Entre 1971 y 1993, le hice media docena de reportajes a Mauricio Borensztein. En el primero, su hijo menor estaba por ahí cerca en el estudio, jugando con un yo-yo.
En el último, Sebastián estaba también por ahí cerca, pero dirigiendo ese programa de producción y creatividad inusual, asombroso en la televisión argentina. Tato, entrañable rezongón, con más o con menos años, siempre se negó a pontificar sobre el país nuestro. Jamás cayó en esa tentación, aunque lo intenté con mis preguntas a lo largo de más de dos décadas. Tampoco nunca la trabajó de chistoso social, fuera de su programa. Un argentino raro, en verdad.
Junio de 1971 (Lanusse presidente)
Ya se ha puesto el frac, el peluquín y los lentes sin vidrios. Faltan unos veinte minutos para que empiece la grabación de su programa. Empezamos a conversar apoyados en un piano que forma parte de la escenografía.
–Tato, ¿qué piensa del momento actual, del ahora?
–Pienso que hace un frío de la puta madre.
–Le preguntaba por la situación del país.
–Demasiada pregunta para esta peluca. ¿Cómo hago para responderte?
–Su programa luce más en los momentos políticos agitados. Comparándolo con otros, ¿qué puede decir del momento actual?
–Que es un momento macanudo para mi personaje. 1967 y 1968 también fueron años esplendorosos. 1969, en cambio, fue un año flojo, no ocurría un carajo y yo tenía que hablar de platos voladores. Pero cuando vino el Cordobazo la cosa se reanimó hasta llegar a hoy, en que la cosa está francamente divertida.
–Dejando a Tato Bores a un costado, ¿qué piensa usted, Mauricio Borensztein, de este momento político?
((Tato mete el dedo por entre el esqueleto de sus anteojos y se refriega un ojo. Se acerca una de sus secretarias. Le da un beso. Tato le pregunta: “¿Cómo estás, nena?” “ Estoy muy bien, Tato” “Ya lo creo, nena”...))
–Apurate, preguntame lo que quieras, pero rápido eh.
–Le había preguntado sobre lo que piensa Borensztein...
–Es una pregunta muy interesante... Pero yo, ¿qué te puedo decir del momento actual? Estoy tan desorientado como cualquier tipo.
–Tato, si mañana hubiera elecciones, ¿por quién votaría?
–La gente responde a eso muy rápido. Yo no puedo. ¡Qué sé yo por quién voy a votar! De repente me puede gustar la ideología y no el candidato, o al revés. Lo único que sé‚ es que la rapidez de la gente al elegir me hace tiritar los calzoncillos.
–¿Quién es ese candidato Aurelio que se postula en su programa?
–Digo Aurelio por no decir Mongo.
((Tato se va para el tercer monólogo. Flor de tema: las pensiones a los ex presidentes: “No es justo que a Marcelo Levinston, que lo rajaron a los nueve meses, le toque la misma pensión que a Drácula, que estuvo más de diez años”. Repite el monólogo cuatro veces. No se perdona una.))
–¿Cómo hace para memorizar textos tan largos?
–El libro lo fijo aquí (se golpea la cabeza con el índice) en unas pocas horas. Eso no me cuesta tanto. Lo que sí me cuesta es fijarlo aquí (se toca la lengua). Es como un trabalenguas. Primero trato de entenderlo, después me atornillo palabra por palabra.
((Llega un niño al estudio. Rubio, 8 o 10 años. Es Sebastián, uno de los hijos de Tato. Sebastián trae un yo–yo. Tato se lo pide. Se pone a jugar con él y por un minuto parece que se olvida del programa, de todo. Después, con cara de preocupado y las cejas apretadas se encamina hacia el cuarto monólogo. No queda títere con cabeza. Tato pide un corte. Vuelve a mis preguntas: “¿Tenés más? Dale.”))
–¿Qué piensa del mentado retorno de Perón?
–Si no saben contestar eso los allegados, ¿qué corno querés que sepa yo?
–Está bien, Tato. Pero, puede dar al menos su opinión sobre Perón.
–Yo, hace quince o dieciséis años, cuando él gobernaba, era muy inmaduro, por no decirte muy boludo. No estaba al tanto de lo que pasaba. Era soltero, sólo me preocupaban las señoritas. Después, empecé a pensar, pero en mi casamiento. ¿Comprendés? Yo siempre con el balero en otra cosa.
–Pero han pasado los años y ahora usted ha crecido. Algo debe pensar, ¿no?
