Hacía apenas tres meses que había muerto su mujer, y nada más que cinco días que su única hija moría atropellada por un vehículo. Adolfo Bioy Casares, increíblemente, no quiso suspender el reportaje ya acordado. Me dijo: “Por supuesto, venga nomás”.
Me acompañó el fotógrafo Luis Micou. Confieso que fui con un jodido mandato de mis jefes de redacción. Tenía que “centrar la entrevista en la tragedia de la hija. Será un notón, será tapa”. La consigna me dio en el medio del hígado. Fui dispuesto a no cumplirla. Al diablo con la primicia. Pero durante el reportaje el sabio azar hizo lo suyo, generó momentos que exceden a los mandatos y tentaciones periodísticas. Incluso se produjo algo que nunca me pasó en varios cientos de entrevistas: al terminar el encuentro, cuando el fotógrafo bajó la cámara tras su última foto, advertí que tenía el rostro mojado por las lágrimas. El fotógrafo. Todo esto sucedió en el febrero de 1994, una mañana que empezó en la más densa congoja y después se alumbró. El agua del aire era de sol.
Tenue, se lo ve muy tenue al cuerpo de Adolfo Bioy Casares. Y no tanto porque está en las vísperas de los 80 años de su edad, sino por los azotes impiadosos de la vida: una caída y doble rotura de cadera; los largos años de enfermedad de su mujer, Silvina Ocampo y su muerte a fines del año pasado; la muerte brutal y repentina de su única hija, Marta, hace cinco días. Bioy, pese a todo, nos recibe en su casa amurallada de libros. Ahí está él. La enfermera lo ha acercado en una silla de ruedas. Lo ayuda a ponerse en pie. Bioy inicia un par de metros con pasos cortos, pero muy erguido. ¿Qué cosas sostienen ahora a este hombre cruzado por dolores irreparables? Sin duda, su denodada elegancia, su estética de la dignidad, su inteligente inteligencia y ciertos fuegos sagrados que enseguida veremos cómo le brotan en el inapresable curso de la conversación, que él, gentil, comienza:
–...fíjese, apenas si puedo caminar. Me caí detrás de ese escritorio, tuve unos moretones de este tamaño, doble rotura de cadera. Llevo una prótesis desde un tiempo largo. Nunca he visto una cosa igual. Fíjese cómo estoy por un golpe tonto.
–Será, Bioy, que los golpes tontos toman venganza porque los denominamos así.
–Cierto, los golpes tontos a veces tienen resultados espectaculares.
–Por suerte no se golpeó en la cabeza. Su cerebro sigue invicto.
–Casi invicto. Estuve un poquito loco… Confundía los sueños con la realidad.
–Experiencia fantástica para usted.
–No crea. Mis sueños no eran ni trágicos ni agradables. Eran complicados y estúpidos nomás. No me sirvieron para la literatura. Siempre estoy escribiendo historias inventadas hace ya tiempo. Vivo con una reserva de cuentos.
–Por un casual, ¿recuerda su sueño de anoche?
–Anoche soñé que había dos puertas y supe de inmediato que la de la derecha me llevaría a una pesadilla. Tomé la de la izquierda y no pasó nada desagradable.
–Antes de seguir, tengo una curiosidad: Bioy, ¿usted es argentino?
–Nací en Buenos Aires. Entonces sí, soy argentino. ¿Y por qué su duda?
–Por la manera en la que accedió a este reportaje y porque después, aun habiendo sufrido una desgracia familiar, ante mi nueva llamada, sólo para expresarle mis condolencias y suspender nuestro encuentro, usted breve me dijo: "Venga nomás". Asombroso, en este paraíso de pelagatos mediocres que hacen todo dificultoso.
–No es la primera vez que dudan de mi condición de argentino. Hace años dos extranjeros dijeron: "Éste es de Argentina, ¿no es verdad que no parece argentino?". Mi patriotismo sufrió por eso que quiso ser un elogio. Me pareció una injusticia que nos vean tan altaneros; pero a lo mejor lo somos.
