Rodolfo Braceli · Grandes entrevistas

JULIO BOCCA: El genio y la gota gorda

Diario Jornada | Lunes, 23 de Julio de 2012 : 02:25

Los argentinos tenemos algunas debilidades irreparables, por ejemplo: nos encanta, hasta la desesperación, ser campeones mundiales. O eso o nada. Ser subcampeones nos resulta vergonzante y/o deprimente.

Y cuando tenemos un campeón mundial, en lo que fuere, se lo atribuimos a una decisión de Dios. Dios, alguien que, pensamos con fruición, está fascinado con nosotros y, por eso, vuelta a vuelta nos elige para subir al podio. Rara vez consideramos la posibilidad de que Él tiene demasiadas cosas que hacer como para dedicarse a preferirnos. Y olvidamos lo esencial: que a campeón de cualquier cosa se llega con la suma de un talento excepcional y la suma de la gota gorda. A continuación, algunas claves de Julio (Adrián Fernández) Bocca, uno de nuestros fenómenos más despojados del carisma y sus milagros. Un genuino campeón mundial de la danza. A Bocca le hice dos reportajes, arduos por su parquedad y sobre todo por su indisimulado rechazo al periodismo. Al poco tiempo él decidió que yo escribiera su primera biografía: Bocca. Yo, príncipe y mendigo. Hacer ese libro fue un parto. Me costó uno, y el otro también. Después, con los años, Julio empezó a transitar un cambio progresivo en su manera de vincularse, de estar abajo del escenario. Ya cerca de su retiro se volvió más comunicativo, casi cordial. Pero el Bocca que aquí retrato es el otro, el anterior. El que entrevisté entre los años 1992 y 1994.



“La capital de Rusia es Bolshoi”
Julio Bocca es un argentino que desde el año 1985, para decirlo con una expresión deportiva, se la pasa siendo campeón mundial. Todo empezó aquella vez que ganó la medalla de oro en el certamen internacional de ballet en Moscú. Bocca tenía entonces 18 años. Estaba tan obsesionado con llegar a esa especie de vaticano de la danza, que cuando un día le dijeron ya que jodés tanto con viajar a Rusia, decí, ¿cuál es la Capital?, él respondió sobre el pucho: La capital de Rusia es Bolshoi. Y llegó su día inalcanzable: cuando partió para Moscú lo fueron a despedir cinco personas. Ni una más. Era una lauchita desabrida y sin medio dólar en el bolsillo. Cuando volvió, consagrado con semejante medalla de oro, el país entero tenía los ojos y el corazón y los micrófonos puestos en Ezeiza. Al año siguiente Bocca fue designado primer bailarín del American Ballet Theatre, de New York, elegido por Mikhail Baryshnikov. Desde hace diez años abre la temporada del Metropolitan Opera House, en la ciudad ombligo del planeta. Durante esa década, Bocca bailó en las salas más selectas y en plazas y estadios. Recibió el aplauso de reyes, princesas, artistas del jet set y multitudes. Fue condecorado por decenas de países, nombrado el bailarín del año en 1987 por el New York Times, designado personalidad del año en 1990 junto con la Madre Teresa en Francia. Con su ballet de casi adolescentes ha bailado, en un corto tiempo, en ciudades y pueblos remotos de los cinco continentes.
Si el mentado Dios no tiene responsabilidad alguna en los logros ecuménicos de este muchacho, ¿cómo se explica, más allá de los dones de su organismo, que haya conseguido tanto como consiguió?
Julio Bocca, más que su éxito, es un misterio. Lo conocí un poco más, sólo un poco más, cuando escribí su biografía. Al verlo personalmente, lejos del escenario y del gimnasio, uno no puede menos que preguntarse: ¿Cómo hizo para saltar hasta la cima de las cimas? ¿Cómo hace para renovar sus hazañas? ¿Cómo se las arregla para estar siempre allá arriba? ¿Cuáles son las claves, los secretos de su blindada personalidad? En fin, ¿cómo es posible que este muchacho, abajo del escenario apagado, neutro, desganado, mute de tal manera cuando baila en los lugares más exigentes del planeta?
Intentaré una radiografía de ese Bocca precisamente, el que no se ve en los escenarios. Trataremos de observar, a través de la menuda cotidianidad, los comportamientos de este mendigo que se transforma en príncipe en teatros álgidos. También recurriré a dichos y situaciones que pude ver u orejear aun después de escribir el libro. Con todo esto iré armando el rompecabezas de un Bocca difícil de poner en foco, difícil de capturar.