–La verdad es que estoy bastante desorientado. No sé a qué atenerme. Soy un ciudadano como cualquiera, me pasa lo que a todo el mundo. Estoy mucho más politizado, pero también participo de la desorientación general.
((Tato se me sigue escapando. Ahora se acerca a un reflector para calentarse un poco las manos. Putea bajito. Ya está en el vértigo del último monólogo del programa. Marca con su pie derecho una especie de compás ínterior. La tribuna ríe y aplaude de muy buena gana, pero siempre con las pautas de Rodolfo Crespi: “Esta es una cinchada con una soga; el gobierno cuida la soga y nosotros estamos de mirones. ¡Vaya a saber quién nos está comiendo el asado!” Ha terminado. Las luces descienden. Tato se saca el peluquín, se lava la cara, se saca el frac, contiene el aire, hunde el estómago, se pone otros pantalones, y se va yendo del canal con su pibe y Berta, su mujer. Al verme se acuerda del reportaje pendiente y me dice:))
–Ya tenés bastante, ¿no?
–Más o menos, Tato.
–¿Pero qué más querés que te diga? Yo no tengo la precisa; trabajo en el hipódromo pero no te puedo dar ningún dato sobre el caballo ganador... Mirá, Rodolfo, lo mejor es que anotés esta frase del monólogo: “Somos 23 millones. Todo está como era entonces, pero ahora hay más palomas”.
((Tato, es decir, Mauricio Borensztein, se despide. Un vez más ha conseguido responder sin opinar…))
Junio de 1981 (General Viola presidente)
Se viene el primer programa de Tato por ciento. Atrás quedan veinte años de su ciclo. De entrada, al verme Tato emite su rezongo de siempre:
–¿Otra vez vos? Ya repetí cuatrocientas veces lo mismo. Ya me estrujaron como a un limón. No esperen nada diferente de mí: soy un tipo aburrido. Un caso perdido.
–¿Justamente usted, aburrido?
–Mirá, cuando voy a fiestas o a reuniones, todo el mundo me rodea esperando mis ocurrencias ¡y no me sale una! Me miran defraudados. Y con ustedes los periodistas pasa lo mismo, me miran como si los hubiera estafado. ¿Tengo razón o no tengo razón para cabrearme?
–Tiene toda la razón. Se comprende su malhumor.
–¡Momentito! Pare mano compañero. Yo no tengo malhumor, me ponen de malhumor los bocinazos, las guarangadas, esa agresividad al pedo que tenemos los argentinos. Todo el tiempo somos agresivos... Bueno, a los bifes: ¿qué me querés preguntar? Dale, querido, que tengo que laburar como quince horas.
–Le quiero preguntar las cosas de siempre (me encanta sacarlo de las casillas).
–¡Pero esto es cosa de locos! ¿Y para qué me vas a preguntar lo de siempre?
–Para compararlo con lo de otras veces, a ver si se contradice.
–Bueno che, preguntame de una vez.
–¿No teme repetirse en su esquema, no teme que se le pinche el programa?
–No, yo no soy el que se repite, la que se repite es la realidad con sus episodios, con sus problemas, con sus personajes.
–En la actualidad, ¿está conforme con su cuota de opinión, o de chistes punzantes?
–¿Ves? ¿Qué me quieren hacer decir? Hay muchos que esperan que yo diga cosas mientras la mayoría no dice media palabra. Yo creo que lo que digo es suficiente como para que la gente se divierta.
–Por sí o por no, ¿el programa va a tener más pimienta que el año pasado?
–Va a tener… bastante pimienta. Pero hay una cosa que ustedes, los señores periodistas, no quieren entender: el material que hay para un programa de humor es mucho más limitado de lo que parece. Noticias hay a patadas, pero la mayor parte son trágicas… asaltos, asesinatos, accidentes. Cada mañana se me caen los calzones cuando abro el diario... El caso es que, con la mayor parte de esas noticias, yo no puedo hacer nada, yo no puedo hablar ni del atentado contra Reagan, ni del atentado contra el Papa. Sin embargo, me exigen opinión y que salte sin red, y esto no puede ser, salvo que...
–¿Salvo qué?
–Salvo que deje de hacer humorismo y me convierta en editorialista... Ya lo sé‚ muchos quisieran que me ponga a insultar o que critique con un garrote. Dejémonos de joder: si yo hiciera eso no existiría el programa, ni Tato Bores, ni este reportaje. Soy gordito, pero no soy pelotudo.
–De todas formas, ¿qué de la censura?
–No la siento. En absoluto.
–Tato, estamos hablando en serio.