–Si algo nos define, es la obsesión por acuñar definiciones sobre nuestra manera de ser o de no ser. Usted, Bioy, ¿qué rasgo cree que nos distingue?
–No doy con un rasgo. Será porque estoy tan acostumbrado a ser argentino.
–Pero el caso es que nuestro famoso complejo de superioridad le ha hecho decir a Vargas Llosa aquello de que el mejor negocio del mundo es comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale...
–Conozco otro cuento que nos castiga duro: el del argentino que decide matarse y se tira desde lo más alto, es decir, se arroja desde lo alto de su ego.
–Los argentinos de hoy, ¿seguimos creyéndonos los mejores del mundo?
–No sé, tal vez... a lo mejor uno puede consolarse, sin estar muy seguro de que el consuelo sea justo, diciendo que nos tienen envidia. Pero eso es una prueba de que soy argentino y entonces creo que somos los mejores.
((Bioy, se nota, está haciendo un enorme esfuerzo por estar erguido. No quiere dejarse devorar por un mullido sillón. Se aferra al bastón como a una cornisa. Por unos segundos baja sus párpados. Le pido que mire hacia atrás, que busque allá lejos su intensidad más lejana. En voz baja se lo he pedido y él me responde con voz apenas temblorosa: ))
–Tengo la idea de estar mirando la luna con mis padres, en Rincón Viejo. Me decían que había una persona con un burrito en la luna y yo creí verla. Ya adulto, para mí eso no está desmentido.
–Se le alumbró el semblante cuando se asomó a su niñez.
–Es que tuve una niñez feliz; feliz de día pero no de noche…
–¿Le tenía miedo a la luz apagada, a la oscuridad?
–No, no era por la oscuridad… Me angustiaba de noche cuando mis padres salían a la casa de amigos, o al teatro, o al cine. Yo llegué a tener casi una locura por temor a que no volvieran.
–Los padres suelen marcarnos. ¿Qué marca le dejó su madre?
–Me enseñó a aguantar. La templanza. A no molestar a los demás porque a uno le pase algo. De ella tengo esa herencia razonada, digamos.
–Bioy, ¿usted suele llorar en voz alta o manda sus lágrimas a su laguito interior?
–Suelo llorar a lágrima viva. Además, ahora usted puede verlo, hasta lloro sin motivo porque tengo ojos llorosos, de viejo.
–Cuénteme de su padre.
–Fuimos amiguísimos. Mi padre, un hombre al que yo traté de complacer equivocadamente. Por un tiempo quise ser ingeniero, fabricar autos. Después entré a la Facultad de Derecho, como para tranquilizarlo respecto de mi futuro. Hoy me doy cuenta de que mi padre se hubiera alegrado mucho si yo le confesaba que sólo quería ser escritor. El inventaba novelas y las dejaba sin escribir. Me las contaba a mí... Ahora reparo en que mi padre, que sabía tantas cosas, increíblemente no sabía andar en bicicleta. De él aprendí el goce de pequeñeces. No era fuerte como mi madre, pero sabía gozar del pan, de las charlas, del vino.
–¿Y usted cómo se lleva con el vino?
–El goce por el vino no se lo heredé.
–El vino oscuro, Bioy, es como una música más que íntima que en minutos nos siembra los caminitos del organismo.
–Me gusta eso de la música más que íntima del vino. Lástima, de haberlo sabido antes...
–Nunca es tarde.
–Agradezco su cortesía, pero algunas cosas para mí ya son inalcanzables... Sabe, cuando mi padre se murió sentí que me quedaba sin interlocutores. Pero no debo ser desagradecido, tuve otros grandes amigos, a Drago Mitre, a Borges.
–¿Lo extraña a Borges?
–Lo extraño mucho, claro.
–La amistad habrá incluido pulseadas, celos propios de escritores.
–No en nuestro caso.
–Ustedes escribieron cuentos, libros a dúo. Habrán tenido sus forcejeos.
