿Y?
–Y yo entonces le pregunté: ¿Y vos querés que viva yo? Hay que pensar que tu hijo, por más que te quiera, también tiene un límite. No puede soportar tanto dolor. Cuando Fabián me veía vomitar, abría la ventana, sacaba la cabeza, pobrecito. Sentía impotencia al no poder hacer nada ya no por Mercedes Sosa sino por su mamá. Se acabó Mercedes Sosa: era su mamá que se consumía.
–¿Y Fabián qué te contestó?
–Fabián estaba desesperado. Me abrazaba. Me acariciaba la cabeza así, así... Sentí que ese niño de casi 40 años me necesitaba. Porque no hay edad para que los padres se vayan... Entonces, le dije mirá m´hijito, no te prometo mucho, pero voy a tratar de empezar a comer. Así le dije. Y pedí desayunar.
–Ya que estamos en este denso baile, Negra, decime qué pensás que viene después de la vida.
–Rodolfo, yo ya he hecho todo.
–No te entiendo.
–Quiero decirte que sintiendo que moría en días, hice mi testamento.
–Testamento. Dejáte de joder.
–Sí. Testamento. En donde está bien clarito que pido la cremación para mí. Y tirar las cenizas después.
–Aflojále, Negra, con tu humor.
–Te digo la verdad. Yo llamé a la notaria, cómo se llama... a la escribana. Y le dije que iba a dictar el testamento. Ella creía que yo estaba loca. No no, le dije, hagasmosló y rápido. Que mi cuerpo sea cremado. Y después, las cenizas al aire.
–No me contestaste lo que te pregunté recién sobre que pasa después, al morir.
–A mí nunca me interesó saber qué pasa. Lo vi morir a Pocho. Después pensaba a los quince días lo que estaba pasando con su cuerpo en el cajón, y eso no me gusta nada. Yo no quiero que cuando muera mi hijo piense y sufra una cosa así. Cuando yo termino, que me hagan polvo. Se acabó. ¡Fuera!
–¿No te parece que exageraste con la escribana el testamento y todo eso?
–La escribana pensaba lo mismo, pero cuando vio mis piernas, cuando vio lo que me costaba firmar, con una letra de una chiquita de 3 años, se dio cuenta que yo no estaba loca y hacía bien en dictar pronto el testamento. Me acuerdo que justamente por esos días vinieron a invitarme para actuar en Cosquín.
–En otras palabras, Negra, que con todo este baile te perdiste Cosquín, pero casi... le vas a cantar a Gardel.
–En esos días no pensaba en nada. ¿Cantar? Tampoco. Eran días en blanco. Me preguntabas por el nombre de mi enfermedad. Yo te diría que era un cansancio muy hondo, que viene desde adentro de los huesos, desde lo más hondo del alma. Yo dormía y era feliz. Me despertaba y me daban cuatro uvas despellejadas y sin la semilla... y las devolvía.
–Pasaste de largo con la posibilidad que te dije, la de ir a cantarle a Gardel.
–Sería tan lindo. Como lindo sería encontrarse con Pugliese, con don Osvaldo.
–¿Qué canción te gustaría cantar a dúo con don Gardel?
–Sin duda “Cuando tú no estás”.
((Mercedes cierra sus ojos, aspira aire suavemente y se produce el mejor de los milagros: empieza a cantar. Mi grabadorcito tiembla, se estremece al recibir su voz: “Cuando no estás la flor no perfuma... si tú te vas me envuelve la bruma... El rosal, la fuente y las estrellas tienen para mí su seducción...” Sigue cantando La Negra: “Si tú te vas muere mi esperanza... “ Ya no me hace falta preguntarle por su voz: está viva, para goce y celebración de los vivientes. Reanimada me dice:))
–¿Sabes qué me hubiera gustado preguntarle a Gardel? Cómo hizo para cantar cosas tan diferentes como “Rubias de New York”, habaneras, tangos maravillosos, valses... para cantar todo sin que nadie le viniera con prejuicios. A mí acá hay gente que todavía me cuestiona que cante tangos. Yo creo que el que tiene voz y tiene respeto, puede cantar de todo. Gardel como nadie.
–En estos cinco meses, ¿tuviste ganas de volver a cantar?