Un pozo, y encima las olas
A veces, nada mejor que la muerte para explicar la vida. Julio Bocca estuvo al borde en dos ocasiones. La primera vez fue en Mar de Ajó. Tenía 4 años de edad. Escuchemos su relato:
–Yo estaba en la playa, metido en uno de esos pozos que se hacen para sacar almejas. Estaba allí y empezaron a subir las olas. Cada ola que venía me tapaba, y el pozo se convertía en una especie de ventosa que me succionaba... Trataba de salir, pero venía otra ola y otra más y otra. Había un hombre parado, a unos diez metros. Yo le hacía señas... otra ola... el hombre me miraba... yo le seguía haciendo señas... y el hombre igual, mirándome, con los brazos cruzados... y otra ola... y la ventosa que me tragaba... y me faltaba el aire... y el hombre allí... y otra ola... y el hombre quieto... y otra ola... y la manaza de mi abuelo Nando que me alza, que me abraza y me mete adentro de su pecho...

Algunos significados de este episodio: Julio hace señas. Lo ven pero no lo ven. Recordemos que su padre biológico, Julio Fernández, se borró el mismo día de su nacimiento. Nunca lo reconoció como su hijo. Nunca vivió a su lado. Pero allí, a cambio del padre ausente, está el abuelo Nando, el padre de su madre. Nando, el gringo que lo sacó de la muerte. El gringo laburante, que vio su destino de bailarín cuando Julio estaba, justamente, por sus 4 años de edad.

Revólver en la madrugada
El segundo mal rato sucede cuando Julio Bocca tiene 10 años. Por entonces ya lo largaban solo para su viaje entre Munro y la Capital Federal donde estudiaba danza. Día de invierno, la seis de la mañana, calle oscura. Camina Julito el primer par de cuadras. Una voz lo detiene: ¿Me decís qué hora es?, y detrás de la voz aparece un tipo con un revólver: Dame toda la plata que tenés. Julio apenas si tiene para el pasaje y alguna moneda. Aterrado, le ofrece su cadenita. El hombre la rechaza: Quiero plata. Necesito plata. Sin bajar el revólver que le apunta al medio de la frente, lo obliga a caminar: Yo no me dedico a esto, pibe. Robo ahora porque mi mujer tiene cáncer y necesito plata... Seguí caminando, derechito, y no mirés para atrás. Hacé lo que te digo. Y andá nomás... Y cuando venga la Navidad, pibe, que tengás feliz Navidad.
¿Cómo concluye este episodio? Atención porque aquí tenemos una de las claves del mundial éxito de Julio Bocca:
–Caminé una cuadra sin darme vuelta. Al llegar a la esquina doblé y empecé a correr. Ahí sí que sentí miedo, mucho miedo... Llegué a mi casa sin aliento. Conté rápido lo que había pasado. Me dieron un vaso de agua y después algo caliente. Y a los diez minutos salí otra vez, corriendo, porque no quería llegar tarde a mi clase de danza.
–Una clase más o menos, podía significar la vigencia de tus sesos.
–Yo no pensé en mis sesos. Si me perdía una clase en el Colón me moría, y no de un balazo.

Las malditas palabras
Julio Bocca es un argentino insólito por una punta de razones. Una de ellas: se ha negado, siempre, a usar su fama para diagnosticar, para hacer sociología, para pesquisar al jodido ser nacional. Nada que ver, por ejemplo, con tipos como el locuaz Menotti. Bocca, a pesar de su descollante apellido y de ser argentino, es un tipo de pocas palabras. Un callado. Recuerdo que el momento central de su consagración en Moscú me lo contó, para su biografía, en no más de diez minutos. El mismo momento, a su compañera Raquel Rossetti le llevó tres horas y media contarlo. La mamá de Julio me dijo que su hijo le dio la gran noticia desde Moscú, por teléfono, así:
–Hola, mamá, soy Julio.
–¿Cómo estás, Julito?
–Estoy bien.
–Contáme. ¿Y el concurso?
–Gané, mamá.
–¿Qué ganaste?
–La medalla.
–¡¿Pero qué medalla, Julito?!
–Y... la de oro.

