El jueves 13 de setiembre del año 2012 después de Cristo, por empezar en la gran vidriera de la Plaza de Mayo, hubo una movilización con cacerolas. Uno de los reclamos recurrentes fue la falta de libertad. Qué paradoja.
¿Por qué? Porque ese caudaloso reclamo de decenas de miles de ciudadanos, ni en la Capital Federal ni en ningún sitio del país, tuvo un solo detenido.
Si lo miramos bien, ese cacerolazo, en muchos casos acompañado de estribillos amenazantes e insultadores, fue un elogio a la libertad que sí hay aquí. Libertad que no hay por qué agradecer. Porque, desde luego, nos corresponde.No hay que agradecerla a la libertad, no, pero no estaría mal que la reconociéramos.
Si realmente no hubiese libertad de expresión, si esto fuese una dictadura, si esto encarnara una reedición peor que el nazismo como dice el bélico Aguinis, seguro que las cacerolas que sueñan con el “que se vayan todos” o con el que “se vayan estos” no hubieran salido de sus acogedoras cocinas.
Además, si fuese cierto que no hay libertad para expresarse, semejante multitud insultadora hubiese sido reprimida con gases, con tanques hidrantes, con gases lacrimógenos, con bastonazos, con balas de goma y de plomo. Si no hubiese la libertad tan reclamada, a esta hora habrían, tras ese cacerolazo, cientos y cientos y cientos de detenidos y heridos y, ya que estamos, algunos muertos.
Pero lo maravilloso del caso es que no hubo un solo detenido, ni un solo herido, ni una sola bala de goma o de plomo.
En concreto, esta copiosa manifestación muestra y demuestra que la reclamada libertad aquí existe. Aunque, como en este caso, se la use más para expresar odio que expresar reclamo.
Muestra y demuestra que los enervados reclamadores no son demasiado propensos a ejercitar lo que tanto reclaman: respeto por el que piensa diferente.
Muestra y demuestra, además, que la crispación que tanto y tanto se criticó desde la triste oposición y desde los elefantes medios de des-comunicación, ha sido reemplazada, desde ellos, por un odio que no disimulan. Una buena parte de nuestra sociedad padece de impaciencia reaccionaria.
Memoremos: la misma impaciencia reaccionaria que acosó, por ejemplo, al gobierno democrático de Raúl Alfonsín, aparece por estos días, también fogoneada por los medios des-comunicadores. Y se traduce en mucho más que “ánimo destituyente”. Hay demasiados que, revolcándose en la falta de ocurrencias y de proyectos, desde una renovada esterilidad, no quieren esperar a los sufragios. En el fondo le temen a las urnas, no las soportan.
Si embargo, al compás de periodistas estelares (que la pasaron muy bien durante la dictadura y la pasan muy bien en democracia), hablan con exquisitez republicana de la urgente necesidad de “mejorar la calidad de nuestras instituciones”. Mientras tanto se cantan y se cagan en la misma Constitución que dicen defender.
Un detalle: se cumplieron 6 años de la desaparición del albañil Julio López. Recordemos: López desapareció por ser testigo de los juicios a militares violadores de la vida y de la muerte. Este periodismo de los grandes descomunicadores apenas si ha mencionado ese aniversario. Resulta escandalosa la indiferencia de extendidos sectores de nuestra sociedad que, sin embargo, todo el tiempo enarbolan los fantasmas de la inseguridad. Que durante seis años el casi anciano López no haya aparecido ni vivo ni muerto les importa un carajo. Sin embargo cacerolean haciéndose gárgaras con la palabra libertad.
Preguntas que vienen al caso:
¿Para cuándo un cacerolazo por la aparición del albañil López?
¿Para cuándo un cacerolazo que no tenga que ver con el egoísmo individual, con el Dios del bolsillo, con la obscena religión del dólar?
¿Para cuándo un cacerolazo clamando por los miles de desaparecidos, por los cuerpos sin sepultura, un cacerolazo por cientos de nietos arrancados y robados desde la placenta?
¿Para cuándo un cacerolazo por algo que no tenga que ver con la conveniencia asquerosamente individual?
¿Para cuándo un cacerolazo contra los curas que compensan su antinatural celibato profanando la inocencia de criaturas?
No hay que prohibir ni reprimir los cacerolazos. Porque eso es lo que están buscando. Necesitan mártires. Reprimirlos sería condecorarlos.
Las cacerolas, aunque obscenamente individualistas, aunque alzadas por el odio de esos mismos que hablan de borrón y cuenta nueva (con la excusa-coartada de la reconciliación nacional), las cacerolas tiene todo el derecho a construir su épica del barullo.
Pero uno también tiene derecho a decir que, aparte de ridículas, son obscenas.
¿Qué hacer para soportar ese aluvión de conciencias digestivas que eructan insultos y rompen los tímpanos?
Por empezar, no hay que caer en la tentación de reprimirlos. Eso buscan: represión. Necesitan héroes para justificar el odio que les sale con espumita por la comisura de los labios.
Además de no reprimirlos, no hay que distraerse, estamos en estado de pulseada. Hay que seguir trabajando y hay que seguir soñando a rajacincha.
POSDATA
En el junio de 2012 se conocieron cifras sanitarias del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Ojo, cifras que no son del INDEC. Según ellas, entre 2010 y el 2011, la Tasa de Mortalidad Infantil aumentó de 298 a 376 niños muertos. Algo así como un 26 por ciento más.
Dicho de otro modo, en la opulenta ciudad de Buenos Aires, gobernada por Macri Junior, delfín de la “nueva política”, la cantidad de niños muertos es mucho más que un Cromañón.
A propósito de las manifestaciones de los biencomidos y bienabrigados y bienalfabetizados de la Capital Federal, ¿para cuándo un cacerolazo que no tenga que ver con sus benditos bolsillos o sus histéricas inseguridades?
Señoras muy aseñoradas y señores muy aseñorados, ¿para cuándo, para cuándo carajo un cacerolazo de ustedes por el aumento de la Mortalidad Infantil que sucede más acá de sus fruncidas narices?
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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