Rodolfo Braceli · Grandes entrevistas

Luis Federico Leloir: "Esto de ganar el premio Nobel, no se lo deseo a nadie"­

Diario Jornada | Domingo, 1 de Julio de 2012 : 00:16

El 27 de octubre de 1970 Luis Federico Leloir ganaba el premio Nobel de Química por su descubrimiento de los azucarnucleoditos y su papel en la biosíntesis de los carbohidratos. No lo conocíamos, en los archivos de los diarios y revistas estaba ausente.

 En la revista me señalaron para hacer ese reportaje, que debía cerrar antes de las nueve de la noche.

Fui con el fotógrafo a conseguir la entrevista de cualquier manera. La búsqueda fue bastante accidentada, considerando que se trataba de un científico y no de un cantante roquero. Aquel martes fue un día de sonora felicidad para este nuestro país, pero para el doctor Leloir…
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–Don Fernando, ¿me puede dar una mano?­
–Sí doctor. ¿Qué necesita usted?­
–Lo de todas las mañanas.­
–Ah, ya sé, que le ayude a empujar el auto de su hija.­
–Tampoco hoy nos quiere arrancar, no hay manera.­
–Yo ya se lo dije, doctor, hágame caso: cámbiele batería y platinos.­

Las nueve menos cuarto del martes 27 de octubre de 1970. El doctor y don Fernando apoyaron las palmas de las manos sobre el auto; el motor tosió dos, tres veces, hasta que arrancó. La hija pisó el acelerador y apenas si tuvo tiempo de saludar. Don Fernando y el doctor recuperaron el aliento. Quince minutos después el doctor subió a su Fiat 600 y también se fue. Como todos los días.
El doctor se llama Luis Federico Leloir. A esa hora ya había sido declarado premio Nobel allá lejos, en Estocolmo, Suecia. Pero ni él, ni don Fernando, ni la hija, ni el país, lo sabían.­

((Vale la pena anotarlo: cuando llegó la noticia del Nobel para Leloir, todos en la revista nos preguntamos quién era. Ninguna de los jefes, ninguno de los redactores, ninguno de los cronistas sabía de su existencia. Para colmo era martes, día del cierre semanal, que en general no pasaba de la siete u ocho de la tarde. Me eligieron para cubrir la nota, para entrevistarlo. Antes de salir bajé al archivo y el único sobre que había tenía apenas un par de recortes, mínimos, noticias publicadas en La Nación y La Prensa, con diez o quince líneas, que aludían a dos eventos sociales en el Alvear Palace Hotel. Nada sobre la tarea de este hombre que de pronto era coronado con el Nobel y que nos iba a hacer sacar pecho. Qué desolación. Y qué vergüenza.
Pero volvamos en el tiempo…))

Dos de la tarde del mismo día. Don Fernando Biosca, el encargado del edificio donde vive Leloir, ya se ha enterado de que el hombre del tercer piso es premio Nobel. Ahora nos está contando lo del auto que no arranca por las mañanas y algunas cosas más. Como éstas, por ejemplo:­
–Hace tres años que conozco al doctor, qué quiere que le diga, es muy sencillo, es un amor de persona. Nunca una queja. Para él todo está bien. Es un hombre de vida muy metódica: todos los días sale a las nueve de la mañana, almuerza en el Instituto, vuelve a su departamento tomar el té a eso de las cinco de la tarde. A las seis sale a dar una vuelta generalmente caminando y retorna a las ocho. De noche sale muy poco, algún sábado que otro, siempre con su esposa y con su hija de 21 años. ­¿Qué más quiere que le cuente?
–¿Tiene perro?­
–No, no tiene perro. Un hombre sencillo.­

Casi las tres menos cuarto de la tarde. Ahora, con el fotógrafo Alberto
Rodríguez, estamos en el Instituto de Investigaciones Bioquímicas. A lo largo de las horas se ha ido postergando la posibilidad de entrevistar al doctor Leloir. Tratamos de encontrarle una hendija al reiterado “no, después”. Nos recibe la señora Silvia Inés S. de Chelala, secretaria privada del flamante Nobel.­ Aprovechamos para preguntarle, la cuestión es por lo menos ir armando un retrato del ilustre desconocido.
–Yo trabajo con él desde hace dos años. El podría, pero jamás se toma las prerrogativas de un director. No tiene oficina, ni escritorio, nada de eso.­
–¿Cómo es Leloir en su convivencia laboral?­
–Muy introvertido, muy tímido, muy humilde; detesta la publicidad. Y no quiero dejar de decirle que estimula y respeta el trabajo de los demás.­
–¿Puede describirlo físicamente?­
–Delgadito, canoso, más bien bajo, usa anteojos sólo para leer.­
–¿Qué más puede decir del otro Leloir, del cotidiano?­
–Habla poco, le gusta el cine, su gran diversión es trabajar. Cada día tiene el entusiasmo de un niño cuando se pone sus zapatillas de goma y se sienta con sus frasquitos. En todo es muy sobrio: siempre usa traje azul o gris y corbatas serias. No tiene nada extraordinario, ni en el aspecto ni en el decir.­

