Rodolfo Braceli · Desde Buenos Aires

Don Gildo, perdónenos

Diario Jornada | Viernes, 19 de Octubre de 2012 : 10:00

Mendoza está de Feria del Libro. El miércoles 24 de octubre a las 19.30, con mis cuentos, poemas y reflexiones estaré asomándome a los espejos que, creo, mejor espejan la “condición argentina”.

 Muy rápido quiero decirlo: desde lo más hondo de mi ser ese acto se lo dedicaré a don Gildo D´Accurzio, un hombre esencial para la cultura mendocina. Un gran olvidado.
Retomo lo que escribí como elogio furioso: si la avenida San Martín de Mendoza no se llamara así, debiera llamarse Gildo D´Accurzio. Porque D´Accurzio hizo por Mendoza más que una punta de gobernadores juntos. Pero no necesitó morirse para ser olvidado. Lo olvidamos de cuerpo presente.
¿Qué hizo don Gildo? Tenía una imprentita en la calle Buenos Aires al 200 (hoy allí funciona Los Angelitos, sitio donde aletea la música). No escribió ni un solo libro, pero desde el entrañable nido de su imprenta nos escribió a todos. Fue un imprentero panadero. Italiano del norte, adolescente llegó a Mendoza y gestó esa imprenta que fue en realidad una prodigiosa usina editorial. Pero él nunca no quiso llamarse editor: en la contratapa de sus preciosos libros apenas ponía: G. D´Accurzio Impresor. De su taller salieron más de 1500 títulos, y de escritores de todo el país. Cortázar dejó constancia escrita: se enamoró de esa imprenta de la que brotaron libros escritos en inglés, en italiano y en francés. Y también en latín y en griego ¡y hasta en sánscrito! La imprenta sobrevivía haciendo folletería comercial. A los libros los editaba a pura pérdida, a puro olvido, a pura alegría.
Don Gildo tenía voz de tenor y de agricultor hecho a la intemperie. No cobraba, ni le pagaban por los libros que hacía. Ni por milagro. Estaba alumbrado por la solidaridad: tenía una debilidad: mandaba sobres anónimos, con dinero, que su hijo Juan Carlos deslizaba por debajo de las puertas de escritores en estado de calamidad. Este pibe murió a los 14 años. Por mucho tiempo, día y noche, don Gildo dejó abierta, sin llave, la puerta de su casa, esperando que su Juan Carlos volviera.
Pasado el tiempo don Gildo le encontró una coartada a la congoja haciendo un concurso literario en su memoria. El premio era la edición del libro, y la colección se llamaba Clavel del Aire. Ese concurso dio a luz a varios de los escritores máximos del reciente siglo pasado. Pero agobiado por nuestras envidias y mezquindades y miserias don Gildo no tuvo más remedio que terminar con el concurso. En fin.
Mendoza tiene escritores que trascendieron al mundo: Di Benedetto y Tejada Gómez salieron de esa imprentita, en la que también brotaron los libros de Bufano, Ramponi, Vega, Tudela, Calí, Lorenzo, Cirigliano, Solá González, Vázquez, Crimi, Arias, Roig, Draghi Lucero y de tantos que le dieron médula e identidad a Mendoza. Porque Mendoza es mucho más que las viñas y las vinos y el Cerro de La Gloria y las famosas veredas lustradas. Mendoza es sus artistas, sus músicos, sus plásticos, sus escritores, sus poetas.
Yo también nací allí, en esa colosal imprentita de don Gildo. Y debo decirlo con todas las sílabas: si gané premios, si he publicado casi una treintena de libros, si fui traducido al inglés, francés, italiano, coreano, quechua, polaco es porque pude nacer en el pesebre de esa imprentita única. Mi deuda es de las que no se pagan, definitiva. Don Gildo me publicó la segunda edición de mi primer librito, “Pautas eneras”, en 1962.  La primera edición, de la Biblioteca San Martín, fue prohibida por un decreto de uno de los habituales gobiernos de facto, anti constitucionales. Prohibida y quemada en el playón de la Casa de Gobierno. Al enterarse, don Gildo, sin reparar en riesgos y sin importarle que yo fuera un reverendo pendejo desconocido, me ofreció hacer la segunda edición. Y salió a los seis meses, el 24 de diciembre de 1962. Salió aumentada y con un prólogo para keroseneros incendiarios intelectuales. Cuando le fui a hablar de la forma de pago don Gildo me dio la espalda y me dijo: “Dejemos eso para más adelante.” Eso mismo le dijo a Di Benedetto, a Tejada Gómez, a Fernando Lorenzo, a Draghi Lucero. Eso nos dijo a todos los que soñábamos con ser escritores. “Dejemos eso para más adelante”. Es decir, para nunca.
Quiero decirlo en voz alta: hay cientos de escritores (internacionales, galardonados, famosos y no famosos) que le debemos mucho más que dinero a D´Accurzio. Ya anciano don Gildo, madera santa para los clavos literarios, quiso entregar su imprenta, con un precio apenas simbólico, a la Universidad Nacional de Cuyo. Es increíble: no pudo concretar esa especie de gran legado y regalo encubierto. La cifra que la Universidad, entonces superpoblada de derechudos, tenía que “pagarle” a D´Accurzio era el equivalente de lo que facturaba en cinco meses por libros y folletería.
El caso es que la obscena burocracia universitaria, a don Gildo lo agotó. La prodigiosa imprentita, admirada hasta en Europa, fue desgajándose: pasó a la Penitenciaría, al Círculo de Periodistas. Terminó descuartizada. ¿Por qué? Por falta de una política cultural y porque, hay que decirlo, nosotros los escritores, charlatanes y quejosos inocuos de café, no tuvimos la ética de la mínima acción conjunta para salvarla.
Desde siempre así parece ser la cosa: no nos juntamos ni para cobrar un billete de lotería. Obscena realidad. Triste vergüenza. D´Accurzio se murió desolado. Lo recuerdo en la vereda de la calle San Martín, ya anciano, apretando los ojos para que no se le vieran las lágrimas y tapándose los oídos “para no escuchar la tristeza”.
Posdata. San Martín (el general que antes y después de todo se consideraba “ciudadano”), estoy seguro que, amante de los libros como era, a la calle San Martín de Mendoza le cambiaría el nombre: le pondría Avenida Gildo D’Accurzio.
  

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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