–Respondí en serio. La censura no me molesta.
–¿Será porque usted se autocensura?
–Esa es una palabra muy cruda, muy brava... Yo diría que sé lo que en cada circunstancia se puede decir. A veces se puede hablar con más soltura, claro.
–Bueno, entonces le propongo que al menos haga, hacia atrás, un ranking de soltura según los distintos presidentes.
–Las épocas más divertidas para mí fueron las de Frondizi, Aramburu, Illia...
–¿Y más hacia acá ?
–La de Lanusse. Aquello fue muy divertido. Pero... tengo ganas de preguntar yo: ¿por qué carajo, la misma gente que me exige tanto a mí no le exige ni la mitad a los editorialistas, a los escribas?
–A lo largo de dos décadas de programa, ¿cómo se ha sentido con los distintos libretistas?
–Siempre muy cómodo, porque si no, no los hubiera tenido… Con Landrú todo era más disparatado, con César Bruto más reflexivo. Con Jordán de la Cazuela cambié mi forma de decir, mi manera de contar. Sus libretos me hacían reír en serio.
–¿Hasta qué punto improvisa?
–No improviso ni los estornudos. Estudio como un animal. Estudio, si es que no vienen a joderme, a preguntarme pavadas.
–Comprendo. Pero sigo: hay quienes opinan que usted se dirige a un sector más bien alto.
–Sí, algunos dicen que yo sólo llego a los bacanes. Si fuera así significaría que la mayoría del país estaría integrada por bacanes. Que no jodan, mi público va de la clase A a la clase Z.
–¿Su hombrecito del flequillo representa a alguien?
–No. Mi personaje es un disparate, algo surrealista.
–Nuestra realidad, también es bastante surrealista.
–Así parece, pero… ya te veo acariciar el cuchillo debajo del poncho…
–¿A qué se refiere, Tato?
–No me vayas a venir, otra vez, con preguntas sobre mi opinión sobre lo que pasa en estos tiempos.
–Tiene miedo de opinar como ciudadano.
–Te lo dije y te lo repetí: yo no tengo miedo de opinar…
–Pero atraviesa los reportajes sin opinar demasiado… reconózcame que algún miedo tiene.
–Sí, eso te lo reconozco. Tengo miedo. Mucho miedo. Miedo de convertirme en un imbécil, en otro imbécil más que, por el hecho de ser un artista notorio, se cree que el público necesita y se interesa por su opinión. Digo yo: ¿Por qué carajo un artista, o un tipo notorio tiene que andar diagnosticando sobre el país, tirando la precisa? ¿Acaso uno, por tener un cacho de fama, sabe más que un albañil, que un colectivero? Por favor, dejémonos de joder ¡y comamos los fideos que se nos enfrían!
Noviembre de 1981 (casi final de Viola presidente)
Esa puerta estuvo cerrada todo el año para el periodismo. ¿Qué puerta? La de la casa de Mauricio Borensztein, Tato Bores. Cada domingo a la noche, Tato presentaba en la ficción de su programa a una familia cuyos integrantes conservaban los nombres de su familia real. Entonces fue creciendo la curiosidad por conocer a la familia real. Pero el no de Tato se reiteraba. Apelé a la imaginación. Sabía que él tiene tendencia a la baja presión. Aguardé un día de esos muy húmedos y calurosos, calculando un Tato sin energía. Y ahí le pedí el reportaje en familia. Dijo que sí con un bostezo. Sobre el pucho le caí con el fotógrafo. Dicho sea, sin querer ese día asistimos a una llamada telefónica memorable. Pero paciencia, tiempo al tiempo.
Ascensor. Timbre. Puerta, puerta que se abre. “Soy Berta.Tato salió a correr, enseguida viene. Pasen.” Ahí estaba Berta, la verdadera. No se parecía a la de la ficción, Lía Jelin. Alejandro, Marina y Sebastián, los hijos, tampoco se parecen a los del programa televisivo. Marina tiene un rostro muy lánguido, triste. ¿Qué te pasa, Marina? “Estoy engripada.”
Le pregunto a Berta por el sillón donde Tato estudia sus kilométricos monólogos. Me dice: “Es fácil descubrirlo”. Y tiene razón. Enseguida veo un sillón enorme, reclinable, negro, de cuero, que tiene los apoyabrazos muy comidos. Los dedos nerviosos de Tato han hecho estragos. Con cinta scotch ha tratado de inútilmente de emparcharlo.
Tato llega, pero apenas si saluda, no para, va y viene. Hormigas en el cuerpo. Me pregunta qué quiero tomar. Le digo: “Podría ser un café”. Llama a la empleada y le pide: “Traiga dos tazas de té”.
