Politti se escribía, en el documento, con una sola t. Luis nació el 8 de abril de 1933 en Mendoza. Murió, agobiado por el exilio, en una clínica de Madrid, el 14 de julio de 1980.
Excepcional actor (no sólo a nivel provincial y nacional, también del habla castellana), primero se exilió de su muy amada Mendoza, después lo exiliaron del país nuestro, pero nunca se exilió de ese corazón que le estrujaba la garganta por tanta extrañadura. Nos conocimos en los años 60, cuando vivíamos en Mendoza (estábamos todos, éramos felices y no lo sabíamos). Le hice un reportaje radial para Radio de Cuyo. Fue el último antes de su partida. Después cartas, y demasiada distancia. Politti vivió siempre en una sucesiva cornisa, empezando una y otra vez desde cero. La suya fue la cornisa de la tristeza que se desgarra en pena.
El azar es sabio. Nos golpea la puerta, nos chista, nos toca en el hombro, y nos toma de las solapas hasta que por fin uno repara en él. El azar, en cuestión de horas, me fue acercando a Luis Politti, me fue diciendo cosas para que Luis fuera uno de los personajes, uno de los personajes de mi libro "Argentinos en la cornisa". Politti fue cornisa del exilio, es decir, de la pena irreparable y sin retorno. Cornisa de la pena incurable, cornisa del extrañamiento. Increíblemente, entre las 9 y las 12 de la mañana del viernes 17 de abril de 1998, revolviendo (más que ordenando) papeles, me encontré con una vieja grabación de un reportaje radial que le hice en Mendoza, en 1966. Y me encontré con una carta que me envió en octubre de 1967. Y me encontré con otra carta que me mandó desde México a fines del siniestro año 1976. Y me encontré, hojeando el libro de Fabián Stolovitzky, "Cadencias y otros cielos", con varias cartas desde el exilio, dulcísimas y desgarradoras, de Politti a sus hijos Andrea, Carolina, Domingo, Livia y Sergio. Y me encontré con la primera página de un levespectáculo que escribí en 1982, "La misa pagana" (que después se llamó "La misa humana") en el que Luis asomaba en nuestra ficción en el primer minuto, porque antes de encender todas las luces decíamos: "Este levespectáculo de la palabra quieta, esta misa en la que el pecado es dejar para mañana el pecado que podemos pecar hoy, este rato está dedicado a Luis Politti. A Luis Politti, porque está vivo." Y me encontré con esas líneas a mano, las que apunté para hablar en el homenaje que realizado 7 de abril de 1998 en el teatro Margarita Xirgu. Azar, puro azar mediante, me encontré sucesivamente con todo eso. Y con una frase de Sarmiento, Domingo Faustino, que anoté no sé cuándo en el reverso de la tapa del libro de Stoloivitzky y que me pareció escrita por Sarmiento para medir ese desgajamiento de corazón que padeció, como tantos, nuestro Politti. Matado de distancia. Matado de leso exilio.
La entrevista de 1966
Duró diez minutos, y fue para un programa mío que salía lunes, miércoles y viernes; se llamaba "El hombre que no es noticia" y se transmitía por LV10, Radio de Cuyo. Fabián Calle, un periodista de raza, dirigía la radio y me propuso ese espacio. Cuando se produjo mi entrevista Luis se aprestaba a dejar Mendoza; esa vez sería para siempre. No quería, eso, ni imaginaba eso. De alguna manera así empezaba su primer exilio. Es que la tierra del buen sol y del buen vino y de las veredas limpias, no le permitía ni mucho menos, pese a su prestigio de actor, ganar, como diría don Sarmiento, el pan para el cuerpo. El pan de cada día y de cada noche. Politti me contaba entonces de los tucos de su madre, de sus años con la prodigiosa rusa Galina Tolmacheva, de sus esfuerzos junto con tipos como Carlos Owens, Fernando Lorenzo o Aldo Braga. Con la tristeza ya metida en el semblante de su voz, me decía no puedo más, tengo que irme de aquí.
Escucho la grabación en cinta abierta esa entrevista:
–¿Estás seguro, Luis, de la decisión de irte de Mendoza?
