Rodolfo Braceli · Desde Buenos Aires

Basureros, ¡honra sin par!

Diario Jornada | Jueves, 27 de Setiembre de 2012 : 01:26

Este hombre debe andar en los 65 años, aunque su barba blanca le sume más edad. Saluda todo el tiempo a los vecinos de Coghlan en la Capital Federal.

 Aquí, saludar en la vereda, no se usa. Lo suelo ver indagando los contenedores destinados a los residuos domiciliarios, que algunos llaman basura. Aparta los diarios y revistas y elige restos de comida que, dice mintiendo, le lleva a sus animalitos.
A veces charlamos al paso. Él tiene un voz animosa, matinal, que arranca con un “¡Qué tal, cómo va, querido!”.  La semana pasada me detuve y él sin vueltas me señaló a la panadería del barrio. Me dijo: “Los dueños de este negocio no tienen seso y dudo que tengan corazón. Hace un rato fui y le pregunté al dueño qué hacían con los sanguches y facturas que no vendían. ‘Y… los tiramos a la basura’, me contestó. Le pedí  que los apartaran y yo me los llevaba en una caja. Y me dijo: ‘Yo no tengo nada que ver. Eso es cosa de los muchachos que trabajan en el fondo’. ¿Te das cuenta, querido? ¡Yo no tengo nada que ver! Ese tipo no merece tener semejante negocio. Su respuesta nos está diciendo que él y su mujer no tienen sesos y el corazón se lo dejaron olvidado en la maternidad, cuando nacieron. Cagarlos a patadas sería homenajearlos. Habría que hacerles conocer el hambre por unos días…”
El hombrecito saludador (se me hace que no participó del cacerolazo) no me dijo más, siguió revolviendo el contenedor de “basura” de la cuadra, y al final me señaló una pila de triples de miga, confundidos con los desperdicios. El matrimonio dueño de la panadería mientras tanto bajaba la persiana metálica y cerraba la puerta con tres candados y una cadena. Tres.
Este episodio, menudo, me recordó otros que viví a hace una punta de años, sus protagonistas eran “basureros”. Los recupero ahora. Siempre me pregunto cómo es posible que este, nuestro país, y  que este, nuestro mundo, no hayan desaparecido del mapa y del cosmos.
Mi respuesta es que, si este conato de país aún tiene pulso, es porque aquí se viene sosteniendo una ardua pulseada. De un lado los depredadores, los charlatanes, los entregadores, los frívolos, los farsantes nenes bien de la Nueva Política (vagonetas, conchetos que no saben ni sonarse las narices), los hacedores de banalidad que se codean con las mafias. Del otro lado, los que laburan pese a todo, los que sueñan pese a todo, los que entienden la esperanza como un trabajo. Se trata de los “ejemplos” que están más acá de nuestras narices. Se trata de los hombres y mujeres comunes, mejor dicho, se trata de los primordiales. Los primordiales constituyen una logia y, por ellos, nos desaparecimos del mapa y del cosmos.
Agosto de 1981. Todavía estábamos sumergidos en la pesadilla de una dictadura que torturaba, desaparecía y hasta afanaba criaturas. El paraíso de la “plata dulce” de Martínez de Hoz (tan parecido al de la Convertibilidad) hacía agua por sus cuatro costados. Había entonces sobradas razones para la tristeza y para la vergüenza. Pero no nos podíamos dar el lujo de bajar los brazos. Tal vez por esto reparé en una perdida carta de lector del diario La Capital, de Mar del Plata. Se refería a un mínimo episodio protagonizado por un “basurero” municipal; alguien que sin duda pertenecía a la Logia de los Primordiales. La carta decía en uno de sus párrafos:
“Estaba este hombre, de mediana edad, junto al carrito, propiedad municipal, que le servía para recoger los residuos que se acumulan junto al cordón de la vereda. ¿Y qué hacía él? ¡Repasaba con un trapito, uno por uno –sacándole lustre– a los rayos de una de sus ruedas! Lo hacía con un minucioso fervor sólo comparable al que suelen mostrar algunos fanáticos en sus autos de colección. Y al preguntarle yo, sorprendido, sobre lo que estaba haciendo, me respondió con una sonrisa candorosa: ‘Y… hay que tenerlo limpio.’
“Hay que tenerlo limpio”, dijo aquel basurero. Qué manera de darle sentido y de dignificar su trabajo esencial. Qué manera de encontrarle la vuelta a la alegría. Qué manera de hacerle un agujerito a la cerrada noche de aquellos años obscenos.

El segundo caso fue en los alrededores del año 2000. Otro barrendero. Tuve el colosal privilegio de verlo en la calle Paraná, casi llegando a Corrientes, en plena Capital Federal. De pronto, en el hervidero ciudadano, apareció un barrendero que iba con su enorme escobillón, arrastrando y juntando las mugres del descuido y la negligencia. Hasta ahí, nada del otro mundo. Lo extraordinario era que el largo mango del escobillón, que iba y venía, también lo compartía un chico, de unos cinco años. Se ve que era su hijo. El padre y el hijo, concentrados, barrían rítmicamente. Era el último tramo del día. Estaban alumbrados por un entusiasmo arrasador. El presente y el futuro asidos de ese escobillón.
Yo seguía la escena desde ventana de un café. Un rato después, ya en la vereda, reapareció el barrendero caminando en dirección contraria y con la familia cerca. No la gallina, era el gallo con los pollitos detrás: tres hijos, uno de ellos el mocoso que compartía el escobillón. Después, cerrando el grupo de pibes, la mujer. Los tres chicos iban tomando yogur.
No hay caso, no se me borra la escena del barrendero, con su hijo, barriendo a dúo. Con qué seriedad lo hacían. Con qué profunda alegría y con qué fe rezaban sin rezar y redimían a su trabajo, al trabajo.
Damas y caballeros, los que comemos sin penuria, los que tenemos techo, abrigo, alfabetización, debiéramos prestar atención a estos seres que integran la Logia de los Primordiales. Los primordiales, alumbrados por el entusiasmo, no caen la histeria del miedo ni hacen de la paranoia una ideología o una religión. No caen tampoco en esa otra forma de corrupción que es echarle la culpa de todo al presente, y que es la desesperanza.
Dejémonos de joder, no nos escondamos en la cómoda coartada de que “lo que pasa es que en la clase dirigente no hay ejemplos”. Ejemplos hay, si, con los ojos y el corazón abiertos, miramos más acá de nuestras bendecidas narices.

 

Diario Jornada Mendoza

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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