–Créame, nos llevábamos perfectamente cuando escribíamos. No había ningún deseo de imponerse. No he podido volver a tener ese placer con nadie. La colaboración nos llevaba a las bromas.
–Al final esa creación compartida terminaba por ser un juego.
–Eso es: ¡jugábamos! Nunca pudimos escribir un texto razonable sin poner cosas absurdas deliberadamente.
–Borges decía que era dos Borges. Pero yo pienso que había un tercer Borges que se dedicaba en los reportajes a hacerle zancadillas al sentido común.
–¿A qué se refiere?
–A que alguna vez Borges dijo que García Lorca era un andaluz profesional, que Gardel era un cantante abominable, que los norteamericanos cometieron el error de enseñarle a leer a los negros. ¿Podría ser que Borges se indemnizara, con esos petardos verbales, de las travesuras que no concretó en su niñez?
–Puede ser, sí. Borges tuvo un período así. Sería por cierta impaciencia mal manejada. Pero yo creo que al final Borges fue un hombre muy razonable.
–¿Cómo fueron sus relaciones con su monumental cuñada Victoria Ocampo, Bioy?
–Nunca fuimos muy amigos con Victoria.
–¿Qué impedía la amistad?
–Era muy mandona.
–Pero valdría la pena bancársela, considerando los amigos mundiales que tenía y traía… Tagore, Ortega y Gasset…
–Así es, ella recibía extranjeros ilustres… Recuerdo que una vez estábamos caminando Borges y yo. Conversábamos animadamente. Entonces Victoria viene y nos dice: “¡No sean mierdas! No hablen entre ustedes. Atiendan a la visita”. Había que admirarla. Victoria era terrible, terrible…
–¿Tan terrible?
–Victoria necesitaba súbditos más que amigos.
–Veo sobre su escritorio pilas de manuscritos. ¿Entre ellos no habrá libros de teatro, de poesía? Raro que usted no se tentara con esos géneros.
–Debo confesarle que yo escribí una obra de teatro, una. Creo que se llamaba El general. Cuando leí esa obra quedé debidamente entristecido. En cuanto a la poesía, siempre me atrajo. Pero creo que todavía no soy digno de ella… Pero qué cosa absurda, es como si yo creyera que voy a ser inmortal de vida en esta tierra, y que tengo tiempo por delante para escribir unos poemas.
–Quién sabe, Bioy, por ahí uno es inmortal.
–La estadística no me acompaña, no me estimula a suponer eso.
–¿Estaría de acuerdo con aquello de que los novelistas son poetas fracasados?
–No estoy de acuerdo con esa opinión. Pero admito que lo más intensamente literario es la poesía; todo lo demás son como secuencias.
–Bioy, ahora usted sonríe como quien esconde algo.
–Desde luego, usted me pilló: escondo algunos poemas.
–¿Hasta cuándo piensa esconderlos?
–Posiblemente se conocerán después que yo muera. Estoy dando buen trabajo. Quiero decir bueno en el sentido de que van a encontrar muchas cosas…
–¿Quiénes van a encontrar sus poemas?
–Las personas que viven de publicar las cosas de los que se fueron... Qué raro, Rodolfo, llevamos buen rato de conversación y todavía no me preguntó sobre mis tragedias cercanas, ni sobre mis amores...
((Bioy Casares ha puesto su dedo en mi llaga. Desobediente de los mandatos periodísticos, decidí no preguntarle sobre la tan cercana tragedia de su hija. Me sobrepongo a la tentación de volver a la redacción con “la gran nota”. Pero él mismo acaba de sacar el tema. ¿Es una cortesía de su intuición? … ))
–Hablemos un poco más de sus escrituras. ¿Escribe últimamente?
–Cuando esta pierna no me embroma, escribo. Últimamente no estoy inventando historias. Corrijo mis diarios, que tengo muchos. Y bueno, creo que son amenos. Empecé con ellos en el año 40 y tantos, y lo hice para ablandar mi mano de escritor. Creo que esto me favoreció, me desinhibió. No quiero decir que ya sé escribir. No quisiera ser presuntuoso, pero estoy convencido de que, con un poco de trabajo, puedo escribir decorosamente alguna cosa.