–No tengo más remedio que estar seguro. Yo soy actor y necesito vivir de eso. No puedo más.
–Pero tenés un programa de radio, uno de televisión, el teatro de la universidad, tenés prestigio y popularidad... qué más querés para quedarte.
–No es mucho más lo que quiero, pero me resulta inalcanzable. Quiero que mi familia y yo comamos todos los días sin angustia. Y esto no se da. ¿Qué puedo hacer con la popularidad y la famita si no llego ni al 15 de cada mes con lo que junto yirando por una punta de lugares? Mendoza es el sitio más hermoso de la tierra pero...
–¿Pero?
–Pero es dura con sus actores, con sus poetas, con sus escritores, con sus pintores. Realmente no doy más; si me quedo, para poder sobrevivir tendría que dejar de ser actor y poner una verdulería, o meterme como hace tiempo en una oficina o en una ferretería. Además de correr la liebre, cada día se me hace más difícil esto de ser muy popular pero siempre con el bolsillo ladrándome... Sabés, todo el mundo me conoce... y estoy cansado del zigzag.
–Explicate un poco. ¿Qué es eso del zigzag?
–Vos sabés que acá tenemos lustradores y kioscos en todas las cuadras... bueno, ya no me quedan kioscos donde mangar. Voy caminando y todo el tiempo tengo que cambiar de vereda para evitar que me pesquen mis acreedores. Siento que me persiguen por aire, mar y tierra. Esto cansa. La otra solución es ir al casino, cosa que desgraciadamente no me disgusta, y apostarle al 4 y a la tercera docena. Y esto del casino si te va mal te jode y si te va bien, te tienta a más, y a la corta o la larga te rejode. Me voy nomás a Buenos Aires.
–Sabrás que Buenos Aires no es un lecho de rosas.
–Lo sé muy bien, hice algunos intentos y terminé tomando nada más que café con leche. Pero Buenos Aires es Buenos Aires para un actor. Aquí en Mendoza, aparte de galguear aun trabajando todos los días de actor, me he empezado a llenar de angustia. Lo que puedo hacer y experimentar como actor cada vez está más lejos de lo que aprendí en los años de Galina Tolmacheva. Quiero decir que siento claramente que lo que puedo hacer aquí actoralmente es como una traición a lo que estudié y aprendí con Galina.
–Ya decidido a irte a Buenos Aires, ese sitio que dijiste te rebotó varias veces, ¿qué prevalece hoy en vos? ¿El miedo tal vez?
–Tengo miedo, mucho miedo, pero eso no es lo peor... lo peor es la tristeza... Ahora estoy pesando arriba de 120 kilos, 120 o 130... pongámosle 115. Bueno, de ese peso l5 kilos son de miedo y cien de tristeza.
–¿Qué vas a extrañar más?
–Ya estoy extrañando. Desde hace una semana pasa que me acuesto, duermo dos horas y me despierto y ya no me puedo dormir hasta el amanecer.
-¿Y qué hacés entonces?
–Lloro. Lloro como seguro lloraré cuando esté allá lejos. Lloro bajito para no despertar a nadie. Sí, ya estoy extrañando.
–¿Extrañando qué?
–Extrañando todo. A la familia, a los viejos, a los tucos, extrañando a las acequias, a los estornudos que vienen cuando uno pisa las pelotitas de los plátanos... Voy a extrañar a mis hijos, sobre todo a mis hijos... Mirá, hay algo que me está pasando: ponele que vaya caminando por la calle Emilio Civit rumbo a los portones del parque, cruzo un puente que pasa sobre un zanjón, lo miro a ese puente y me veo pisarlo y ahí siento que lo extrañaré a la distancia...
–Tal vez te estás buscando excusas para no irte de Mendoza.
–Sé que voy a extrañar todo, pero basta para mí de zigzag y de ir a rezar al casino que queda tan cerca del teatro Independencia... Pero ¿por qué será que uno tiene que irse?...