((Alguien nos arrebata a la secretaria. En el Instituto, cierto clima de histeria. Vuelvo a gestionar. Un rebote detrás de otro. Tenemos tres “no” sucesivos, desalentadores. Con el fotógrafo Alberto Rodríguez, movidos por esa adrenalina que empuja a conseguir la nota diferente, casi sin darnos cuenta entramos en el clima de las notas de asalto.  Nos olvidamos de la investidura del personaje, nos mandamos por un pasillo desierto. Vamos, como quien dice, a la caza del Nobel...
Ahora subimos una escalera caracol. Desemboca en otro largo pasillo. Llegamos a una puerta, el fotógrafo la abre sin golpear. Entramos en un saloncito, silencio de probetas, frascos y frasquitos, aparato raros. Desesperados por saber algo más, seguimos invadiendo. Nos acercamos a una mesa, llena de más frasquitos. Miro con la alevosía del invasor. De pronto una voz nos frena y nos pone una nada hospitalaria mano en el pecho. El desconocido da sus razones. Nosotros damos las nuestras. En resumen, que él tiene razón. No seguimos adelante, pero el caso es que tampoco retrocedemos. Cinco, diez minutos más. Hasta que otro desconocido nos toma del brazo, pero con mano gaucha: “Vengan vengan, les mostraré el lugar donde trabaja el doctor Leloir”.
El lugar, a unos metros. Y el lugar relata más que miles de palabras. Es una habitación escasamente iluminada. Otra vez miramos con avidez. Enseguida pensamos que no, que este no es el sitio donde trabaja Leloir. Pero el desconocido -un médico que prefiere callar su nombre- nos convence:­))
–¿Ven esa silla reforzada con una soguita en el respaldo? Esa es la que usa diariamente el doctor Leloir. ¿Ven ese cajoncito que está  junto a la ventana? Allí se sienta el doctor cuando tiene ganas de pensar. ­
–¿Le vienen ganas de pensar muy seguido?­
–Y sí, a veces... Se sienta, mira largamente por la ventana y a cada tanto anota cosas en un cuadernito. Después de anotar se pone de pie y sigue mirando por la ventana un buen rato, y con las manos en los bolsillos. Siempre igual el doctor: cajoncito, ventana, cuadernito, anotaciones de pie, ventana, manos en los bolsillos, después a la silla de la soguita, horas así... Y fíjese qué notable: el doctor Leloir no usa probetas para el manipuleo de su trabajo diario.­
–¿Y qué usa en cambio?­
–Prefiere usar frascos que fueron de perfume. El es así para todo.­
–Y esas zapatillas gastadas, ¿también de Leloir?­
–¿Cómo las descubrió? Sí, son las zapatillas que se pone para trabajar.
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((El diálogo se corta. Una mano severa nos toma del brazo de manera poco simpática. Nos damos vuelta. Es la misma persona que se interpuso  recién. Nos reta feo. Discutimos en un tono más bien subidito. Que sáqueme la mano de encima. Que retírense. Que teníamos permiso. Que aquí no tienen nada que hacer.
Otra vez en el pasillo, a la deriva. Decidimos esperar. Aunque más no sea por un minuto tenemos que verle la cara al doctor Leloir. Para saber que existe. De pronto, al fondo del pasillo un gran tumulto de gente. Un hombre de traje oscuro se abre paso. ¿Será Leloir? Lo abordamos, le preguntamos interrumpiéndolo:))­
–¿Quién es usted?­
–Me llamo Lundborg, soy el embajador de Suecia... He venido a traerle la noticia oficial del premio al doctor Leloir. ­
–¿Cuándo tuvieron la confirmación oficial?­
–Hace media hora. Acabo de estar con el doctor. Recibió la noticia con toda naturalidad, como científico que es.­