–¿Es posible que reconozca algún libro suyo de escritura indecorosa?
–No tenga dudas. Después de seis libros míos pésimos, escribí El sueño de los héroes, que quizás sea el mejor. Si me juzgan, que me juzguen por ése. En fin, mis libros ya están en mi olvido.
–Bioy, dígame, ¿usted es embustero?
–Trato de ser lo más veraz posible; al menos trato.
–Entonces, a la verdad: aparte de sus correcciones, ¿en qué anda?
–Bueno, por haber practicado yo el boxeo ahora sé que usted me ha puesto contra las cuerdas: voy a confesarle, estos días estuve escribiendo con mi lapicera, ya no lo hago con la vieja Underwood que me regaló mi padre. Dejé la máquina por el lumbago. Pero hoy voy a descansar... Tengo cierto cansancio. La pierna esta me recuerda que tengo una imperfección.
–Vamos, cuénteme cómo es la historia que está craneando.
–Craneando, palabra nueva para mi asombro... Sigo contra las cuerdas. Y accedo a su pedido... parcialmente. Se trata de un cuento largo.
–Ya que estamos, Bioy, cuénteme de qué trata. Y si usted me lo pide quedará entre nosotros.
–Por su insistencia, que le agradezco, puedo decirle ahora que la idea es ésta: las conversaciones permanecen en los lugares donde uno las ha tenido, entonces una persona trata de recuperar las charlas que ha tenido ahí. Inventa una máquina para eso. Pero este hombre muere y el hermano, que es tonto y no sabe manejar la máquina, busca las viejas conversaciones. Las que recupera no sirven porque todas son procaces. Así que le va mal.
–Su cuento confirma aquello de que las paredes hablan, tienen memoria. Si hablaran en voz alta los escritores...
–... protestaríamos por falta de trabajo. Bueno, amigo, ¿me va a dar un respiro?, ¿me dejar volver al centro del ring?
–Sepa disculparme, Bioy. Algo sé de boxeo y no lo dejaré salir fácilmente de las cuerdas. Dígame, ¿hay un libro que no escribió y le sigue perturbando el laguito interior?
–Mire usted, cuando yo comencé la escuela fue con las clases ya empezadas, por una gripe. Al llegar me hicieron pasar al frente y me preguntaron algo que ignoraba. Me pusieron un 0. Llegué a odiar el colegio. Antes había tenido una maestra, que me enseñó a leer en casa. Buenísima. Seguramente me enamoré de ella, pero no sabía lo que era estar enamorado, así que no se lo dije.
–Se está escapando. Le había preguntado por el libro...
–...que no escribí. Y bueno, le respondo: en aquellos años tan infelices, yo, cada vez que me pasaba algo, imaginaba escribir un libro sobre eso. Por ejemplo, si una chica me rechazaba, cosa que en verdad sucedía, pensaba escribir un libro que se iba a llamar Corazón de payaso. Esto porque yo hacía bromas y por esas bromas me hacía odiar por la chica a quien quería hacer reír, o sonreír por lo menos. Ahí tiene el libro que nunca escribí.
–Estamos hablando de mujeres, Bioy. Usted entró en el tema, usted es el responsable. Lo invito a hacer memoria.
–Je, ¿qué otra cosa que memoria podría yo hacer ahora? Si he de empezar por el principio le cuento que cuando yo tenía 6 años había en casa una cocinera que se llamaba Carmen. ¡Qué bonita Carmen! Tenía una hija, Nélida, que me gustaba. Y nos pasábamos tirados en el sofá, sin besarnos, sin tocarnos. Y eso era como levitar... lo que han de sentir los católicos con la bendición.
–La sensualidad en estado primordial, levitando en el oleaje de un sofá.