((Aquella entrevista para Radio de Cuyo terminó con un aplauso. Uno. El de un solo par de manos. El mío. Luis estaba sentado con una silla al revés, se puso de pie; ante ese aplauso solitario sonrió apenas, dolorosamente, después giró la cabeza, dio un paso y apoyó la frente en la pared y empezó a sacudirse. Lloraba de la más dolorosa manera, lloraba sin sonido. La charla que grabé era para pasarla al día siguiente. La hicimos en una oficina de la vieja redacción del diario Los Andes. A unos metros, cerca de aquel llanto estaban el periodista poeta José Oscar Alverás, Clara Giol Bressan, Antonio Di Benedetto y Jorge Bonnardel. (Di Benedetto y Bonnardel también morirían lejos de Mendoza, primero alcanzados por la tortura de la dictadura, después por los exilios.))
Planchando sombreros
Y Luis Politti partió a Buenos Aires. Promediaba la década del 60. Iba a, como él decía, a empezar de cero justamente cuando en Mendoza hacía años que era el actor más valorado y aplaudido.
Lentamente, después de muchas privaciones, empezó a hacer pie. Mientras esto sucedía, Politti, que un tiempo levantaba pesas, decidió rebuscárselas levantando bolsas en el puerto. También trabajó planchando sombreros, incluso trabajó en el peor lugar que podía tocarle: en una fábrica de chocolate.
Después, en la carta de octubre de 1967, Politti, que había pasado unos pocos días por Mendoza (cuando ya empezaba a hacer pie en Buenos Aires) se disculpaba por no haber tenido tiempo para encontrarnos: "Llegué el lunes y en jugar con mis niños se me ha ido el tiempo, de pronto se me hizo miércoles y tengo que irme". Ya había empezado su calvario, su vía crucis de distancia, sus infinitas mudanzas. Me decía "mi nueva dirección es Cangallo 1615..". Casi en puntas de pie, con rubor, Luis me escribía: "Aquí te mando una foto de mi personaje en 'Marat Sade', ojalá puedan publicarla en el diario Los Andes. Si lo hacés, mejor dicho, si podés hacerlo, poné abajo nada más que mi nombre, la obra, el autor, el director y que el domingo que viene llegaremos a las cien representaciones." (Cuánta sed por ser mirado, aunque sea por el poquito rato del instante, en la tierra inicial.)
Luis Politti no sabía lo que le esperaba.
Entre 1966 y 1974, en teatro, cine y televisión, fue convocado por los mejores directores, entre ellos Carlos Gandolfo, Osvaldo Bonet, Agustín Alezzo, Alberto Ure, Sergio Renán, Luis Puenzo, Leopoldo Torres Nilsson, Lucas Demare. Cuando recibió el Martín Fierro al mejor actor de reparto lo dedicó "al pueblo de la ciudad de Buenos Aires". Por fin su prestigio actoral era acompañado de una creciente popularidad y cierta holgura económica. Pero.
Tres minutos malditos
Pero en 1973 tuvo una participación de tres minutos en "Los traidores", un largo metraje de Raymundo Gleyzer. Y allí estaba la semilla de su próximo desgarramiento. Gleyzer sería una de los treinta mil desaparecidos. La honda expansiva llegó hasta Politti, en junio de 1976. Fabián Stolovitzky, recogió el testimonio de Juan Cosín, director y publicista. Este refiere que acompañó a Politti a retirar el pasaporte y de regreso "frente a la Secretaría de Comercio nos cerró el paso un Falcon blanco, tipo furgón. Bajaron varios hombres y le pidieron documentos a Luis. (...) Mostraron las credenciales y dijeron que era peligroso cualquier tipo de resistencia. El trato era policíaco, no de un grupo de tareas clandestino. Nos detuvieron y nos subieron al Falcon." Con vendas amarillas y tirantes los cegaron y luego de un recorrido impreciso fueron a un sitio tan imprevisto como el episodio que les tocaba compartir. Seis horas después tuvieron la certeza de que el lugar era la Superintendencia de la Policía Federal. "Me preguntaban -dice Cosín- qué había tenido que ver con la película Los Traidores; yo no sabía de qué me hablaban." (...) A Luis le habían mostrado un dossier y fotos de la película, y le dijeron que querían datos sobre Gleyzer. Estuvimos treinta horas adentro. Cuando nos dejaron libres el mensaje para Politti quedó claro: "¡Andate ya!". El 24 de junio abordó el avión hacia su primer destino, México." Antes de esa salida Politti, además de la imperiosa orden de irse recibió varios cachetazos.
