León rima con corazón. Y no es casualidad: León Gieco encarna un caso asombroso en esta Argentina: porque no enarbola una cosa y hace otra; porque trata porfiadamente de ser como lo que canta.
A diferencia de tantos declamadores y discurseros, de tantos redentores módicos, para él, del dicho al hecho no hay un gran trecho: hay un puente que construye incesantemente, a veces con desesperación, a veces llegando hasta esa especie de infarto del alma que los médicos denominan ataque de pánico. Las dos siguientes conversaciones sucedieron en 1995 y en 1997.
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Año 1995, octubre
Había una vez. Había una vez un pibe demasiado apurado por hacerse hombre. En mitad de cierta noche el pibe se desveló. Calor, mosquitos, el ronquido de su padre, la resignada respiración de su madre, todos allí, durmiendo en la misma pieza, porque casa de pobres... Desvelado como estaba, recordó que faltaban sólo dos días para la Navidad. Pensó en el regalo que iba a recibir: Seguro que va a ser una camiseta o si no un par de medias. Casi en voz alta el pibe decidió hacerse él mismo un regalo: el juego del Estanciero. Temprano, al otro día sacó la plata que había ahorrado en su latita de siempre y se fue corriendo a la única juguetería (también librería y mercería) del pueblo. Mientras le envolvían la caja del Estanciero miró de reojo una guitarra. Y más hizo: la rozó con sus dedos. Con el regalo disimulado entre diarios volvió a su casa saltando la medianera del fondo, y lo deslizó debajo de su cama.
Todo llega y también la esperada Noche Buena. Y con ella los cohetes, las cañitas voladoras, la sidra, los abrazos, el regalo previsible (una camiseta para el próximo invierno). Aprovechando el barullo, el pibe fue a su pieza, la única de su casa, sacó su regalo de abajo de la cama y salió corriendo a mostrárselo al vecindario: ¡Miren, miren lo que me regalaron mis viejos! Esa noche el pibe no durmió. Demasiada felicidad; el pecho le resultaba chico para su corazón galopante.
–León, ¿cuántos años tenías cuando te hiciste el regalo?
–Ocho. O siete. Para entonces ya hacía un año que tenía dos trabajos: de seis a diez de la mañana repartía carne. Usaba una bicicleta de ésas con el canasto adelante. ¡Cómo me costaba pilotearla los días de lluvia! El otro trabajo era hacerle los mandados y diligencias a una señora que estaba imposibilitada.
–¿Por qué tanto trabajo siendo tan tiernito?
–Más que por la pobreza, por las peleas terribles entre mis viejos. Discutían por la plata, por las deudas... A mi viejo le gustaba chupar, timbear, faltaba mucho de la casa y eso era una pesadilla. Yo escuchaba, sufría y me tomé el compromiso de trabajar para ayudar a pagar las cuentas que debía mi vieja en el almacén y mi viejo en la estación de servicio. Ellos se peleaban pero conmigo eran cariñosos. Si mi viejo me reprendía por alguna cagada que me mandaba, mi vieja le decía: "No le digás más nada porque él trae más plata que vos a la casa". Esto por un lado me enorgullecía y por otro lado me daba una tristeza así, total, cómo explicarte.
–Te estás estrujando el pecho de la campera.
–Pero ojo, que también para mi viejo fueron muy duras las cosas. Te cuento: mis abuelos vinieron a Santa Fe desde el norte de Italia, el Piemonte. Mi abuelo era de los que tenían más hijos para alzar cada vez más cosechas. Mi viejo un día se hartó y nos fuimos a Cañada Rosquín. Allí pintaba casas, tenía un autito que lo hacía trabajar de taxi, y cantaba. Muy bien cantaba. De aquellos años yo recuerdo los carneos: duraban semanas, venían familiares de lejos, hacían carpas, dormían como podían y sonaba el acordeón y el redoblante. Los abuelos del pueblo se juntaban para cantar canzonetas italianas. Mi viejo se hizo cantante de la orquesta "Los provincianos". Tenían dos repertorios: con ropas sueltas tocaban rumbas, cosas tropicales, y con traje cantaban tangos. El del acordeón pasaba al bandoneón, el del saxo pasaba al violín y así.