–Bueno, Rodolfo, lo has conseguido: vos y el fotógrafo ya conocieron a mis hijos y a Berta. No hay misterio. Pueden verlo: somos una familia como todas, con hijos que se engripan, con hijos que hoy quieren seguir una carrera y mañana otra. Todos tienen ojos, orejas, manos, en fin. Nada interesante. Y lo que yo diga carece de todo interés‚ es poco y aburrido. Francamente, querido, no sé por qué perdemos el tiempo. Pero bueno, si querés preguntar…
–Probemos, Tato. Y hagamos memoria.¿Cómo, cuándo empezó en este oficio?
–Hace tanto de eso, puf... fue en 1945, al lado de Pepe Iglesias, el Zorro. El nombre de Tato me viene de Pepe Iglesias y de Julio Porter. Yo me llamo Mauricio Borensztein, pero según mi vieja Maricio Tajmín.
–¿Cómo se vinculó con el espectáculo?
–En mi familia no había ni artistas ni cómicos. Yo, sin saber bien qué mierda quería ser fui lo que hoy se llama un “plomo de orquesta”, un peoncito que ayudaba con el traslado de los instrumentos, de los cables. Estando en eso, jodía, el caso es los músicos se divertían mucho con mis cuentos. Por un tiempo toqué el clarinete. Una calamidad. En el colegio no pasé del tercer año. Pero sin darme cuenta me iba acercando a lo que soy.
–¿Qué otra cosa podría haber sido Tato Bores si no fuera lo que es?
–Qué sé yo… podría haber sido abogado. Pero eso lo pienso ahora. Porque tal vez el único amago de vocación de aquellos años radique en cosas muy simples, como por ejemplo la veneración que tenía por las películas de Mickey Rooney. A Una noche en la ópera la vi catorce veces.
–Y Tato, el personaje Tato, ¿cómo le salió?
–El comienzo fue en 1957, con Landrú, durante el gobierno de Aramburu y Rojas. Fue una cosa de locos: vivíamos la euforia del poder decir, después de años de no poder decir. Los milicos estaban dulces y al principio se aguantaban cualquier chiste. Pero paremos aquí, esto no tiene el menor interés.
–Tato, desde su comienzo han pasado un par de décadas.
–Veinte años haciendo de Tato... ¡la gran puta!
–El frac, ¿nació de entrada, con el personaje?, ¿tiene algún significado?
–No, al principio yo vestía muy a lo atorrante, casi siempre con campera. El frac arrancó en 1961, con César Bruto. Nació como una sátira: era tanta la cantidad de ministros que se cambiaban que yo propuse que todos los argentinos vistiéramos de frac. Mi personaje Tato decía: “Tal como viene la mano todos debemos estar preparados, con la pilcha puesta, porque en cualquier momento nos ofrecen un ministerio”. Desde entonces ya no me saqué el frac.
–Y el feroz aceleramiento oral del personaje, ¿qué significado tiene?
–Ninguno. Yo mismo soy un poco acelerado, pero aparte de eso influyó el hecho de que trabajaba en el Canal 7. Allí eran estrictos con los horarios. No había posibilidad de pasarse ni un minuto. A mí me daba lástima cortar los libretos. Cuando me hacían señales de que se aproximaba el cierre entraba a rajar, a decir texto como desesperado. Mientras rajaba pensaba dónde lo podía cortar. Me acostumbré tanto a ese ritmo endiablado, que lo hice hábito.
–¿Cómo define lo que hace?
–Yo podría ser llamado un actor cómico, pero prefiero artista cómico.
–¿Por?
–Por una flor de razón: porque así se gana más dinero.
–Su personaje de algún modo es un termómetro del país.
–Ya veo adónde vas vos: te veo la pregunta en la puntita de la lengua: cuál fue mi época preferida. Sería muy injusto si dijera que prefiero una determinada época. Cada una estuvo signada por sus reglas de juego. Esas reglas me permitieron decir lo que se me cantaba con Aramburu, con Illia y con Lanusse. Cada momento tiene sus exigencias. Yo no soy político ni lo quiero ser. Yo no soy el que dicta las circunstancias. Siempre laburé, salvo la interrupción entre 1974 y 1978.
–Más allá de las reglas del juego, ¿cuál es su objetivo?, como Tato digo.
–No pretendo dictar normas ni hacer proselitismo. Lo que me importa es que se diviertan todos, desde el presidente para abajo.