–Yo vivía en la avenida Quintana l74. En la casa de enfrente había un conventillo. Un día la chica del conventillo me hizo así así con el dedo índice. Yo entendí pronto y nos encontramos en esa plaza que ahora deja ver esta ventana. En una de las ramas bajas de los ombúes nos pudimos sentar y ahí estuvimos, abrazados, besándonos. Y empezó un amor en el que yo postergaba el acto del amor, porque lo suponía algo tan complicado y horrible de proponer. Bueno, pasó lo natural: ella se cansó y me dejó. Se llamaba Susana. Yo tendría unos 11 años. Allí aprendí que...
–...manos a la obra, manos a los cuerpos.
–Aprendí que con las mujeres no valía el silencio. Tenía que ser expeditivo.
–¿Se puede saber cuál fue su primer amor con conversación de los cuerpos?
–¿Es que vale la pena guardar eso? ¿Debiera yo darle un valor religioso a esto que viví y no hablar de ello? No me parece. Podemos hablar de cualquier cosa. Eso sí, debo sobreponerme ahora a mi timidez… Mi padre me decía que había perdido la mitad de su vida por su timidez. Yo creo, además, que la timidez tiene la ventaja de hacerlo callar a uno, con lo que se evita decir pavadas. Pero también pienso que puede llegar a ser antiestética.
–Me estaba por contar su primer amor de ida y vuelta, en castellano.
–Bueno, la primera mujer que no aburrí con mi indecisión fue una chica que trabajaba en una tintorería de Posadas y Montevideo. La conocí, nos gustamos parece; me dio la sensación de que no había que perder tiempo.
–Y esta vez usted no lo perdió.
–Creo que no. Aunque uno nunca está seguro de haber aprovechado la vida. Cuando sucedió lo de la tintorería éramos muy jovencitos. Ella me llevaba dos años. Yo tendría 13. Se llamaba Hortensia.
–¿Y qué responde a su fama de seductor arrasador?
–No tanto. He sido un seductor, pero resistido varias veces en la vida. Empecé con amores frustrados. Sabe, yo debía estar muy literal en esa época y la frase “el amor siempre es recíproco” la acepté sin ponerla en duda. Me equivoqué.
–¿Y ante esa evidencia?
–Decidí que las mujeres no me iban a embromar. Que hacía falta acción además de las palabras. Me volví en cierto modo utilitario. Supe que siempre había que tener por lo menos dos amores.
–¿Por qué dos amores por lo menos?
–Porque un hombre con dos mujeres no se entrega tanto y por eso es más amado por cada una.
–La mitad más uno del país se pregunta, Bioy, ¿cuál es su secreto para seguir siendo querido por sus ex mujeres amantes?
–Estaría encantado de trasmitir mis secretos… Es una cuestión de conducta, de estilo, qué sé yo. El caso es que soy amigo de todas mis ex amantes.
–Usted tendrá cientos de amigas.
–Y... tengo. No pocas.
–¿Tuvo amores con alguna prostituta?
–Casi no tuve tiempo para dedicarme a las prostitutas. Pero una vez salí con una y fui castigado, porque al otro día, aquí, entre ceja y ceja, me caminaba algo que se llama ladilla.
–Ya que conoce la índole del alma femenina, díganos a los varones de esta patria, ¿qué diferencia a la mujer del hombre?
–Imagínese, no puedo aclararle eso. Pero debe ser algo que conozco bien porque siempre me han gustado ellas y no ellos. Mire amigo Rodolfo, así como me gusta la vida me gustan las mujeres. Confundo tal vez esas dos cosas. Ay... siento cierto cansancio. Pero no es por esta conversación, no tema.
–Las mujeres suponen una demanda energética, aunque sólo sean tema de una charla. Hagamos una pausa. Hablemos de otras cosas de este mundo. Aparte de escribir, ¿qué otras cosas le gusta hacer?