A penar en México
Otras vez a empezar desde cero. El exilio lo empezaba a matar raudamente. Héctor Alterio, otro exiliado y coprotagonista con Luis de esa gran película española que es El nido, reflexiona: "El exilio, inventado por los griegos, es muy eficaz. Cuando te cercenan la posibilidad del regreso o te cierran las puertas de tu casa, es mucho peor que torturarte o encarcelarte". La opinión de Héctor Alterio –apunta Stolovitzky– se sustenta con la idea de que el exilio no acaba nunca, puesto que si se permanece en otro país o se regresa al propio, siempre existirá el desarraigo de algún lugar. Un camino sin retorno, en todos los sentidos."Si en tu país tenés un dolor de cabeza –prosigue Alterio- lo curás con una aspirina, pero un dolor de cabeza en el exilio se puede convertir en un tumor o en otras cosas. No hay defensas, hay autodestrucción, hay ganas de terminar. Yo lo entiendo perfectamente, porque es demasiado angustioso y terrible no poder regresar a tu casa, y eso va limando todas las defensas."
El lapso de exilio de Politti en México fue durísimo. A la penuria de la distancia se sumaba la penuria económica. Mercedes Sosa lo encontró estragado. Después se fue a España, y en España otra vez a levantar cabeza, y empezar de cero, y a ser reconocido. Pero cuando esto sucedía una hepatitis mal curada empezó a minarlo. Tenía razón Alterio: "un dolor de cabeza en el exilio se puede convertir en un tumor o en otras cosas. No hay defensas..."
No hay defensas y se producen escenas, como esta: "A poco de llegar a Madrid Marilina Ross se encontró con Alterio en La Gran Vía. Después del primer abrazo suedió el siguiente diálogo:
--¡Qué tal Héctor, cómo estás!
--Bien... Che, ¿no tenés una TV Guía?
Ella, totalmente desconcertada pensó: Qué está diciendo, está loco. ¡Cómo voy a viajar con una TV Guía! Pero al poco tiempo entendió lo que Alterio había querido decirle: 'Me leía hasta las farmacias de turno del diario Clarín para recordar las calles´.
Una hepatitis del alma
Sigamos con ese cuadro de situación de Stolovitzky, que enmarca el clima en el que se cultiva la destrucción por exilio de Politti: En el destierro "ante un dolor de muelas se pasaba del dentista a la muerte", afirma Norma Aleandro. "Uno se podía morir de cualquier cosa y es que el estado de depresión es tan grande como la fragilidad." Su hijo, Oscar Ferrigno, agrega que cuando le preguntan de qué murió su padre o Luis Politti él responde "murieron de exilio". "Pueden existir muchas causas médicas porque hay una vulnerabilidad física increíble, pero ellos murieron de exilio."
Para el actor Imanol Arias "el exilio siempre está tiznado de tristeza, de despojo, y además existe el peligro de un cierto oportunismo porque, como es coyuntural, uno tiene que agarrarse a lo que sea. Hay personas que viven ese oportunismo –no lo digo peyorativamente- con una cierta ansiedad, y hay otras que se alejan de ese oportunismo desde la verdad de su situación. Y Luis, en eso, fue increíble."
"Con Politti –apunta Pepe Novoa– la violencia fue tremenda. Le cagaron la vida. Esos "cachetazos" que se ligó antes de salir no duelen, lo que duele es no poder regresar. Cagarle la carrera a alguien y cortarle el sustento del que se nutría: su familia, sus amigos, sus relaciones. Por suerte España lo recibió fenómeno, hizo buenos trabajos, pero también se murió por algo. No fue una hepatitis mal curada. Fue un tipo que estaba hecho mierda y como le agarró eso le pudo haber agarrado un cáncer. Como tantos compañeros que han tenido que irse y bailar con la más fea. Algunos pudieron tener trascendencia, por más que siempre se es exiliado y ese lugar siempre es retaceado. Pero cuántos otros que no llegaron a hacer nada y se murieron sin que nos enteráramos... Y estuve pocas veces afuera y el pasaporte me pesaba como un adoquín. No era porque me fuera mal o bien, me iba igual que acá pero yo sabía que siempre tenía que estar haciendo dos personajes: el de la obra y el de la vida."