((Sin hacer ruido, sin decir palabra, se han incorporado a la conversación la señora Berta y los hijos. Preguntamos lo inevitable:)
–¿Qué piensa su familia, Tato?
–Si carece de toda importancia la opinión de un artista, por carácter transitivo carece de toda importancia la opinión de la familia de un hombre del espectáculo. La fama no nos hace más agudos ni más esclarecedores. Mis hijos son estos, como ven, de carne y hueso: Alejandro tiene 21 años, estudia arquitectura y trabaja. Marina tiene 13, está terminando la primaria y hoy tiene fiebre, pobrecita. Sebastián tiene 14 y está en cuarto año del Nacional; no tiene idea de qué carrera va a seguir. Aparte de eso ¿ves?, a Seba se le acaba de rajar el pantalón.
–¿Sus hijos y Berta se interesan por su programa, influyen en usted?
–Sí, todos los domingos a la noche estamos siempre reunidos. Cada uno opina lo que se le da la gana, se ríe cuando quiere. La menor cosa que digan yo la agarro enseguida. En realidad pago plata por recibir ideas.
–Veamos un poco su opinión sobre otros cómicos.
–En general, por razones de oficio, veo cómo viene la mano. Me divierto poco. Pero hay alguien que me descompone de la risa: Jerry Lewis.
–¿Realmente se divierte personificando a Tato?
–Si no me divierto yo, nadie se divierte. Pero además de divertirme tengo un secreto para que salga como me sale.
–¿Se puede saber cuál es?
–Sí. Me rompo el culo estudiando. Prácticamente, entre martes y miércoles, tengo que memorizar todo el libro. Es cosa de locos, cosa de argentinos: un programa de estas características en Estados Unidos sería mensual. No solo tengo que memorizar texto, tengo que ensayar, bailar…
–Pregunta de taxista: ¿le gustaría ser presidente?
–Me remito a un viejo chiste. La verdad es que no conviene ser presidente, sino vice. Si las cosas marchan bien el presidente anda de viaje y el vicepresidente disfruta de la vida, ocupa el sillón, se fuma sus cigarros, le abre los cajones del escritorio, le lee las cartas, y se divierte como loco...Y si las cosas andan mal, al presidente lo rajan y el vicepresidente se queda de patrón. Entonces, no, no me gustaría ser presidente.
–¿Tuvo algún encuentro con presidentes?
–Bueno, digamos que me codeé con Lanusse y con Frondizi. Lo de Lanusse fue así: se estaba por casar su hija. Yo, desde el programa dije que no había recibido la invitación. Al otro día la tenía en mi casa. Con Frondizi fue más sorpresivo: yo largaba el programa en vivo y en directo, y desde el mismo hall del Canal 9. En un momento había dicho que el país tenía mala suerte: tenía escuela de ingenieros, escuela de arquitectos, escuela de actores, pero no existía la escuela que más se necesitaba, una escuela para presidentes. Al segundo de terminar el programa, sonó el teléfono que estaba a unos metros de mí. Era Frondizi. Pensé que era una cargada. Pero no, era él, con su voz inconfundible. Me dijo: “No sé si seré buen o mal presidente, pero tengo sentido del humor y lo felicito”. Le contesté: Le agradezco que así sea, si no ¡pobre de mí! Muchos más contacto que eso no tuve. Mientras más lejos los presidentes, mejor.
–Tato, supongamos que un domingo, cuando usted disca el número de teléfono larguirucho, escucha del otro lado la voz de Jorge Rafael Videla, la voz real. ¿Qué le diría, qué le pediría, lo elogiaría, lo criticaría?
–Ese tipo de cosas son las que nunca quiero contestar.
–Tiene miedo, o no quiere comprometerse.
–De convertirme en un imbécil tengo miedo. Te lo digo por centésima vez: creo que a la gente no le importa una mierda mi opinión. Yo no soy un sociólogo, no soy un pensador, no soy un pontífice.
((Llega el médico, revisa a Marina, receta. Tato va a la farmacia a comprar remedios, lo acompaño. Un par de veces me señala la agresividad de los argentinos, por el modo de conducir. Ya estamos de vuelta. Suena el teléfono. Como él está algo alejado se lo atiendo. La voz me dice: “Quiero hablar con el señor Tato Bores”. Le pregunto de parte de quién. La voz me responde: “De Videla”. Casi me caigo de culo. Le entrego el tubo a Tato: “Videla quiere hablar con usted, se lo juro”. Tato toma el aparato y dice a continuación: “Qué tal, Videla... Por fin me llama, por fin. Pensé que no lo haría. Videla, usted lo sabe: mi vida está en sus manos, la paz de mi casa depende de usted... Sí, de acuerdo, sí... Venga a la hora que quiera Videla, pero venga eh. Este fin de semana de aquí no me muevo. Lo espero. Videla, ¡por favor, no deje de venir a soldarme el caño, se me está inundando el departamento!” Cuando Tato colgó añadió una frase. Cortita y rotunda: “¡Me cago en Videla!”.)
