Rodolfo Braceli · Desde Buenos Aires

La otra hazaña de Sandro

Diario Jornada | Viernes, 24 de Agosto de 2012 : 08:51

Roberto Sánchez, es decir, Sandro, ha conseguido la hazaña de vadear esa costumbre, tan argentina, que es recordar a sus próceres e ídolos por las fechas de sus muertes y no la de sus nacimientos.

Todos sabemos qué día murió San Martín, muy pocos recuerdan qué día nació. Lo mismo podría decirse de Gardel y de tantos. Somos mandados a hacer para los mega velatorios y la celebración de las muertes. Traspapelamos los nacimientos. ¿Por qué será que así somos?
La hazaña de Sandro consiste en que el tipo consiguió que también se lo recuerde intensamente por el día de su nacimiento. Eso pasó en Valentín Alsina el 19 de agosto de 1945. Tuve el privilegio de compartir la víspera de dos de sus cumpleaños. Recuerdo especialmente el de agosto de 1980. Sandro cumplía 35 años de su edad, estábamos en un boliche de ocho mesas de Banfield. Nadie más que nosotros. Sandro pidió whisky, le acercaron una botella. Yo preferí vino. Aquella noche terminó casi cuando clareaba. Sandro reflexionó y llegó a la instancia de la confesión. Entre otras cosas me dijo:
–“No me importa que me usen. Lo malo es caer en desuso. ¿Ves, Rodolfo, esa lanza que adorna la pared de este boliche?” ¿Qué pasa con la lanza, Roberto? “De la lanza quiero ser la punta y no el mango. Y con la punta  quiero romper la lona para que por allí entre el sol.”
Aquella víspera de cumpleaños Sandro la terminó arriba de una mesa y diciendo en tono de discurso:
“–Damas y caballeros… los he reunido en la noche de este precioso día para decirles: no quiero que nadie cave la tumba por mí. Quiero yo agarrar la pala. Y quiero saber qué hago con la pala… Si con la pala le doy para adelante, voy a hacer un surco… Si con la pala me quedo donde estoy, haré una tumba, la mía. Nada más. Gracias.”
Y se bajó de la mesa, y me dio un abrazo. Y, madremía, brindamos otra vez.
Estos días Sandro cumplió años. Y consiguió la más difícil hazaña siendo un muerto argentino: que lo celebráramos por su nacimiento. Después de una larga pulseada, Roberto Sánchez murió en un policlínico de Mendoza. Eso dijeron las noticias. Soy del parecer que respira de otra manera.
Retomo un fragmento de mi libro “Madre argentina hay una sola”: Roberto Sánchez fue el autor de Sandro y los autores de Roberto fueron sus padres: don Vicente, el que, sin ser zapatero, le cambiaba las suelas a sus zapatos, y doña Irma, “Nina”, una mujer inválida que bailaba como ninguna.
Me cuenta Sandro: “El reuma se le convirtió en artrosis al año de yo nacer. Mi mamá entonces tenía 21 años. Así quedó y ya no pudo tener otro hijo. La muchacha vital y rubicunda que se había casado con mi padre se convirtió en una inválida que pesaba apenas cuarenta kilos. Fui criado por esta mujer con serias limitaciones físicas, a la que se le soldaron las rodillas. Cuando yo tenía 23 años y cierta fama y ella tenía ya sus 42, la hice operar. Allí me di cuenta de la importancia de lo que algunos llaman dinero y otros, guita. Para operar a mi madre traje a un médico argentino que vivía en Canadá.
“Yo, inquieto, muy pícaro, salvaje, callejero pero no niño de la calle, fui criado por esta mujer. Ya mayor, siempre traté de estar cerca de ella. Algún atolondrado me acusó de complejo de Edipo. Esta mujer me enseñó todo desde su inmovilidad: a lavarme la ropa, a hacerme la cama. Por las noches nada de Caperucita Roja, me leía “Las mil y una noches”. A los mis tres años íbamos los miércoles a ver películas de amor. Después me pedía: ‘Contame lo que viste’. Yo entonces decía: ‘Voy a ser artista de cine en colores, mamá’. Y eso es lo que soy.
“Mi madre me dio cosas definitivas: muy pibe me hizo socio de la Biblioteca Popular Sarmiento, de Valentín Alsina. Me inició en el supremo placer de la lectura. Yo, mientras, era una ametralladora de cometer travesuras. En el barrio me decían terapia intensiva, porque ni mi familia me podía ver.
“La vida entera de mi mamá, que duró hasta sus 64 años, fue un constante sufrimiento. En los últimos años, la bajamos del primer piso y le instalamos su dormitorio en el comedor, más cerca de nosotros. Ella no aceptaba damas de compañía, ni enfermeras, nada de eso. Bravísima, no quería extranjeros en la casa. Y se murió como se moría la gente antes: en su casa y en su cama.
“La vida tanto te da y tanto te quita. Cuánto, pero cuánto me ha dado. Pero, y lo digo sin queja, cuánto, cuánto me ha quitado. A mi año de edad mi madre era una señora postrada. Con un carácter de la madona, y un temple ejemplar. Ejemplar dije: porque el aprendizaje de ese temple me permitió poco menos que resucitar en 1993, cuando apenas podía respirar y sostenerme sobre mis dos piernas para ir a ducharme. Irma Nidia Ocampo fue la mujer elegida por ese otro ser maravilloso que fue mi padre, un hombre que me cambiaba las suelas de los zapatos.
”Tenía 64 años cuando murió mi mamá. Su cuerpecito había pasado por dieciséis operaciones. Estuvo lúcida hasta su última noche. Se murió con la bolsita de agua caliente entre las manos. Ella tuvo tiempo de ver mi fama y toda esa milonga que fue construyendo un muñeco que se llama Sandro. Pero ella a Sandro, para decirlo en criollo básico, no le daba bola. Yo era el hijo. Y chau. Su entereza estaba sostenida por un humor brillante. Para uno de sus últimos cumpleaños le preguntaron qué regalo le había gustado más, y dijo: “Las zapatillas de baile que me trajo Roberto”.
”Yo soy Sánchez Ocampo, je. Hijo de Irma Nidia Ocampo de Sánchez.”
Posdata
Él, el ídolo, ya es un hombre mayor. Esta noche, se acuesta tarde. Pronto se encuentra acunado por un sueño. Sueña el ídolo con unas zapatillas de baile que ahora empieza a calzarle a una viejita. Ella se vuelve muy joven en segundos. Entonces, con sus zapatillas, deja su silla, da un paso, otro, al tercer paso se encuentra girando en los brazos de él.
Él, el ídolo, en el sueño es mayor que su madre, tan jovencita. Los dos aquí, ahora, escuchan el mismo vals y bailan. Bailan así, ¡locos de felicidad!
A todo esto, don Vicente los está mirando, y sonríe tranquilo. Porque ya vio que la suela de las botas de su hijo no tienen agujeros.

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


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