–Saliste a tu viejo: vas desde el folklore al rock.
–Pero claro. Todavía no lo había analizado así. Crecí escuchando tangos, pasodobles, folklore, canciones como "Si Adelita se fuera con otro". Hablando de diversidad el caso es que yo a los doce años formé un grupo de música folklórica y otro de rock. Con uno tocábamos a Los Beatles y los Rolling Stones y con el otro tocábamos a Los fronterizos. Me gustaba la música y listo.
((El pibe demasiado apurado por ser hombre, pasado un tiempo volvió al lugar donde se había comprado el Estanciero. La guitarra seguía en su sitio. Sin consultarle a sus padres le dijo al dueño del negocio: "Quiero comprarme esa guitarra, ¿cuánto vale?" El hombre le dijo el precio y "te la pueden pagar en varias cuotas". El pibe ya tenía la plata en su puño alzado para la primera cuota. El hombre lo frenó: "Necesito la conformidad de tus padres". El pibe salió corriendo, le contó al padre, el padre vino, habló con el comerciante y éste finalmente aceptó; confió en que el chico pagaría con sus suelditos. El pibe volvió a su casa con la guitarra y en el patio empezó a sacar las primeras canciones, "Zamba de mi esperanza" y una que empezaba "blanca y radiante va la novia..."))
–¿Cuántos años tenías, León, cuando te compraste la guitarra?
–Ocho. Pero la tenía clara.
–¿Ibas a la escuela?
–Me gustaba ir porque era un colegio mixto. Bueno, tenía un cierto éxito con las chicas ya en la primaria. Yo iba y me mostraba sin pasarme del límite. En las horas libres tocaba la guitarra. Eso era muy grande para mí: atraía a un poquito de gente.
–Llama la atención la precocidad en varios aspectos de tu vida.
–Sí, inclusive fui precoz en el asunto del sexo. Cosa que no le recomiendo a nadie.
–¿Por qué?, si el sexo es bueno para la piel y el corazón, dicen...
–Ahora, viendo a mis hijas, Liza y Joana, me doy cuenta que hay una edad biológica para todo. Yo fui precoz porque realmente me sentí hombre mucho antes de lo que tenía que serlo. Tuve necesidad de independencia y de ser responsable antes de los 10... Además, por problemas económicos yo dormía en la misma habitación que mis viejos... y bueno, escuchaba todo y entonces también fui precoz con el sexo, cosa que, repito, no le aconsejo a nadie. A mí no me halaga haber sido precoz. Me perdí de vivir la infancia. Yo fui un tipo grande desde que nací.
–Hasta podría decirse que fuiste padre en tu niñez.
–Pero seguro: a los 8 años era como el papá de mis viejos. Yo gozaba cuando cobraba mi sueldo en la carnicería. Directamente me iba a la despensera y le preguntaba: "¿Cuánto debe mi mamá?" Y agarraba el cuadernito, veía los números en fila y le decía "bueno, señora, tache ése, ése, ése, ése y ése. ¿Cuánto es todo?" "Son 50 pesos." "Tome 50 pesos." Y era una tranquilidad para mí. Y ni siquiera iba a decírselo a mi mamá.
–Con el cigarrillo, ¿cuándo empezaste?
–También a los 8. Recuerdo mi primera vez. Había un tipo de 18 años que también repartía carne. Yo lo imitaba en todo: apoyaba la bicicleta como él, iba al bar como él y decía como él: "Reguetti: café con leche, galletas exprés, manteca y dulce". Me lo tomaba y después decía "chau Reguetti". Bueno, al tipo ése yo lo admiraba por su manera de fumar: largaba una bocanada, el humo se quedaba como detenido, lo absorbía de vuelta y demoraba en largarlo otra vez. El tipo siempre tiraba el cigarrillo por la mitad. Un día, sin que nadie me viera, agarré el medio cigarrillo y me lo llevé a casa. Terminé de almorzar y me fui a dormir la siesta. Para prender mi primer cigarrillo me acosté en la cama de mi viejo. Con toda lentitud lo encendí, entonces entró mi viejo, yo escondí el cigarrillo debajo de la cama, pero el humo salía. Mi viejo me dijo: "¿Qué, estás fumando?" "Sí." "Cómo vas a fumar a tu edad; no quiero que fumés, te va a hacer muy mal." Yo apagué el cigarrillo. Pero a partir de ahí seguí fumando. Fumaba y tenía novias.