El señor Lundborg se aleja. No lo sabemos, pero ya estamos mucho más cerca de Leloir. Avanzamos vadeando desconocidos. Hay un apretado círculo de gente. Y ahí, en el medio, está nuestro campeón mundial de la química: camisa blanca, corbata oscura, traje azul, zapatos marrones. Recibimos un empujón, una puerta que se quiere cerrar para aislar a Leloir... alcanzo a interponer un pie. Seguimos forcejeando, hay que conseguir a Leloir sí o sí. Avanzamos como en una cancha de rugby. En eso tan disparatado estamos cuando nos baja alguien como del cielo. La secretaria dice: ­
–El doctor los va atender en la biblioteca.­
((Allá vamos, corriendo detrás de la nota exclusiva. Leloir aguarda sumergido en un gastado sillón. Me acerco y le pregunto casi al oído:))­
–En este minuto, ¿qué es lo que siente, doctor Leloir?­
–Siento que he perdido algo muy valioso... muy precioso.­
–¿A qué se refiere?¿Qué es lo que ha perdido?­
–¿Y no ve, amigo? He perdido la tranquilidad. Ustedes me van a ahogar. Observe, por allí entran en tropel sus colegas: cámaras, micrófonos, cables, Dios mío, Dios mío…Esto para mí es un sufrimiento. Se lo debo al premio.­
–¿Y la felicidad, doctor?­
–Toda felicidad trae su sufrimiento. Y aquí lo tengo.­
–¿Cuándo recibió la noticia?­
–Esta mañana, a eso de las nueve y media, al rato de llegar al Instituto. Qué curioso, la noticia vino de Chile.­
–¿Tenía avisos de que le otorgarían el premio?­
–Algo se había dicho. Teníamos noticias, digamos, secretas.­
–¿Quién le dio esas noticia secretas?­
–No me acuerdo.­
–¿Por qué descubrimiento vino el premio?­
–Entiendo que es un premio... al trabajo de toda la vida, y no a mí sino a un equipo de gente silenciosa.­
–¿Qué va hacer con los ochenta mil dólares?­
–¿Ochenta mil dólares? No lo he pensado.­
–Doctor, intente pensar algo ahora.­
–No se me ocurre nada, en verdad.­
–¿Cambiará de auto?­
–Para qué... el mío responde bien, se deja manejar, se deja estacionar... Ah, ya sé, le voy a comprar‚ una batería al auto de mi hija. Aunque... no sé, no sé porque esa batería tiene sus ventajas.­
–¿Ventajas? Doctor, nos enteramos que tiene que empujar el auto de su hija cada mañana.­
–Esa es la ventaja de una batería anémica: lo obliga a uno a hacer algún ejercicio adicional, a activar la circulación de la sangre.­
–¿Piensa donar este premio para la investigación, como hizo con otros premios?­
–Es probable.­
–¿Cuál es el descubrimiento suyo que más le interesa?­
–Siempre el último. Aunque no, el mejor descubrimiento es el próximo, el que tenemos que hacer, el que no hemos conseguido.­
–¿El Estado se preocupa lo suficiente, apoya a los investigadores argentinos?­
–Se preocupa... algo. Bueno, en realidad no me gustaría que tomaran esto como una queja. Estoy agradecido por el apoyo que nos han dado, aunque sea tan... pequeño. Aquí no tenemos lugar para trabajar, no podemos recibir a la gente del interior.­

