Rodolfo Braceli · Desde Buenos Aires

5 del 7 del 12, fecha solar

Diario Jornada | Jueves, 12 de Julio de 2012 : 00:36

Hay una frase que solemos pronunciar: “Eso yo no lo veré, ni mis hijos tampoco”. Frase espantosa, tristísima, porque enarbola la desesperanza y convalida la derrota, es decir, el triunfo de los asesinadores.

Con ese “yo no lo veré” se le hace el caldo gordo a la impunidad, se renuncia a la condición de ciudadanos y se asume, con alegre resignación, la condición de simples portadores de intestinos. La nada inocente frase reduce la actividad cívica a la digestión. Adiós reflexión, sólo queda eructar. Ya no hace falta morirse para estar muerto.
El jueves 5 de julio del 2012 después de Cristo, si lo observamos a partir de la condición humana alumbrada, fue un día tan esencial como el 9 de julio de 1816. Para los argentinos y para el mundo. ¿Por qué? Porque el pasado jueves la Justicia, sin desuñar, sin picanear vaginas y testículos, dictó una sentencia histórica. Con ella, por ejemplo el ex presidente de cuajo de facto, Jorge Rafael Videla, fue condenado a 50 años de prisión. ¿Es cruel condenar a un hombre que presume de anciano? Ese humano sigue siendo un secuestrador. Pero tendrá comida, techo, abrigo, aseo. Se lo condena por ser responsable de un plan pensado y sistemático de secuestro para siempre de bebés recién nacidos, arrancados de cuajo desde la placenta de madres torturadas y enseguida desaparecidas. Ya se encontraron 105 de esos secuestrados y saben cómo se llaman. Quedan unos 400 más que siguen violados en su identidad.
Por fin se juzgó ese plan que desnuca la condición humana. Plan de robo organizado, para hacer desaparecer con vida a las criaturas hijas de detenidos ilegalmente. “Eso yo no lo veré”, pero lo estamos viendo.
Vale la pena, no la alegría, revisar la ponderación, el espacio y la continuidad que los elefantes Medios de Des-comunicación le dieron a este fallo histórico e imprescindible.
Para resumir: en los elefantes Medios Des-comunicadores la noticia no pudo ser ocultada; no se animaron a tanto. Pero se la sacaron de encima rápido. Además, en el día inevitable, la noticia del fallo histórico no tuvo el título superior central. Ese espacio de cabecera fue concedido al aumento de “las restricciones para la compra de dólares”.
Vergüenza. Obscena vergüenza. Estos grandes Medios sufren cólicos en el alma de sus corazones chiquitos. Cacarean: “¡La libertad de expresión es sagrada!!”. Y tienen razón, es sagrada. Pero, entonces, si es sagrada, ¿por qué no se hacen cargo de que la libertad de expresión es un derecho y es un deber? ¿Por qué no la usan también para comunicar buenas noticias esenciales?     
Es evidente: ellos, los elefantes Medios y sus columnistas estelares en lo íntimo se retuercen ante la buena saludable noticia y esperan, con sed y hambre, la noticia que derrumbe el faro de dignidad que vienen siendo las porfiadas madres abuelas.
Si de la sagrada “libertad de expresión” se usa sólo la mitad que sirve para enarbolar la crítica gozosa (para sembrar aterramiento y sensación de fin del mundo) y se escamotea la mitad que informa de algunas cosas impensadas que nos están alumbrando, lo que se practica no es, precisamente, “libertad de expresión”, es “libertadura de expresión”. Por eso abonaron como algo natural esa dictadura escandalosa que fue la del “papel prensa”.
Pero, que no nos distraiga la crispación que, ciertamente, nos producen los grandes hacedores de crispación. Aprendamos: Ellos hacen lo suyo sin feriados, sin fiestas de guardar. Nosotros no siempre hacemos lo nuestro. Nos fracturamos, nos fraccionamos hasta ser menos que archipiélagos. Les hacemos el caldo gordo, les ahorramos el trabajo. No necesitamos enemigos.
Reflexionemos la hondura de la gran noticia: la histórica sentencia demostradora de que había un plan sistemático para la mayor de las humanas perversiones, la del robo de criaturas desde el vientre mismo. Reflexionemos eso desde la alegría que brota por lo sembrado por esas madres abuelas que jamás tiraron ni una piedra. Buscaron justicia desde el prodigioso insomnio de la ardua dignidad.
Acudo una vez a nuestra plegaria furiosa:
–Permiso, Memoria. Permiso, Conciencia.
¿Qué sería de nosotros si Ellas, las Madres Abuelas, no existieran?
¿Qué quedaría de nosotros si Ellas no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches?
¿Qué sería de nosotros? ¿Qué?
¿Estaríamos de pie o en cuatro patas? ¿Estaríamos?

Ellas nacieron para semillar semillas. Para convertir al dolor en linterna.
Ellas fueron la única la luz que atravesó aquella demasiada noche impuesta por aquellos violadores de la vida y de la muerte que hasta afanaban criaturas, de cuajo, desde la placenta.
Ellas siempre van: cuando van y cuando regresan. Van hacia adelante, aunque giren: son la memoria del círculo.
Ellas al miedo lo dejaron sin uñas sin dientes. Y hasta pueden mirarlo al sol sin bajarle la mirada.
Tenaces, porfiadas, tercas, ellas salen todos los días a sacudir a los que se esconden en la abstinencia, en la indiferencia cómplice.
No hay caso, ellas insisten en darle vuelta los bolsillos a la mismísima muerte.
Y no necesitan brújula ¡para eso sus corazones!
Y no necesitan escudos ¡para eso sus corazones!
Y no necesitan armas, ¡para eso sus corazones!
Ellas, a cara descubierta, buscan un cuerpo de hijo sin sepultura, un nieto vivo, una arena en el desierto.
Ellas al desierto lo deletrean arena por arena, hasta encontrar el rostro de la arenita que buscaban.
Y cuando la encuentren por fin a su arenita dicen hija mía, hijo mío…
Y nada más dicen, ya están abrazáaaandose.
Camino se hace al andar, conciencia se hace al girar.
Si es rueda la Vida, rueda por ellas, por sus corazones con paciencia.
Posdata
Hay razones para brindar por ellas, las prodigiosas viejas locas de la Plaza de Mayo, que saben pensar con el instinto y tienen el optimismo de la memoria.
Pero antes renovemos las preguntas:
–Permiso, Memoria.  Permiso, Conciencia.
¿Qué quedaría de nosotros si Ellas, las Madres Abuelas, no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches? ¿Qué hubiera sido de nosotros? ¿Qué? ¡¿Quééé?! ¿Estaríamos de pie o en cuatro patas? ¿Estaríamos?
–Sin ellas, los puntos cardinales no serían cuatro, ni tres, ni dos, ni uno, ni nada.
Sin ellas, en esta olvidadiza patria idolatrada, de tanto tocar y tocar y tocar fondo ¡hubiéramos desfondado el abismo!!!
Pero resulta que, ellas, nos siembran el abismo.

Diario Jornada Mendoza

Rodolfo Braceli

Poeta, dramaturgo, ensayista, novelista, periodista, autor de casi una treintena de libros. Varios de ellos fueron traducidos al inglés, francés, italiano, coreano y polaco.
Algunos son textos de estudio en universidades argentinas y del extranjero. Sus reportajes latinoamericanos fueron publicados en 23 países y 9 idiomas.

Para el cine escribió y dirigió "Nicolino Intocable Locche". Dicta el seminario "Del periodismo a la literatura".


Leé sus notas aquí - Visitá su blog
*
*
Jornadaonline.com