–También pluralista con las mujeres.
–Mis novias concretas empezaron a aparecer recién cuando tenía 11 años, en el colegio. Me acuerdo de todas. La verdad es que tuve muchas novias y problemas porque solía tener hasta tres a la vez. Hay que ser tonto para tener tres novias en un pueblo. Tampoco se lo recomiendo a nadie.
–Y esto de ser musiquero y caminante, ¿cómo se te fue dando?
–A los 14 años, desde la escuela me mandaron a Bolivia, a través del Rotary Club, a dar una charla. Tres días a Santa Cruz de la Sierra. El viaje era larguísimo, me fui con un libro de geografía y diapositivas de distintas provincias. Allá les pareció linda la charla y entonces las seguí dando por todo Bolivia.
–En aquello estaba la semilla de tu travesía de Ushuaia a la Quiaca.
–Sí, allí estaba mi gusto por andar, por conocer, por estar con la gente, por compartir la cama o la comida que venga... Antes de eso ya me prendía haciendo dedo con los camioneros del pueblo. A los 11 años me hice amigo de un camionero macanudo que viajaba siempre al Chaco. Parábamos en los bolichones a tocar la guitarra y nos daban la comida gratis. El tipo me tenía como un arlequín y lo más lindo es que me trataba de igual a igual en todo.
–Las largas rutas incluyen sus códigos para el sexo.
–Claro, el tipo tenía relaciones con prostitutas. Justamente en uno de esos viajes, a los 12 años, yo tuve mi primera relación con una prostituta en un lugar que se llama El Triángulo; allí paran todos los camioneros. La prostituta que me tocó era chica, porque mi amigo había pedido algo adecuado para mí. Me acuerdo que vino una chica chiquita, yo me enamoré perdidamente de ella y al día siguiente la estuve buscando como loco. No la encontré más. Tampoco esto lo recomiendo y no por cuestiones de moral, sino porque es señal que uno se está perdiendo la infancia. Todo esto después, de grande, te trae problemas.
–Si se puede saber, ¿qué problemas?
–Todo se puede saber, para qué andar simulando. Yo he tenido problemas de depresión, problemas de identidad... Mi viejo era alcohólico y yo después tuve problemas con el alcohol. Hasta que dejé todo eso. Pero he vivido cosas pesadas, muy pesadas... A mí me cuesta mucho parar en un sitio.
–Lo estoy viendo, León: parece que esa silla te quema, es como si tuvieras un millón de hormigas en la sangre; dos por tres te pellizcás los brazos, los codos.
–No hay caso, siempre tengo que estar andando, curtirme e irme, curtirme e irme. Cuando estoy dos fines de semana seguidos en casa ya entro en la depresión, me tiro en la cama, como mucho, me empiezo a abandonar, no hago nada. La que es totalmente distinta es Alicia, mi mujer. Ella tiene toda la energía quedándose en el mismo lugar; yo no, yo me derrumbo, me hago pelota y recién me curo cuando ando por los caminos.
–Tu rutina es romper todo el tiempo la rutina.
–Sí, tenemos un ómnibus, en total somos dieciocho personas y vamos de pueblo en pueblo. ¡Eso es vida! Comer cualquier cosa, dormir en cualquier sitio. Nuestra consigna es arrasar cada pueblo. Arrasarlo significa todo lo contrario de estar en un hotel, encerrados, esperando para actuar y levantar la guita. Nada de eso, nosotros vamos a la radio y empezamos a entrevistar a los músicos, a los personajes de cada pueblo: los sacamos a relucir, para que se expresen.
–Realmente, ¿no te importa la guita?
–No. Me importa tener para vivir. Yo sé que hay miles, millones de personas que no pueden ir al teatro Ópera. Y bueno, si la villa no viene a mí yo voy a la villa. Y si por ahí sacamos buenos pesos en una provincia que los tiene, como Mendoza, hacemos la de Robin Hood: vamos y actuamos donde la miseria y el dolor castigan, por ejemplo en Tilcara, dándole fondos al hospital Salvador Maza.