En cierta ocasión, Julio, después de contarme de un concurso de pesca que había ganado junto a su entrañable abuelo Nando, entró en uno de sus pozos de silencio. Lo apuré, casi le exigí que siguiera hablando. Sucedió esto:
–.. no puedo seguir, Rodolfo, casi me he quedado sin palabras.
–Buscálas, decílas, Julio.
–Digo dos o tres palabras más y listo eh, me rindo.
–Decílas, sacáte esas palabras.
–A mi abuelo Nando yo lo quería y lo quiero mucho... Pero diciendo que lo quiero digo tan poco... Me da bronca.
–Pero, ¿qué te da bronca?
–Las palabras.
–¿Por qué?
–Porque las palabras no dicen nada.

“No puedo perdonar a mi padre porque...”
Es difícil precisar lo interior en Julio Bocca. A veces aparece como espantosamente tímido. A veces la timidez es la máscara de una lejana, profunda tristeza. El episodio de ese padre biológico que, según el decir de su abuela, se borró en la maternidad, es un enigma, pero también, de rebote, ayuda a definir a Bocca. Julio me dijo: A mi padre lo vi, pero no lo conocí. ¿Lo vi o soñé que lo vi? Luego de mucho escarbar, Julio reconoció que hubo de su parte una carta que nunca llegó a mandarle a su padre, cuando lo suponía vivo.
–¿Se puede saber qué escribiste en esa carta?
–No me acuerdo.
–Tratá de acordarte.
–No me acuerdo.
–Supongamos, entonces. Si hoy le escribieras una carta a ese padre tuyo, ¿qué cosas le dirías?
–Nada le diría.
–¿Cómo es posible tanto silencio? Después de todo, Julio, se trata del hombre que anda en tu sangre.
–Es posible porque así es. No siento nada por mi viejo.
–¿No lo extrañás?
–No lo extraño porque nunca lo tuve.
–¿Lo querés un poco, un poquito así?
–No siento que lo quiera.
–Entonces, por lo menos, lo odiás.
–Tampoco. No puedo odiarlo. Rodolfo, ¿hasta cuándo con este tema?
–Bueno, la cortamos. La última: ¿podrías intentar perdonar a tu viejo?
–No podría.
–¿Seguro que no, Julio?
–Seguro que no. No puedo perdonar a mi padre, porque tampoco me atrevería a juzgarlo. Odio juzgar y odio que me juzguen.

((En el código de Julio Bocca esta última frase es otra de sus claves. Odia juzgar. Odia que lo juzguen. Vivir y dejar vivir es su lema.))

Sinceridad escalofriante
Cuando uno lo ve a Bocca lejos del escenario, se encuentra con alguien que desparrama su cuerpo, atravesado por el sueño o por la perpetua fiaca. Nunca se sabe bien si lo que hay en él es aburrimiento o tristeza. O, tal vez, las dos cosas. Pero cuidado, desde esos estados emergen latigazos de sinceridad muy fuera de los usos y costumbres. Tiene una fuerte tendencia a hacer lo que le da la gana. No es simpático ni se toma la menor molestia por parecerlo. Ejemplo: en 1988, gala en Copenhague, en el teatro Real –transmitida por televisión a medio mundo–: cuando llegó el momento de saludar a la reina Margarita, Julio Bocca se apareció en jogging y zapatillas.

Otra de las suyas. En el abril de 1995 fuimos juntos a Córdoba a presentar el libro de su biografía. El recibimiento fue colosal. En el aeropuerto, en la sala VIP, aguardaban con ramilletes de flores decenas de niñas y jovencitas vestidas de bailarinas. Un rato después, naturalmente orgulloso, el organizador preguntó: ¿Y, Julio, qué le pareció lo de las niñas? ¿Le gustó? Bocca respondió, secamente No. Tratando de suavizar la situación le preguntamos por qué no. Y explicó: ¿Acaso yo llegué al aeropuerto vestido de bailarín? No me gusta que a las chicas las vistan así afuera del teatro. Bocca tal vez tenía razón, pero ¿quién se animaba a ser tan crudamente sincero en medio de una bienvenida en la que sólo se buscaba homenajearlo?
Entre el hermetismo y estos arranques de sinceridad es fácil darse cuenta porqué, para tantos, Julio Bocca es un insufrible. No, no es simpático. Y no porque sea fanfarrón sino por todo lo contrario: prescinde del carisma.