Sigue María Vaner: "Luis fue atrapado por la melancolía: no pudo soportar y se entregó, y hay otras personas –no voy a dar nombres- que también se murieron aunque estén vivas. Yo, que tuve oportunidad de ver los trabajos de Luis, me preguntaba: si están apareciendo las gratificaciones, qué se quebró. ¡La raíz! Al árbol Luis le habían destruido las raíces y cuando llegó el momento de cosechar los frutos buenos ya daba igual. Por eso creo que tuvo una hepatitis del alma".
"Mi extrañadísimo amor"
Las cartas de Luis desde México a su lejana compañera de entonces, Ana María Peña, muestran lo que ya no hay necesidad de explicar. Hasta podemos escuchar la voz atravesada de tristeza de Politti:
"Mi querida Ana María:
"Aquí estoy. Esto es como haber salido de un sueño y entrado en otro, tal vez sin despertarme. Es cierto que aquí no vivo el temor que me angustiaba allá, pero todo lo que quiero está allá. Este viaje no es de placer o por la curiosidad de ver otro país. Discúlpame que empiece esta carta así, pero es que vivo peleándome conmigo mismo, y cada vez que intento una evaluación de mi situación termino en una especie de callejón sin salida en donde las explicaciones no justifican nada.
"Ya he hecho algunos contactos y es muy probable que consiga trabajo. No es fácil la vida aquí. Todo es muy caro y estoy sin dinero. Tendré que tener paciencia y recomenzar otra etapa de mi vida. Aquí nadie me conoce salvo los amigos, viejos amigos que no me abandonan.
"Te extraño mucho. Quisiera tenerte aquí conmigo pero también eso es imposible al menos por ahora. Pienso permanentemente en nosotros, en todos los proyectos, y me parece algo irrealizable. Tengo miedo de perderte dado el tiempo que puede pasar sin que nos veamos. Perdóneme pero no me siento bien. Son muchas cosas juntas y estoy embotado, sin salida aparente y no quiero desesperarte. Te quiero y quiero lo más hermoso para vos y, en este momento de mi vida, me falta claridad y no quiero dañarte.
"Mis pobres hijos que se han quedado sin padre.
"Tengo que luchar por tantas cosas que siento que me debilito antes de comenzar."
Sigamos escuchando a Politti, apenas un mes después:
"Mi amor, mi extrañadísimo amor:
"Es difícil esta nueva etapa. Hago verdaderos esfuerzos para no caer. Siento que la quiero, que la necesito a mi lado, pero sé también de esta imposibilidad. Los primeros días no podía soportarlo, lloraba todo el tiempo y sentía que podía llegar a perderla. Ahora estoy mejor. Acepto la distancia no como algo inexorable, pero sí como una realidad monstruosa. No es agradable mi situación; estar lejos de Ud., mi amor, de mis hijos, de mi gente amiga. No poder escuchar los sonidos reconocibles como una música necesaria. Es muy duro todo esto, créamelo. Ud., por lo menos, tiene el paisaje, los amigos, su padre, su gente; no sé, no quiero ser egoísta pensando que soy solo yo el que sufre.
Bueno, trataré de no hacerte daño hablando de cosas que, por lo menos desde aquí, no tiene sentido. Me cuesta mucho evitar hablar de lo que me duele. Sé que me comprende y sé también que sufre, que llora por dentro esta separación.
"Me hace feliz pensar que no pasará demasiado tiempo, o que el tiempo no tiene sentido, si sigo sintiendo lo que siento por usted.
