Rodolfo Braceli · Desde Buenos Aires

La democracia nos llama

Diario Jornada | Viernes, 5 de Octubre de 2012 : 08:51

Cuando empiezo a escribir esta columna, sucede el mediodía del 3 de octubre del 2012. La Prefectura, la Gendarmería y (cuándo no) la Marina protagonizan un reclamo salarial, cuyo trasfondo huele (hiede) a amotinamiento.

Eso no es todo, como de costumbre, el imperio Clarín muñequea a la justicia para dilatar lo que el Congreso ya votó en relación a la Ley de Medios Audiovisuales. Los magnates de la Libertadura de Expresión, para decirlo como Quevedo, se cagan en el Congreso y su Anexo. 
Eso tampoco es todo: en las últimas horas del miércoles Alfonso Severo partió con su auto para visitar a su hijo en Avellaneda. No llegó. Desapareció del mapa. Severo es un ferroviario que este jueves debía declarar como testigo principalísimo en la causa por el asesinato de Mariano Ferreyra. Lo de Severo pinta como un secuestro semejante al de otro testigo, el albañil Julio López, desaparecido hace seis años. Seis.
Un detalle: las huestes caceroleras, tan sensibles al tema de “esta inseguridad insoportable que no se vio nunca”, permanecen calladitas, activamente indiferentes. En fin.
La amotinada de los uniformados, se ve, excede el reclamo salarial. No todos los que reclaman buscan un golpe destituyente, pero hay muchos por detrás que sí quieren eso. Los elefantes medios de des-comunicación no disimulan su satisfacción por lo que está pasando.
Hago zapping por las radios porteñas. Me encuentro con casos de obscena alegría. En un programa de la tarde, premiado y difundido, su conductor y su columnista estelar, famosos, no pueden ocultar una alegría se parece a la euforia. Cabalgan su programa con el ánimo de quienes acaban de recibir la noticia de que se han sacado la lotería. Se trata de los hacedores de la crítica regocijada; les encanta crear sensación del fin del mundo; quieren abreviar, sin asco, los plazos que marcan las urnas. Ante la posibilidad de apocalipsis institucional no ejercen la crítica preocupada, que es siempre constructiva, ejercen la crítica gozosa. Más que denunciar, celebran los supuestos errores. Hasta no hace mucho criticaban la crispación de los gobernantes. Ahora ellos, sin pudor, fogonean odio. Una suerte de espumita gozosa les asoma y baja por la comisura de los labios.
Pero no todo es zancadilla. En la Cámara de Diputados se reunieron todos los bloques y con saludable velocidad se expidieron a través de una declaración que fue un rotundo llamado de atención a los uniformados. Se insta “a los integrantes de las fuerzas de seguridad y otras a adecuar sus acciones a pautas de funcionamiento democrático y subordinación a las autoridades legalmente constituidas”.
Este reconfortante gesto desde el Congreso tuvo, por otro lado, el apoyo con “rédito político” de Mauricio Macri. Ni en esta emergencia el delfín de la “nueva política” dejó de lado su berretín presidencial. Intentó convertirse en una suerte de mediador. Bordeó el ridículo. ¿Macri jugando a “mediador”? Más le hubiera valido irse a mediar en ese conflicto que tiene más acá de sus narices, con esas 56 escuelas secundarias tomadas.
Volvamos al tema. A propósito de esta rebelión encubierta de los uniformados y a propósito del previsible manipuleo de Clarín para hacerle zancadillas a la legalidad (imponiendo otra "legalidad" instrumentada por la mafia), se ve: vivimos un momento crucial de la pulseada. Es bueno recordarnos que, cuando se está en pulseada, se corren por lo menos dos peligros. Por empezar, el peligro de tentarse a un optimismo pelotudo. El exceso de optimismo suele ser el anuncio de una depresión que va a venir.
El otro peligro es dejarse ganar por un pesimismo desolado.
El caso es que estamos en lo peor (o en lo mejor) de una eterna pulseada. Hoy, aquellos prolijos biencomidos que se quejaban por la "crispación" del gobierno, están enarbolando, sin disimulo, un odio feroz (se llega a desear la muerte de una presidenta elegida por las urnas.)
Hay que decirlo: más que un gobierno, hoy se juega la democracia.
Nuestra democracia, desde 1983, siempre estuvo socavada por la desmemoria y la impaciencia y la voracidad de intereses que últimamente reaccionan con desesperación. Es lógico, les han tocado algo sagrado, la madre del bolsillo.
La pulseada viene de lejos y seguirá larga. No nos queda otra que no aflojar. Ante posibles tropiezos y artimañas legales, tengamos cuidado de no caer en el desánimo. El desánimo, por contagioso, es peor que el bostezo y que el pánico. A inocular desánimo apuntan los elefantes descomunicadores.
A la democracia la tenemos que hacer todos los días. Ella nos reclama un prodigioso insomnio. Durmamos con un ojo abierto y el otro también.
Lejos de los nocivos triunfalismos, tenemos que darnos ánimo las cincuenta horas del día.
Pero es evidente: a veces el pesimismo desolado nos agarra de los güevos y de los ovarios y empezamos a sentir que contra los sumos poderes de las mafias nunca se podrá.
¿Qué hacer cuando nos vienen esos tan contagiosos ramalazos de pesimismo desolado?
Ofrezco este antídoto: cuando estamos al borde de ese abismo sin retorno que es el escepticismo desolado, justamente en ese momento, es imprescindible que contabilicemos todas las conquistas que se han conseguido en estos arduos años. A la mayoría de ellas ¡ni la imaginábamos! Por generaciones nos la pasamos arrinconados en una frase fatal: "Esto no lo veré yo, ni lo verán mis hijos".
Pero el hecho es que hoy por hoy estamos viendo nosotros y están viendo nuestros hijos.
Viendo y viviendo lo que no pensábamos ver ni vivir, por ejemplo, el juicio a los asesinadores violadores de la vida y de la muerte, encima ladrones de criaturas arrancadas desde la placenta.
A la democracia la tenemos que hacer, sin feriados.  Hasta durmiendo con un ojo abierto y el otro también.
Ante sucesos como los de estos días y de los que vendrán a la democracia, que es lo que verdaderamente está en juego, hay que defenderla con el dicho y con el hecho. Si tienen derecho a la calle los caceroleros, también lo tienen los que no cacerolean. En días de intenso sabotaje, como estos, a la democracia no se la defiende en casa, comiendo pizza, mirando tevé, eructando modicamente.
Salgamos del triste rol de ciudadanos digestivos. Saquemos el cuerpo a la calle. ¿Qué cuerpo? Este, nuestro cuerpo.
(((Esta presencia, ojo al piojo, no debe hacerle el juego a la provocación de los prolijos. Ellos están faltos de víctimas. Eso buscan ahora.)))

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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