Ignorante explícito
La sinceridad de Julio Bocca es llamativa no sólo cuando la ejerce hacia afuera; además lo es cuando la ejerce hacia adentro. También por esto podríamos decir que es un argentino insólito: no se manda la parte, no simula ser culto, no simula haber leído. Una tarde, viendo yo que no había biblioteca en su casa, mantuvimos este diálogo:
–Julio, ¿leíste Don Quijote de la Mancha?
–No.
–¿Leíste Hamlet, a algo de Shakespeare?
–No.
–¿Algún libro de Borges?
–No.
–¿Leíste Cien años de soledad?
–No. Ni cien ni noventa y nueve.
–¿Algo de Sabato, de Kundera. de Hemingway, de Cortázar, de Bioy Casares, leíste?
–Nada.
–Julio, esto va a aparecer escrito en tu biografía: ¿no te da un poco de vergüenza decir que no has leído a esos autores?
–Decirlo no me da vergüenza... Me da vergüenza no haberlos leído.
–Preferís ser ignorante antes que mentiroso.
–Seguro. Porque si mintiera diciendo que leí éste y aquel libro, aparte de un mentiroso al pedo, seguiría siendo lo que soy: un flor de ignorante.

((En esa oportunidad Bocca me dijo un par de cosas más que podemos anotar como claves de su personalidad: Sí, me gusta decir la verdad, pero confieso que no estoy orgulloso de no haber leído mucho más. No está bien lo que está mal... Pero no pienso dármelas de nada. Además, mentir me produce un cansancio terrible en el cuerpo. Y no quiero sentir esa clase de cansancio.))

Liviano, hasta sin recuerdos
A Julio Bocca no le gusta pontificar, no le gusta hablar, tampoco le gusta guardar o volver sobre sus recuerdos. ¿Será por eso que está tan livianito y puede volar sobre el escenario? Es curioso, pero muchos episodios maravillosos de su carrera los recupera porque otros vienen y se los cuentan. Él casi no guarda recortes y las fotos apenas si las tiene amontonadas en un pequeño bolso. Precisamente en un recorte que me mostró Raquel Rossetti leí que Julio Bocca, luego de su número final en el concurso de Moscú, ante el sostenido aplauso del público debió salir a saludar 22, ¡veintidós! veces. Le dije:
–Julio, ¿cómo no me comentaste eso?
–Y... no me acordaba.
–No puede ser. No te creo.
–Y bueno. Si no me creés, Rodolfo, está bien.
–Pero ¡es que fueron veintidós salidas!
–Yo no me iba a poner a contarlas.

No ser racista con la danza
Tampoco hay que ser racista con la danza. Esta frase no es de Julio Bocca, pero la usa cuando explica por qué baila en estadios o al aire libre. Tal vez sea éste uno de los pocos puntos en los que Bocca se gasta en dar explicaciones:
–Bailar sólo en determinados sitios, para determinada gente con dinero o cultura, me parece mezquino, egoísta. Es como hacer racismo con la danza. Muchas veces me acusan de comportarme como un deportista o como un cantante de rock. Me importa un carajo. Yo bailo en el Colón y también en la cancha de River o de Boca.
–¿Por qué lo hacés?
–Porque sí. Porque me gusta. Yo vengo de una familia de laburantes y bailo para que me vean los seres humanos. Y seres humanos son los que van al Colón. Y los que van al Luna Park.