Junio de 1992 (Menem presidente)
Sin peluca es otra cosa: parece un niño desguarnecido. Tiene los labios apretados, como sellados. Ahora alza la vista, me mira, despega los labios para decirme lo de tantas veces, esta vez con voz gripal:
–Che, ¿va ser muy largo esto?
–No más que un rato, Tato. Media docena de preguntas.
–Si puede ser la mitad de media docena te lo agradeceré. Metéle.
–La semana pasada usted se mandó flor de revolución: en la cúspide de su consagración como personaje-leyenda nacional, cuando todo el país lo mentaba a raíz del episodio de su excelencia la señora jueza Servini de Cubría, dejó sin hacer su tercer programa del año. No salió al aire por un problema familiar.
–Para explicarlo en forma delicada y publicable, lo que dije fue: ¡A la mierda con la grabación! Era jueves a la noche cuando se descompuso mi mujer y yo tenía que grabar el viernes a la mañana bien temprano. Fuimos corriendo al sanatorio porque Berta tenía una hemorragia debida a su úlcera estomacal. Llamé enseguida a mis hijos Sebastián y Marina –Alejandro, el mayor, vive en Punta del Este–, y les dije mamá está mal. Avisen al canal, Tato mañana no trabaja. Fue así de simple.
–¿Hubo algún titubeo, alguna contrapropuesta?
–Nada. Nadie de mi casa dudó un segundo. Berta se desangraba. Por suerte, ninguna autoridad del canal intentó nada en sentido contrario, porque no iban a encontrar con quién discutir. Yo no iba a dejar a mi mujer en terapia para hacerme el gracioso al día siguiente. Al carajo, el espectáculo no debe continuar. ¡A la mismísima mierda con el show!
–Primera vez que escucho un actor diciendo eso, que el espectáculo no debe continuar.
–Mirá, voy a confesarte algo: yo en mi vida de actor hice grandes macanazos. No flores de revoluciones sino flores de cagadas. No estoy nada orgulloso de eso y no me da la gana volver a repetirlo. Esto de que el espectáculo debe continuar, ¿quién corno lo inventó? Seguro que los patrones del espectáculo. Invento macabro, sin duda.
–¿Y desde cuándo transgrede el lema?
–Desgraciadamente, desde hace muy poco. Cuando yo empecé, hace muchos, muchos años, les metían en la cabeza a los actores que el espectáculo tenía que hacerse a cualquier precio. Si por ahí faltaba algún actor, porque lo había llevado por delante un tren o alguna cosita así, el traspunte se sacaba el guardapolvo gris y salía al escenario. Llegado el caso, salía hasta con el libro en la mano, pero la obra se daba. Sí o sí... Yo recuerdo haber salido a actuar en el viejo Maipo brotado hasta los calzones de sarampión o varicela. Era un péndex y hacía caso. Y así cometí verdaderas animaladas: no estuve presente en acontecimientos importantes de mi familia, irrepetibles.
–Cuente alguno.
–Ma'sí, te voy a contar uno: cuando murió mi suegra yo la dejé a mi mujer en banda. Mi suegra se moría sin remedio. Era el año 1965, 1966, yo tenía programada una gira por el interior en la que participaban también Brandoni y Piazzolla. Yo era cabeza de gira. Podía postergar. Pero empujado por el empresario, me fui. Me fui ¡y dejé a Berta con la madre muriéndose! Y la madre murió. Y yo me enteré. Y esa noche salí como un heroico imbécil al escenario, a hacer el gracioso. Y mi mujer, hija única, sola, haciéndose cargo del entierro de su madre. ¿Te dije que me comporté como un pelotudo?
–Sí, me lo dijo.
–Me quedé corto. Como un reverendo pelotudo me porté.
–Hace años, Narciso Ibañez Menta contaba que su pad...