"Ya te he mandado una carta pero no he recibido noticias. Acá me dicen que la demora es generalmente de 20 días. Esto encima se agrega y la angustia se hace más enorme; por eso no puedo esperar y te escribo nuevamente, tratando de que esta vez mis palabras sean menos grises para quien adora los colores.
"He establecido ya algunos contactos de trabajo. El canal estatal tal vez me contrate para hacer 4 programas, no me pagarán muy bien pero en realidad por el momento eso no importa mucho. Aquí no me conocen y esta será mi carta de presentación. Los trámites son lentos y después de firmar el contrato deberé esperar la autorización de Gobernación para poder grabar los programas. Como verás, todo será cuestión de paciencia.
"Estoy pensando en hacer teatro, aunque es bastante complicado sobre todo por un desconocimiento, primero de la gente, y después del mecanismo para entablar negocios con las salas. Todo es diferente aquí. Por ahora seguiré tratando de hacer amigos y de manejar bien el idioma, porque aunque te parezca extraño tienen idioma propio, además de las cadencias; porque una cosa graciosa es imitarlos y muy otra es pretender hablar como ellos."
"Te abrazo desde que nací"
¿Todo esto es demasiado denso? No importa. Es siempre necesario ver para creer. Ver escuchando. Escuchar leyendo a Politti, en una carta que le escribe a su madre desde México, en el diciembre de 1976:
"Querida mamá: otro año que se acaba y éste ni siquiera podré abrazarte. Pero sabes que estás en mi corazón y que te abrazo desde que nací..."
Y escuchémoslo en una, en cualquiera de las cartas que les envía a sus hijos lejanos, en este caso a Andrea, en el mismo diciembre del 77:
"Querida, hermosa hija mía: ¿Cómo se está preparando para despedir el año? ¿Tiene ganas de que se acabe o no? Siempre un año que se va es triste, o provoca cierta tristeza, es como un pedazo de nuestra existencia que perdemos irremediablemente, pero claro, a tu edad esto no se percibe y es lógico que así sea. Ya tendrás tiempo para pensar en esto. Lo importante es sentirse bien y con ganas de ser feliz. (...) Sí, mi amor, tengo muchas, muchísimas ganas de verte y abrazarte y que pasemos unos cuantos días juntos, caminando, cantando, leyendo esas hermosas poesías que escribís, y que me cuentes todo lo que tengas ganas. Te quiero mucho. Andreíta, aquí te mando estos anillos de plata como regalo de fin de año. Los anillos son un adelanto para que festejes el próximo año nuevo con algo para estrenar, ojalá no te vayan chicos. Pedile a la abuela la receta para hacer empanadas, así cuando estés acá me las preparás. Mi amor, la dejo por ahora; espero que te gusten los anillos y pases un feliz año nuevo!!! Fuerte abrazo de papá que te quiere y mucho. Luigi."
No, no nos vayamos: sigamos poniéndole la oreja de nuestro corazón a otra carta de Luis a su hija Andrea, ya en el febrero del 79:
"Hija mía, amada: Hace rato que nada sé de tu vida. Pero esperá, no te enojés. Lo que no recuerdo es si te contesté o no tu última carta. Ya sabés qué mala memoria tengo. Bueno, pero es igual. Te haya o no contestado, la verdad es que nada sé de tu vida en este último tiempo y, francamente, daría cualquiera de mis sentidos (si se pudieran dar) por saber, por estar, por abrazarte y contarte cuánto y en qué medida te extraño. (...) Yo estoy bien, bueno, más o menos. Esa vieja costumbre de decir bien cuando no es del todo cierto. En fin, vamos tirando y ya es demasiado. El tiempo es frío, llueve todos los días y las noches, y de seguir así empezarán a salirme ramitas por todo el cuerpo. No estoy trabajando, en mi profesión se entiende, ya que de una u otra manera hay que ganarse el pan cotidiano que tanto engorda..."
Morir en Madrid, un lunes
Era un lunes el 14 de julio de 1980. Luis Politti murió, técnicamente hablando, de una hepatitis mal curada. Muy cerca estaban su mujer Ana María Peña, Carlos Alonso y Norma Aleandro. Politti había salido del silencio de su coma y preguntó dos veces ¿Qué pasa? El 8 de agosto sus cenizas fueron depositadas en el nicho cenicero 33l del cementerio de la Chacarita. Ana María Peña lo trajo en su bolso de mano.