Amistad antes que matrimonio
La vida de Bocca transcurre en una sostenida paradoja. Vive huyendo de la gente, del ruido. Cuando entra por primera vez en un teatro –lo cuenta Eleonora Cassano–, Julio averigua cuál es la puerta de atrás, la de escape. Terminada la función, en dos minutos -dos minutos de sesenta segundos cada uno- se viste y desaparece. No va a fiestas. Detesta los reportajes. Busca el retiro. Por ejemplo, ¿qué hace Bocca luego de sus apoteóticas funciones en el Luna Park? Lo de siempre: se viste, se abriga, busca la puerta trasera, se zambulle en un auto y se va a su casa a comer alguna cosita y a descansar para la próxima función. En este sentido se comporta como alguien que recién empieza, que se está abriendo camino. Es un fanático de la soledad. Lino Patalano, su manager, trata de enseñarle la necesidad de incorporar los goces, la mera diversión, a sus días cargados de rutina, gimnasia, funciones, aviones, etcétera.
Pero volvamos a su paradoja.
–Julio, en tu íntima escala de valores, ¿qué tiene más importancia: el matrimonio o la amistad?
–Lejos, la amistad.
–Y el matrimonio qué.
–Conmigo no va. La ceremonia, los papeles, nada de eso me gusta. Pero con esto no juzgo a quienes lo eligen. Cada cual es cada cual. Cada cual elige lo que quiere y a veces lo que puede. Como un valor máximo yo elijo la amistad.
–¿Tenés muchos amigos?
–Amigos amigos no se pueden tener muchos. A los que tengo, trato de cuidarlos. En realidad no trato, los cuido mucho. Y en esto seguramente soy bastante egoísta. Pienso en mi vejez. Me aterra la idea de la soledad.
–Aparecés siempre como un tipo solitario. Por otro lado, te aterra la soledad.
–Las dos cosas son ciertas. Prefiero vivir solitariamente, pero quiero compartir esa soledad con unos pocos amigos... A mis amigos los compadezco.
–¿Por qué?
–Porque soy un tipo muy poco interesante. Un opio, que le dicen.
–Algunos de tus amigos dicen que sos bastante tacaño. ¿Es cierto?
–Es cierto. Y mi abuela también lo dice. Y mi madre. Todos tienen razón.
–¿Y no te preocupa ser tacaño?
–No. Los demás se preocupan. Yo ni me doy cuenta.

De tal abuela, tal Julio
La abuela, Teresa Josefa Repetto de Bocca, no se parece a Julio porque es muy comunicativa, pero sí se parece en otras cosas. El siguiente diálogo entre ella y Julio cuando él andaba por los 12 años, nos dice algo.
–Abuela, te pesqué justo. ¿Qué estás haciendo?
–Estoy haciendo lo que estoy haciendo.
–Te vi, abuela, te vi: le estabas poniendo soda a la botella de Coca Cola.
–Así dura más, Julito.
–Dura más pero no me gusta tanto.
–Julito, elegí: ¿le pongo soda a la Coca Cola y podés tomar dos o tres días a la semana, o no le pongo y sólo tomás Coca Cola los domingos?
–Ponéle mucha soda, abuela.

De tal abuelo, tal Julio
Me contaba esto Julio Bocca, para su biografía, en uno de sus raros momentos expansivos:
–Cuando mi abuelo Nando se iba a pescar al muelle en Mar de Ajó, yo iba con él. A veces hablábamos de ballenas, yo lo acosaba con preguntas imposibles y él siempre respondía. A veces no hablábamos, pero estábamos muy bien así. Mi abuelo de vez en cuando me miraba y si yo tenía frío, el frío se me iba.
A mi abuelo lo tuve hasta mis 13 años. Digamos que me he pasado media vida sin él, pero todavía me dura su olor.
–¿Olor dijiste?
–Olor dije.
–¿A qué olía tu abuelo?
–Olía a hombre bueno.
–Te agarrás de tu abuelo como de una cornisa, Julio.
–Abuelo Nando me tiene que durar hasta el final... Mi padre me faltó desde el día de mi nacimiento. Pero mi abuelo no puede faltarme. Aunque no esté aquí, aunque no lo pueda ver ni oír, aunque no lo tenga para tocarlo. Necesito contar algunas cosas, pero no sé si me pongo medio plomo...
–Dale, contá, dale.
–A la casa de Munro yo vi cómo la iban haciendo, y después agrandando, entre mi abuelo y mi abuela. A la casita de Mar de Ajó yo también, un poquito, la hice con ellos: acercaba los baldes de mezcla, arrimaba los ladrillos, a la noche juntaba las herramientas, lavaba la pala y las cucharas, me gustaba pasarle los dedos a la lisura del fratacho, eso que se usa para alisar los revoques. Entonces aprendí que todos debiéramos hacer la casa en que vivimos... Abuelo Nando decía: “Con las casas pasa como con las comidas: no tiene el mismo gusto la comida comprada que la comida hecha en casa. Esta es una casa hecha en casa”.