–Para nada. No cantaba, no estudiaba… Otro que llamó fue Serrat y sé que le dijo a Heredia: “Mercedes no se tiene que preocupar por su salud, nosotros somos los que tenemos que preocuparnos”.
–¿Y cómo fue el momento de tu volver a cantar?
–Hace un mes intenté cantar algo. No me salía la voz. Las cuerdas se habían quedado sin respuesta. Pero no tenía miedo, sabía que eso es lo que pasa con la inactividad. Me revisaron la laringe, las cuerdas vocales: todo estaba muy bien. Llamé a mis músicos. Eso fue terrible. Unos días antes, después de mucho, me había vuelto a ver en el espejo. Ay, el espejo.
–¿Qué viste en el espejo?
–No me reconocí. Vi a mi mamá.
–En los momentos apacibles de tu enfermedad, ¿qué imágenes te acompañaban?
–Trataba de pensar en ciertos paisajes con verde y agua, en un lugar de Córdoba en donde el río te acuna, cerca de Diquecito. Pensaba en ríos, porque me gustan los ríos, no el mar. Pensaba en sauces.
–¿Y en personas?
–Pensaba en mi mamá, lavandera, que nos inventaba ropita nueva con las ropitas usadas que le regalaban... Pensaba mucho en mi papá: cuando se quedó sin trabajo en Tucumán y se vino al puerto. Tenía más dinero, pero aquello no era vida para nosotros. Mi mamá dijo “que se vuelva. Juntos nos abrigaremos, el amor también es alimento.”
–¿Te acordaste de tu parto?
–Cómo no, hace 39 años, el 28 de diciembre del '58, en la Bazterrica. Un corte, me anestesiaron, unas cuatro horas después lo vi a Fabián desde mi camilla. Y eso fue único. No hay aplauso, entre los recuerdos, que alcance a lo que sentí con esa mirada. Porque es sed lo que siente una mujer por tener un hijo. No es casual que ahora muchas lesbianas quieran tener también un hijo. Es algo único. Y esto es para mí y para todas las mujeres. Es el más privado, el más único de los actos, parir.
–Luego de estar ahí, al borde la muerte, ¿sigue intacto tu desprecio por el general Bussi?
–Intacto. Dije que no iré a cantar a Tucumán mientras él sea gobernador y lo cumpliré. Lo mismo dije respecto de Pinochet. Bussi es un hombre que ha mandado a matar. ¡Qué se cree! ¿Es Dios acaso?
–Ningún Dios que se precie mandaría matar a alguien por pensar diferente.
–Así es. Lo de Bussi con su cuenta en Suiza y toda esa historia es un triste papelón. Pero prefiero reflexionar sobre este mundo: viste, hoy el horror de la muerte se ha convertido en normalidad. Vemos como si nada los niños de Bosnia, de Sarajevo, sin una pierna, sin un bracito. Estamos tan distraídos y el Amazonas que se está incendiando. La ecología no es un simple entretenimiento, es una obligación. Estamos haciendo enojar a la naturaleza. Valdría la pena atender a la Carta a la tierra de Gorbachov y algunos otros pensadores... Ay, traemos hijos al mundo, ¿pero a qué mundo?
–Creés que el mundo está perdido.
–No, el mundo estaría perdido si perdiéramos la memoria, si renunciáramos a los sueños. Siempre convendrá recordar la imagen de aquella mujer sentada en Hiroshima. Explotó la bomba. La mujer se desintegró pero la sombra quedó grabada en el pavimento. La sombra, la memoria.
–Y los sueños, ¿se gastan?
–Lo que soñábamos hace treinta años tenemos que seguir soñándolo.
Posdata, con empanadas
–Negra, necesito preguntártelo: realmente, ¿tenés ganas de seguir viviendo?
–Y qué te parece, nene… Hace tres días le pregunté al médico si puedo comer empanaditas de las que hacen mi hermano y mi cuñada. Me miró, lo pensó y me prescribió dos empanadas. Dos.
–Pero no me respondiste lo que te pregunté.
–Mi hijo me pidió que me quedara.
–No te pregunto por lo que dice tu hijo. Vos, Negra.
–Si le prestás atención a tu hermanita cuando te dice las cosas, ella te va querer mucho más. Te dije que el médico me prescribió comer hasta dos empanadas. Y me las comí. ¿Qué te parece: quiero o no quiero seguir viviendo?
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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