–Estás hablando de donaciones.
–Ponele el nombre que te guste. Hacemos lo que tenemos que hacer. Me viene a la cabeza, entre tantas, una actuación en un lugar que se llama San Roque, donde tienen a unos setenta chicos discapacitados, algunos en estado de semisalvación... Allí encontramos a un chico que se llama Panchito, no Panchito no, Pancho, porque no le gusta que lo llamen Panchito. Tenía 16 años. Sin piernas sin brazos. Viéndome actuar descubrió que puede tocar la armónica con atril. Bueno, Pancho tiempo después me acompañó a Rosario y lo pusimos arriba de una silla y tocó y se cantó "Sólo le pido a Dios" y pasó a ser el Rey Pancho. Y bueno, esto es lo que hacemos. Nada del otro mundo: ya lo hacía en su época ese gran político, ese repartidor de amor llamado Cristo.
((Aquel León, el pibe, ya ha atravesado la adolescencia y se ha salvado de la colimba; ya ha fundado en su pueblo el grupo de folklore "Los nocheros" y otro de rock, "Los moscos". Duda entre irse a Buenos Aires o Rosario, donde está una novia que le prendió fuerte. El padre le aconseja: "Andá a Buenos Aires. En Buenos Aires está la plata. Andá y probá. No hay peor cosa que no probar. Pero una cosa: no cometás ningún error, no vayás a robar. Cuando te falte la guita vos te tomás un tren y te venís otra vez acá, juntás plata de nuevo y volvés a intentarlo". Se decide por Buenos Aires. Guitarra, valija y un amigo. Es marzo del '69. El tren entra despacio en Retiro. Las siete de la mañana, el día está muy gris. León, al que todavía lo llamaban en su pueblo Raúl o Luli, se estremece, ve que los rascacielos penetran en las nubes; nunca imaginó algo así, está asustado.))
–León, ¿tanto te impresionó Buenos Aires?
–Se juntó todo. Ese día estaba cerrado por la niebla, entonces los edificios, los rascacielos se perdían en ella. Yo confundí neblina con nubes.
–¿Y después?
–Preguntamos donde quedaba el Colegio Nacional Buenos Aires, la zona de Bolívar y Defensa, porque nos habían dado el dato de pensiones muy baratas. Y yendo al lugar conocimos de una a la Casa Rosada, la Plaza de Mayo, el Cabildo que siempre veíamos en el Billiken. Me pareció chiquísimo el Cabildo. Al otro día hasta conocimos el Obelisco, cosas que esperábamos ver en meses. Estaba realmente asombrado.
–¿Y después?
–A buscar trabajo, a compartir un plato de fideos dividido en dos y un pote de dulce de leche en el bar "Facundo". Fueron meses duros, pero no me volví. Cadete, telegrafista... Conseguía trabajo diciendo mi única mentira: "Soy una buena persona, soy cumplidor, trabajo desde los 7 años, vine a laburar a Buenos Aires porque tengo que ayudar a mis padres que están enfermos". Bueno, hasta que me dan un empleo. Hay ahí una secretaria, divina, que me enseña. Trabajo, leo la revista "Pelo", me entero que la gente de "Arco Iris" da clases. Conozco a Gustavo Santaolalla, me dice "Bueno, ¿qué querés?" Le respondo que yo canto, toco la viola y compongo canciones. "Ah, ¿con que componés canciones? Cantame alguna". Yo canto, sobre el pucho. Gustavo me dice "Pero escuchame, son canciones maravillosas. Vamos a trabajar, yo te puedo producir el disco". Así arranqué, saqué mi primer disco, la revista "Pelo" me hace una nota y después, bueno, lo que ya se sabe.
–¿Siempre tuviste tan claro el rumbo?
–Te cuento una: en segundo año de secundario la profesora de geografía nos preguntó qué íbamos a estudiar. Yo respondí: "Voy a ser un cantante famoso en Buenos Aires". Recibí muchas cargadas. La que más me cargó fue Mecha Bosio. Yo le dije "mirá, Mecha, cuando vuelva a Cañada voy a ser famoso y te voy a encontrar a vos gorda y con cuatro hijos y llorando de emoción". En el '78 volví a Cañada estrenando los micrófonos inalámbricos. En mitad del recital había una especie de juego con las luces. Aproveché para salir del escenario, pasé por la cocina del club, atravesé la habitación en donde dormía con mis viejos, entré por el costado de la platea y me paré cantando frente a Mecha. Mecha estaba allí, gorda y llorando...