((La tarde que Bocca me contó eso, de sus palabras y de mi eco escribí el siguiente diálogo entre Julio y Nando, el abuelo que fue el padre que Julito no tuvo.))
“–Abuelo, ¿el mar está enojado?
–No, qué va a estar enojado. Se está riendo a carcajadas.
–Abuelo, ¿por qué se ríe el mar?
–Se ríe porque una ballena le está haciendo cosquillas en la panza.
–Abuelo, ¿las ballenas no le tienen miedo al mar?
–Cuando veamos una ballena se lo preguntaremos.
–Abuelo, ¿cuándo veremos una ballena?
–Mirá con atención mar adentro. Si no es hoy será mañana.
–Abuelo, ¿y si mañana la ballena no aparece?
–Si no es mañana será pasado.
–Abuelo, ¿y si la ballena tampoco aparece pasado mañana?
–Será algún día. Julito, ¿sabés lo que es la paciencia?
–No sé, abuelo.
–La paciencia es lo que hace falta para esperar hasta que la ballena aparezca. Hay que ser porfiado para tener paciencia.
–Abuelo, yo voy a ser porfiado.
–Entonces verás un día aparecer una ballena y también...
–Abuelo, ¿y también qué?
Y también serás primer bailarín del teatro Colón.
–Sí abuelo, yo voy a ser porfiado.
–Mirá, allá lejos viene asomando una ballena...
–No la alcanzo a ver, abuelo.
–Ya verás, Julito, ya verás...”

Angelito truculento
Entre los amigos más amigos de Bocca está Enrique Pinti. Pinti recuerda que cuando lo conoció le llamó la atención el “blíndex de su mudez”, su pavorosa inexpresividad:
–Francamente me resultó muy difícil creer, de esa especie de pajarito insignificante, primero, que bailara, y segundo, que fuera un astro. Por mucho tiempo pensé que Julio era, si no un tonto, sí un fulano que estaba en una nube, en no sé dónde. También pensé que podía ser muy influenciable. Pero pronto me sacó del error. No lo vi llorar nunca, pero sé que es muy intenso. Julio es muy engañador. Es muchísimo más fuerte de lo que parece. Física e intelectualmente. En todo. No quisiera dar la idea de que es un dechado de virtudes: Julio es más bravo de lo que parece. Más peligroso de lo que parece. Tiene la complejidad hasta como para llegar a ser truculento.
–¿Truculento?
–Sí, truculento, porque es un agua mansa y ya se sabe que del agua mansa hay que cuidarse. Además es un tipo que absorbe todo. Mira y absorbe. Escucha y absorbe. No no no. No es un boludo. No es un autista. Arriba del escenario, cuando baila, Julio, a pesar de ser medio petisito, nada parecido a un gigante, a un sex–symbol, tiene una sexualidad increíble. Dije sexualidad. Y ahora agrego: sensualidad. Agarra a las bailarinas en el escenario y no hay lola, parece que las va a coger ahí mismo. Esta sexualidad tan rotunda es algo muy difícil de encontrar en el ballet.

Sexo, homosexualidad, animales
Lo que ocurre con Bocca debajo del escenario es notable. Las mujeres maduras y las jovencitas de entre 20 y 15 años se lo quieren comer. Comer vivo. Con motivo de la firma de su libro en distintos sitios del país he visto avalanchas de mujeres que tratan de tocarlo, de rozarlo, de olerlo. Julio, imperturbable, apenas si de vez en cuando afloja un atisbo de sonrisa. Escapa, escapa siempre, como puede. En cierto sitio, una de estas avalanchas femeninas le produjo una lesión de tobillo pocos días antes de abrirse la temporada del American Ballet en New York.
Recuerdo algún diálogo con Julio sobre el sexo y afines.
–Estarás hasta los codos de esta preguntita, pero tengo que hacértela: vos, Julio, en concreto, ¿qué pensás de la homosexualidad?
–No pienso nada.
–Hacé un esfuerzo, no te vas a herniar: decime algo más... explicativo.
–No pienso nada porque eso sería empezar a juzgar. Y no juzgo ni quiero ser juzgado... Pregunto yo ahora: en el sexo, ¿por qué hay que calificar lo que hacen estos o aquellos? ¿Por qué?
–¿Alguna opinión sobre el sexo en los animales?
–Por lo que se ve, los animales no tienen problemas con el sexo. Lo hacen y listo. Lo hacen y lo gozan. Como animales. Les tengo mucha envidia a los animales.
–¿Envidia por qué?
–Porque no se fijan en la hora. Porque lo hacen en la vereda, donde sea. Y sobre todo son envidiables porque entre ellos no se señalan con el dedo. Qué bien los animales, no gastan en telo.