El tiempo nos atraviesa. Uno no se resigna a tanta muerte de seres que no pudieron terminar sus horas muriendo de muerte natural. Hubo años en los que se nos volvió una extravagancia eso de morir de muerte natural, en la Argentina.
El tiempo nos atraviesa, uno no se resigna. Entonces siento que si ahora pusiera un pedazo de tela sobre cualquiera de las cartas que escribió Luis Politti, allí emergería, como en un sudario, un poema. Luis lo fue diciendo, dejando, en hebras sin darse cuenta. Me permito adivinar y tejer esas hebras en este poema, que trae su voz:
Cierta tristeza:
un pedazo de nuestra existencia
que perdemos irremediablemente.
Pero esperá. No te enojés.
Lo importante es sentirse bien
y con ganas de ser feliz.
Pero esperá. No te enojés.
Francamente
daría cualquiera de mis sentidos
por saber
por estar
por abrazarte
por contarte cuánto te extraño:
Yo estoy bien, bueno, más o menos.
Pero esperá. No te enojés.
El tiempo es frío.
Vamos tirando y ya es demasiado.
Pero esperá. No te enojés.
Llueve todos los días y todas las noches.
Hace rato que nada sé.
¿Sabés que estás en mi corazón?
¿Sabés que te abrazo desde que nací?
Llueve todos los días y todas las noches.
De seguir así
empezarán a salirme ramitas
a salirme ramitas
a salirme ramitas
a salirme ramitas por todo el cuerpo, de seguir así.
Posdata, con poema
Alguna vez, allá lejos, Sarmiento escribió sobre alguien que había muerto luego de padecer la absurdidad de la injusticia. Esas líneas vienen ahora por Luis Politti: "Porque el triste murió de pena, de ver la injusticia. Los médicos abrieron el cadáver y aseguran que le hallaron el corazón seco."
Pensando en Politti diríamos: el corazón estrangulado de tristeza irreparable, la de la extrañadura. Uno no debe resignarse. Porque también la resignación hace que ciertos crímenes sean perfectos crímenes perfectos. En "La misa humana", que dediqué a Luis Politti, hay un levepoema que se refiere a la memoria del aire. Es pensando en él que ahora lo escribo de nuevo:
El cuerpo se nos muere con la muerte.
Eso dicen.
Pero, ¿quién sabe?
Nadie tiene en cuenta que el aire,
ese aire que todo lo vio de nuestros cuerpos,
posee su memoria.
Y esa memoria riega la corteza de la Tierra.
La riega y la regará.
No es cierto que el cuerpo se nos muere
con la muerte.
No. ¡Quién lo dice!
Recordemos:
agazapado, detrás de la nuca del absurdo,
está,
haciendo lo suyo
el aire que nos miró, nuestro aire
tan memorioso
tan fiel,
más voluntarioso que el tiempo,
más eterno, ¡más porfiado que la pobre muerte!
Y aquel lejano aire que tanto nos miró
seguirá tocando hoy y mañana y después
las cosas de la vida
las baldosas que pisamos
el agua que nos moja.
¡Y nosotros, así tocados, vadearemos la tragedia!
¡Y nosotros, así tocados, sobreviviremos a nosotros!
¡Y el Hombre sobrevivirá al hombre!
Y le daremos vuelta los bolsillos a todos los exilios
y, claro, la muerte no se saldrá con la suya.
Porque siempre, aire mediante,
nos estamos tocaaaando.
(( Dicen algunos que hacer tanta memoria es un enfermedad que no deja vivir. Quién sabe. La memoria no siempre es retroceso, es semilla hacedora de un futuro diferente. En todo caso, preferible la enfermedad de la memoria a esa consolidación del crimen que es la desmemoria. Porque es la desmemoria la que permite que estos crímenes por desaparición o por exilio sean perfectos. ))
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Próxima entrega
TATO BORES
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Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.
Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".
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