–Soy bastante inútil para hacer otras cosas. Heredé de mi padre la incapacidad para cocinar. Mi padre me contaba que una vez quiso hacer arroz con leche, pero no pudo comerlo. Se lo dio a los chanchos y después los chanchos se rascaban las barrigas de dolor... No fui tan inepto en los deportes. Jugué al fútbol de centrofoward. Jugué tenis, buen revés y muy buen saque tenía. Puedo decir que soy un ex tenista en la vida. Y también boxeé. Más que discípulo fui víctima de Willy Goud, un campeón liviano que se enardecía conmigo en los entrenamientos.
–Su amigo Borges detestaba el boxeo, pero elogiaba las riñas de gallo. Decía que los boxeadores son gentes sin cerebro.
–Pero caramba, qué disparate. El boxeo es esgrima, reflejos. Si estuviera aquí yo catequizaría a Borges a favor del boxeo.
–Dijo catequizar. Le pregunto por sus creencias.
–Soy ateo. No agnóstico como Borges, ateo.
–¿Nunca se rindió a la palabra Dios?
–No creo haberme rendido. Dios es un gran invento. Una vez estuve en un convento. Quedé aterrado con eso del Infierno. Y para liberarme de esos miedos, me fui a jugar un partido de pelota en el fondo de mi casa. Mientras jugaba, todo el tiempo gritaba malas palabras, para liberarme.
–¿Qué piensa, Bioy, de las guerras? ¿Son inherentes a la condición humana?
–Inconcebibles las guerras... Nos consideramos tan dueños de nuestra libertad, pero un general se pone adelante y nos lleva a pelear contra otro país. Nos lleva a matar y a que nos maten. Es asombroso. Yo creo que si alguna vez rige el sentido común las guerras se van a superar. Pero también creo que nunca regirá el sentido común. La capacidad de estupidez que tenemos es infinita.
–¿Qué puede decir de la Argentina de l976, la del Proceso Militar?
–Fueron años de pesadilla. Me acordé de una mujer que me dijo: “Nosotros los argentinos no somos capaces de hacer cosas atroces”. Tuve amigos desaparecidos y también torturados. La desaparición de personas es una desmentida a lo que opinaba aquella mujer. Una desmentida en dosis terribles.
–Sigamos. ¿Y si le pregunto, a lo tonto, de dónde venimos y a dónde vamos?
–No tengo la más mínima idea. Pero yo creo que los caballos y los perros, si pensaran, podrían preguntarse lo mismo. Y no tener respuesta. Sabe, no hay un Dios para ellos. Borges me hizo notar que en la Biblia no hay una sola mención a un perro y que por eso la gente es cruel con los animales.
–¿Es verdad que usted le aconsejaba a Borges en las cosas del querer?
–Lo aconsejaba, pero en vano. Aprendió poquísimo.
–¿Qué le pasaba a Borges, qué debía aprender?
–Pasaba que Borges se entregaba obsecuentemente a las mujeres; atado de pies y manos dejaba que hicieran lo que quisieran con él. Creo que a las mujeres hasta les producía cierto rechazo una persona tan entregada. Tenía una actitud adolescente. Curioso en un hombre tan evolucionado. Parece mentira, Borges era tan pueril.
–¿Y usted qué le aconsejaba?
–Yo trataba de convencerlo de que esa mujer que él amaba no agotaba el mundo y que, al contrario, para estar mejor con ella le hubiera convenido tener paralelamente un romance liviano con otra.
–¿Y?
–Pero no había caso.
–Pregunta que se cae por madura: ¿y si la mujer que usted amaba practicaba, también, la teoría de los amores paralelos?
–Y bue. Yo creo que dejarse ganar por los celos es mortal.
–¿Cómo le fue con el eterno asunto de los celos?
–Tuve celos, al comienzo de mi vida. Era como caer en un pozo sin fondo. Sentía que caía y no acababa de caer. Entonces, por una razón de higiene, desterré los celos. Ahí estaban las mujeres. Ahí las tenía. Y se acababa con eso. Si no actuaba así moría casi, o agonizaba, que es peor que morir. Le dije antes: de algún modo he sido utilitario: he sido dueño de mis pensamientos y de mis sentimientos.
