A la vista está: solo recordamos y celebramos los títulos mundiales. Para el argentino promedio no ser campeón mundial de algo es un fracaso, es ser algo así como un pelotudo.
La actuación argentina en estas olimpíadas fue muy buena, sobre todo si la miramos en relación al futuro. La épica derrota del tenista Del Potro frente a Federer y la pérdida de la medalla de bronce (sin dar excusas) de los veteranos basquetbolistas de la Generación Dorada, merecían celebración en el Obelisco patrio. Pero somos unos hijos del triunfalismo sembrado por los elefantes medios de des-comunicación que fogonean euforias que son depresiones al revés.
Hace 64 años Delfor Cabrera ganó la (o el) maratón de las olimpíadas de Londres. La hazaña se mencionó al pasar. Lo que fue borrado de toda memoria fue otra hazaña argentina en esa maratón: la produjo un mendocino demasiado olvidado, Eusebio Guíñez. Guíñez casi ganó esa maratón olímpica. Voy por su proeza.
A Guíñez lo conocí como paciente: yo me había hecho pelota un tobillo y él era, como se decía, “compositor”. Años después fui a entrevistarlo porque se sacó una módica lotería. Promediaba el año 1967, lo ubiqué en Jorge Calle al 600. Allí vivía y se la rebuscaba con una verdulería. Acercó cajas con fotos y, rodeado de trofeos, empezó a contar una vida de película. Escuchémoslo:
“¿Dónde nací? Se lo diré: Eusebio Crispín Guíñez nació en Rivadavia, el 6 de diciembre de 1906, a las seis y media de la mañana, en la calle Mundo Nuevo, en el borde de una acequia, atendido por la señora Luisa Millán, frente a la casa del turco Llaver… Yo empecé jugando al fútbol, nadie sabe que antes fui artista, hacía teatro en Rivadavia. Empecé a trotar de casualidad. Yo vivía en un ranchito y me entrenaba en un potrero cercano. Un día vino Pedro Cabrera, atleta de Buenos Aires. Se preparaba para una carrera de 12 kilómetros hasta el Challao. Empezó a dar vueltas en el potrerito, yo lo seguí. A la séptima vuelta él ya estaba cansado. Yo, firme. El domingo me vinieron a buscar para que corriera. Yo no quería… pero me subieron a un fordcito y me prestaron unos pantaloncitos. Puntié todo el tiempo. Al final salí tercero, a cinco metros. Largué el fútbol y después gané ochenta carreras seguidas”.
Guíñez señala la vitrina repleta de trofeos. Y sigue: “Una vez el gobernador de Mendoza me dio una medalla. Le dije que en vez de eso me diera otro empleo para poder entrenarme mejor. Ni noticia… El atletismo me costó tantas privaciones. Cuando fui a Montevideo y salí campeón sudamericano de los 10 mil metros, en el ferrocarril me dieron licencia, sin goce de sueldo eh. Volví a mi casa y me habían robado hasta las gallinas… Pero ahora resulta que me saqué la lotería, ¡pa’ los contras! Haré un asadito para todos los vecinos”.
Guíñez se demora en una foto. Está de traje, sonríe. “Esta me la saqué después que me corté el bigote. Por ese bigote me llevaron tres veces preso, me daba una cara de bandido bárbaro. Una vez estaba mirando lo más campante la calesita de Benegas y dos policías me llevaron en andas. “Pero, señores”, les dije. “¡Cállese la boca y marche!”. Me confundieron con un turco que tenía captura recomendada”.
Otras fotos deshojan la historia de Guíñez. Londres, olimpíada, 1948. Atención a lo que cuenta: “Lo que pasó con aquella delegación argentina fue una vergüenza. Por cada atleta iban tres delegados. Y estábamos mal alimentados. Una vez pedí un bife, había corrido la carrera de los diez mil metros, debía recuperarme. El delegado me negó el bife. Claro, los sinvergüenzas los racionaban para cambiarlos por “besitos” de inglesas. Por las noches teníamos que subir por una banderola y robar dulces para poder seguir tirando… Yo me llevé el mate, menos mal… Me entrenaba solito, el director del grupo se ocupaba solo de sus pupilos de la Federación porteña. Como yo corrí los diez mil tenía las uñas levantadas. El día de la carrera Mura me dijo que yo debía romper el lote, me mandó al sacrificio. El presidente de la delegación dormía la siesta. Llegamos al estadio de Wembley como pudimos. Lloviznaba. Parecíamos choquitos despavoridos. Mura me volvió a decir, sin confianza: “Rompé el lote”. Largué con todo. Con mis 42 años llegar entre los 20 primeros sería tocar el cielo con las manos. Largué y agarré la punta. Un kilómetro, dos. Firme, solito, tranqueando. Sin nadie cerca no podía medir mi esfuerzo. Mura iba atrás, regulando, con Cabrerita. Yo me estaba pasando de velocidad. Diez kilómetros, quince, y yo puntero. Veinte kilómetros, yo al frente, detrás ocho ex campeones mundiales. “¡Aryentina! ¡Aryentina!”. Y yo dale y dale. Cerca de los 30 kilómetros seguía en la punta. Ahí pensé: “Esta maratón no me la quita nadie”. No faltaba tanto y a Cabrera le llevaba como ocho cuadras. De repente me empecé a poner verde. Ataque de hígado. Mi cuerpo se cubría de bilis. Nadie cerca. Mura con Cabrera. Alguien me tiró una esponja, me alivió el fuego de mi estómago. Me pasaron dos o tres. Me alcanzó Cabrera, y le grité: “Metéle, indio, metéle y ganás vos”. Y Cabrerita se empezó a alejar y ganó. Llegué quinto. Puta madre, si hubiera tenido agua Villavicencio me salvaba... Al llegar a la meta en el Wembley escuché la sirena, el himno nacional y se me apagó todo. Desperté en la delegación. Al director técnico lo querían matar. Yo había punteado más de 20 kilómetros, pero en 1 hora y 7 minutos, 4 menos de lo normal. Un chiquitito que me hubieran ayudado y era campeón mundial”.
Guíñez cuenta que no se desconsoló. Mientras la delegación seguía de farra él continuó entrenándose en las calles, en la madrugada de Londres. “En el viaje de vuelta, al pasar por Italia, corrí una carrera de 5.000 metros y le gané al campeón italiano por un pecho. Rompí todos mis récords: 15 minutos 10 segundos. Una bicicleta como premio. Al llegar al puerto de Buenos Aires una multitud coreaba mi nombre. Volví con ochenta centavos en el bolsillo y mi bicicleta al hombro. Ni por puta la iba a largar”.
Oíd mortales: lo de Guíñez no tiene nombre. Por la magnitud de su hazaña. Y por la obscenidad de nuestro olvido.
Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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