((Se produce un incidente. Un investigador se queja en voz alta porque “a Leloir le sacan fotos recién ahora, antes se las sacaban a Bonavena y Palito Ortega y Susana Giménez”. Leloir se enjuga el rostro y dice, tratando de calmar los ánimos:)­)
–Bueno bueno, nunca es tarde para hacer bien lo que hay que hacer bien.­
–Doctor, ¿qué otras preocupaciones tiene?­
–No me queda tiempo para otras preocupaciones.­
–¿Podría describir lo que sintió en el momento de recibir la noticia?­
–No creí que fuera verdad.
–Se habrá emocionado.
–No llegué a emocionarme... Pero parece que es cierto, porque si no ustedes no estarían aquí.
–¿Y si esto no fuera real, si fuera un sueño de almohada, doctor?­
–Sería mejor. ­
–¿Usted está diciendo que sería mejor no ganar el Nobel?­
–Sin duda, no hubiera perdido eso tan importante en la vida que es la tranquilidad... Ya ven, hoy es peor que un día feriado: no he podido trabajar, y no creo que haya podido hacerlo nadie en el Instituto. Demasiado alboroto.­ Esto de ganar el premio Nobel, no se lo deseo a nadie…
–Doctor Leloir, considere que este es un día de gran felicidad para todo el país.­
–Puede ser, puede ser... pero...­
–¿Pero?­
–Para mí es un día de trabajo perdido. Y perdonen.­
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Posdata con reflexión                     
Esta es la crónica de un día en el que los argentinos nos desayunamos con la noticia de que teníamos, por así decir, un científico campeón mundial de química. Es curioso: a los argentinos, esos campeones mundiales que son los premios Nobel, se nos han dado como revelaciones casi siempre con personajes hasta ese momento perfectamente ignorados: por ejemplo, Bernardo A. Houssay, Adolfo  Pérez Esquivel. También fue el caso Luis Federico Leloir. Esta notable paradoja se da justamente en un país en el que desde siempre impera la obligación de ser mundiales o nada. Traducido a buen criollo: en esta patria idolatrada no ser campeón mundial de algo es ser un pelotudo.
Por más que digamos que ya aprendimos –a fuerza de malarias y decadencias–, que no somos los mejores del mundo, en el fondo nos sentimos únicos. En realidad, desde hace un par de décadas admitimos que no somos los mejores, pero encontramos rápido consuelo escuchando o diciendo que somos los más inexplicables del mundo.
Volvamos a nuestro personaje: el caso es que el 27 de octubre de 1970 la noticia del premio Nobel para Luis Federico Leloir nos cayó sobre la mollera, sobre todo a los periodistas, a los autodenominados comunicadores.
Un tal Leloir, premio Nobel. Y a sacar pecho se ha dicho. 
Como la mayoría de los investigadores esenciales, Leloir era para nosotros un flor de desconocido. Un hombre virgen.
¿Virgen de qué?
 Virgen de notas y reportajes. Por eso, nosotros, reverendos ignorantes, tuvimos que salir a desayunarnos. Salimos desesperados a hacerle “la nota diferente” a cualquier precio. No lo encontramos en su departamento y desesperados recurrimos a la palabra santa del portero. Y este hombre empezó a dibujarnos un retrato inesperado, de pocos trazos, pero muy elocuente cuando nos contó que el doctor Leloir, un rato antes, como casi todas las mañanas, estuvo empujando el auto de su hija para hacerlo arrancar.
Y después fuimos al ámbito de trabajo y entonces empezamos una especie de cacería de Leloir por pasillos del Instituto. Subimos escaleras, recorrimos pasillos, abrimos puertas sin golpear, hasta llegamos al forcejo; faltó que nos agarráramos a trompadas. El caso es que Leloir, el que hasta entonces no existió para nosotros, se resistía a aparecer. Resultó providencial que un profesional nos llevara hasta el laboratorio del doctor. Entramos, y sí, nos quedamos pasmados. Fuimos descubriendo la esencial  modestia de este genio por sus objetos. Allí estaban los frasquitos que habían sido de perfume y que él usaba para trabajar; y allí estaba su cuadernito de apuntes; y allí estaba un cajoncito en el que se sentaba a mirar por la ventana y a pensar; y estaban  también sus zapatillas de goma Pampero, gastadas, que se las ponía cada mañana pisando el talón al empezar su faena; y estaba su silla, una sillita de morondanga, casi raquítica, con el respaldo y las patas atadas con varias vueltas de hilo sisal para que no se descuajeringara.
Cuando fotografiamos esa sillita, vacía, sin Leloir, no imaginábamos que se iba a convertir en un icono patrio. Esa silla sería la síntesis del estado de leso desguarnecimiento que padecieron por años los investigadores argentinos.
Por tanta ignorancia e indiferencia, ¿hasta qué punto podemos criticar al promedio de nuestra sociedad? En realidad la crítica debiera ser autocrítica de nuestros medios de des-comunicación.
Si el doctor Leloir no hubiera sido tocado por el Nobel, ¿qué hubiese sido de él? Hubiera sido ignorado de cuajo, olvidado sin necesidad de que muriera. Olvidado en vida de por vida, como tantos, salvo, claro, que sean campeones mundiales.
De aquel reportaje de 1970 me quedan, más que las palabras de Leloir, algunas imágenes muy intensas. Ahí está él, el premio Nobel, de pronto afrontando el alud de las cámaras y los micrófonos. No sonríe el hombre, no puede decirse que esté enojado.
Realmente, ¿cómo está? Está desolado.
¿Desolado? Pero si hace un par de horas que lo enteraron de su premio Nobel. Cómo es posible.
Es posible porque Leloir sabe que ese día no podrá trabajar ni él ni nadie en el Instituto. Y lo dice con voz atravesada de tristeza. Para él ese día, memorable por la noticia de su gran consagración, será un día perdido.
Escuchémoslo otra vez: “Esto de ganar el premio Nobel no se lo deseo a nadie”.
La frase parece dictada por la suprema ironía de don Borges. Pero la pronunció Leloir, hace cuarenta y dos años, sin ánimo de ironizar. Estaba realmente desolado.