–... y con cuatro hijos.
–No. La pifié. Con tres.
–Hablando de hijos, ¿cómo viviste el nacimiento de tu primera hija?
–Lo viví y lo compartí. Con Alicia hicimos juntos el curso de parto. Cuando llegó el momento yo estaba ahí, con un grabador y música de Crimson, Crosby. Taylor, Stills y Bob Dylan. Justamente cuando se asomaba mi hija estaba sonando Dylan con "Si la ves dile hola". Yo corté el cordón, bañé a Liza y viví así el momento más fuerte de mi vida.
–Sos un transgresor raro, León.
–Soy un transgresor esclarecido políticamente. Me comporto bien, no rompo cosas, si me enojo con vos no agarro y tiro tu grabador por la ventana. Siempre he hecho buena letra. Pero siendo coherente. Lo que canto en el escenario lo hago en la vida. Ahora me preparo para cantar en el teatro Coliseo, con "Desenchufado" y otras canciones. Y lo haré con todo. Pero después iré a donde están los que se codean con el hambre.
–León, caminándola, ¿podés decir cuántas Argentina hay al promediar esta última década del siglo 20?
–Yo creo que se ven dos Argentina a nivel político, pero no a nivel estético o ético. Por un lado está la Capital Federal y por otro el interior. El interior tiene que girar toda la plata a Buenos Aires, para que Buenos Aires la gire a Estados Unidos.
–¿Sigue funcionando aquello de La cabeza de Goliat, de Martínez Estrada?
–Más que nunca. Yo creí que Menem iba a ser diferente porque es del interior, sin embargo fue peor, todo se volvió más capitalino que nunca. Es más, hasta la Capital Federal se ha achicado. El famoso primer mundo está dibujado en el centro y nada más.
–Al final, ¿cuántas Argentina divisás?
–Yo en el tema Salieris puse unos porcentajes. Dije: "el uno por ciento quiere esto torcer". Ese uno por ciento es el que se pronuncia por los derechos humanos, por la Marcha Federal. El gobierno dijo, cuando el indulto, que no gobernaba para los trescientos mil que habían manifestado en la calle. Pero se equivocó fiero, en caso de plebiscito esos trescientos mil se hubieran traducido en un ochenta y cinco por ciento. Sigo con las Argentina de este año 1995: el nueve por ciento tiene el poder. Después hay un cincuenta por ciento que come y un cuarenta que vive recagándose de hambre. Yo camino y miro y soy como una filmadora.
–¿Qué más guarda esa filmadora?
–Analfabetismo, hambre. Los que comen no tienen ninguna caridad: "Come mi familia, la de al lado me importa un carajo". En las villas viven debajo de la tierra. En otros tiempos al menos se ayudaban entre sí, ahora se matan entre ellos. Se acabó la vecindad. Hay gente que ya no tiene ni tiempo de tener sentimientos, otros no los encuentran, otros confunden sentimientos con ganas de consumir.
–¿Las canciones sirven para algo?
–Sirven, pero las canciones que sirven se difunden con cuentagotas. Se difunde la filosofía del pasarla bien y lo pasado pisado.
–Entre los artistas, cantantes, suelen haber muchos que están muy lejos de parecerse a lo que enarbolan.
–Sí, conozco gente así. Conozco excelentes escritores que le pegan a la mujer. Cantantes que nada ver con lo que cantan. Pero no importa, hay que luchar, siempre luchar. La Argentina es un reflejo de lo que pasa en el mundo, pero a mí me toca vivir aquí y ahora y esta vida es única, y quiero hacer lo que tengo que hacer. No busco ser un capitalista de la música, soy un tipo que anda y anda tratando de divertir a la gente. Por ahí, si alguno se esclarece un poquito con una canción, mejor.