–Bioy, ¿hasta cuándo dura esa inquietud, ese luminoso desasosiego que nos producen las mujeres?
–La inquietud sigue y sigue. Pero le diría que hay un momento en el que las mujeres no lograron, digamos, prepararme para ellas sexualmente. Y eso para mí llegó entre los 74 y 75 años. Lamento decir esto porque pienso que va a haber gente que está cerca de esa edad y la voy a preocupar. Pero qué vamos a hacer. Eso llega un día…
–¿Y despúes?
–Y después uno se sobrepone.
Un par de años después
Traigo a este reportaje un pequeño tramo de conversación que viene al caso y que sucedió en una entrevista que le hice a Bioy Casares dos años más tarde. Otra vez se nos cruzó el eterno asunto de las mujeres. Bioy me dijo:
–Alguna vez le confesé a usted que hacia los 75 años las mujeres no consiguieron, digamos, izarme para ellas sexualmente. Yo ya estoy en la filosofía.
–Pero más allá de la filosofía estarán las fantasías.
–Sí, pero uno se resigna. Además, ya las mujeres ni me ven. Es como si uno fuera transparente. Ojalá pongan atención y me vean. Pero es inútil. No me queda otra que la filosofía. Desgraciadamente.
–Algo que me llama la atención es que usted, a diferencia de Borges, ha proclamado su incansable amistad con el espejo.
–Podría suceder que el espejo se cansara de uno. Y nos dijera dejate de embromar, viejo chiflado. Pero a mí me asombra otra cosa: yo del espejo podría cansarme, pero de lo que no me canso es de la vida.
–Por lo que podemos ver a través de la ventana, el de hoy es un día gris. ¿Cómo le resultan estos días?
–Me gustan los días feos y los lindos. Me gustan todos. El problema sería cuando los días no vienen. Qué le parece. Aunque sobrevivir tiene su costo. Si uno quiere sobrevivir, va a ver morir a mucha gente: los amigos, la mujer, hasta los hijos. Es el precio. Soy el último macho Bioy en la Argentina.
–Nadie adelante, nadie a los costados, nadie atrás.
–Nadie. Pero uno se empeña en seguir.
–Digamos que hace frío, frío de seres queridos en el mundo.
–Qué le parece. Es un frío que nada puede atemperar.
–Diciéndolo desde la poesía, ¿cómo hacer, Bioy, para que el sol no nos pierda la memoria?
–Cómo hacer para que el sol no nos pierda la memoria... Yo no lo sé. Apenas sé que ahora voy a almorzar. Iré como siempre a “Lola” o a “Happening”.
–¿Qué comerá? ¿Con quién irá?
–Tal vez pida una mousse de espárragos y un bife. No soy demasiado imaginativo con la comida. Y no sé con quién comer. Pero seguro que me acompañará el Negro.
–Un amigo.
–No. Así lo llamo cariñosamente a mi bastón... Soy porfiado, siempre salgo a comer con el Negro…
–Dicen, Bioy, que en el amor y en la vida lo que importa es ser porfiados.
–Desgraciadamente esa porfía al final no sirve de nada. La muerte siempre llega. Y aunque le digan a uno que va a vivir hasta los 105 años, es tan espantosa...
–Mario Benedetti el otro día me decía que siempre debemos estar enojados con la muerte, por lo menos para no merecerla.
–Le doy la razón a Benedetti.
–Borges, en cambio, insistía en eso de que esperaba la muerte con esperanza.
–Eso decía. Y era el motivo de una de las pocas peleas que teníamos con él. Yo siempre le objetaba que no podía opinar eso. A mí no me gustaba nada oírlo.
–Nunca deja de sorprenderme, Bioy, su renovado entusiasmo para paladear la vida.