–... que su padre murió pero él esa noche subió al escenario para hacer La muerte de un viajante. A mí no me lo contó. Yo estaba en el teatro esa noche, cuando Narciso anunció que había muerto su padre, pero que la función no se suspendía y se la dedicaba a él. Mirá, ya que estamos en el rubro muerte, recuerdo cuando murió la madre de Pedrito Quartucci. Estábamos haciendo un espectáculo de revista. Alguien llegó agitado en la mitad de la función: le avisaron a Pedrito que la vieja había fallecido. Él siguió adelante, y también con la otra función, porque era sábado a la noche. Yo, bastante indignado fui y le dije al director del espectáculo: “¿Quién fue el tarado que le dijo eso a Quartucci en medio de la función?” El tipo me respondió: “Mirá, no te hagás el estúpido porque acá no es la primera vez que pasa algo así. Ahora, a actuar. Cuando terminen la función, todos al velorio.” Esa vez agaché la cabeza y actué.
–El caso es que el otro día usted...
–...mandé al diablo una tradición inventada por Drácula. Muchos se habrán quedado pensando: A este le importa más la mujer que todo lo que está pasando. Y sí, me importa más. Qué joder. Ya te dije, no me ponen nada orgulloso una cantidad de cosas que dejé de hacer con mi familia.
–Sin embargo, usted tiene la rara felicidad de estar trabajando con sus hijos, primero con Alejandro, ahora con Sebastián y Marina.
–Felicidad indescriptible. Puedo decir que si no fuera por mis hijos, yo, en 1988 largaba todo. En aquel momento, luego de hacer La jaula de las locas con Carlitos Perciavalle, sentí que estaba hecho: Bueno, esto no va más. Pero Alejandro y Sebastián me dijeron: “Cómo que no querés más”. Y me pusieron nafta y me hicieron arrancar de vuelta trabajando con ellos. Después de tres años fue mi hijo Alejandro el que dijo: “No quiero más televisión”. Y se fue a Uruguay a seguir con su vocación de arquitecto. Sebastián se quedó con la dirección de todo y bastante asustado, pero la verdad es que lo hace muy bien. Confieso que yo, hoy por hoy, únicamente podría hacer lo que hago con Sebastián armando esto. Y con Marina. Los dos son un bálsamo.
–¿Discute con Sebastián?
–Lo necesario. Yo hago todo lo que me dicen. Lo hago si me gusta. Si no, no lo hago. Más allá de la parte creativa, Sebastián me cuida como loco.
–¿Siente que su hijo por momentos es medio papá suyo?
–En determinados momentos sí. Es hábil, es inteligente y sabe escuchar. Y además tiene muy claro lo que le dije: hay que hacer una sola cosa por vez. Porque si se hace otra, la segunda sale mal. O las dos salen mal. Este programa es como rodar un largometraje por semana.
–Tato, fíjese: Sebastián ahora está armando el próximo bloque. Demos un salto, ¿recuerda cuando él nació, los primeros días?
–Seba nació en el Marini, en abril de 1963... carajo, carajo...
–¿Qué le pasa?
–Pasa que, no hay caso, no me acuerdo del momento en que Seba nació. ¿Y sabés por qué? Porque cuando él nació yo estaría en vísperas de hacer mi programa del año '63. Y aquí tengo otra cosa de la que me arrepiento: el haberme perdido la conciencia del nacimiento de mi hijo. ¡Pero qué pelotudo!
–Calma. Haga por recordar si no el primer día, algo de la niñez del ahora también famoso Sebastián.
–Más que de imágenes me acuerdo del ruido que producía. Lloraba y lloraba todo el tiempo, como loco, y yo lo quería matar. Pero en cuanto lo poníamos en el cochecito y salíamos a la calle, paraba.
–¿Y de Marina, qué me cuenta?
–Otra vez con tus inocentes preguntitas vos... una y otra vez me metés el dedo en la llaga. Mirá, para recordar la carita de Marina cuando era una beba tengo que mirar una foto. No hay manera, no puedo recordar su carita. Y por qué, porque fui un reverendo imbécil. A Marina no le pasaba bolilla. Daba lo mismo que estuviera cerca o lejos. Por ejemplo en las vacaciones, cuando veraneábamos en Punta del Este, yo estaba, pero no estaba. Todo el tiempo pensando cómo iba a ser el programa del próximo año... En fin, yo no supe separar los tantos.
–Dejó que el hombrecito del peluquín le invadiera la casa.
–Sí, dejé que pasara eso. Se trabaja para la gente y se olvida a la familia. Esa es la verdad de la historieta. Y es un precio de mierda el que se paga.
–Arrepentido.
–Arrepentido de no haber dejado el peluquín y la jeta afuera de mi casa. Nada orgulloso, viejo, de haber sido un héroe de esos que pese a todo hacían continuar el espectáculo porque debe continuar.