Año 1997, noviembre
León Gieco hace un par de meses tuvo un ataque de pánico, de miedo tremens, que lo dejó psicológicamente en la lona. Sintió que en él y afuera de él la vida se apagaba. Ya saliendo del inquietante pozo, hoy estamos conversando. Pero si queremos saber por qué en 1997 le pasó lo que le pasó, conviene recordar y prestarles atención a episodios de su niñez tan fascinante y tan dura. Me recibe con el entusiasmo de un adolescente, a propósito de la salida de "Ojo con los Orozco".
–¿Te imaginás a tu viejo cantando los Orozco?
–A ver...dejame escucharlo adentro de mi cráneo: ... "nosotros no somos como los Orozco. Yo los conozco, son ocho los monos: Pocho, Toto, Cholo, Tom, Moncho, Rodolfo, Otto, Pololo. Yo pongo los votos sólo por Rodolfo. Los otros son locos. Yo los conozco. No los soporto. Stop. Stop". La verdad es que tal vez mi viejo se hubiera animado: si cantaba tangos y rumbas por ahí se animaba a esto.
–Contame de tus recientes ataques de pánico, esa especie de infarto del alma.
–Duro lo que dijiste: infarto del alma. Metiste tu dedito en la llaga... Al ataque de pánico se llega por darle pelota a todo, por olvidarse de estar con uno. Fue así: sentí un mareo, una fea sensación en el estómago, ganas de vomitar. Por unos segundos perdés el conocimiento. Alerta.
–¿Algo así como una especie de apagón por adentro que también apaga a lo de afuera?
–Eso: un apagón de dos, de tres segundos. Pero segundos eternos. Sentís que se te apaga la vida... A continuación te agarra una fuerte, una insoportable sensación de miedo. Miedo de desmayarte. Miedo de morirte. Pensás, por ejemplo: "Si me desmayo acá, ahora, mirá el problema que le traigo a este man que está conmigo". Lo normal sería pensar así: si me desmayo, este tipo, vos, llamás a la ambulancia. Les decís que vengan a buscar a un mono que se desmayó. Y listo. Pero mirá vos hasta dónde llega mi culpa.
–Te sentís comprometido hasta con tu ausencia.
–Eso. A mí el ataque me agarró en los Estados Unidos: yo venía con un problema de abstinencia, dejando cosas, cigarrillos, alcohol y todas las basuras que te podés imaginar. Acordate, venía fumando desde los 8 años yo. Todo eso de lo que me abstenía lo reemplazaba corriendo, hasta me olvidaba de comer. Cuando me fui a grabar a los Estados Unidos allí vino el apagón. Miedo terrible. Hasta que el médico me explicó que nadie se muere ni se vuelve loco por esto. Pero puede durarte cinco años. Y después otros cinco. Ojo. Ojo. ¿Ves? Se me pegó esto de hablar solo con la o. Culpa de los Orozco.
–Ojo loco... Ojo nono... ¡Pronto! ¡Socorro!
–¿Viste que tentador es jugar a hablar sólo con la vocal o? Vuelvo a lo del pánico: la cosa es psicológica, como el asma. El fluido del miedo empieza a gobernarte, te agarra de las pestañas, se mete debajo de las uñas, hasta lo sentís en el sabor de la saliva.
–Antes de esto, ¿eras particularmente miedoso?
–Yo antes creía que no le tenía miedo a nada. Después descubrí que tenía una punta de miedos, pero muy escondidos. Me di cuenta que la vida puede durar setenta años y la muerte se las arregla para arrancarte en un día, en un minuto.
–Curioso que antes no tuvieras miedo.
–En realidad sí tuve miedos en la dictadura militar: estuve en tres cárceles, hasta escuché cómo torturaban en otra habitación. Pero esos miedos, como te digo, estaban escondidos. El resto de mi enfermedad lo conseguí siendo solidario ilimitadamente.
–Explicame cómo la solidaridad puede llevarte a un infarto del alma.
–Siempre trato de ayudar a la gente, no sólo con las canciones, sino participando. Pero dar ilimitadamente se puede convertir en un vicio, en una enfermedad, en una adicción... Llega el momento en que no te basta con hacer cuatro recitales a beneficio por semana. Querés hacer diez... Te piden, te llaman, te desesperás, sentís culpas, ni te dan los tiempos, te enfermás... Quise estar con indígenas, maestros, desocupados, discapacitados, presos, enfermos de sida. Y me fui olvidando de estar conmigo.