Leloir por Leloir
El doctor Luis Federico Leloir, siempre austero en sus hábitos, a la hora de escribir su autobiografía lo resolvió en unas pocas y significativas carillas:
La bioquímica y yo nacimos y crecimos casi al mismo tiempo. Antes del comienzo del siglo, algunos químicos orgánicos y fisiólogos habían establecido las bases de la bioquímica. En 1906 aparecieron dos revistas que trataban el tema, la Biochemische Zeitschrift y la Biochemical Journal. La revista Journal of Biological Chemistry había comenzado a publicarse sólo un año antes. En 1906, Arthur Harden y W. J. Young lograron separar "zumo de levadura en residuo y líquido filtrado, cada uno de los cuales era incapaz por si solo de producir la fermentación alcohólica de la glucosa, sin embargo cuando se los unía, la mezcla producía una fermentación tan activa como el zumo original". Este hallazgo ocurrió sólo nueve años después que Edward Buchner preparara un zumo de levadura libre de células, capaz de fermentar. Esta línea de trabajo condujo eventualmente al descubrimiento de una multitud de enzimas, coenzimas e intermediarios del metabolismo celular. En 1906 Tswett publicó la primera descripción de cromatografía.
Otro hecho importante (desde mi punto de vista) ocurrió en 1906. Fue mi nacimiento en París, Avenida Victor Hugo 81, a pocas cuadras del Arco de Triunfo.

Los comienzos con Houssay
Cuando tenía dos años, mis padres argentinos me trajeron a Buenos Aires, donde luego de haber realizado los estudios y aprobado los exámenes correspondientes para graduarme de médico en la Universidad de Buenos Aires (1932), trabajé en el hospital de la universidad (Hospital de Clínicas) durante aproximadamente dos años. Nunca estuve satisfecho con lo que hacía por los pacientes. Volviendo la mirada sobre aquellos tiempos, me doy cuenta cuán profundamente ha cambiado la medicina desde entonces. El tratamiento médico en esos días sólo era un poco mejor que aquel ejemplificado en el cuento francés en el cual el doctor ordenaba: "Hoy vamos a sangrar a todos los que se encuentran del lado izquierdo de la sala y vamos a dar un purgante a todos los que se encuentran del lado derecho‘‘. Cuando practicaba la medicina, podíamos hacer muy poco por nuestros pacientes, a excepción de la cirugía, digital y otros pocos remedios activos. Los antibióticos, drogas psicoactivas y todos los agentes terapéuticos nuevos eran desconocidos. No era por lo tanto extraño que, en 1932, un joven médico como yo, tratara de unir esfuerzos con aquellos que querían adelantar el conocimiento médico. El laboratorio de investigaciones más activo en la ciudad era el Instituto de Fisiología de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, dirigido por el doctor Bernardo A. Houssay, profesor de fisiología. En su trabajo sobre el rol de la glándula pituitaria en el metabolismo de los hidratos de carbono, hizo descubrimientos muy novedosos por los cuales le fue otorgado, junto a Carl y Gerty Cori, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1947.