–Tato, desde más de veinte años le vengo haciendo reportajes. Nunca le pude sacar una opinión política. ¿Ahora podría hacer una excepción?
–Ninguna excepción, viejo. De pelotudos que tienen la precisa sobre las virtudes y los males argentinos, el país está hasta el cuello. En esa no me anoto. Te repito que yo no soy ni gracioso, ni visionario. Soy un actor cómico de la nación. Cuando no tengo libreto, me callo la boca. Fijáte ahora mismo qué bien lo hago.
Posdata, con brindis
El jueves 11 de enero de 1996 fue un día de mierda: nos llegó la noticia de la muerte de Mauricio Borensztein, es decir, Tato Bores. Me tocó escribir el texto de despedida en la revista Gente. Hay que decirlo: Tato estaba muy enojado con la revista por las guardias que le hacían en su casa, para fotografiarlo en silla de ruedas. Recupero algunos de los párrafos de los que escribí entonces:
Habrá que revisar esa maldita frase que nos dice desde siempre que, al fin de cuentas, no hay nadie imprescindible. No siempre es así: algunos que se van no se reemplazan con el ruido de otro cuerpo. Tato Bores, por ejemplo. Pero ante la noticia irreparable, ¿qué hacer? Si se es fiel a Tato, uno puede empezar a tirar una punta de puteadas al viento. Para que el viento difunda la bronca que nos da eso de comprobar nuestra mesa del domingo a la noche con un plato sin nadie. Las malas palabras son muy buenas para deshollinar nuestro laguito interior y para no atragantarnos con la absurdidad de toda muerte.
Otra cosa que podemos hacer es aplaudir. Tato Bores merece renovados aplausos por haber sido saludablemente sabio.
Primer aplauso: por haber tenido la lucidez de consolidar la democracia usando sus libertades, criticando, satirizando a los políticos, pero advirtiendo siempre que, ojo, sin política y sin políticos no nos tenemos que quedar porque entonces sí que nos vamos a la mierda y nos comen los piojos.
Segundo aplauso: por haber tenido en su programa a seres que van desde Federico Peralta Ramos a Alfredo Casero.
Tercer aplauso: por haber comido en cámara fideos humeantes, con ganas, con hambre.
Cuarto aplauso: por no haberse convertido, más allá de los libretos, en otro diagnosticador de la realidad nacional.
Quinto aplauso: por no haberse dormido jamás en los laureles que supo conseguir. Siempre se complicó la vida. Siempre fue mejor que el año anterior.
Sexto aplauso: por haber renunciado a ser un héroe y haber dicho redondamente que, minga, el espectáculo no debe continuar.
Pasados los aplausos, nos enfrentamos con la realidad de la ausencia: este hombre que sirvió para dar vuelta la taba de la famosa tristeza de los domingos a la tarde, ya no está con nosotros como estaba. Pero bueno. Son las cosas que pasan. Por fortuna dejó una posta de talento responsable que su hijo Sebastián ya recogió en nombre de la gracia y de la excelencia. A uno, ahora, le vuelven las ganas de seguir soltando puteadas. Pero dentro de un par de horas nos sentaremos a cenar y será el momento de descorchar las botellas del profundo vino oscuro mendocino de Luján de Cuyo. Entonces diremos: Pero qué tanto joder, entrañable y definitivo Tato: ¡salud! ¡Por usted y por la democracia!
Y algo más: pueda ser que en esta patria idolatrada llegue el día en el que los monólogos de Tato Bores envejezcan y pierdan vigencia. Será la mejor señal de que, aparte de cumplir años, hemos crecido como sociedad en democracia.
________________________________
Próxima entrega
Mercedes Sosa, La Negra
_______________________
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
Internacional · La NASA capturó el inicio del tornado que azotó Oklahoma
Tiempo Libre · Yahoo! moderniza su nueva adquisición: Flickr
Deporte · Segura presentó su renuncia como vice de la AFA
Internacional · Acusados por la causa AMIA serán candidatos a presidentes en Irán
Mendoza · Las Heras firmó convenio con Ingeniería de la UNCUYO
Chica de Tapa · Georgia Salpa, una bomba extrema
Internacional · Video: El Papa Francisco habría realizado un exorcismo
Mendoza · Randazzo y Francisco Pérez inauguraron el recorrido de El Pozo
Mendoza · Una mujer murió tras protagonizar un trágico accidente en Ruta 7
Mendoza · Fayad: “Por un galpón mugroso, demoramos tres años en iniciar el proyecto”