–Solidario con los demás, te olvidaste de ser solidario con Gieco.
–Eso. Cada día recibía un rollo con fax y pedidos. Los leía y quería estar en todos lados.
–¿De dónde te viene esa solidaridad que se volvió enfermedad?
–Yo no sé de dónde sale eso. O sí sé: ahora lo estoy viendo: sale del compromiso mío de tener dos laburos a los 7 años. Alguna vez te conté en detalle mi niñez de hombrecito precoz. Mierda, recién ahora me entero de dónde sale esa cosa de dar y dar... Si me decís: "León, vení a mi casa, tengo un regalo para vos", demoro diez días en ir. Si me llamás y me decís: "Me rompí un tobillo, llevame a una clínica", yo en diez minutos estoy en tu casa.
–Tenés clara la cosa: ¿y de ahora en adelante?
–Estoy aprendiendo despacio.
–¿Exactamente aprendiendo qué?
–Que tengo que hacer sólo lo que puedo hacer. Basta de culpas. Estaba pidiendo ser diez tipos, pero soy un solo tipo. Seguiré comprometido, pero sin culpas por no poder dar a basto con cuanto me piden. De ninguna manera me olvidaré del general Camps, ni de los hijos de puta que trabajan para que haya hambre y analfabetismo, ni del hijo de perra (sin ánimo de ofender a los perros) que le cortó los tendones al entrañable Haroldo Conti. Esto está en el profundo centro de mi pecho.
–La de los Orozco, ¿es una canción de protesta?
–Sí. Me salió una especie de ridiculización de la realidad argentina. Al principio los Orozco eran dos: Cholo y Tolo. Después llegaron a ocho.
–Hay un solo Orozco que se salva. Los demás son una mierda de tipos.
–Sí, Rodolfo se salva, porque no es mocoso soplón, como Cholo... porque no es oncólogo jodón... porque no es bochornoso como Cópolo, como Toto... porque no compró todo, zorro, con poco costo, como Otto... porque no es monótono, plomo, glotón con jopo, gordo fofo con olor, como Pololo.
–De modo que entre los ocho Orozco sólo se salva Rodolfo.
–Sí, porque es el único que no es sinvergüenza. Es el artista. Fijate: tocó bongó con Don Johnson, tocó joropo con Tormo, tocó con los Doors, tocó con Fofó, contó con honor, ¡tocó con Bob! ¡tocó con Bob!, tocó "Socorro" con Pol. Y más, te digo: este Orozco, tocó lo mor ostobo sorono, sorono ostobo lo mor. ¡Voto Rodolfo!
–León, luego de esta apoteosis de la o, contame de vos. Pero de vos hoy, nono.
–Así es: en este noviembre cumplí mis 46 años y he sido abuelo por segunda vez.
–¿Nono plomo? ¿Nono tontón? ¿Nono glotón? ¿Nono chocho?
–Esto de ser nono me pesca felicísimo. Con los Orozco pasó algo rarísimo: el tema pegó, pero nadie lo sabe cantar. En cuanto a mi condición de abuelo... yo soy abuelo, pero además tengo a mi abuelo vivo. Soy un abuelo andariego, comprometido hasta el hueso con las cosas dignas y buenas de la vida, consciente de que si en este mundo se están globalizando la enajenación, el consumismo, la frivolidad desatada y obscena, también se están globalizando la huelga de hambre de la carpa docente, y la necesidad de que no queden impunes atrocidades como la de Cabezas, y la tenacidad de las madres, y la conciencia ecológica.
–Se globalizan la conciencia y la inconsciencia, la frivolidad y la solidaridad.
–Eso. Y estamos en la pulseada.
–Si un chico te pide plata en la parada de un semáforo, ¿vos qué hacés?
–No le subo la ventanilla: le doy. Claro, si supiéramos que el problema se arregla no dándoles a los chicos, nadie les daría. Pero no se arregla. Y además, si no le das, cuando llega a la casa el padre lo rompe a trompadas. Yo le doy.