La metamorfosis
Entre las cosas que sorprenden de Julio Bocca está la de su metamorfosis. Casi siempre resulta irreconocible en la vereda. Y ésa es una de sus mayores aspiraciones: pasar inadvertido. Con el bolso, con su aspecto de muchacho de barrio, nadie puede creer que es él mismo, el que se transforma sobre el escenario. El Polaco Goyeneche confesó: Yo al principio me creí que Julio Bocca era el que le llevaba el bolso a Julio Bocca. Mi Dios. El poeta francés Jean Cocteau decía de su amigo, el bailarín Vaslav Nijinsky: Uno jamás habría creído que ese monito de pelo ralo que usaba un sobretodo de faldones fuera el ídolo del público. Algo semejante pasa con Bocca. Rara vez usa zapatos y traje. El ochenta por ciento de la ropa se la regalan los amigos. O el noventa. No cultiva la imagen. Bocca es feliz cuando en la calle no se dan cuenta de que es Bocca.

La gota gorda
Hemos ido armando un rompecabezas con las claves de este Bocca que debió llamarse Julio Adrián Fernández, que en el documento de identidad se llama Julio Adrián Lojo Bocca y que en la vida decidió llamarse Julio Bocca. Las claves de este Bocca, tan mundial, tan venerado en todo el planeta, son, para quienes gustan de lo espectacular, espantosamente sencillas. Y lo sencillo suele ser incomprensible; en el territorio patrio, intolerable. Bocca se acerca a sus 30 años. Viene trabajando duramente desde los 8. Es un raro, muy raro caso de talento al que se suma una voluntad de trabajo llevada a la obsesión. Su fórmula es ésa: talento y trabajo. Bolsito, transpiración, esfuerzo, sudor y gota gorda.
Un lunes abre la temporada en New York. Al otro día está en Buenos Aires ensayando, sudando, para preparar las funciones del Luna Park. Cuatro días después vuelve a New York. Diez días más tarde, otra vez en Buenos Aires. Y cuando sale a celebrar pide una milanesa con papas fritas.
La suya es la hazaña del silencio. La hazaña del trabajo. La hazaña de la paciencia. La hazaña de la obrera tenacidad. La hazaña que imaginó para él su abuelo laburante, el mismo que lo alzaba cuando tenía un par de años y lo subía en la palma de la mano y girando en la vereda les decía a los vecinos: “Va a ser grande, grande, ¡ya van a ver!”.

Mar con abuelo
((Imaginemos, ya que estamos, otro diálogo entre ese niño forjado por su propia determinación y la de su abuelo inmigrante.))
–Abuelo, ¿el mar llega muy lejos?
–Más lejos que lejos.
–Abuelo, ¿hasta dónde llega el mar?
–Hasta tu corazón.
–Abuelo, y mi corazón, ¿hasta dónde llega?
–Tu corazón, Julito, llega hasta mi corazón.
–Abuelo... ¿por qué me estás abrazando tan fuerte?
–Julito, mi Julito...


Posdata
Además de dichos y anécdotas, lo verdaderamente curioso reside en que Julio Bocca, amarrete, antipático, obsesivo, fanático de las rutinas, muy famoso en el planeta como bailarín, ha sido ante todo y después de todo, un gran cantante.
¿Bocca cantante?
Sí. Cantante. Porque se canta en el culto de la imagen. Y se canta en la facha. Y se canta en la apariencia. Y se canta en el qué dirán. Y se canta en la farándula. Y se canta en la frivolidad. Con todo el talento que tiene, eso sí, nunca se cantó en el trabajo. Y así le fue. Una vez le pusieron el revólver en la cabeza, pero eso no modificó su determinación de no faltar ese día a sus clases: se fue a sudar la gota gorda.
Olvidado de esas cientos de horas de rutina y sudor, uno termina preguntándose sin embargo:

¿Qué dios hay en el aire
que alza a ciertas criaturas
y las sostiene
y las suspende
en el relámpago,
en la eternidad de un instante fugazmente eterno?
¿Qué dios,
qué Dios hay en el aire
que vuelve pájaros a ciertos humanos?

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Próxima entrega
Luis Politti
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Diario Jornada Mendoza

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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