–No se engañe, no siempre estoy así… Sabe una cosa, hace dos, tres días, yo estaba francamente desesperado... El perro que era de mi hija, que a veces vive acá y a veces en la casa que habitaba ella, ese perro que está echado allí, ¿ve?, destrozó los sillones de la sala; puede verificar el desastre si mira por sobre mi hombro... Pero mi desesperación no era por los destrozos, era porque el pobre animal me trajo de nuevo la evidencia, el horror de cosas que han pasado últimamente aquí... Son momentos insoportables, porque las piezas, las camas vacías no tienen remedio... Qué mal estaba yo el otro día... Por fortuna miré hacia afuera y sentí el sol... El sol no era una cosa, digamos, espléndida, pero lo sentí como un bálsamo que lo consuela a uno... Pedí un vaso de agua, lo bebí, y encontré que el agua estaba deliciosa.
((Pero ahora retrocedamos, volvamos al presente de la primera entrevista que le hice a Bioy en febrero de 1994. El clima ya estaba como para que le entrara a una pregunta delicada. Le dije:))
–Imposible no hablar de su mujer, Silvina Ocampo.
–Pobre Silvina. Con ella compartíamos nuestras escrituras. Pero en el terreno amoroso, Silvina sufrió mucho conmigo. Ella le daba la mejor interpretación posible. Me decía: “Bueno, has querido a muchas mujeres pero siempre has vuelto a mí, será porque me habrás querido más que a las demás”. Siento haberle causado esos dolores, pero creo que si volviera a vivir...
–¿Si volviera a vivir...?
–Bueno, volvería a hacer las cosas que hice. Porque uno es como es, ¿no?
–Lo veo mirar ese retrato sonriente, ¿quién es esa joven?
–Mi hija Marta. Murió la semana pasada en un accidente. Algo inesperado, horroroso, que se suma a la ausencia de Silvina. No creo haber sido un buen padre de Marta... Habría que tener cuatro o cinco hijos antes para ser buen padre del hijo que acaba de llegar después. No creo que haya consuelo para tragarse tan espantoso dolor como el que uno siente. Ante tanto horror, qué quiere que le diga, uno no piensa... Lo único que yo debiera hacer ahora es aniquilarme. Sería el paso más económico y el más justificado. Eso he sentido. Pero claro, no lo he concretado. Uno no se aniquila por querer aniquilarse.
–Pero hoy se dispuso a un nuevo día. Al despertar, Bioy, ¿qué sintió?
–Hoy desperté con entusiasmo. Es como si todo fuera iniciático. Tomar un té, escribir, pensar el sabor de la papa, de la papa sola... En realidad, misteriosamente, hoy, pese a cierto cansancio, puedo seguir diciendo que en la vida me gustan, en este orden, tres cosas: el agua, el pan y las mujeres.
–Y si aquí, realmente, hubiera un vaso de agua, un pan recién horneado y una mujer palpitante, ¿mantendría ese orden de preferencias?
–Otra vez usted me pone contra las cuerdas. Con una mujer presente tal vez cambiaría el orden por mí enunciado. Claudicaría a mis principios, qué voy a hacerle. Uno es como es, ¿no?
–Me quedé pensando en su ateísmo. Hacia delante, Bioy, ¿no se siente desolado?
–No, me siento más bien feliz, despreocupado. Le diría que antes de nacer yo no estaba preocupado. Después, con la muerte, estaré igual, supongo. Mientras tanto trato de gozar de la posibilidad de un vaso de agua, de un trozo de pan, de la visión de alguna mujer, del sabor, como le dije, de la papa al natural. Pienso que no vale la pena vivir para morirse después, pero en fin, ¿para qué malgastar momentos temiendo a la muerte? A pesar del tiempo y sus estragos, yo me encuentro con que a ella, a la vida, la quiero.
–Sigue mamando, Bioy, las herencias de sus padres.
–Agradezco que lo advierta. En los goces, me acompaña mi padre. En la fuerza, en la templanza, me acompaña mi madre. Ella me está diciendo: “Hijo, el camino es durísimo, pero debés aprender que hay un solo camino”. Sabe, siento que ahora la tengo de la mano, a ella, a mi madre...
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
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