((Pausa. León Gieco debiera hacerse, y pronto, un análisis de sangre. Seguro que le encontrarían glóbulos rojos y blancos, pero algo más también: dicho sin ánimo de metáfora sí, evidentemente este tipo tiene hormigas en el cuerpo: se sienta, se para, va, viene, trae café, prepara un jugo de naranjas, se rasca la cabeza, los codos, se rasca las rodillas...))
–Hace tres años me confesabas problemas que preanunciaban tu ataque de pánico.
–Sí, me acuerdo: vengo de una niñez en donde me la pasé siendo precoz, en la que hasta me di el lujo de ser padre de mis padres. Después, me extravié de mí con esto de ser solidario con los demás. Pero no queda otra que curarse, como vos decís de ese infarto del alma, y seguir haciendo, haciendo.
–¿Nunca bajaste los brazos?
–Muchas veces me he dicho que "Sólo le pido a Dios", al fin de cuentas, después de los desaparecidos y de las Malvinas no sirvió para nada. De todas formas, ciegamente sé que hay que decir la verdad. No hay nada mejor que el poder de la verdad. Vale la pena ser un tipo que no roba.
–¿Cuáles son tus sueños más cercanos?
–Bueno, ando con la idea de ir a la Antártida.
–¿Para?
–Para clavar tres banderas, una, dos y tres, tres banderas que digan: "Muchachos, acá está el agujero de ozono. Paremos la mano porque vamos a morirnos, vamos a irnos a la puta madre que nos reparió". No importa que todo vaya como el diablo: uno se agarra de la esperanza, del amor, de la libertad, de la paz... Fijate, para colmo son palabras hermosas.
–¿Cómo te suena la palabra guerra?
–Es una palabra que ya tiene un ruido desagradable. Guerra es una palabra que está hecha con una garra... guerra garra... garra guerra... Fijate, también la palabra hambre te estruja las tripas, te retuerce el alma por adentro. Unicef nos dice que en esta Argentina de la década del noventa mueren dieciocho mil chicos por año por hambre y enfermedades. Yo no creo en las cifras. Creo en lo que veo. Y veo que las cifras son terriblemente ciertas.
–Pese a todo, tu capacidad de soñar no amaina.
–¿Cómo va a amainar si estoy vivo? No hay que ir muy lejos para empezar a ver cómo, uno a uno, se mueren por no comer y por viejas enfermedades de otros siglos mil, diez mil, veinte mil chicos, cada año. Y eso, aquí a la vuelta de la esquina, eh. Qué sé yo: entregarse me parece peor que suicidarse.
–Las canciones, más allá de nuestra expresión de deseos, ¿servirán para salvarle la vida a la vida?
–Esto va para largo, no nos engañemos. Pero hay que darle y darle. ¿Cómo dejar de cantar, cómo dejar de hacer poesía? Yo siento que la vida es como un boomerang.
–¿En qué consiste ese boomerang?
–En que hay que dar sin calcular en recibir. Cuando das pensando en recibir, no hace falta ni que des. Siempre pienso que puedo desprenderme de todo, pero por favor, que no me maten. Y agrego una frase que estoy afanando de una canción mía: "El amor es tenaz y vuelve a salir, como el sol".
Posdata
¿De cuántos cantores o cantantes, de cuántos escritores, de cuántos artistas, se puede decir que están a la altura de lo que dicen, de lo que enarbolan?
¿De cuántos se puede decir que hacen un esfuerzo, hondo y sostenido, por acortar el trecho que hay entre el dicho y el hecho?
¿Será que la canción, el poema, la editorial son una careta?
¿Será que el dicho es la simulación del hecho?
¿Cuántos minutos de cada día los dedicamos a ser lo que decimos? ¿A tratar de ser lo que parecemos?
Pregunta de lo más pavota: ¿Cómo estaría el mundo, cómo sería la vida en el mundo si entre el dicho y el hecho hubiera, al menos, la preocupación de una reducción del trecho?
¿No será esa la más atrevida, la más corajuda, la más arrojada, la más difícil de las revoluciones?
¿Alguna vez tendremos a bien considerar la posibilidad de hacer esa revolución sencilla de toda sencillez, la de achicar el trecho entre el dicho y el hecho?
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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