Mi iniciación en la bioquímica
Después de haber terminado mi tesis, Houssay me aconsejó que trabajara un tiempo en el exterior. Habiendo consultado con Venancio Deulofeu, profesor de bioquímica, y el doctor Romano de Meio, decidí que un buen lugar sería el Laboratorio de Bioquímica de la Universidad de Cambridge, dirigido por Sir Frederick Gowland Hopkins, quien había recibido el Premio Nobel en 1929, junto con Eijkman por el "descubrimiento de las vitaminas, estimulantes del crecimiento". Cambridge se encontraba entonces en la cumbre de su gloria, con Rutherford, Dirac y otros gigantes científicos en el departamento de física. La bioquímica también era excelente con Hopkins, padre de la bioquímica inglesa, al frente del laboratorio de bioquímica y David Keilin, descubridor de los citocromos, en el departamento de parasitología. Llegué a Cambridge sediento de saber y comencé a trabajar inmediatamente bajo la dirección de Malcolm Dixon en el efecto del cianuro y pirofosfato sobre la succínico dehidrogenasa. Después trabajé con Norman L. Edson en cetogénesis usando trozos de hígado. Edson había estado trabajando con Hans Krebs, a quien admiraba mucho. Cuando Edson regresó a su país natal, Nueva Zelandia, trabajé con David E. Green en la purificación y propiedades del Beta-hidroxibutirato dehidrogenasa. La atmósfera en el laboratorio bioquímico era muy estimulante debido a la cantidad de personas con talento, tales como Marjorie Stephenson, una de las pioneras en la bioquímica bacteriana; Norman Pirie, que cristalizó el virus del mosaico del tabaco; Robin Hill, bien conocido por su trabajo en fotosíntesis (el efecto Hill); Joseph Needham, que comenzó la embriología química y terminó como un orientalista; Dorothy Moyle Needham, una experta en química muscular, y muchos otros. Fue durante mi estadía en Cambridge cuando empecé seriamente con la investigación bioquímica.

Calidad de mis primeros compañeros de equipo
Después de mi año en Cambridge, regresé al Instituto de Fisiología en Buenos Aires donde me asocié con el doctor Juan M. Muñoz. Nunca disfruté trabajando solo por eso me agradó poder investigar con él. Tenía una personalidad original y era graduado en medicina y en química. No satisfecho con estos títulos, obtuvo también el de odontólogo. En realidad no hizo esto sólo para aumentar sus conocimientos, sino, lo que era más importante, para ser profesor de fisiología en la Facultad de Odontología. Muñoz había estado midiendo etanol y tenía un método confiable utilizando un hermoso y pequeño aparato de destilación. Por lo tanto decidimos trabajar en el metabolismo del etanol, lo que nos llevó a obtener interesantes resultados que fueron publicados en el Biochemical Journal.
Luego de nuestra aventura alcohólica, empleamos el mismo aparato de destilación para la medida de los ácidos grasos volátiles, y en este campo también tuvimos un pequeño éxito.

Días de confusión y preocupación
Nuestro trabajo en el Instituto de Fisiología fue interrumpido en 1943 debido a hechos inesperados y desagradables. Houssay nunca se mezclaba en política, pero había firmado una carta, aparentemente inocente, que apareció en los periódicos con la firma de muchas de las personas más importantes del país. La carta pedía "normalización constitucional, democracia efectiva y solidaridad americana". El gobierno reaccionó en forma inesperada y desproporcionada y decretó el despido de todos los firmantes que ocuparan posiciones en instituciones estatales. Muchos de los mejores profesores perdieron sus puestos. Houssay quedó cesante. La mayoría de los miembros del Instituto de Fisiología renunciaron en protesta y se dispersaron. Siguieron días de confusión y preocupación.

Al frente de la Fundación Campomar
Después de mi estadía en Estados Unidos regresé al Instituto de Fisiología, Houssay había sido restablecido en su puesto y trataba de armar nuevamente el Instituto. Durante algún tiempo trabajé por mi cuenta e intenté iniciar un pequeño equipo de investigación. En 1946 me enteré que Jaime Campomar, uno de los dueños de una importante industria textil, había consultado con Houssay sobre la posibilidad de financiar un instituto de investigación bioquímica. Sospecho que había pocos candidatos para ocupar el cargo de director del nuevo instituto y por eso Houssay propuso mi nombre, aunque creo que no estaba muy convencido de que yo pudiera tener éxito en la empresa.

Comienza la ayuda local
No tuvimos ayuda local hasta la creación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), durante el gobierno de Aramburu. Intervinieron en los trámites iniciales y en la redacción del estatuto Braun Menéndez, Deulofeu, Houssay y Abel Sánchez Diaz, presidente de la Academia de Ciencias Exactas. El primer directorio incluía a algunos de los mejores investigadores del país y también me incluía a mí. Cuando el presidente Aramburu nos puso en posesión del cargo, dijo que creía que todos los gobiernos apoyarían al Consejo. Esto resultó cierto con algunas limitaciones. En la primera reunión tuvimos que elegir presidente. Deulofeu propuso a Houssay que tenía larga experiencia. El doctor González Bonorino propuso a Rolando García. La mayoría votó a Houssay que fue 12 años presidente del Consejo. Durante este periodo se realizó una obra muy importante que hubiera sido aún más trascendente si la hubiera acompañado un correspondiente desarrollo agrícola-industrial.

Por qué me dediqué a la investigación
Han pasado unos 50 años desde que me dediqué a la investigación. He presenciado el maravilloso desarrollo de la bioquímica y el haber contribuido a él, aunque en forma modesta, es para mí un motivo de placer. No sé cómo ocurrió que seguí una carrera científica. No era una tradición familiar ya que mis padres y hermanos estaban principalmente interesados en las actividades rurales. Mi padre se graduó como abogado pero no ejerció la profesión. En nuestra casa siempre hubo muchos libros de los más variados temas y tuve la oportunidad de adquirir información sobre los fenómenos naturales. Supongo que el factor más importante en la determinación de mi futuro fue el recibir un grupo de genes que dieron las habilidades negativas y positivas requeridas.

Perspectivas futuras
La investigación en bioquímica ha sido para mí una experiencia fascinante. Tuve la suerte de trabajar en la época en que esta especialidad científica tuvo un desarrollo espectacular. Poco a poco se fue conociendo cada vez mejor la composición química de los seres vivos. Luego se fue averiguando como se van transformando las substancias químicas que forman las células. Se pudo conocer el mecanismo químico de formación de las proteínas, de las grasas y de los hidratos de carbono. Los trabajos de nuestro laboratorio ayudaron a aclarar el mecanismo de biosíntesis de los oligo y polisacáridos. Esto fue gracias al descubrimiento de los nucleótidos-azúcares que actúan como dadores de las unidades de monosacárido.


El que eligió quedarse

El 2 de diciembre de 1987 se produce el fallecimiento de Leloir. Con su muerte, el Instituto perdió a su miembro más importante, pero, a pesar de ello, el trabajo continuó, alentado por el excepcional ejemplo que dejó quien lo dirigiera durante cuarenta años.
El primer tema de investigación fue la formación de galactosa en la glándula mamaria. La idea original fue que en ese tejido la glucosa debía ser un precursor de la galactosa. Trabajando con levadura cultivada en presencia de galactosa como sistema modelo, el doctor Leloir y sus colaboradores pudieron en poco tiempo aislar dos nuevas coenzimas. La primera de ellas resultó ser glucosa 1,6 difosfato, que actúa como coenzima de una importante etapa de la glicólisis catalizada por la fosfoglucomutasa. Este descubrimiento permitió que el grupo de la Fundación Campomar (hoy Fundación Instituto Leloir) comenzara a ser internacionalmente conocido, y que en momentos de dificultad económica obtuviera subsidios de la Fundación Rockefeller y del Instituto Nacional de la Salud de los Estados Unidos (NIH), algunos de los cuales fueron renovados muchas veces por más de veinte años.
La otra coenzima que encontraron, lábil al calor, fue más importante aún porque descubrieron una familia de compuestos: los nucleótidos-azúcares. En relativamente poco tiempo también pudieron aclarar sus estructuras. El primer representante del grupo de nucleótido-azúcares fue la uridina difosfato glucosa (UDPG). Todos estos compuestos permitieron aclarar muchos caminos metabólicos desconocidos hasta entonces. Estos descubrimientos, como todos los trabajos posteriores en este tema hicieron que Leloir recibiera en 1970 la distinción internacional más importante para un científico: el premio Nobel de Química concedido por la Academia de Ciencias de Suecia.
En 1970, cuando la Academia de Suecia le otorgó el Nobel, Leloir acababa de descubrir la función de otro grupo muy importante de compuestos, los intermediarios lípido-azúcares, que habían sido recientemente descriptos en bacterias. Estos trabajos de Leloir y colaboradores permitieron aclarar la biosíntesis de glicoproteínas.
El doctor Leloir recibió fuertes ofrecimientos de la Fundación Rockefeller y del Massachusetts General Hospital para emigrar a los Estados Unidos. Pero él, como su maestro Houssay, prefirió quedarse y continuar trabajando aquí, al sur del mundo. En esa escuálida silla atada con sisal.

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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